viernes, 10 de noviembre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Epílogo

Buenos Aires, febrero de1857

Recién amanecía cuando el canto de la calandria los despertó. Lourdes abrió lentamente los ojos y los enfocó en el hombre que tenía a su lado. El corazón se le encogió ante la mirada de Rafael, una mezcla de deseo, amor y lujuria. Recuerdos de la noche pasada le quemaron la piel y ansió más.
Sin embargo sus deseos se vieron truncos al escuchar unos golpes suaves en la puerta.
_ Mamita, papito, ¿puedo pasar? _ Alba acostumbraba irrumpir en la habitación de sus padres muy temprano y meterse en la cama con ellos.
_ Claro querida _ Lourdes vio la decepción en el rostro de Rafael, él también había planeado otro desenlace para esa luminosa mañana de verano. Ambos sonrieron resignados.
_ Feliz cumpleaños, mi amor _ Rafael dio un lento beso a Lourdes preñado de promesas y se corrió dejando un espacio para su hijita.
Alba, de un salto, subió a la cama y aferrada a su muñeca de trapo se acomodó muy oronda entre ellos.
_ Y ahora, ¡a desayunar! _ exclamó alborozada _ Abuela Tina ya podés traer la bandeja _ gritó con desparpajo. Sus padres la miraron sorprendidos. ¿Que se proponía la pequeña pícara?
Tina entró en el dormitorio detrás de una enorme bandeja que depositó sobre la cama.
_ Perdón por la intromisión, pero Alba insistió de una manera... bueno, ustedes ya saben como es _ se disculpó Tina avergonzada.
_ No se preocupe madre. Conocemos a esta señorita atrevida _ y Rafael comenzó a hacerle cosquillas a la niña.
_ Basta papito, es el cumpleaños de mamita y tenemos que festejar. ¡Mamita te quiero hasta el cielo! _ Alba se colgó del cuello de Lourdes y la llenó de besos.
_ Gracias chiquita, ¡que linda sorpresa! Festejemos, entonces.¡Que aroma tiene esta torta de manzana, Tina! _ Lourdes cortó un trozo, lo depositó en un platito de porcelana y se lo alcanzó Rafael _ Y este es para...
_ ¡Miii! _ Alba se lanzó sobre la torta devorándola _ Tengo mucha hambre.
Tina se acercó a Lourdes y la besó en la frente
_ Feliz cumpleaños querida _  le deseo emocionada y luego los dejó disfrutando del desayuno para regresar a la cocina. La esperaba un día muy ajetreado, al mediodía se reuniría la familia en pleno para almorzar. Ella y Tomasa estaban a cargo del menú; Josefa y Domingo en ese momento estaban en el mercado comprando las provisiones y Lola lustraba los cubiertos de plata. Todo debía estar reluciente.
_ ¿Té de menta? _ Rafael solícito llenó la taza de Lourdes con la humeante y aromática infusión, la favorita de su mujer. El tomó café y Alba saboreó un espeso chocolate.
Nuevos golpes en la puerta anunciaron la llegada de otros visitantes.
Sin esperar respuesta, Miguelito asomó la cabeza. Detrás de él, Gorrión reía divertido.
_ Vamos, dentrá de una buena vez, pué _  al tiempo que lo decía lo empujó con fuerza.
_ ¡Miguelito! _ se alegró Lourdes al ver a su hijo, todo un hombrecito.
_ ¡Feliz cumpleaños mamita! _ junto a un enorme beso le entregó un bonito ramo de margaritas.
_ Gracias querido, me encanta. Y vos, Gorrión, no te quedes ahí parado. Ven, dame un beso tú
también _  lo animó sabiendo de su timidez.
Desde aquella fatal noche en que ayudó a Miguelito escapar de las garras de Imanol, Gorrión pasó a formar parte de la familia. Lourdes y Rafael le debían la vida de su hijo y que mejor forma de agradecérselo que tomar la responsabilidad de cuidarlo y ofrecerle un hogar que le brindara el amor que nunca tuvo.
_ Feliz cumpliaño, doña _ se atrevió a decir sonrojándose. Gorrión sentía un afecto especial por Lourdes, un enamoramiento que le aceleraba el corazón cada vez que ella le sonreía.
_ Gracias Gorrión, pero no me llames doña. Me canso de decirte que soy mamá Lourdes para vos _ Lourdes le acarició la mejilla, ahora regordeta y rosada. El hambre y la miseria quedaron en el olvido.
_ Feliz cumpliaño mamá Lourdes _ el niño imitando a Miguelito la abrazó con fuerza.
Alba y Miguelito aplaudieron felices.
_ Y ahora a comer esta torta de manzanas tan tentadora _ invitó jubiloso Rafael. "Después de la tormenta el sol, mi sol, ilumina nuevamente a la familia. Lourdes, te amo", pensó aliviado.


Cerca del mediodía, Lourdes buscaba a sus hijos en el jardín. Los niños solían jugar a las escondidas entre los arbustos y los canteros de flores que con esmero cuidaba Mercedes. La mujer ponía el grito en el cielo cuando por imprudencia los niños pisoteaban algún brote nuevo de peonías o caían sobre sus helechos. Mercedes sólo refunfuñaba, en realidad se divertía viéndolos corretear alegres y despreocupados, sobre todo ver a Miguelito reír la estremecía y conmocionaba.
Habían pasado varios meses desde el rapto y parecía que la tragedia no había dejado huellas profundas en su nieto. Las pesadillas que por las noches lo atacaban fueron silenciándose para dar paso a un sueño sereno. Ya no se negaba a salir de la casa, ya no permanecía encerrado por horas en su habitación con todas las ventanas cerradas, ya no tartamudeaba. El terror fue desvaneciéndose en el alma de Miguelito gracias a la compañía de Gorrión y al desenfado de Alba. Lourdes y Rafael, eran los pilares a los que se aferraba el niño; ellos lo comprendían y protegían, con ellos se sentía seguro.
_ Imanol se ha ido para siempre. Jamás volverá a molestarnos _ le dijo una noche Rafael luego de leerle una historia de caballeros y dragones. "Un niño es raptado de su casa por un dragón que lo encierra en una torre en medio del bosque. Su familia lo busca desesperadamente sin encontrar el camino que los llevara hasta él. Entonces su madre le suplica a Dios que lo proteja y lo salve. Su ruego es escuchado en el cielo y el Todopoderoso envía a uno de sus ángeles guerreros para que lo rescate. Así lo hace y lo devuelve a los brazos de su madre. El padre, un caballero de la corte del rey, siguiendo las indicaciones del Angel encuentra al dragón y lo mata".
_ Como en el cuento, ese hombre malo era el dragón que quería lastimarme, entonces apareció Gorrión y me rescató. El fue el ángel de la historia y tú, papito, eres el caballero valiente que mató a ese dragón, porque, ¿está muerto, no, papito? _ preguntó acongojado.
_ Si, hijito, si. No tengas miedo, Imanol no regresará jamás, te lo prometo _ Rafael esa noche durmió junto a Miguelito. "Hijo querido, siempre velaré por tu seguridad y la de toda la familia. Nadie volverá a hacernos daño. Lo juro."
Mercedes sonrió al recordar ese momento, Rafael se lo contó a la mañana siguiente. "El estará bien", dijo segura mientras compartían unos mates en la cocina.
Ahora ella observaba a los niños correr por el jardín. Miguelito, con los ojos cerrados contando hasta cien. Gorrión, escondido detrás del "arbusto de mariposas", lo llamaban así porque al florecer las mariposas se posaban en él en tal cantidad que prácticamente ocultaban las flores, y Alba, por supuesto, trepada en lo alto del naranjo.
_ Abuela, ¿viste a los niños? _ era Lourdes la que no había superado el amargo trance. Vivía pendiente de su hijo. Delante de Miguelito trataba de mantenerse serena aunque interiormente el miedo atenazaba su corazón. "Está a salvo, él ha muerto", se repetía a diario, sin embargo, el temor persistía.
_ Shh, están escondidos y Miguelito los está buscando. Allí está, apoyado en el aljibe, ¿lo ves? _ le indicó sin dejar de regar sus begonias _ ¿Y cómo estuvo el desayuno?
_ Estupendo, abuelita _ respondió más calmada al constatar que Miguelito se estaba divirtiendo.
_ Me alegro, querida. Alba se parece mucho a ti. ¡Cuánto disfruté aquel cumpleaños, hace tanto ya! ¿Recuerdas? Entraste como un torbellino a mi dormitorio con una fuente llena de confituras. Eras una campanita, feliz y cantarina. Y luego...
_ Abuela, no quiero que recuerdes cosas tristes, menos aún en mi cumpleaños _ Lourdes sabía a que se refería Mercedes. A partir de ese cumpleaños la sombra maligna de la política oscureció sus existencias. Conoció a Rafael, el amor de su vida, pero la rivalidad sanguinaria entre federales y unitarios trató de separarlos, fueron perseguidos y ella, por un largo tiempo, sufrió la tortura de creer que Rafael había muerto en la batalla de Caseros. Mares de lágrimas los separaron hasta que nuevamente el amor los unió. Y cuando parecía que la paz los bendecía, el demente de Imanol intentó dañar a Miguelito. Sí, mucho sucedió desde aquel cumpleaños. Ya no era la niña inocente que pensaba que la vida era color de rosa, ahora sabía que la vida "era un arco iris y que entre sus colores se escondía el negro". Ahora ella estaba preparada para enfrentar con coraje a esa franja sombría y tenebrosa.
_ Tienes razón querida, hoy está prohibida la melancolía. Hoy es un día para gozar.
_ Si, abuelita, hoy y todos los días de aquí en adelante _ afirmó con convicción.
Lola, fiel a sus hábitos, apareció corriendo, casi sin aliento.
_ ¡Doña Mercedes, niña Lourdes! _ chilló mientras trataba de meter los mechones de cabello crespo que se le escaparon del rodete durante la corrida debajo del pañuelo rojo que cubría su cabeza.
_ ¡Negra taruga!, ¿qué pasa? _ Mercedes acostumbrada a la impetuosidad de Lola no se alteró, aunque la reprendió.
_ El señor Esteban acaba de llegar, pué, y encima cayó con esa negra mandona. ¡No la soporto doñita! _ compungida comenzó a hacer pucheros.
_ Pero si Candelaria es un amor, estás exagerando Lola _ se rió Lourdes.
_ Usté porque nunca vio como nos trata a la Tomasa, a mi máma y a mí. Cada vez que viene apoya su culo redondo en un banco de la cocina y empieza a criticar todo lo que hacemos: "Tomasa, al guiso le falta sal, Josefa, ¡que sucios están los plato!, lavalos de nuevo. Lola, no te muevas tanto que me mariás". Dígale alguito doña Mercedes, no la aguanto má _ se quejó lloriqueando.
En ese instante apareció Esteban Salguero tomando un mate y de muy buen humor.
_ ¡Feliz cumpleaños hijita! _ dijo dándole un beso en cada mejilla. _ Mercedes, está usted hoy encantadora _ la halagó.
_ No diga tonterías Esteban, estoy como siempre _ respondió enfurruñada, sin embargo luego le sonrió coqueta _ Si me disculpan voy a ver que pasa en la cocina, parece que su cocinera cada vez que nos visita  suscita el caos.
_ Pone pata pa´arriba todo, don Esteban. Usté perdone pero es muy bicha la Candelaria _ volvió a quejarse Lola. Esteban sin sorprenderse le dio la razón entre carcajadas.
_ Me lo vas a decir a mí.  Mi casa es un contínuo campo de batalla. Entre Laureana y Candelaria me van a matar. Cuando Lorenzo me pidió el favor de albergar a Candelaria jamás imaginé que en mi casa se desataría una verdadera batalla campal _  las dos negras que se peleaban por atenderlo y prepararle los mejores platillos. Les estaba agradecido por demostrarle tanto afecto, pero lo volvían loco.
Lola sofocó una risotada, le hizo una rápida reverencia y corrió detrás de Mercedes.
_ Esta muchacha me hace reír. Es tan...
_ Atolondrada...y leal... y cariñosa...y mi paño de lágrimas _ completó Lourdes.
_ ¡Perdón mi querida niña! _ Esteban y Lourdes estaban sentados en un banco de piedra amparados por la sombra del añejo naranjo, testigo silencioso de tantos acontecimientos ocurridos en la historia de la familia Aguirrezabala. Le tomó las manos y la miró con tanto amor logrando derrumbar las murallas de resentimiento que todavía la separaban de él. El ruego de su padre encerraba vergüenza, humillación y un profundo dolor.
Cuando Mercedes y Lorenzo le confesaron la verdad sobre Esteban Salguero y Consuelo, los odió por haber escondido por años tremendo secreto.
_ No lo supe hasta mucho tiempo después de la muerte de tu madre, compre Lourdes, no quería que sufrieras por un hombre que, creía yo, nunca conocerías _ se lamentó Mercedes.
_ Pero lo conocí _ expresó con frialdad.
_ Ay querida, no me juzgues, te lo suplico, yo sólo quiero tu bien _ Mercedes estaba desconsolada, su nieta jamás se había mostrado dura con ella y esa actitud la estaba destrozando.
_ Entiende Lourdes, de que te hubiese servido saber sobre la existencia de tu padre, un miserable que abandonó a tu madre con un su hijo en el vientre, un miserable que puso en escarnio público a nuestra familia, un miserable que provocó la muerte de tu madre y de tu abuelo. Si yo hubiera sabido su identidad antes de todas las desgracias que debimos pasar por su maldita culpa lo hubiera matado con mis propias manos _  la angustia hizo que Lorenzo estallara en un exabrupto.
_ Y ahora se presenta pidiendo mi perdón y no puedo dejar de pensar que gracias a su ayuda encontramos con vida a Miguelito. Siempre estuvo a mi lado dándome esperanza. Por días no durmió acompañando a Rafael en la búsqueda. Como Jefe de Policía puso a todos sus hombres a nuestra disposición para dar con Imanol. ¡Abuelita, lo odio por abandonar a mamá pero también le estoy infinitamente agradecida por mi hijo! ¿Qué hago, abuela, qué hago? _ como cuando era una niñita apoyó su cabeza sobre el regazo de Mercedes y lloró.
_ Perdonarlo _ la voz queda de Rafael serenó el torbellino de pasiones encontradas que se debatían en el alma de Lourdes.
El joven se sentó junto a la dos mujeres y acarició arrobado la cabellera de Lourdes semejante al trigo maduro. Ese cabello que deseó tener entre sus dedos desde el momento en que la conoció en el atrio de la iglesia del Pilar, una muchacha bella y altanera que le robó el corazón. Lourdes,"su" Lourdes, el amor que le cambió la vida.
_ Los remordimientos con los que convivió todos estos años fueron suficiente castigo para su pecado. Me reveló que nunca fue feliz, la imagen de tu madre lo persiguió sin tregua. El la amaba, pero fue un cobarde y te aseguro, pagó caro su cobardía. Dale una oportunidad Lourdes, demosle todos una oportunidad _ concluyó abarcando con la mirada a Mercedes y a Lorenzo.
_ Sí querida, Rafa tiene razón. Presiento que Consuelo es feliz viéndote cerca de tu padre _ la alentó conmovida Mercedes.
_ Yo noy partidario de esa idea, yo lo arrojaría a patadas a...
_ ¡Lorenzo! Basta ya de rivalidades _ lo cortó exasperada Mercedes _ No te bastó con los enfrentamientos entre federales y unitarios, no fue suficiente la persecusión que sufrimos por "La Mazorca"...tantos amigos muertos en las revueltas durante el gobierno de Urquiza. Estoy harta del odio que derramó tanta sangre, ¡basta ya!
_ Está bien, está bien hermanita, no te alteres. Perdonemos a ese canalla, hijo de p...
_ ¡Lorenzo! _ volvió a callarlo Mercedes.
Lourdes comenzó a reír, todos la miraron sorprendidos y a su abuela se le aligeró el corazón.
La voz de su padre la trajo nuevamente al presente diluyendo sus pensamientos.
_ ¡Cuánto te pareces a tu madre!, un rostro bello y sereno como el de ella. Lo tengo grabado aquí y aquí _ dijo señalando con su mano la cabeza y el corazón _  No soy un monstruo Lourdes y quiero demostrártelo, si me lo permites
Lourdes estudió el rostro que esperaba ansioso una respuesta. La mirada de su padre la horadaba buscando cariño.
Miguelito, Alba y Gorrión corrieron hacia ellos gritando y riendo. Estaban sudados y cubiertos de tierra, pero rozagantes.
_ Mamita, dice Tomasa que la comida de tu cumpleaños está lista _ mientras Alba hablaba se sentó en la falda de Lourdes.
_ Si nos atrasamos Tomasa se enoja _ declaró con seriedad Miguelito.
_ La carbonada tiene un olorcito, vamos mamá Lourdes _ la apuró Gorrión tomándola de la mano.
_ Papá, ¿puede llevar a Alba? _ le pidió con una amplia sonrisa que lo hizo estremecer y seguidamente lo besó en la mejilla dejandolo boquiabierto.
Rafael se acercó a ellos enviado también por Tomasa.
_ Papito haceme "sillita de oro" con el abuelito _ pidió con insistencia Alba, le encantaba sentirse una reina.
"Papá", "abuelito", las palabras resonaron en el alma de Esteban como dulces campanadas. No podía pedir más a la vida.
Lourdes se tomó del brazo de Rafael y le susurró al oído :"Te amo".

