martes, 1 de marzo de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS, Cap 26

"Después de muchos días oscuros, vendrá uno sereno". Tíbulo


Rafael y el mazorquero cruzaron el patio y atravesaron el arco de ladrillos que coronaba la entrada del cuartel. En otro tiempo, Santos Lugares había sido una abadía que Rosas expropió a los franciscanos para convertirla en una prisión, central de torturas.
Con paso rápido, enfilaron hacia el monte. Divisó a los prisioneros en el "corral", parecían animales porque eran tratados como tales. Uno de ellos estaba rodeado por tres soldados que le calaban los costados y la espalda con las bayonetas. Miguel  García, el oficial de más alto rango, esperaba impaciente su turno para rematarlo de un garrotazo.
Cuando llegaron al corral, el prisionero que había visto de lejos acorralado por los soldados yacía en la tierra con la cabeza abierta por los golpes recibidos.
Rafael disimuló su disgusto ante semejante barbarie con una sonrisa socarrona.
_ ¿Miguel García?_ se adelantó _ Soy el sargento Rafael Cuitiño y tengo autorización del Comandante Reyes para interrogar al prisionero Escalante.
_ Búsquelo usté mesmo _ la respuesta fue seca y tajante. Lo miró con desprecio y luego se perdió entre los presos, hostigándolos.
Rafael miró a su alrededor. Los hombres pasaban delante de él en fila india, cabizbajos, muchos llorando en silencio. Entonces lo vio, maltrecho, con arañazos y picaduras, el rostro magullado. Tenía los nudillos despellejados, le faltaban algunas uñas por escarbar la tierra con el fin de extraer las raíces de los árboles.
_ ¡Lorenzo Escalante! _ gritó.
Lorenzó se alarmó. ¡Cuanto tiempo hacía que no era llamado por su nombre sino por apelativos soeces!
Cuando sus miradas se cruzaron supo que su muerte era un hecho.
_ Necesito hablar con usted antes de que lo fusilen _ quiso que todos lo escucharan.
Lorenzo sintió que se le aflojaban las piernas. "Por fin se termina este suplicio", pensó agradecido.
Mientras los demás se alejaban, Rafael lo retuvo en la puerta del corral.
_ Escúcheme con atención don Lorenzo. Voy a sacarlo de este infierno, se lo prometí a su sobrina y pienso cumplir _ le dijo en voz baja.
_ ¿Por qué me engaña? Yo sé quién es usted, un asesino, un embustero como su padrino _ un ataque intenso de tos lo interrumpió.
"Tanto tiempo a la intemperie debilitó sus pulmones",. se preocupó Rafael.
_ No tenemos tiempo para discutir. Dentro de unas cuantas horas lo llevarán al patio del cuartel para fusilarlo. Póngase en el segundo grupo. Cuando le ordenen tirar los cadáveres en el zanjón, tírese dentro y cúbrase con los cuerpos. Bien entrada la noche vendré a buscarlo y emprenderemos la huida.
_ ¡Como si fuera tan fácil! Los guardias no nos quitan los ojos de encima. _ se mofó de la idea descabellada.
_ Lo tengo resuelto. En el momento en que estén trasladando los muertos a la zanja provocaré una distracción. Un amigo se escabullirá furtivamente en el corral de los caballos provocando una estampida. Usted aprovechará la confusión para seguir mis instrucciones.
_ Está bien, mi suerte ya está echada. No tengo nada que perder.
_ Confíe en mí.
El próximo paso de Rafael era hallar a Camilo y exponerle el plan. Lo encontró durmiendo a pata suelta en una de las dependencias del cuartel.
_ ¡Camilo! ¡Camilo!
_ ¿Qué pasa? Sí, sí, mi sargento, enseguida me presento en mi puesto..._ se sobresaltó.
_ Tranquilo. Soy Rafael y todavía es muy temprano para tu turno de guardia.
_ ¿Es usté don Rafael? _ parpadeó sorprendido _ ¡que alegría verlo!
_ Camilo, necesito que me hagas un favor, pero quiero que sepas que te traerá muchos problemas.
_ Cuente conmigo pa' lo que sea. El malparido de Santa Coloma me hubiera mandao pa' el otro mundo si usté no me defendía.
_ Olvida eso _ y le palmeó la espalda fraternalmente.
_ Desembuche tonce, don.
_ A un amigo lo tienen prisionero en los corrales y me propongo liberarlo hoy mismo.
_ ¡A la mierda!, mire que es corajudo...y yo que pito toco.