Muy lejos de allí alguien también festejaba en alta mar. Solo, en su camarote descorchó una botella de jerez.
Su destino era incierto; su futuro, una nebulosa; pero en su mente bullían muchísimos proyectos.
"Si vencí a la muerte, ¿quién podrá derrotarme? Resucité de entre los muertos, lo imposible para mí es posible".
La pócima que ingirió al consultar el antiguo Grimorio engañó a sus enemigos. Lo creyeron muerto y, sin embargo, se encontraba en estado catatónico. Muy astuto.
De un baúl extrajo una delicada copa de cristal, la llenó con el líquido ambarino. El aroma punzante de la bebida aguzó sus sentidos. Sintió que la fiera que dormía en su interior despertaba lentamente.
El sabor avellanado del jerez le recordó el sabor de unos besos que extrañaba con dolor y ansias.
"Jean, mi amante fiel. A tu salud". De un solo trago vació la copa. Volvió a servirse.
"Mi segundo brindis es por ti Rafael y por el amor que no pudo ser". Esta vez luego de beber estrelló la copa contra el piso con desazón. Y lloró...






sábado, 28 de octubre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.40

"¡Dios mio!, que solos se quedan los muertos".  Gustavo Adolfo Bécquer


Imanol se sirvió un brandy. Se paró pensativo frente a la estantería donde colocaba sus libros preferidos, libros que idolatraba, y luego de meditar, tomó  uno de tapas de cuero oscuro. Abrió el ejemplar con reverencia y con suma delicadeza hojeó sus páginas escritas en latín  buscando la pócima que le salvaría la vida.
_ ¡Aquí está! _ exclamó ufano.
Depositó el libro sobre la mesa y con el dedo índice fue recorriendo las indicaciones. Sentía el fuego del brandy en sus visceras y el fuego de lo sobrenatural corriendo por sus venas.
"El Picatrix", nombre del grimorio que en ese momento consultaba, fue el obsequio de uno de sus profesores cuando estudiaba medicina en la Universidad de Montpellier : Michel de Nostradame, conocido entre los alumnos como Nostradamus. Este era un hombre de profundos conocimientos que adquirió en sus frecuentes viajes por Europa y Oriente. Allí intercambió información con  doctores, alquimistas, cabalistas y místicos. Su sapiencia como apotecario le fue de utilidad para crear la «píldora rosa», la solución para la peste.
Y fue la "peste" que detonó en Imanol el deseo de ser médico.
Contaba con siete años cuando el mal irrumpió en Barcelona. Si bien él vivía a varios kilómetros de esa ciudad, allí residían sus tíos y Hernando, su primo adorado. A pesar de ser cinco años mayor que él acostumbraban a compartir juegos y travesuras.
Imanol admiraba el arrojo de Hernando, como aquel verano en Nájera cuando se escaparon durante la noche para incendiar la choza del gandul que había torturado y asesinado a "Gris", el gato que juntos habían rescatado del estanque evitando que se ahogara. Hernando lo bautizó Gris y desde entonces fueron inseparables hasta que una mañana, mientras paseaban por el pueblo, un grupo de niños los rodearon y comenzaron a burlarse de ellos. Envidiaban a Imanol por ser el hijo del Duque y vivir en la abundancia.
Envalentonados por ser mayoría, los ataron a un árbol y a Gris lo encerraron en un pequeño tonel al que golpearon violentamente con palos. Cuando el tonel se partió, el gatito comenzó a maullar con fuerza y a temblar de miedo, con la cola hinchada y los pelos como púas de erizo. Entonces torturaron a Gris hasta matarlo. Los salvajes reían como desaforados; Imanol y Hernando, lloraban.
"Nos vengaremos, te lo juro Imanol". Y esa noche lo hicieron, vieron al jefe de la banda calcinarse vivo. El maldito aullaba de dolor y espanto; Imanol y Hernando, reían victoriosos.
¡Cuánto lloró Imanol al enterarse que su primo había contraído la peste! Los médicos nada pudieron hacer por él ni por sus tíos. Todos murieron. Ese fue el hito que determinó su vocación y fue lo que lo acercó a Nostradamus. Compartía con su maestro el afán por develar los misterios del cuerpo humano y la conexión del hombre con lo sobrenatural, con las ciencias ocultas.
_ La fuerza zodiacal ayuda a dominar con precisión la naturaleza humana y todo lo que la rodea _ le confió su maestro una tarde en la biblioteca mientras depositaba en sus manos el valioso grimorio medieval.
Imanol admiraba a Nostradamus. Su palabra era "palabra santa" y que se acercara a él para ofrecerle tan preciado y singular regalo, un honor.
_ Mira, en El Picatrix está contenido el secreto de la vida. Sólo una mente privilegiada puede penetrar y comprender este misterio. Por eso te he elegido Imanol. El autor de esta joya, escrita en el siglo X, fue Abu-Maslama, un renombrado astrónomo y alquimista de Al-Andaluz. Guarda este manuscrito con celo, si lo utilizas con sabiduría será tu guía cuando te encuentres en una encrucijada.
"Y ahora me encuentro en una terrible encrucijada", pensó llenándo nuevamente su copa con brandy.
El tiempo apremiaba, sin embargo a Imanol parecía no preocuparle. Se paseó por los distintos anaqueles que colgaban de las paredes buscando los ingredientes para realizar la fórmula.
_ Extracto de belladona, tarántula disecada, gusanos, polvo de sapo venenoso y hueso humano triturado. ¡Perfecto! _ aplaudió entusiasmado al comprobar que tenía todo lo necesario.
Mezcló los componentes en un recipiente de cristal.
Sentado a la mesa, fijó su mirada en la pócima. Elevó una plegaria a su amado Jean, el amante que nunca lo decepcionó, bebió de un trago el resto del brandy que quedaba en la copa y con una gasa embadurnó su rostro con el polvo obtenido.
Cada una de las partículas de la fórmula entró en el riego sanguíneo a través de la epidermis llegando al corazón que en segundos se detuvo.

Rafael cabalgó con la velocidad del rayo. Estaba enfebrecido, ciego de cólera. Miles de recuerdos se atropellaban en su memoria.
El día después de la batalla de Caseros, el día en que conoció a Joaquín, el hombre que lo auxilió en su hora más oscura. Sin su ayuda no hubiera podido seguir adelante, él fue esencial para encauzar su vida. El afecto de Joaquín y de la negra Candelaria, le dieron fuerzas en la búsqueda de su identidad perdida. Sonrió al pensar en la cocinera, siempre dispuesta a consentirlo y a animarlo. Y luego la aparición de Imanol y Amalia, los primos aristocráticos de Joaquín.
"¡Maldita sea la hora en que los conocí!", masculló rabioso."Endiablado hipócrita, tu solícita ayuda para que recuperara la memoria no fue más que una sucia maniobra para destruir mi vida y de las personas que amo. Sabiendo la verdad sobre mi, tú y Amelia, tu obsesiva hermana, jugaron conmigo. ¡Que imbécil fui! Pero, ¿con qué objeto? ¿Para apartar a Lourdes de mi lado? ¿Para alejarme de mi familia? ¿Qué pretendían? ¿Qué amara a Amelia y tú quedarte con Lourdes?".
Recordó las palabras de Candelaria : La muy zorra de Amelia me ordenó poner unos yuyos raros en tus comidas. Como me dio mala espina se los llevé a mi comadre que es curandera y ella me dijo que se usan para hacer el mal, no para curar...
"¡No para curar!", repitió iracundo, "Y el cuento de la hipnosis...menos mal que don Lorenzo impidió que se llevara a cabo la sesión. ¿Qué pretendía Imanol sometiéndome a la hipnosis? Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que el muy hijo de puta quiere destruírme y para lograrlo raptó a mi hijo. ¡Como has sido capaz Imanol! ¡Maldigo el momento en que confié en ti!".
_ Rafael, creo que ese es el lugar _ la voz de Esteban interrumpió sus pensamientos.
Desmontaron velozmente y secundados por varios vigilantes derribaron la pesada puerta de la vieja casona.
El ruido atrajo la atención de algunos curiosos que a esa temprana hora se disponían a comenzar con sus labores.
El aguatero y el lechero detuvieron sus carretas no muy lejos del lugar, atentos a lo que sucedía. Un grupo de negras achuradoras que carneaban reses en un matadero cercano se arremolinaron detrás de las carretas, expectantes.
_ ¡Imanol!, hijo de puta, ¿dónde estás? _ gritó fuera de sí Rafael ni bien puso un pie en el laboratorio iluminado por dos candiles.
_ ¡Imanol! _ insistió y en ese instante lo vio tirado en el piso, los ojos abiertos, mirando sin ver y la boca torcida en un rictus macabro.
Esteban se arrodilló junto al cuerpo. Lo palpó buscando los latidos del corazón. Nada.
_ Está muerto _ le confirmó. _ ¿Y eso? _ preguntó al notar que Rafael olía el contenido de un recipiente de cristal. _ Tenga cuidado, seguramente es el veneno que lo mató _ y con cuidado le arrebató el recipiente.
_ Jefe, ¿qué hacemos con la chusma? Cada vez son má, pué _ se quejó uno de los vigilantes alarmado por la multitud que crecía en la calle frente al laboratorio.
_ ¡Carajo!, malditos entrometidos. Ya sé, diles que encontramos un muerto por la viruela. Le van a faltar "patas para salir rajando".
_ ¿De en serio, Jefe? _ el hombre se puso pálido de repente.
_ ¡Pero no, Toribio! Es una mentira para que se hagan humo _ se impacientó Esteban. 
_ Mire que es ladino, Jefe. Flor de jabón se van a llevar _ y riéndose fue a cumplir la orden.
_ Mi personal es buena gente, pero falto de entendederas _  le aclaró a Rafael aunque el joven no había prestado atención a la intromisión del vigilante, estaba concentrado en descifrar la muerte de Imanol.
"¿Se habrá suicidado por miedo al castigo de la ley, por remordimientos o por temor a mi venganza? Imanol, me robaste el placer de terminar con tu miserable vida. Por lo menos tengo la tremenda satisfacción de saber que ya no harás más daño, ¡lacra del infierno!", reflexionó sin quitar la mirada del cadáver.
_ Mire Rafael... aquí, debajo de este libro, parece una carta...sí, es una carta y está dirigida a usted _ se extrañó Esteban.
Rafael tomó el papel de un blanco inmaculado que le alcanzaba perplejo el Jefe de Policía.
Atónito, comenzó a leer en voz alta:
"Rafael, amor mio:
                           ¡Cuánto daría por ver la expresión de tu rostro al conocer mis sentimientos hacia ti! Probablemente estarás desconcertado y seguramente sentirás asco. Sin embargo, creo firmemente que si me hubieras permitido intimar contigo, lo hubieras disfrutado.
Mi corazón se detuvo cuando te vi por primera vez. Nunca imaginé poder conocer en estás tierras abandonadas de las manos de Dios a un hombre como tú: valiente, honesto, temperamental, sin máscaras...Precisamente tu fiera autenticidad fue lo que me enamoró, tus reacciones preñadas de violencia me encendían de una manera desgarradora. Cuánto más me rechazabas, más te deseaba.
Amelia también te amaba, pobre tonta. Sé que nunca le darías tu amor a una mujer tan insulsa y pusilánime como ella. La usé como pantalla para conseguir mi propósito: tú. Lamentablemente apareció Lourdes y arruinó mi estrategia. Primero pensé en matarla, soy un gran experto en venenos; supongo que a estas alturas de los acontecimientos ya te habrás dado cuenta, más tarde lo desestimé. Me propuse ganarte, era más excitante enfrentarme a ella por tu amor. "Ser el caballero que en una justa obtiene el favor de su amado" bonita imagen, ¿no te parece?.
Lamentablemente en esta lucha interfirió una tercer contrincante, Amelia, así que cuando se puso demasiado pesada tuve que sacarla del juego.
Te preguntarás por qué incluí en esta charada a Miguelito. ¡Por despecho!
A pesar de mi empeño por cuidarte, por protegerte, me rechazaste, me despreciaste. Y eso, Rafael, no lo perdono. Así que decidí responder a tu humillación por donde más te duele, a ti y a esa perra de Lourdes. Pero, tranquilo, no le hice ningún daño, aunque mi intención era otra. El bribonzuelo se me escapó, cómo lo hizo, no lo sé. Lo cierto es que fue más astuto que yo. 
Ya estaré muerto cuando leas esta carta. No me arepiento de nada porque todo lo hice para ganar tu amor y si no lo tengo, ¿para qué vivir? Espero verte en la otra vida si es que existe. Tuyo, Imanol".
Rafael estrujó el papel en su puño, para luego arrojarlo sobre el rostro contraído de Imanol.
_ ¡Despreciable pervertido! _ lo insultó con saña.
_ Vamos, Rafael, ya no tenemos nada que hacer en este lugar. Mis muchachos se encargarán del cuerpo, ¡vamos! _ juntos caminaron hacia la puerta; antes, recogió la carta y la acercó a la llama de una vela.
_ ¡Toribio!, ¡Celestino!, encárguense del fiambre. Yo le avisaré al oficial Saturnino del hallazgo. Más tarde se reunirá con ustedes _ rugió Esteban. Los hombres sepultarían a Imanol en las afueras del cementerio ubicado en la iglesia de San Ignacio. La Iglesia Católica rechazaba al suicida y se le negaba la sepultura en el Campo Santo. El alma del suicida estaba condenada al fuego eterno.
"Me gustaría estar en la Edad Media y ver tu cadáver  arrastrado por las calles boca abajo con una estaca atravesando tu corazón y una piedra en la cabeza inmovilizando tu cuerpo para impedir que tu oscura alma regresara a dañar a tantos inocentes", pensó consternado Rafael.
_ Regresemos a su casa Rafael. Deben estar esperando noticias nuestras. Debemos llevarles tranquilidad, sobre todo a Lourdes _ lo animó Esteban.
_ Es verdad don Esteban, la pesadilla ha terminado _ respondió meditabundo.

Toribio, Celestino y tres vigilantes más, depositaron el cadáver de Imanol en una carreta tirada por dos bueyes y enfilaron hacia la iglesia de San Ignacio. No les gustaba nada la misión encomendada, los muertos los aterrorizaban, especialmente ése que para ellos era el mismísimo demonio.
_¡Malaya sea nuestra suerte! _ despotricó Celestino, un joven rollizo y de baja estatura, sumamente supersticioso.
_ No veo la hora de sacarnos de encima este fiambre. Espero que el padrecito nos permita enterrarlo enseguida. Me pone los pelos de punta tenerlo tan cerca _ retrucó Toribio, hombre de mediana edad, vizco y parlanchín. El cadáver iba detrás de ellos en la carreta envuelto en una manta._ Se rumoriaba por el pueblo que el finao tenía tratos con Belzebú.
_ ¿Por qué decían eso? _ Celestino comenzó a sudar.
_ Acaso no sabés que se robaba a los gurises pa´destriparlos y sacarles tuita la sangre _ intervino otro de los vigilantes que iba a caballo a un lado de la carreta.
_ No, ¿pa´qué? _ Celestino además de sudar, empezó a temblar. La situación empeoraba y él lo único que quería era estar seguro en su rancho, con la puerta trancada y las ventanas bien cerradas.
_ Mirá si serás atrasao, pa´que va ser. Pa´ alimentar a Mandinga. La bebida preferida del diablo es la sangre humana y si es de inocentes, mejor _ lo ilustró Toribio.
_ El Búho recibía a cambio la inmortalidá y sabiduría _ completó un cuarto vigilante.
_ Pero si está más frío que un pedazo de yelo _ Celestino miró rápidamente hacia atrás para corroborar su afirmación.
_ Los que saben dicen que a media noche se va a levantar de entre los muertos y tonce...
_ ¡Callate Toribio! No seas bolacero, no ves que estás asustando al pobre muchacho. No le hagás  caso Celes, te está cargando _ trató de poner serenidad el más centrado de los vigilantes.
_ ¿Bolacero?, ¡yo no soy ningún bolacero! _ se ofendió Toribio.
_ Miren, el cura está esperándonos. Enterremos pronto al Búho y vayámonos pa´las casas de una buena vez _ les rogó Celestino que estaba al borde de un ataque de pánico.
El párroco estaba de mal humor. ¿Cómo se le había ocurrido al Jefe de Policía enviar a semejante delincuente y encima suicida, a su iglesia? ¡Inaudito!
_ De ninguna manera, no voy a permitir que entierren a ese engendro del demonio en estas tierras _ se empecinó.
_ Lo siento padrecito pero nosotros sólo recibimos órdenes de nuestro Jefe, así que por favor corrase del camino _ el cura estaba parado frente al gran portón de rejas que permitía el acceso al cementerio.
_ Muy bien, si tienen que hacerlo, ¡háganlo!, pero no en suelo santo. ¡Es un suicida! Entiérrenlo fuera del Campo Santo, detrás de esos árboles _ enfadado les señaló un pequeño bosque de abedules que se extendía detrás del cementerio _ Y les advierto, esperen al anochecer para hacerlo.
_ ¿Por qué? Si puede saberse _ se impacientó Toribio que deseaba desprenderse cuanto antes de ese maldito cadáver.
_ Porque no quiero que perturben la paz de los muertos que reposan en la santidad.
_ Lo que dice es una reverenda estupidez _ lo encaró Toribio harto de la displicencia del párroco.
_ ¡Lenguaraz! ¡Descarado! ¡Cómo te atreves a contradecirme! _ gritó indignado por la falta de respeto a su investidura.
_ Perdone a Toribio padrecito, es que estamos muy nerviosos, este muerto nos pone los nervios de punta.
_ Muy bien, los perdono, vayan con Dios y sigan mis indicaciones.
Una hora más tarde, el oficial Saturnino se unió a ellos en el bosquecito. Llegó con un cajón de madera ordinaria. Le echó una mirada al cadáver y se marchó.
_ Muchachos, yo no sé  ustedes, pero a mí me pica el bagre. Desde anoche que no como nada _ se quejó Celestino.
_ A vos ni el miedo te quita el hambre, ¿no? _ se rieron los demás.
_ Mi mujer me puso en la alforja queso y pan _ dijo uno.
_ Yo tengo charqui y unas manzanas _ a Celestino se le hacía agua la boca mientras sacaba de su bolsa las provisiones.
_ Yo colaboro con este vino patero _  Toribio mostró las dos botellas mirando con desconfianza hacia todos lados temiendo que apareciera algún oficial superior y lo reprendiera por tomar durante las horas de servicio.
Nadie puso reparos a la colaboración de Toribio, todo lo contrario, la aplaudieron. Es más, a medida que el tiempo transcurría fueron apareciendo petacas de ginebra y caña.
Cuando el sol se ocultó, todos estaban ebrios. A duras penas cavaron la fosa y pusieron el cuerpo dentro del cajón olvidando clavarlo. Tiraron unas pocas paladas de tierra sobre el cajón y se sentaron alrededor de la reciente tumba para descansar un momento antes de continuar. Mientras tanto seguían bebiendo.
_ Tenemos que apurarnos, no vaya a ser que nos agarre la hora del diablo _ empezó Toribio.
Celestino, que estaba empinando una botella de ginebra se atoró al escuchar a su compañero.
_ Toribio, no empecés de nuevo con tus cuentos, por favor te lo pido. Mirá que con el pedo que tengo me cago encima _ le suplicó el muchacho.
_ Un poco dispué de la medianoche empieza la hora de Mandinga. Los espíritus que prestan sirvicio al diablo cruzan al mundo de los vivos para buscar a quien atormentar y de ser posible llevarse almas para sus filas _ contó Toribio hipando de tanto en tanto sin prestar atención al ruego del miedoso.
Celestino se levantó como un resorte del pasto en donde estaba sentado y sin decir palabra montó un caballo y desapareció al galope.
Los otros, sin discutir, lo imitaron. Ninguno quería que los sorprendiera la "hora del diablo".
La tumba quedó a medio terminar.
Tiempo más tarde la tapa del cajón se abrió. Imanol, sin dificultad, salió de su tumba. Cerró nuevamente el cajón y lo tapó con tierra, concluyendo así la tarea de los vigilantes que huyeron despavoridos.
Enfundado en su capa lo engulló la oscuridad de la "hora del diablo".










lunes, 23 de octubre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.39

"El destino es el que baraja las cartas,
 pero nosotros los que las jugamos".      Arthur Schpenhauer


A medida que desaparecían las brumas y clareaba el día, de igual modo se clarificaban los pensamientos y se pacificaban las turbulencias espirituales de Imanol.
Sentado en un banco rústico y apoyados los codos sobre la gran mesa, altar sagrado de sus investigaciones, mesaba con rabia sus cabellos.
"¿Cómo pudo ocurrir?", se repetía una y otra vez.
Al ver la jaula vacía, lo asaltó una desagradable espasticidad que desbarató la seguridad que siempre lo caracterizaba. Sin embargo, su increíble poder de concentración lo ayudó a recuperarse a los pocos minutos.
Revisó impaciente cada rincón hasta que el agujero en una de las paredes le dio la respuesta.
"¡Pequeño bellaco!", pensó controlando su furia. Debía mantenerse sereno para actuar con celeridad y astucia.
"No debe estar lejos. ¡Ya verás lo que te espera malandrín del demonio por desafiarme!"
Montó el caballo y lo espoleó sin consideración. Debía encontrar al niño costara lo que costara. Adaptó los ojos a la oscuridad, atento a cualquier movimiento; aguzó su oído para captar una respiración agitada; afinó el olfato para percibir el miedo, un aroma que conocía muy bien, un aroma que lo encendía.
Creyó escuchar un sollozo entre los arbustos que crecían a la vera del camino. Buscó con ahínco, pero nada, ¡nada!
Inútilmente recorrió el camino ida y vuelta tres veces. Frustrado regresó al laboratorio rumiando ira.
"A esta altura Rafael ya sabrá de mí y querrá vengarse. Eso es lo que amo de de él, su vena asesina; lo conozco y aunque se empecine en ocultar su espíritu violento, está allí, latente, buscando un motivo para estallar. Me hace feliz que ese motivo sea yo, que sea tan importante para él como para querer matarme. Lamento decirte, mi querido, que te lo voy a hacer difícil. ¡Ay Señor, como amo a ese hombre!".
Feliz por las conclusiones a las que llegó y con el ánimo alto, comenzó a urdir un nuevo plan.