_ ¿Tu guardia es en los corrales,no? _ Camilo asintió _ Pasada la media noche me arrimaré al zanjón para rescatar a mi amigo...
_ ¿Y pa' que quiere un finao? _ preguntó confundido rascándose la cabeza.
_ No está muerto, fingirá estarlo. Tu misión será espantar a los caballos que están en el corral vecino al paredón de fusilamiento y hacer la vista gorda cuando escapemos.
_ ¡Que lo parió!, que manera de jugarnos el cuero.
_ Sé que te pido demasiado, así que si no...
_ Por favor, don Rafael, seré un cobarde pero le prometo que le voy a poner huevos a su pedido _ afirmó "agrandado como galleta en agua".
_ Gracias Camilo. Ahora me siento más seguro. Prepárate, falta poco para el amanecer.
Antes de abandonar la zona de dormitorios, se cercioró de que no hubiera alguien espiándolo. Todo tranquilo. Pasó por la cocina y se sirvió un café fuerte y amargo. Y antes de enfrentarse a los acontecimientos riesgosos que lo esperaban le pegó un beso a una botella de ginebra para darse ánimo.
Al llegar al patio, ya estaban contra la pared el primer grupo de condenados. Se paró junto al oficial que lideraba la ejecución. Con disimulo buscó a Lorenzo. Con alivio constató que estaba en el segundo grupo, esperando ser fusilado.
"Fuego", la explosión de los proyectiles golpeó los sentidos de Rafael y Lorenzo.
"Dios mío no me abandones", imploró Lorenzo.
"Camilo, no me falles", deseó Rafael.
Lo que siguió fue un relámpago de sucesos. Lorenzo se acercó a la pila de cadáveres y con la poca fuerza que le quedaba, arrastró uno de los cuerpos hasta el zanjón. En ese preciso instante una estampida desató el caos. Los mazorqueros intentaron controlar los caballos con malos resultados. De repente, alguien asumió la dirección del arreo consiguiendo controlar la situación.
"¿Y Lorenzo?, ¿dónde está Lorenzo?", se inquietó Rafael.
El segundo grupo ya estaba contra el paredón con los ojos vendados, las manos atadas..."¡Fuego!".
"¡Lo logró!", celebró eufórico.
Con la aparición de la luna llena, Rafael abandonó su habitación con cautela en medio de un concierto de ronquidos.
Camilo, antes de tomar su puesto, alistó a Moro y a un alazán para Lorenzo, provistos de agua, charqui y yerba.
Rafael tomó a los caballos de las riendas y sigilosamente rumbeó para la zanja de cadáveres.
Se paralizó cuando escuchó un "¿quen vívore?", ¿quién vive?.
Silencio. "¿Quen vívore?¡Carajo!", repitió una voz pastosa por el alcohol.
"Mierda, es Snta Coloma!", maldijo Rafael.
_ Ahh, pero si es el afeminao, el niñito del Comandante Cuitiño _ se le aproximó tambaleándose y sosteniendo una botella de caña _ ¿por qué está tan apurao?, ¿acaso está juyendo?.
_ Está borracho Santa Coloma. Regreso para Buenos Aires, como usted sabe muy bien, mi padrino está enfermo y eso me preocupa._ respondió manteniendo la calma.
_ Un día de estos te voy a arrancar la máscara, a mí no me engañás. Andás en algo raro y yo lo voy a averiguar. ¡Cuidate gusano!
Caminó tres pasos hacia adelante intentando sin éxito de desenfundar su cuchillo verijero para atacar a Rafael. Se tropezó con una raíz de tala cayéndose de "trompa".
Rafael, facón en mano, comprobó que su atacante estaba desmayado. "El infeliz perdió el sentido por el pedo que tiene", se rió.
Sin perder más tiempo, llamó a Lorenzo.
Camilo apareció asustado. Había presenciado de lejos el encontronazo entre Rafael y Santa Coloma.
_ Vuelve a tu puesto, éste con la mamúa que tiene, mañana no se acuerda de nada.
Los cadáveres comenzaron a moverse y una figura desgarbada emergió en medio de ellos ofreciendo un espectáculo aterrador.
_ Por acá Lorenzo. Deme la mano. Vamos. Falta poco.
Lorenzo extendió el brazo y con el auxilio de Rafael salió de la fosa. Se arqueó por las naúseas y vomitó bilis.
Al recuperarse, montó sobre el alazán. Se alejaron al trote y cuando ganaron distancia, galoparon con furia hacia la libertad soñada.

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