_ ¿Dijiste Imanol? _ Lourdes experimentó que la tierra se abría a sus pies. Lorenzo, que estaba a su lado, la sostuvo.
_ ¿Estás seguro querido? _ intervino Mercedes igual de impresionada que Lourdes.
_ Sí abuelita, estoy seguro. Tuve mucho miedo _ respondió el niño sin soltarse de los brazos de su padre. Rafael lo apretaba contra su pecho. La sangre le hervía. "Cuando lo atrape lo voy a despellejar vivo como solía hacerlo en los tiempos de La Mazorca", juró. Entonces, un vendaval de recuerdos lo impactó con la fuerza de un huracán.
Una catarata de escenas sangrientas lo cegaron por un instante. Él, combatiendo en el levantamiento de Corrientes, saltando sobre el enemigo y rebanándole el cuello con una naturalidad que daba escalofrío; él, con el trabuco naranjero, despedazando a decenas de unitarios en el campo de batalla; él, asesinando a sangre fría al Coronel Ramón Maza, jefe de una conjuración de unitarios y federales de valer contra Rosas, el déspota; él, torturando con impudicia. Se conmocionó, ¿ése era él?. Inmediatamente supo la verdad, sí, ése había sido él, pero una muchacha de ojos verdes y voluntad férrea  lo había rescatado de la inmundicia en la que se revolcaba. Lourdes, el amor de su vida, la mujer por la que estaba dispuesto a todo. Sí, mataría a ese desgraciado aplicando toda la crueldad de la que era capaz, sin remordimiento, sin culpa.
La calidez de una caricia lo volvió al presente.
_ ¿Estás bien? _ Lourdes lo miraba preocupada, tratando de penetrar en sus pensamientos.
_ Mejor que nunca, mi amor _ enlazó su mano a la de ella depositando un beso cálido en la palma suave y aterciopelada.
Mientras tanto,Tina, corrió junto a su nieto. "Mi tesoro", le dijo, "¡por cuánto has debido pasar!"
Lourdes, más serena, sentó a su hijo en su regazo y lo llenó de besos. Rafael se acomodó junto a ellos. Alba, desconcertada por la conducta de los adultos, prefirió permanecer en silencio y se dedicó a observar al niño desalineado oculto detrás de Lola.
_ ¿Qué mirás? _ le dijo Gorrión con fastidio.
_ ¿Cómo te llamas? _ Alba estaba fascinada con ese muchachito desgarbado de ropas harapientas.
_ ¡Que te importa! _ respondió exasperado por la curiosidad de la pequeña.
_ No seas malo, dime tu nombre. Quiero ser tu amiga _ el tono de súplica lo ablandó.
_ Gorrión
_¿Gorrión? Que nombre raro, pero me gusta mucho. ¿Tienes hambre? _ si todos estaban tan pendientes de Miguelito, entonces ella se preocuparía por ese niño famélico.
_ Mucha _  le confirmó recordando que con el apuro y el miedo había perdido el morral con su comida por el camino.
Alba sonrió satisfecha y lo tomó de la mano. Gorrión se resistió, pero Alba se impuso. Ella siempre hacía su voluntad. Pero cuando cuando estaban a punto de abandonar la sala la voz de Esteban, el Jefe de policía, los detuvo.
_ Gorrión, necesito hacerte unas preguntas. Sientate acá _ le señaló una silla tapizada de terciopelo verde.
_ ¿A mí? _ el miedo ante la presencia del magistrado lo hizo transpirar.
_ Sí, si, a ti _ insistió con una sonrisa ante la cara de pánico del niño.
_ Ahora no puede ir con usted, ahora viene conmigo a la cocina para comer un buen plato de mazamorra que hizo Tomasa _ Alba lo contradijo enfadada.
_ ¡Alba! ¿Qué maneras son esas? _ la reprendió Mercedes.
_ Abuelita Mechu, quiero invitar a mi amigo a comer. ¿No te das cuenta que tiene mucha hambre? _ lisonjeó. Alba era toda una actriz, adoptando una actitud inocente siempre lograba sus propósitos.
_ Luego, luego, querida. Ahora es muy importante que Gorrión nos ayude a encontrar al hombre malo que se llevó a Miguelito. ¿Te parece bien? _ preguntó con paciencia Esteban tratando de ganarse el favor de la niña.
Alba accedió, ese hombre le caía bien.
_ Gorrión, ¿cómo conociste al doctor Pacheco del Prado? _ comenzó con soltura sin imprimir al interrogatorio formalidad.
Todos en la sala hicieron silencio para escuchar a Gorrión. A Lourdes se le partió el corazón al verlo tan pequeño y frágil, el rostro manchado de barro y los ojos oscuros y enormes que revoleaba de un lado a otro buscando una salida por la que escapar.
_ No tengas miedo querido, aquí nadie te culpa; todo lo contrario, te estamos agradecidos por rescatar a Miguelito. Sin tu ayuda..._ Lourdes se quebró en llanto no pudiendo terminar la frase. Rafael la contuvo. "No llores mi amor, nuestro hijo está a salvo", le susurró al oído. Miguelito la besó y Alba se sentó en las rodillas de Rafael. No la iban a dejar relegada, no señor.
_ Mamita no estes triste, Miguelito ya está con nosotros. Además yo te quiero mucho, mucho _  dijo Alba secándole las lágrimas con sus deditos pegoteados de caramelo.
Lourdes le sonrió enternecida.
_ Yo también te quiero muñequita...a los dos...a los tres _ se corrigió _ Y ahora a dormir. Tina, por favor llevala a su dormitorio.
_ ¿Y Miguelito? Que él también se vaya a dormir _ se enfurruñó.
_ Primero va a tomar una sopa bien calentita y después se va a la cama también. Si dejas de rezongar te cuento una de esas historias de hadas que te gustan _ la tentó Tina. Alba, encantada, la siguió hasta el dormitorio luego de darle un sonoro beso a sus padres, a Mercedes y a Lorenzo. A Esteban se le hizo un nudo en el estómago cuando lo besó a él también
_ No tenga miedo señora, el Miguelito es muy valiente y yo siempre lo vuá a defender _ soltó de repente Gorrión enternecido por el amor de Lourdes a sus hijos y viendo a la pequeña alejarse a los saltitos. El nunca conoció a su madre ni a su padre. Lo crió una abuela, pero al morir vivió arrimado a una familia vecina que lo maltrataba. A pesar de su corta edad, decidió huir, prefería pasar hambre y dormir en los atrios de las iglesias antes que recibir insultos y azotes por negarse a robar en los negocios de la Recova. El no era ningún ladrón. Una cosa era entrar en casas deshabitadas y hurgar en las alacenas tratando de hallar un trozo de pan, si tenía chicharrón, mejor o alguna fruta. Y otra muy distinta robar en las tiendas.
_ Los dos son muy valientes. Y ahora cuéntame cómo conociste a ese doctor _ insistió Esteban.
_ Un día se presentó en la fonda de don Nicanor, ahí trabajo yo, sabe. Bueno, yo estaba barriendo la mugre de los clientes cuando un hombre que comía en una mesa apartada me llamó. Me asustó un poco, estaba tuito de negro...¡ah! y hablaba con palabras difíciles, aunque entendí cuando me ofreció unas monedas.
_¿Por qué te las ofreció?, ¿qué quería que hicieras? _ lo presionó Esteban.
_ ¡Pa´que va hacer!, pa´que trabaje pa´él. Tenía que limpiar el lugar donde atendía a los enjermos, eso me dijo. Iba dos veces por semana.
_ ¿Viste algo raro en el lugar? _ intervino Rafael, impaciente por concluir con las preguntas. Le hormigueaba la piel instándolo a comenzar la cacería. En su mente tenía el plan perfecto: acorralaría al maldito como si fuera un perro rabioso, luego se abalanzaría sobre él y gozaría destripándolo. Nadie atentaba contra su familia.
_ La jaula y unos cuchillos muy jilosos que tenía arriba de la mesa...
_ ¿Alguna vez viste a alguien más, además del doctor? _ lo interrumpió alterado Rafael.
_ No, a naides. Yo me iba  pa´llá a la nochecita dispué de lavar los platos en lo de don Nicanor, barría, ventilaba y acarreaba agua del arroyo pa´ llenar el barril que tiene en la entrada. "Siempre tiene que estar enllenado", me decía muy serio.
_ Si acostumbrabas ir a la nochecita, ¿por qué fuiste ayer a la medianoche? _ Esteban se moría por encender un cigarro; como Rafael, deseaba salir tras "El Búho", capturarlo y ponerlo tras las rejas.
_ ¿Me daría un vaso de agua, doña? Tengo el gargero seco _ le dijo a Mercedes cuando vio que le ofrecía a Esteban una copita de licor de naranja.
_ Lola, trae una jarra de agua. Cuando el Jefe de Policía termine con las preguntas te voy a preparar una rica cena, ¿contento? _ Mercedes estaba encantada con ese hombrecito, el salvador de su nieto.
_ Sí, doña...tengo un ragú... ¿No escucha como me chillan las tripas? _ respondió frotándose la panza.
_ Gorrión, ¿por qué fuiste tan tarde al laboratorio? _ machacó Esteban. No había tiempo que perder, debía atrapar al demente, temía que huyera y eso sería catastrófico.
_ El dotor, nunca me dijo su nombre, se apareció en lo de don Nicanor y me dijo que se iba de viaje y que ya no me necesitaba. Me pidió la llave y me dio unas cuantas monedas más. Tonce, yo pensé que dispué de dormir durante varios días abajo de la carreta del aguatero, me vendría bien dormir con un techo arriba de mi cabeza. Así que me juí pa´llá no má. Imagínese el susto que me di cuando lo vi al Miguelito encerrao en esa jaula y casi me cago encima cuando llegó el dotor. Por suerte el Miguelito encontró un aujero en la paré y por ahí nos escapamos. Corrimos como locos, el dotor nos seguía gritando y maldiciendo...
_ En un momento pensé que nos había visto. Se nos acercó muchísimo, ¡ay mamita!, tuve mucho miedo pero hice lo que vos me enseñaste...
_¿Qué Miguelito? _ preguntó Lourdes con la voz ahogada.
_ Le recé a la abuelita Consuelo. Ella nos protegió mamita, ella nos escondió de Imanol _ aseveró convencido.
_ Claro que sí mi amor, claro que sí _ Lourdes estaba emocionada, su madre siempre escuchaba sus ruegos. Su madre, ángel de la guarda de sus hijos.
Esteban escuchaba consternado, Consuelo, la mujer a la que dañó por cobarde.
_ Don Esteban, es hora, salgamos a buscarlo. Por lo que pude deducir del relato de Gorrión, la guarida de Imanol está muy cerca de donde nos encontramos con el negro Tadeo. El arroyo se extiende a pocos metros de allí y si el laboratorio está cerca del arroyo... _ Rafael hablaba atropelladamente, los nervios lo traicionaban, en sus ojos se podía leer claramente sus deseos de revancha.
_ Los acompaño, quiero ver cara a cara a ese crápula que traicionó nuestra confianza _ se adelantó Lorenzo, por nada del mundo se quedaría fuera de la cacería.
Rafael besó a Lourdes en los labios. La dulzura que saboreó apaciguó a la fiera que merodeaba escondida en su alma.
_ Cuidate _ le musitó Lourdes a Rafael sin apartarse de su boca.
Mercedes los vio partir raudamente desde el gran ventanal que daba a la calle de la Santísima Trinidad.
"Señor protégelos. Ilumina su camino, que encuentren a ese criminal", rezó con fervor.





miércoles, 18 de octubre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.38

"El dolor de separarse no es nada comparable a la alegría de reencontrarse".
Charles Dickens 

La sorpresa los dejó mudos. Rafael se limitó a abrazar y llorar sobre el hombro del pequeño que se aferraba a él con fuerza.
Lorenzo se mesaba el bigote con una mezcla de nervios y alivio que lo desbordaba.
Mercedes, apoyada en la espalda de Rafael que permanecía arrodillado sosteniendo a Miguelito, acariciaba con ternura los rulos castaños del niño que se apoyada en el pecho de su padre.
Lourdes, recostada en uno de los sillones de la sala, al escuchar semejante alboroto en el zaguán intentó levantarse, pero un mareo la hizo desistir. Tina la auxilió inmediatamente.
_ Tina, ¿qué esta sucediendo? ¿Por qué grita Lola? _ se asustó pensando lo peor.
_ Quédate recostada, yo voy a averiguar _ Tina, también preocupada, apuró el paso a través de la galería y casi se desvanece al presenciar la escena. ¡Su nieto, su Miguelito, sano y salvo! Con el corazón latiendo a prisa, corrió a unirse a los demás.
Lourdes, no estaba dispuesta a esperar el regreso de Tina con noticias. Se incorporó con cuidado y antes de llegar a la puerta...
_ ¡Miguelito! _ gritó entre lágrimas y risas.
_ ¡Mamita! _ el niño abandonó los brazos de Rafael y corrió hacia su madre _ Mamita, mamita _ repetía con alegría.
Lourdes lo acariciaba, lo llenaba de besos húmedos, lo estrujaba deseando tenerlo nuevamente en su útero, allí estaba seguro, nadie se lo arrebataría jamás.
_ ¡Perdón, hijito, perdón! _ exclamó desgarrada. Todos los observaban en silencio, acongojados y felices, una rara mezcla de sentimientos.
_ ¿Por qué me pides perdón mamita? Tú no tienes la culpa de nada _ la miró extrañado mientras se sorbía los mocos.
_ Te pido perdón porque no supe protegerte, tesoro _ se lamentó Lourdes.
Rafael, que escuchaba atentamente, intervino.
_ Lourdes, no digas eso. Eres una gran madre, siempre pendiente de los niños _ entre tanto, con un brazo la tomó de la cintura y con el otro alzó a Miguelito. Los acomodó en el sillón, Miguelito sobre el regazo de Lourdes, aferrado a su cuello.
Mercedes, Lorenzo y Tina se sentaron alrededor de ellos, todos muy emocionados y agradecidos a Dios por haberles devuelto al niño.
Lola, en la cocina respondía todas las preguntas de Tomasa, Josefa y Domingo. Ellos compartían la felicidad de sus patrones.
_ Por fin vamo´a respirá un poco de paz _ prorrumpió la cocinera sin dejar de dar fuertes golpes a la masa con la que se proponía hacer tortas fritas para festejar la aparición de Miguelito.
_ Muy cierto Tomasa, pero en este misterio falta algo _ reflexionó Domingo.
_ ¡Ay tatita!¡Usté y sus historias! _ bufó Lola cansada de escuchar relatos de ánimas y fantasmas. A su padre le encantaban los mitos y leyendas que desde pequeña le narraba sobre sus rodillas. Pero ahora ella ya era toda una mujer, ya no se asustaba...al menos no con facilidad, pensó frotándose las palmas transpiradas en la falda a lunares verdes.
_ Yo escuché al Jefe de Policía...
_ Don Esteban _ acotó Josefa levantando la vista de la sartén en la que freía las primeras tortas.
_ Sí, ese mesmo. Como les decía, don Esteban le dijo a don Rafael y a don Lorenzo que a Miguelito lo había ratado "El Búho", ese mal parido que se roba chicos y los asesina _ terminó Tomasa.
_ Pa´mí, "El Búho" es el mesmísimo Zúpay _ agregó Domingo. Al escucharlo, las mujeres se santiguaron atemorizadas.
_ ¡Calláte viejo! No llamés al diablo _ se enojó su mujer.
_ Sin que lo llame se apareció solito no ma´, ¿acaso no dice la Tomasa que fue él el que se llevó al Miguelito? _ se defendió el negro.
_ El Domingo tiene razón Josefa. Por lo que se comenta, "El Búho" se parece mucho al Zúpay : un jinete solitario vestido de negro,  con sombrero alado y bastón de oro, como sus espuelas y su facón; una visión que se aparece aparece por las noches. Y como el Zúpay, "El Búho" también tiene una guarida _ expresó con orgullo Tomasa.
_ ¡¿Una qué?!_ exclamó sin comprender Lola.
_ ¡Mirá que so´inorante! Guarida...escondite, ¿entende´? _ se alteró la cocinera.
Alba los vio discutir, pero no se detuvo, continuó su camino hasta la sala. Una pesadilla la despertó y como no encontró a la abuela Tina a su lado, decidió ir hasta la cocina por un vaso de leche. La abuelita Mercedes siempre le daba un vaso de leche tibia con miel cuando no podía dormirse y esa noche no podía dormir porque Miguelito había desaparecido y ella tenía mucho, pero mucho miedo.
Sin embargo al descubrir que la cocina estaba muy concurrida, decidió ir en busca de su mamá. "Me voy a meter en su cama, le voy a pedir que me cante una nana y así me voy a dormir bien tranquilita a su lado", decidió.
Al llegar a la sala se sorprendió al ver a todos despiertos, pero mayor fue su sorpresa cuando...
_ ¡Miguelito, volviste! _ gritó.
_ ¡Alba! _ el pequeño se bajó del regazo de su madre y corrió al encuentro de su hermanita. La abrazó y besó.
_ ¡Te extrañe! _ le confesó la niña con un simpático mohín.
_ Y yo a vos _ Miguelito expresó un sentimiento que jamás creyó tener. "¿Extrañar a esta diablita molesta? ¡Sí,sí!", pensó exultante.
_ Mientras no estabas, Lola me regaló una gata gordísima, pero resulta que no era gordura sino que tenía gatitos en la panza. Y ahora tenemos tres gatos.Menos mal que volviste así me ayudas a cuidarlos. Pero,¿dónde cuernos estabas? _ le recriminó con el ceño fruncido y los brazos en jarra remedando a la abuela Mercedes. Los adultos rieron, ya distendidos, ante la actitud desafiante de la niña.
_ Estaba encerrado en una jaula _ dijo de golpe.
_ ¿ Queeé? _ gritaron todos al unísono. El terror trepó por la columna vertebral de Lourdes. Su hijo  encerrado en una jaula. ¿Quién fue el autor de semejante monstruosidad? Lourdes lo apretó entre sus brazos.
_ Si mamita, me mintió, me dijo que tenía un libro de fábulas y que me lo quería enseñar. Yo le creí mamita, yo le creí y fue mentira porque me llevó a un lugar feo y oscuro y ahí me encerró en una jaula muy grande y me dijo que me iba a hacer cosas que yo no entendí, creo...creo que cosas malas. Me dejó todo un día solo en la oscuridad. Yo tenía mucho miedo mamita, hasta que llegó Gorrión y me salvó.
Todas las miradas se centraron entonces en el niño que hasta ese momento permanecía en un rincón apartado. Nadie había reparado en él, nadie lo había invitado a entrar, pero él lo había hecho igualmente. "Ni loco me quedo ajuera con ese loco suelto", pensó.
_ No te quedes ahí parado amigo, ven aquí. Esta es mi mamá y mi hermanita Alba. Mis abuelas y mi tío Lorenzo.
_ ¡Gracias Gorrión!, ¡gracias por rescatar a mi hijito! _ Lourdes, emocionada y agradecida, lo besó en ambas mejillas. El niño, sonrojado, bajó la vista y una sonrisa iluminó el rostro demacrado por el susto vivido.
_ Gorrión _ Miguelito le tomó la mano y lo acercó a Rafael _ El es mi papá.
Rafael se atragantó, la boca de Lourdes dibujó un "oh" silencioso, Tina y Mercedes se miraron contrariadas,  a Lorenzo se le cayó el cigarro de la boca por la sorpresa y Lola casi se cae de bruces  al escuchar la afirmación de Miguelito.
_ ¿Rafael es mi papá mamita? _ preguntó confusa Alba.
_ Si querida _ le confirmó con dulzura Lourdes.
_ ¡Papito!, ¡mi papito! _ Alba reía y danzaba alrededor de Rafael hasta que él la atrapó y la colmó de besos. Lo mismo hizo con Miguelito. Nunca imaginó tanta felicidad: recuperar el amor de su mujer y de sus hijos.
Mercedes no deseaba interrumpir, pero su curiosidad pudo más.
_ Miguelito, querido mío, ¿quién te dijo que Rafael es tu papá?
_ El hombre que me encerró en la jaula y que yo creía que era tu amigo y de mamita, el doctor Imanol.


lunes, 9 de octubre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.37

"No fuiste el amor de mi vida, ni de mis días,
 ni de mis momentos. Pero te quise,
 y te quiero,
 aunque estemos destinados a no ser". 
Julio Cortázar 

Imanol no se turbó al descubrir en la vera del camino principal que llevaba a su laboratorio al negro Tadeo maniatado y custodiado por dos vigilantes armados.
Esa noche, luego de brindar con un excelente champagne francés por la muerte de su hermana, a quien  hacía tiempo que deseaba sacar de su vida, se encargó de las dos sirvientas, mujeres entrometidas y cargosas. No las soportaba y en ese momento, gozó con la idea de someterlas a su placer. Por supuesto que no era una placer sexual sino...
Pasó la lengua por sus labios reteniendo el exquisito sabor frutado de la bebida. Suspiró fascinado. La botella vacía determinó que la hora de la diversión comenzaba. Miguelito podría esperar. "El será la frutilla del postre, como solía decir mi aristocrática abuela", pensó con cinismo.
Fue a su dormitorio con el fin de buscar el maletín de cuero negro. Lo abrió y constató tener todo cuanto necesitaba. Abrió con delicadeza la pequeña y alargada caja de plata. En su interior, forrado de terciopelo rojo, destacaban cuatro bisturíes y dos tijeras. "¡Gottfried, mon ami! Gracias a tu genialidad y pericia hoy disfruto de estos maravillosos instrumentos que me abren las puertas del saber", exclamó al recordar a sus gran amigo Gottfried Jetter, un maestro cuchillero que encauzó la comercialización de instrumentos quirúrgicos en Francia y al que conoció una espléndida tarde de primavera mientras paseaba por la ribera del Sena con su amado Jean.
Al pensar en su amante, una sombra de tristeza turbó su corazón.
"Jean, no quise traicionarte. Sólo que la soledad en que me dejaste me llevó a buscar otro amor, mon chéri. Pero él nunca me correspondió por más que intenté, siempre ignoró mis sentimientos, me humilló. ¡Desalmado Rafael! Pero hoy me cobraré venganza". Y entonces, Imanol rió con todas sus fuerzas, risotadas siniestras que parecían conjurar a los espectros más espeluznantes del infierno.
Cerró con delicadeza la caja, tomó el maletín y se encaminó por la galería hacia el último patio, allí donde dormían tranquilamente las dos negras en su habitación. Entró con sigilo, apoyó el maletín sobre una mesa de patas chuecas y extrajo un frasco de vidrio transparente. Lo descorchó con precaución y con el líquido empapó un pañuelo.
Una de las negras balbuceó en sueños. Imanol cayó como un buitre sobre ella cubriendo su boca y su nariz con el paño embebido en cloroformo. La mujer apenas luchó y enseguida cayó en la inconsciencia. Enseguida se ocupó de la otra que ni se inmutó.
Con prontitud le quitó el camisón remendado y los calzones. Al ser ella muy delgada, le llamó la atención la redondez del vientre. La observó con detenimiento llegando a una conclusión que lo maravilló. "La negra está preñada".
Tomó un bisturí de la caja de plata. Con pericia realizó una incisión del ombligo hasta el vello púbico. En el proceso lesionó la vejiga, pero no le importó. La prioridad era llegar al feto que tendría unos cuatro meses, calculó.
A continuación, realizó incisiones más profundas a través de varias capas de tejido hasta llegar a la pared uterina donde realizó una última incisión. Abrió la bolsa amniótica y extrajo el feto cortando el cordón umbilical. Lo estudió fascinado. Luego lo dejó sobre la mesa junto al maletín.
Extrajo la placenta y examinó el útero. En la sábana de la moribunda se limpió la sangre de las manos. Del bolsillo del pantalón sacó una libreta de anotaciones donde dibujó el útero, la vejiga y los intestinos. Mientras tanto la mujer moría desangrada.
Al finalizar, miró la hora en su reloj de bolsillo y se alteró.
"¡Mierda, que tarde se me ha hecho!", giró hacia la otra negra y la degolló. "Perdona pero no tengo tiempo para ti".
Con el maletín en una mano y el feto en la otra se dirigió a la cocina. Buscó un frasco lo suficientemente grande para que lo albergara. Realizado su cometido lo escondió en su dormitorio detrás de un pilón de camisas recién planchadas dispuesto prolijamente en el ropero. Aprovechó para cambiarse no sólo la camisa, de cuello alto y duro, sino también el pantalón. "La elegancia y la pulcritud es la esencia de todo caballero", dijo mirándose al espejo. Se anudó el moño de seda blanco y en el centró colocó un broche de oro en el que se destacaba un gran rubí. Luego tiró las prendas manchadas de sangre debajo de la cama y con paso ligero se dirigió hacia la caballeriza.
Galopó con urgencia eligiendo siempre los caminos linderos a la calle principal, agazapado entre la densa niebla y las sombras de la noche.
De repente una mancha luminosa en la lejanía lo puso en alerta. Disminuyó la marcha y fue acercándose con cautela ocultándose entre los arbustos. Entonces lo vio y se le revolvieron las tripas.
"¡Negro estúpido!", lo insultó.
Sin embargo en sus planes, una situación como ésta ya la tenía prevista. Así que sin dudarlo desmontó del zaino y de la alforja que colgaba de la silla de montar sacó tres dardos, las puntas empapadas en un exótico veneno que un colega obtuvo en uno de sus viaje al Alto Perú. Colocó la cerbatana en su boca y sopló con fuerza. Una vez...dos veces...tres veces. ¡Victoria!
Los vio revolcarse en la tierra, desconcertados, aterrorizados...por fin muertos, una muerte rápida que no les permitió pedir auxilio.
Complacido volvió a montar; primero con sigilo, luego a galope tendido por caminos serpenteantes esquivando ramas y arbustos.

Esa noche, luego de finalizar todos sus quehaceres en la fonda de don Nicanor, Gorrión hizo un pequeño atado con las provisiones que siempre le regalaba el patrón cuando estaba de buen humor. Lió entusiasmado en un repasador deshilachado un trozo de queso, una hogaza de pan duro y dos tiras de charque. Al despedirse del viejo gruñón, robó dos manzanas del cajón que se exhibían en el mostrador.
"¡Hoy voy a comer a mis anchas, sí señó!", canturreó mientras se alejaba de la fonda y rumbeaba hacia el laboratorio del doctor Imanol.
El sereno pasó junto a él anunciando la medianoche. Gorrión apuró el paso soñando con el festín que se daría. De sólo pensarlo se le hizo agua la boca ya que desde el amanecer no probaba bocado.
"Pucha que tengo suerte. El dotor me regaló unas monedas, don Nicanor me regaló comida y aura voy a dormir a pata suelta. Pucha que tengo suerte", se alegró el chiquillo acariciando una ganzúa que llevaba oculta en el bolsillo del pantalón.
Ya no acostumbraba a colarse en las casas sin vigilancia de los ricachones, como él los llamaba,  cuando en la época estival éstos viajaban a sus quintas en la zona de Retiro para gozar del fresco que venía del Río de la Plata y de los bosques de álamos y durazneros que rodeaban las propiedades. Ya no. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando recordó su última experiencia, aterradora y paralizante.
Aquel día había amasado pan desde la madrugada en la fonda y había permanecido junto al horno de barro vigilando la cocción durante horas, además de restregar con furia el hollín de las cacerolas y lavar decenas de vasos. Por la noche, cansado y agobiado, se refugió en un caserón ubicado en las cercanías del Cabildo. Su amigo Pancracio, un zambo tres años mayor que él y con gran habilidad para forzar puertas y ventanas cerradas a cal y canto, lo esperaba silbando bajito en la glorieta del inmenso jardín. Con la ayuda de una ganzúa entraron sin mayor dificultad luego de comprobar que los vigilantes a pie no merodearan por la zona. Compartieron unos mendrugos de pan de cebada y unas manzanas algo rancias mientras Pancracio narraba divertido cómo había escapado "por un pelo" de las garras del cura párroco de San Ignacio al descubrirlo robando las monedas de la limosna. De repente las risas se detuvieron al escuchar unos ruidos de cadenas provenientes de la parte trasera de la casa. A continuación un aullido lastimoso les puso la piel de gallina.
_ ¡El Cadejo! _ balbuceó con miedo Gorrión. El Cadejo, perro negro de centelleantes ojos rojos, espectral criatura asociada al mal que atacaba a los malhechores.
_ ¡Carajo!, rápido Gorrión salgamos de acá _ Pancracio lo sacudió con fuerza. Gorrión estaba como en trance, sólo pensaba en el perro negro que venía a comérselos por haber invadido una propiedad ajena.
Salieron disparados por la puerta de entrada llevándose por delante un mesa y estrellando contra el piso una primorosa fuente esmaltada que quedó hecha trizas.
"Nunca más, nunca más me vuá a meter en una casa estraña", se prometió esa noche terrorífica.
Sin embargo ahora iba en camino del laboratorio de ese doctor misterioso. La alegría y el entusiasmo que le provocaba el tintinear de las monedas en su bolsillo le impedía ser cauteloso, suavizando la espantosa experiencia con el Cadejo.
Espantando esos agrios recuerdos, llegó a destino con un hambre atroz. Su destreza en el uso de la ganzúa le permitió franquear la puerta sin dificultad.
La densa oscuridad que lo recibió no lo asustó. Conocía el lugar al dedillo. Caminó con cuidado con los brazos extendidos para no tropezar con la gran mesa que se ubicaba en el medio de la sala. Tanteando a ciegas encontró un candil amurado a la pared que encendió con un yesquero que lo tomó prestado de las pertenencias de don Nicanor.
La aureola de luz que rompió la penumbra, lo reconfortó. Se sentó en el frío piso de piedra y se dispuso a disfrutar de su banquete.
De repente un ruido de cadenas lo alertó y un llanto desconsolado, lo paralizó.
"¡Maldita sea mi suerte! Otra vez el Cadejo", se lamentó temblando como una hoja.
Con rapidez juntó la comida que había dispuesto sobre un trapo sucio en el suelo, pero cuando estuvo a punto de huir lo detuvo un grito de socorro.
_ ¡Por favor, no me dejes aquí! _ Miguelito había visto al niño escurrirse entre las sombras, ese niño era su esperanza.
_ ¿Quién me llama, pué? _ Gorrión volvió al centro de la sala. Escudriñó en los rincones buscando el origen del llamado.
_ Estoy encerrado en una jaula, ayúdame, por favor _ suplicó.
La jaula, claro. Gorrión tomó una vela de la mesa y la encendió. Caminó con sigilo hacia el fondo de la habitación y allí estaba...un niño encadenado.
_Pe...pe...pero, ¿qué hacés ahí? _ preguntó perplejo.
_ Imanol me encerró, ayúdame a salir antes de que vuelva. ¡Me va a hacer algo malo! _ comenzó a llorar Miguelito.
_ ¿Quién es Imanol? _ Gorrión estaba cada vez más confundido.
_ El doctor. Por favor, debo salir de acá antes de que vuelva _ rogó con premura Miguelito.
_ Pero si se jué de viaje. ¡Viejo mentiroso! Así que el dotor te encerró en la jaula. Ya me olía que era un flor de hijo de puta. Ya, ya te saco _ lo tranquilizó. Nuevamente utilizó la ganzúa para abrir la puerta de la jaula y liberarlo de las cadenas. En eso estaban cuando escucharon acercarse a un jinete.
_ ¡Mierda! Debe ser el dotor _ maldijo Gorrión. Más veloz que el viento Pampero, apagó el candil y la vela. Tomados de la mano y acurrucados en un rincón, escucharon como se abría la puerta.
_ Ahora sí que estamos jritos amiguito _ sollozó Gorrión.
El taconeo de unas botas les delató la presencia cercana de Imanol.
Miguelito codeó con urgencia a Gorrión señalando un hueco en la pared.
_ Es nuestra salvación _ le dijo en voz muy baja.
Gorrión sonrió, claro que sí.
La estrechez del agujero no les impidió escapar con facilidad. Una vez en el exterior corrieron con la rapidez del rayo ocultándose entre los arbustos y espinillos.
Corireron. Corrieron. Corrieron. El corazón aleteando como un pájaro en fuga. Las lágrimas les nublaba la vista y ellos corrían, corrían sin desfallecer.
Atrás, Imanol encendió el candil y con una sonrisa devastadora se dirigió a la jaula.
_ Miguelito, Miguelito, tu hora ha llegado _ sentenció saboreando sus mezquinas intenciones.
Al descubrir la jaula abierta y vacía lanzó un improperio.
_ ¿Dónde te escondes pequeño bribonzuelo? ¡Puta madre!, no me hagas enfadar porque será peor para ti _ la rabia rezumaba de todo su ser. La bestia que habitaba en su interior nuevamente se apoderó de él y bulléndole la sangre dio vuelta todo el laboratorio buscando al niño sin éxito.
Fuera de sí montó en su caballo y como un demonio salido del infierno comenzó una desquiciada persecusión. Debía hallar a su presa.
Los niños, sin aflojar su carrera desesperada, alcanzaron la calle de la Santísima Trinidad.
_ ¡Allí, allí ...es la casa de mi abuela! _ se alegró Miguelito.
Golpearon con apremio, una vez...otra...otra...y otra más hasta que alguien les abrió y Miguelito cayó en sus brazos extenuado mientras Gorrión respiraba con alivio. "Amiguito estamos a salvo", gritó entre lágrimas.








miércoles, 23 de agosto de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.36

"Momentos como aquél eran brotes del Árbol de la Vida,
 flores de tinieblas".   Virginia Woolf

Lourdes desgranaba un rosario en su reclinatorio, aquel reclinatorio que sostuvo su frágil cuerpo cuando llorando rezaba por su amado Rafael, muerto, creía ella, en una cruenta batalla.
Días grises, de angustia y tormento, días en los que deseó estar muerta. Sin embargo, Dios escuchó sus ruegos desesperados y le devolvió a su marido de la tierra de los muertos.
Y ahora, nuevamente, el precipicio y la desolación.
"¿Dónde estás Miguelito?, ¿dónde?. ¡Señor, te suplico que nada malo le suceda! ¡Protégelo, por favor! ¡Protégelo!", gemía en la oscuridad de su cuarto.
Mercedes entró sigilosa. No deseaba perturbarla. Sin embargo, el leve resplandor de la vela que portaba hizo que Lourdes se volviera con brusquedad hacia la la luz.
_ Querida, ¿por qué no te recuestas? _ Mercedes la ayudó a incorporarse y Lourdes, mansamente, se dejó llevar. Inútil oponerse, las fuerzas la habían abandonado dejándola laxa como una marioneta.
_ Abuelita, ya pasaron casi cinco horas desde que Rafael se fue. ¿Por qué tarda tanto?...¡Ay Abuela, esta espera me mata!! _ la voz quebrada, el cuerpo quebrado...Mercedes, desesperada no sabía cómo consolarla, cómo contenerla...si ella misma estaba en el infierno.
_ Lourdes, mi avecilla... _ comenzó a decirle mientras le trenzaba el cabello enmarañado.
_ Así me llamabas de niña cuando lloraba por no tener mamá _ la miró con esos enormes ojos como dos charcas de aguas luminosas. Su fragilidad le perforó el alma.
_ Siempre serás mi avecilla. Sin tu existencia me hubiera hundido en la tristeza más absoluta _ Mercedes la cubrió con una manta de vicuña. La calidez de la lana la reconfortó templando el hielo que atenazaba sus miembros _ Verás como Rafa regresa con Miguelito. No perdamos la esperanza _ se inclinó sobre su nieta y la besó en la frente.
Lola apareció agitada.
_  Don Rafael está en la sala con el Jefe de Policía.
Al escucharla, Lourdes salió disparada como un rayo de la cama. Descalza corrió por los pasillos hasta alcanzar la sala. Ni bien lo vislumbró, se aferró a él buscando protección, consuelo. Poco a poco se soltó de él y al mirarlo a los ojos, supo la verdad. No lo habían encontrado, no había rastro de su Miguelito...y se desarmó en los brazos de su marido.
Mercedes, que en ese momento llegaba con las botitas de cuero de Lourdes se quedó paralizada al cruzar su mirada con Esteban Salguero. Él esbozó una tímida sonrisa como de disculpa, y enseguida le volvió la espalda prestando atención a la pareja del sofá.
Rafael, arrodillado sobre la alfombra, sostenía la mano de Lourdes que reposaba en el sillón. Lola la abanicaba con el último número de "La Moda Elegante", revista que coleccionaba Mercedes. Tina, sin perder un minuto, corrió por las sales y se las pasó por las fosas nasales.
_ Gracias madre _ Tina se arrodilló junto a él y Rafael apoyó la cabeza en el hombro de su madre. ¡Cuánto necesitaba descansar!
_ ¡Miguelito! ¿Dónde está Rafa, dónde? _  Lourdes gimió desgarrada.
_ Lourdes, mi amor, seguiremos buscando. Probablemente esté escondido en alguna casona abandonada. Miguelito es muy fantasioso, con seguridad estará persiguiendo algún monstruo para darle caza _ "o mejor dicho, un monstruo le dio caza a mi pequeño", reflexionó angustiado _ Lourdes, este señor es Esteban Salguero, el Jefe de Policía, él nos está ayudando en la búsqueda.
_ Así es señora _ Salguero se adelantó, le tomó una mano y se la besó _ "tan parecida a su madre", se emocionó _ Mis hombres tienen cubierto un extenso radio que cubre todo el barrio de Montserrat, incluso tres patrullas de vigilantes a pie recorren en este mismo momento palmo a palmo el "Barrio del Tambor". Lo encontraremos Lourdes _ se atrevió a llamarla por su nombre de pila imprimiéndole cariño...ternura _ Lo prometo.
Mercedes carraspeó nerviosa. "¿Qué hace acá este tipo?", se indignó. Lorenzo, que regresaba de la cocina trayendo una taza de café, adivinando la intención de su hermana de "cantarle cuatro frescas" al patán desvergonzado que se animaba a presentarse en su casa, la casa de Consuelo, la codeó con brusquedad para evitar un verdadero desastre. Mercedes lo fulminó con la mirada, pero calló. Aún no era el momento de poner las cartas sobre la mesa.
Rafael, ajeno a la animadversión que sentían Lorenzo y Mercedes hacia el Jefe de Policía, luego de hacer las presentaciones pertinentes, lo invitó con unos amargos en la cocina. Los hermanos comprendieron la intención de Rafael de conversar lejos de la atención de Lourdes y accedieron con prontitud.
_ Mi amor, voy unos minutos a la cocina con Salguero y los tres vigilantes por unos mates. Algo caliente nos sentará bien antes de continuar la búsqueda. No, no querida, quiero que te quedes aquí descansando _ la detuvo con dulzura cuando Lourdes intentó levantarse y acompañarlo._ Madre,cuídela, por favor.
Rafael besó a Lourdes y en el beso halló la fortaleza para no darse por vencido: su hijo vivía y pronto estarían juntos.
Se sentaron en la larga mesa de la cocina. Rafael y Salguero frente a Mercedes y Lorenzo. Los tres vigilantes optaron por quedarse cerca del fogón. Lola servía los mates. Una fuente de tortas fritas en el centro de la mesa acaparó las miradas de los vigilantes que estaban famélicos luego de una ardua jornada en la que apenas probaron bocado.
_ Jacinto llevate la fuente y den buena cuenta de ella, se lo merecen _ animó Salguero al vigilante más joven, un muchacho de apenas diesiseis años. Los hombres, agradecidos, comieron a cuatro manos ante una Lola escandalizada por la velocidad en que se vació la fuente.
_ ¿Cuál es la situación Rafael? _ Lorenzo, pálido y ojeroso, temía lo peor.
_ Es muy grave _ comenzó Rafael.
_ Muy grave, lamento decir _ remarcó Salguero _ Hemos...
_ Prefiero que nos informe Rafael _  lo interrumpió con acritud Mercedes.
Lorenzo le lanzó una mirada feroz y Salguero bajó la cabeza, como avergonzado.
_ ¿Qué sucede? _ Pregunto Rafael, perplejo ante la tirantez reinante entre Salguero y los hermanos Escalante.
_ ¿Por qué? _ Lorenzo encendió un cigarro. Mercedes, de un manotazo, le quitó la cigarrera, extrajo otro cigarro, se lo llevó a la boca, lo encendió con el yesquero y aspiró el fuerte tabaco que Buenos Aires importaba del Paraguay. Los hombres, boquiabiertos, la observaron pasmados.
_ ¡Mujer!, ¿desde cuándo fumás? _ exclamó Lorenzo ofendido por semejante desfachatez.
_ Desde hoy, ¿algún problema? _ lo enfrentó, los ojos llameantes y la voz con el poder de una espada afilada.
_ No, no, ningún problema. Si fumar te place..._ Lorenzo decidió no contradecirla. Si lo hacía Mercedes era capaz de decapitarlo. "El horno no está para bollos", pensó resignado.
_ Muy bien. Y ahora basta de pavadas. En cuanto a lo que nos une a Salguero, es una historia amarga. El es el padre de Lourdes, el canalla que se burló de mi Consuelo. El miserable que provocó su muerte y la de mi marido _ cada palabra que Mercedes pronunciaba tenía la fuerza de un látigo que caía sobre Salguero dejándolo en carne viva.
Rafael escuchaba anonadado.
_ ¿Usted?...
_ Sí, mi amigo. Yo soy ese cobarde que huyó dejando a la mujer que amaba más que a mi propia vida sumida en el oprobio y la vergüenza _ se lamentó cubriéndose el rostro con las manos.
_ ¿Amarla?, ¿más que a su propia vida? ¡No me haga reír! Por su culpa mi sobrina tuvo que recluirse en un convento de monjas, alejada de todo afecto. Por su culpa sufrimos toda clase de afrentas. La sociedad pacata en la que vivimos no perdona, señor mío. Lourdes, de niña, nunca tuvo amigas. Las nobles familias, enteradas a pesar de nuestros recaudos, no permitieron que sus queridas hijitas hicieran migas con una bastarda. Mercedes, Tina y yo fuimos todo para ella, luchando siempre por su felicidad y lo logramos, señor mío, lo logramos a pesar de la ausencia de una madre y de un padre _ esto último lo remarcó con ferocidad.
Los vigilantes que tomaban mate tranquilamente, sobresaltados por los gritos, huyeron al patio trasero llevándose la  pava y el mate con ellos.
_ De nada sirve decir que estoy arrepentido y que la vida me ha hecho pagar con creces mi falta _ Salguero estaba consternado.
_ Efectivamente, de nada sirve _ expresó Mercedes con severidad mientras sacudía las cenizas del cigarro en un platillo de porcelana.
_ Pero ahora se me presenta la oportunidad de rectificar en parte mi conducta. Como Jefe de Policía he puesto en acción a todos mis hombres. Tres patrullas de vigilantes a caballo y dos de vigilantes a pie recorren los suburbios de la ciudad para dar con Miguelito y capturar al monstruo que lo secuestró. Yo mismo junto a Rafael hemos estado a punto de atraparlo...
_ ¿¡Cómo es eso?! _ lo interrumpió alterado Lorenzo. Mercedes ahogó un grito.
_ Por el camino que lleva a la pulpería "El gallo rojo", nos topamos con una carreta. La conducía un negro que detuvimos tiempo atrás. En la carreta encontramos el cadáver de la señorita Amelia Pacheco del Prado.
Mercedes quedó atónita al escuchar el nombre de la hermana del doctor Imanol. El cigarro se le cayó de los dedos temblorosos. La situación se volvía cada vez más siniestra.
_ Lola, trae una botella de ginebra _ ordenó Lorenzo agitado.
La negra, también temblando, puso sobre la mesa los vasos y los llenó de aguardiente. "No quiero escuchá má, no quiero escuchá má, ¡ay Dios mío!, que el Miguelito estea bien. Angelito de la Guarda, protejelo", repetía en silencio y se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.
_ Continúe Esteban, continúe _ Lorenzo le acercó uno de los vasos.
_ Mientras identificábamos a la difunta, alguien, protegido por las sombras de la noche, asesinó al negro Tadeo como así también a dos de mis hombres que lo vigilaban. Lo hizo con dardos venenosos _ concluyó Salguero.
_ No entiendo, ¿qué tiene que ver ese negro y el cadáver de Amelia con la desaparición de Miguelito? _dijo turbada Mercedes. Nerviosa encendió otro cigarro.
_ Los vecinos de Montserrat nos confesaron, no sin oponer resistencia, que un hombre vestido de negro recorre las calles durante las noches, muchas veces con un niño de la mano. Ellos dicen que es Mandinga, el diablo, que anda suelto buscando saciar su sed con sangre inocente _ Rafael estaba conmocionado, respiraba con dificultad y un fuego interior lo consumía.
_ ¡Cobardes hijos de puta! ¿Por qué nadie lo detuvo? _ vociferó Lorenzo y poniéndose de pie pateó una silla con fuerza.
_ Tienen miedo, don Lorenzo. Creen que Mandinga caerá sobre ellos y los arrastrará al Infierno si se interponen en su camino. Están aterrados _ los defendió Salguero.
_ Son ignorantes y el malparido se aprovecha de eso _ acotó fuera de sí Rafael.
_ ¿Y usted cree que Miguelito está en las garras de ese hombre? _ preguntó Mercedes a punto de explotar.
_ Todos los indicios nos llevan a creerlo. Don Nicanor, un comerciante de la zona en cuestión nos habló de un hombre con las características de "El Búho" que este mediodía lo vio pasar raudamente frente a su fonda con un niño. Más tarde se presentó en su negocio buscando a su peoncito, un tal Gorrión. Parece que lo empleó para tareas de limpieza, al menos eso entendió don Nicanor. Ese niño debe saber la ubicación de la guarida de "El Búho", estoy seguro _ Salguero se sirvió otra ginebra y aceptó un cigarro que esta vez sí le ofreció Lorenzo.
_ Y ese chico, ¿dónde está? _ se inquietó Mercedes, blanca como la cera.
_ Desaparecido y Tadeo , muerto. Los dos testigos que podrían llevarnos a "El Búho"... ¡Mierda, mierda, mierda! _ Rafael comenzó a caminar como un poseído por la cocina rompiendo todo cuanto encontraba a su paso _ Juro que te voy a encontrar Búho y te voy a desollar vivo. Lo juro por lo más sagrado, ¡carajo!
El reloj Carrillón de la sala dio las tres de la madrugada y un golpe en la puerta de entrada los puso en alerta.
Todos se miraron expectantes y contrariados. ¿Quién era a esa horas? Lola temblaba como una hoja; Mercedes, saltó de la silla; Lorenzo y Salguero acompañaron a Rafael hasta la puerta. Al pasar por la sala, Lourdes con miedo, se unió a ellos. Tina permaneció cerca de la chimenea rezando.
La aldaba volvió a resonar en la oscuridad y en el corazón de cada uno de los habitantes de la casa.
Rafael sin preguntar abrió de golpe la puerta y Miguelito cayó en sus brazos.




martes, 15 de agosto de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.35

"¡Y ved cómo ahora soy castigado!
 El Infierno no guarda terrores para mí.
 Esta es mi condición".
James Joyce 

Imanol, luego de despachar al indio Tadeo con el cadáver de su hermana, celebró su triunfo, un triunfo que bullía en su sangre, descorchando un aromático champagne francés que encontró oculto en un rincón privilegiado de la bodega.
_ ¡Supremo! _ suspiró inhalando el bouquet del vino, un aroma floral a violetas y acacias que lo transportó a Perpiñán, un pueblito ubicado al sur de Francia. Una sombra enturbió su felicidad, el recuerdo de Jean le revolvió las tripas y de un manotazo apartó la botella de su vista. La deliciosa y cosquilleante sensación de las burbujas en su paladar se volvió áspera y más amarga que la bilis.
_ Jean _ pronunció con dolor derrumbándose en uno de los sillones de la sala, cerró los ojos y la imagen del hombre al que amó con locura lo arrastró a las sombras de un pasado imposible de olvidar, un pasado grabado a fuego en cada una de sus malditas células.
Dieciocho años tenía Imanol cuando su padre, el duque de Nájera, lo envió a estudiar medicina a Montpellier. El joven estaba exultante, por fin libre de la vigilancia paterna, opresiva y asfixiante. Por fin haría realidad su sueño, estudiar el cuerpo humano. La curiosidad y las ansias de investigar lo consumían. Sin embargo, grande fue su decepción cuando luego de un año de estudio intenso se topó con la dificultad de encontrar cadáveres para diseccionar.
Los dedos de Imanol escocían de ansiedad por tomar un bisturí y rasgar la piel, cortar la carne inerte, separar los tejidos, y cual cortina que se corre, descubrir los órganos y sus misterios.
Debía hallar una solución para su apremio y además debía hacerlo clandestinamente porque la Justicia prohibía la disección de cadáveres.
Si Leonardo Da Vinci habia logrado descuartizar treinta cadáveres y observar su interior para realizar sus ilustraciones, él también lo conseguiría.
Una mañana, mientras hojeaba un volúmen sobre Patología ricamente ilustrada en la biblioteca de la Facultad, un joven se sentó delante de él, mesa de por medio, y lo miró con insistencia.
_¿Qué quieres? _ se enfadó Imanol. Odiaba las interrupciones cuando estaba enfrascado en la lectura.
Pero cuando confrontó al impertinente, su corazón dio un brinco. Unos fascinantes ojos verdes, como el más puro jade, lo observaban con interés. Disimuló su desconcierto y repitió con tono ácido:
_ ¿Qué quieres? ¡Detesto los entrometidos! _ "mentira, a ti te deseo", pensó contrariado sin poder controlar sus sentimientos.
_ Me llamo Jean y pertenezco al los Resurreccionistas. Su merced sabrá a lo que me refiero, ¿verdad? _ una sonrisa cómplice acompañó su respuesta jovial y desenvuelta. Los "Resurreccionistas" se dedicaban a desenterrar cadáveres para la venta.
_ ¡Claro!, y con eso..._ Imanol lo supo en ese momento: amaría a Jean oponiéndose a toda condena social, pisoteando tabúes y prejuicios.
Desenfadado,se estiró sobre la mesa hasta casi rozar el rostro de Imanol. El aliento cálido del joven con resabio a cerveza y almendras no le molestó, todo lo contrario, imaginó un beso profundo e interminable.
_ Vengo a ofrecerle mis servicios. Esta misma noche puedo conseguirle un cadáver _ dijo confidencialmente bajando la voz.
La afirmación lo dejó atónito. Por fin sus ruegos fueron escuchados por Dios o por Satán, lo mismo daba.
Imanol cerró de un golpe el libro que tenía entre sus manos y con un gesto de la cabeza invitó al joven a seguirlo.
Se internaron en los jardines que rodeaban la Universidad buscando privacidad.
_ ¿Cómo lo harás? _ preguntó exaltado. La posibilidad de cortar un cuerpo lo exitaba, como en ese momento lo excitaba la proximidad de Jean...alto...fibroso...apetecible.
_ Esta madrugada ahorcaron un sodomita _ el delito heló la sangre de Imanol _ Y como nadie reclamó el cuerpo, los policías lo tiraron en la fosa común del cementerio, donde van los delincuentes y los marginales. Apenas está tapado por una fina capa de tierra, no será dificil sacarlo. Además si a eso le agregamos una buena propina al cuidador...
Alli comenzó una relación que con el correr de los días se volvió febril. Jean resultó ser un amante fogoso que lo encendía con sólo rozarlo.
Por las tardes, una vez finalizada la jornada de estudio, huían a Perpiñán y en una hostería a orillas del río Tët, se amaban libremente, ofreciéndose él uno al otro sin inhibiciones.
Pero el idilio pronto se quebró como un leño seco. Encontraron a Jean degollado en un callejón maloliente.
La noticia devastó a Imanol, y más aún cuando se enteró por una carta de Amelia que su padre había dado la orden.
_ ¡Siempre me vigila!. Es un perro sarnoso que no se cansa de roer mis entrañas. No te aflijas padre, ya me encargaré de ti y para mí será el Paraíso oirte suplicar _ despojándose de los recuerdos, se sirvió otra copa de champagne.
_ ¡Por ti, Jean! _ vació la copa de un trago y la estrelló con furia contra la pared _ Rafael, ¡maldito seas!, te amé casi tanto como a mi adorado Jean, pero tú no supiste apreciarme, ciego a mi amor por esa zorra. Ahora tendrás tu merecido. Encontrarás a tu hijito, claro que sí, tendido sobre la mesa de mi laboratorio y su pequeño corazón en una caja de terciopelo. Mi regalo para Lourdes _ una carcajada perversa tronó por toda la casa.
Recobrado de sus amargos recuerdos, se enfundó en su capa de terciopelo negro y abandonó la casa montado en un zaino.
"Tadeo seguramente hace rato que habrá llegado", pensó satisfecho. Primero gozaría sexualmente con Miguelito, para después continuar gozando con él, pero científicamente. Rió por lo bajo.
Galopó por las calles silenciosas, todos dormían salvo su víctima que esperaba el desenlace fatal de su destino.
Imanol sintió el miedo del niño correr por su sangre y se excitó. Apuró al caballo azotándolo con el rebenque.
Cuando estaba llegando, la luz de antorchas lo alertó. Aminoró la marcha y buscó un camino entre los árboles, alejado del principal.
Grande fue su sorpresa al ver a Tadeo con las manos y los pies amarrados entre dos vigilantes armados con sendos trabucos. A poca distancia de ellos, camuflado por las sombras de los árboles, bajó del caballo, extrajo una cerbatana y tres dardos de la alforja que colgaba de la silla de montar. Los dardos estaban untados con batracotoxina, un veneno que Imanol extrajo de un especímen de rana. Calentarlas sobre el fuego para que el veneno gotee era una diversión extraordinaria para él.
Colocó los dardos en la cerbatana y sopló dando en el blanco con suma precisión. Uno...dos...tres...
Convulsión, parálisis y muerte...todo en un pestañear de ojo. Asunto resuelto.
Volvió a montar y sigilosamente se alejó del lugar. Nunca encontrarían su laboratorio, de eso Imanol estaba seguro. Tadeo podría haberlos guiado, pero ahora estaba ardiendo en el Infierno. Sofocó una carcajada y continuó la marcha. Miguelito lo esperaba.
Quince minutos después desmontó  frente a un edificio en ruinas, su laboratorio, su solaz. El chirrido de la cerradura al girar la llave despertó a los murciélagos que descansaban en las ramas de una acacia blanca. Dejó al zaino ramoneando tréboles y entró.
La oscuridad le dio la bienvenida. Cerró la puerta y escuchó. Nada. Ni llanto ni lamentos. "Extraño, muy extraño", pensó buscando encender una vela. Con incertidumbre alumbró la jaula en donde tenía encerrado a Miguelito.
_ ¡Mal rayo me parta!¿Dónde coño está ese niño? _ rugió como un volcán escupiendo lava.




domingo, 6 de agosto de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.34

"Ni el pasado está muerto
 ni está el mañana,
 ni el ayer escrito".  Antonio Machado

Rafael, intrigado por la reacción de Mercedes y Lorenzo al nombrar al Jefe de Policía, clavó su mirada en ellos esperando una respuesta.
_ ¿Lo conocen ustedes a don Esteban Salguero? Estoy seguro Lorenzo que cuando le comenté que la semana pasada me entrevisté con el Jefe de Policía, usted me dijo que no lo conocía _ afirmó levantando una de sus cejas adoptando una postura de perplejidad e intriga.
_ Sí, si, lo conocemos, pero este no es momento de dar explicaciones. Rápido Rafael, corre a buscarlo. Si Salguero puede ayudarnos, pues, ¡que ayude! _ expresó contrariada Mercedes.
_ ¡Ve, ve muchacho! No tenemos un minuto que perder _ lo apuró Lorenzo.
Lo último que Lorenzo y Mercedes deseaban era abrir un capítulo del pasado que tanta tristeza les ocasionó, en ese instante.
Rafael siguió el consejo de Lorenzo y en compañía de los dos vigilantes se dirigió presuroso a la casa de Salguero. El oficial Saturnino regresó a la comisaria por si se presentaba alguna novedad.
_ ¿Quién es ese Salguero? _ Tina le susurró a Mercedes mirando de reojo a Lourdes que continuaba recostada en la chaise longue. Lola estaba a su lado tomándole la mano.
_ Acá, no. Vamos a la biblioteca _ sugirió Mercedes invitando con un movimiento de cabeza a su hermano.
_ ¿Por qué tanto misterio? _ una vez solos preguntó con interés Tina al observar como Lorenzo cerraba con llave la puerta.
_ Esteban Salguero es el padre de Lourdes _ soltó a boca de jarra Mercedes y se desplomó en una de las sillas.
_ ¿Queeeé? _ Tina, sorprendida, imitó a Mercedes _ ¿Pero cómo lo descubrieron? Lourdes cree...yo creía que ustedes no sabían quién era el padre _ la novedad la aturdió.
_ Nos enteramos por casualidad, poco después de la Primera Comunión de Lourdes. Para ser más específico, en la fiesta que ofrecimos a nuestros amigos luego de la misa _ Lorenzo encendió un cigarro, necesitaba fumar, descargar los nervios de alguna manera.
_ ¡Mi buen Dios! _ gimió tensa Tina _ No me dejen sobre ascuas, por favor, cuéntenme.
_ Muy bien _ suspiró Mercedes _ Sucedió en esa bendita reunión. Un matrimonio conocido de Lorenzo...
_ Con el hombre, Aldo Rivero de Zúñiga, hice varios negocios...venta de ganado, de cueros..._ intervino Lorenzo _ Una persona ingeniosa y honesta.
_ Aldo es de mi agrado, pero su mujer, Teresa, es una víbora. Siempre metiendo las narices en los asuntos ajenos. Y precisamente esa arpía nos reveló el secreto mejor guardado de Consuelo _ manifestó Mercedes meneando la cabeza.
_ Teresa, aprovechando que el marido y yo manteníamos una acalorada conversación sobre política, él estaba a favor de Rivadavia y de su pésimo decreto sobre prohibir la venta de terrenos fiscales y yo, por supuesto, en acérrima oposición...
_ Al grano Lorenzo, al grano _ se impacientó Mercedes.
_ Como decía _ Lorenzo fastidiado por la intolerancia de su hermana continuó _ Teresa,  aprovechando la distracción de su marido se llevó a Mercedes a un lugar apartado y...
_ Y allí me contó que en un viaje que hicieron a Córdoba, provincia a la que huyó el muy cobarde cuando se enteró del embarazo de Consuelo, asistiron a una reunión en la casa de la familia Salguero. Fue entonces cuando Esteban le confió a su marido la verdad: que el padre del hijo de Consuelo Aguirrezabala era él _ terminó Mercedes, los ojos cargados de lágrimas, la voz estrangulada.
_ ¡Maldito hijo de puta! _ Lorenzo dio un tremendo golpe con su puño sobre el escritorio, una pila de libros tambaleó y el tintero se volcó provocando un desastre al derramarse la tinta sobre unas invitaciones y algunos documentos.
_ ¡Lorenzo!, mira lo que consigues alterándote _ con un trozo de tela basta que encontró en uno de los cajones del escritorio trató de absorber la tinta que manchaba las invitaciones del gobernador Pastor Obligado a la demostración práctica de la telegrafía eléctrica mediante una línea tendida entre el Hotel Provence y un local de daguerrotipo ubicado sobre la plaza de la Victoria.
_ ¡Mujer!, que importancia tienen esas estúpidas invitaciones en este momento _ vociferó Lorenzo, cada vez más alterado,
_ Tienes razón, ¡a la mierda con esto! _ y de un manotazo arrojó las invitaciones al cesto de basura escondido bajo el escritorio.
_ Me dejaron sin palabras. Y ahora este Esteban Salguero está al frente de la búsqueda de Miguelito...¡de su nieto! Tenemos que decírcelo a Lourdes _ propuso Tina.
_ De ninguna manera _ se opuso Mercedes, ya bastante sufrimiento tenía su nieta para agregarle uno más.
_ No seas terca mujer. Tina tiene razón, ya es hora de que Lourdes sepa la verdad sobre su padre _ Lorenzo se acercó a su hermana y la abrazó con ternura, ella apoyó la cabeza sobre el hombro de él y lloró quedamente.

_ ¡Esteban!, ¡Esteban! _ Laureana, la sirvienta de Salguero golpeó nerviosa la puerta del dormitorio liberándolo de su eterna pesadilla... de su conciencia atormentada por los remordimientos...de la imagen de Consuelo.
_ Ya voy, ¿qué sucede? _ abrió la puerta frotándose los ojos soportando una fuerte jaqueca.
_ Un tal Bautista Roldán pide verte _ la negra retorcía su delantal con nerviosismo.
_ ¿A estas horas?, ¿qué quiere? _ se molestó _ ¡Estoy indispuesto, no puedo atenderlo!
_ Es que...está muy angustiado...¡está como loco!, ¿qué le digo tonce? _ le gritó descontrolada.
_ Calma Laureana, ¿dónde está? _ transigió vencido por la desesperación de la mujer.
_ En la sala _ respondió con un hilo de voz.
Lo encontraron caminando de un lado al otro, como un león enjaulado.
_ Don Salguero, algo terrible sucedió. Miguelito, el hijo de doña Lourdes Aguirrezabala desapareció.
Al escuchar el apellido se paralizó. ¿Aguirrezabala?
_ ¿Cuando sucedió? _  trató de no tartamudear, debía controlar los nervios.
_ Fue esta mañana, jefe _ contestó con energía el vigilante de bigote frondoso.
_ ¿Y por qué no se me avisó? Dejé órdenes específicas al respecto: si otro niño desaparecía debían avisarme sin demora _ se enfadó.
_ Como estaba con licencia por enfermedad, pensamos..._ se defendió el vigilante. El otro apoyó el argumento de su compañero.
_ Pensaron mal. ¡Al carajo con mi enfermedad! Ante una urgencia deben buscarme inmediatamente. Y esto es una urgencia. ¡Entendido! Don Bautista, me cambio de ropa y salimos para la comisaría. ¡Laureana, mi uniforme, rápido! _ entre gritos y órdenes desapareció por el zaguán. Escucharon decir a la negra:
_ ¿Cómo te vas a ir? Si estás volando de jiebre _ se alarmó. Laureana intentó hacerlo desistir sin éxito.
_ Laureana no me jodas y haz lo que te digo ¡ya! _ la enfrentó malhumorado. La negra a regañadientes lo ayudó a vestirse.
De camino a la comisaría, Rafael lo puso al tanto de todos los acontecimientos ocurridos hasta el momento. Le contó sobre la amnesia que lo separó de su familia. Le reveló su verdadero nombre: Rafael Cané. Y cómo la gran alegría del reencuentro con Lourdes, el amor de su vida, se oscureció con el rapto de su hijo Miguelito. Salguero lo escuchaba obnubilado. Por fin el cielo le daba una oportunidad para purgar su culpa. "Lourdes, hija, prometo devolverte a tu hijo, mi nieto, sano y salvo, aunque me cueste la vida".
Los vigilantes, a su vez, le detallaron las pistas que obtuvieron a partir de su conversación con don Nicanor, el dueño de la fonda.
_ Sin lugar a dudas "El Búho" está involucrado en esto, lo siento don Rafael _ dijo mientras desmontaban y dejaban los caballos al cuidado de un jovencito, aspirante a policía, que salió al encuentro de los recién llegados.
Rafael sintió el impacto de la feroz aseveración en todos sus huesos, como un puñetazo desvastador.
_ Vamos a mi despacho. ¡Saturnino! _ llamó al oficial que salía del sanitario secándose las manos con una toalla raída.
_ ¡Jefe!, ¿está mejor? _ el oficial sintió alivio de tenerlo nuevamente al frente de la investigación.
_ Eso es lo de menos _ y continuó crispado _ Saturnino, me extraña su transgresión, ¿por qué no me avisó cuando las cosas se complicaron? Estamos en un momento sumamente delicado.
_ Perdón Jefe, no se volverá a repetir _ respondió cabizbajo.
_ Eso espero, y ahora traiga una botella de ginebra para aflojar la tensión. Aquí al amigo le vendrá bien algo fuerte _ dijo palmeándole la espalda a Rafael.
_ Pe-pe-pero estamos en servicio Jefe _ se escandalizó.
_ ¡Una mierda el servicio!, una copita para entonar no entorpecerá la investigación. No se quede ahí parado como un ganso, ¡muévase!_  ¡Dios mío!, ese niño desaparecido era su nieto y posiblemente estaba en las garras de "El Búho".
El pobre hombre se abrió paso a codazos entre los vigilantes que se amontonaban en los distintos escritorios comentando los sucesos del día. Debajo de su gabán, oculta la botella de ginebra. Una vez en la oficina del Jefe, se encerraron para pergeñar un plan. No había tiempo que perder y ya habían perdido demasiado. La vida del niño corría peligro.
_ Saturnino, usted cree que El Búho tiene a Miguelito _  Salguero clavó sus ojos oscuros, insondables en el rostro ajado del oficial.
_ No me cabe ninguna duda, Jefe. La certeza me la dio don Nicanor, el dueño de la fonda. La descripción que nos dio del hombre misterioso coincide con El Búho. Un hombre alto, corpulento, de cabello oscuro, bien vestido...un caballero, de buenos modales _ respondió convencido. A continuación descorchó la ginebra. Se hizo un breve silencio mientras todos bebían.
_ ¿Cómo obtuvieron esos datos? _ preguntó intrigado Rafael _ La semana pasada cuando hable con usted poco se sabía. Sólo tenían un testigo y poco creíble, una tal Chinga, una india loca que acostumbra entonar canciones fúnebres.
_ Como le aseguré en ese momento, ordené a mi personal reforzar la vigilancia sobre todo en la periferia de la ciudad. Vigilamos los barrios bajos las veinticuatro horas del día, hablamos con la gente...a veces amigablemente, otras no tanto, no es tiempo para andar con remilgos. Los vecinos de Monserrat tienen miedo, mucho miedo. Ellos dicen que Mandinga recorre las calles con sed de sangre. Les preguntamos bajo que forma humana se presenta Mandinga, el Diablo. Y ellos santiguándose nos respondieron: "un hombre de gran estatura siempre cubierto con una capa negra y luciendo un sombrero de copa. En su mano, un bastón de oro con el que señala a su víctima, siempre niños". Indagando descubrimos que han desaparecido más niños de los que están denunciados. Muchos de ellos son huérfanos, indigentes que viven de la limosna o el robo. También seguimos la pista que nos dio la Chinga y resultó que la loca tenía razón. Dimos con el negro que nos describió, en pedo y durmiendo a pata suelta cerca del río. Lo encerramos durante dos días, pero como no pudimos sacarle ni una palabra, parece que es retrasado el infeliz, lo soltamos. Igualmente lo tenemos vigilado. Tengo el presentimiento que está vinculado con El Búho. Como se dará cuenta, el oficial Saturnino Robles y sus vigilantes a caballo han hecho un excelente trabajo _ finalizó Salguero.
_ Sin embargo no lo atraparon y mi hijo sufre las consecuencias _ se alteró Rafael.
_ Tiene razón amigo, tiene toda la razón, pero no me va a negar que estas pistas pueden llevarnos hasta El Búho y a su guarida _ trato de tranquilizarlo Saturnino Robles _ Tómese otra copita, le va a caer bien.
_ No quiero ginebra, no quiero más palabras vacías...¡quiero encontrar a mi hijo!, ¡ahora! _ enfurecido hizo fondo blanco.
_ Saturnino, informe a los vigilantes a caballo que dentro de media hora saldremos a patrullar los alrededores de la parroquia de San Ignacio. Allí nos divideremos, su grupo se desplegará por la zona costera. Don Rafael y yo nos dirigiremos al área de pulperías con otro grupo de vigilantes. Don Rafael le aseguro que esta misma noche encontraremos a su hijo y daremos caza a El Búho _ le aseguró Salguero.
Pasada la medianoche, el grupo encabezado por Salguero y Rafael cabalgaba por una calle fangosa y apenas iluminada por unos pequeños faroles colgados en la puerta de alguna pulpería y de algún que otro burdel. Los acordes de una guitarra y el canto lejano de un payador quebraban el silencio de la noche.
De repente divisaron un bulto que se acercaba envuelto en la niebla nocturna. Si hubieran sido supersticiosos hubieran pensado que San La Muerte se acercaba en su busca. Pero no, no era San La Muerte, era un hombre enorme conduciendo una carreta.
A una orden de Salguero, todos se detuvieron bloqueando el camino.
Tadeo intentó cambiar de dirección. Los caballos se retovaron y la carreta casi vuelca.
En cuestión de segundos lo bajaron del asiento y lo enlazaron como si fuese ganado. El negro gritaba y pateaba. Salguero desmontó al instante y lo silenció a rebencazos.
_  ¡Callate negro de mierda! ¿Para dónde vas a estas horas? ¡Hablá carajo! _ tronó desquiciado.
Tadeo lo miró aterrado; la nariz chorreando sangre. Recordó la terrible paliza que le habían propinado cuando lo encerraron días pasados.
_ Si hablo me mata _ balbuceó.
_ ¿Quién?, ¿quién te va a matar? _ Rafael intervino y como el negro se negaba a responder le propinó un feroz puntapié en los cojones. Tadeo aulló como un lobo _ Si no hablas te mato yo, engendro del demonio.
_ El Búho _ respondió entre sollozos.
_ Jefe venga a ver ésto _ Salguero dejó al negro con Rafael, colapsado por la confesión y corrió junto a Saturnino.
_ El cadáver de una mujer y por el color de la piel supongo que fue envenenada _ Saturnino quitó la manta que cubría el cuerpo para que Salguero lo apreciara bajo la luz de una antorcha.
_ Tiene razón, la envenenaron. ¡Rafael! _ lo llamó.
Rafael se puso lívido al reconocerla. ¡Amelia! ¡Dios santo! ¿Qué estaba sucediendo?
_ ¿La conoce? _  Salguero se sorprendió al notar la repentina palidez del muchacho.
_ Es la hermana de Imanol, mi médico y primo de mi mejor amigo, Joaquín Insúa._ contestó sin dar crédito a la escena que tenía delante de él.
_ Saturnino regrese con sus hombres a la Comisaría. Lleven la carreta con el cuerpo y den aviso a los familiares de la difunta. Rafael y yo forzaremos al negro para que nos guíe hasta la guarida de El Búho.
Pero al regresar junto a Tadeo lo encontraron muerto. El y los dos policías que lo custodiaban, muertos.
_ Dardos venenosos _ sentenció el Jefe de Policía al inspeccionar los cuerpos.