viernes, 12 de octubre de 2018

FELIPA, EN CARNE VIVA - Capítulo 20

"Ya no habrá días turbios,
 ya no habrá noches malas
 si hay un amor secreto
 que nos presta sus alas".   José Ángel Buesa



Felipa estaba devastada. Alejo había partido, la había abandonado. ¿Cómo era eso posible? No, él jamás haría semejante cosa....aunque... "Me lo había advertido. Pero tenía tiempo hasta la medianoche para decidir. ¿Por qué se adelantó? ¿Qué sucedió? Alejo, ¿donde estás?".
Felipa bajaba lentamente la escalera, su mente ausente, sus pensamientos volando desesperados hacia su amado. Distraída, tropezó en el último escalón, Abelarda la sostuvo evitando un porrazo certero.
_ Niña, mirá que sos descuidada, pué. Por suerte subía a ver a la doñita, que si no... _ se inquietó la negra
_ Abe, ¿sabes algo de Alejo? ¿Es verdad que se marchó? _ le preguntó atropelladamente mientras se masajeaba el tobillo.
_ Pero si te torcistes el pie. Vamo pa´la cocina que te pongo un trapo con agua fría _ la tomó de la cintura. Felipa, se dejó llevar rengueando. Sus protestas no tuvieron eco en Abelarda.
_ Sentate, pué _ la empujó con suavidad para que se acomodara en una de las sillas _ Ahora poné el pie en este banco _ y comenzó a colocarle paños fríos en el tobillo que comenzaba a hincharse.
_ Abe, estoy bien, de verdad _ insistió Felipa aunque su voz denotaba dolor.
_ Dejate de pavadas. ¿En qué estabas pensando?, ¡te podías haber matado m´hija! _ le dijo con cariño.
_ No exageres, sólo me tropecé. Abe, ¿dónde está Alejo? Don Ildefonso me dijo que se fue, ¿es verdad? _ preguntó desolada.
_ Sí, hace un rato no má se jue con don Juan Manuel  _ le informó enfrascada en la tarea de vendarle el pie.
_ ¡¡Qué!! ¿Cómo qué se fue con don Juan Manuel? ¿A dónde se fue? ¿Para qué lo vino a buscar?
_ No sé Felipa. Yo sólo le preparé algo de ropa pa´ llevar y una bolsa de provisiones. No me dijo nadita el muy bellaco. Estaba mudo como un finao _ Abelarda se asustó de su comparación y enseguida hizo los cuernos para ahuyentar a la Parca _ ¡Cruz diablo! No sé porque dije eso.
_ Tengo que buscar a Lautaro. Él seguramente sabrá _ se paró de repente tirando en su arranque el banco. Ahogó un grito al apoyar el pie en el piso. Sin embargo, ni el dolor ni los gritos de Abelarda, la detuvieron.
Caminó lo más rápido que pudo hasta la caballeriza. A esa hora, ya eran las dos de la tarde, Lautaro estaría haraganeando como de costumbre.
Para su asombro, lo encontró lustrando las monturas y los aparejos. Cuando el indio la vio dejó el ronzal a un lado y la tomó de las manos. Ella temblaba.
_ ¿Y Alejo? _ las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas pálidas.
_ Felipa, Alejo se jue pa´la guerra _ Felipa sintió que todo giraba a su alrededor. "¡Otra vez no!",el alma se le desgarró en mil pedazos.
_ ¡Felipa! ¡Pipa! _ escuchó los gritos de alarma de su amigo en medio de una oscuridad densa y penetrante.
Cuando volvió en sí, se encontró recostada sobre un colchón de paja y el rostro preocupado de Lautaro.
_ ¿Te sentís mejor? _ y con diligencia se apresuró a ofrecerle un vaso de agua fresca. Ella se negó a beberlo. "Sin Alejo nada tenía sentido".
_ ¿A qué guerra se fue Alejo? _ lo increpó con ira y miedo, un miedo que le calaba los huesos.
_ Don Juan Manuel de Rosas está reclutando gente para terminar con el maldito Estanislao López. Me contó el Alejo que el gobernador Dorrego cuenta con las milicias de Rosas y de don Martín Rodríguez para derrotarlo de una vez por todas y mandarlo pa´su provincia con el rabo entre las patas.
Felipa escuchaba y su corazón parecía estallar. Otra vez esa maldita guerra. Hermanos enfrentados en una lucha absurda por el poder. Sangre y más sangre derramada abonando una tierra sedienta de paz.
Nuevamente debía comenzar el rito de encender cada noche una vela a la Morenita pidiendo por Alejo. Nuevamente lloraría hasta quedarse seca por aquel insensato que arriesgaba su vida por un ideal fútil. Pero ellos, ¡los hombres!, sin pensar en la tremenda herida que causaban en sus mujeres, se enfrentaban como lobos rabiosos en una lucha que alegaba buscar lo libertad cuando en realidad los movía la ambición por el poder político y económico.
_ Y nosotras corremos tras ellos, arrastrando hijos y penas. Y mientras ellos calman la sed de nuestra tierra con su sangre, nosotras lo hacemos con nuestras lágrimas.
_ Felipa, ¿qué decí? _ Lautaro se acercó a ella y la abrazó _ El Alejo me dijo que lo esperes, que te quiere...
_ Me quiere pero me abandona _ replicó con ojos relampagueantes.
_ Felipa, no digás eso. El Alejo tiene que cumplir con la Patria. ¿Queres que sea un traidor, un cobarde?
_ Por más que te lo explique nunca vas a entender lo que siento _ le respondió apesadumbrada. Se levantó lentamente, se sacudió las ramitas de paja de su pollera y se marchó de la caballeriza.  Cuando comenzó a caminar hacia el río la alcanzó el grito de Lautaro.
_ ¡El Alejo te quiere Felipa!
Ella se detuvo, dio media vuelta y lo miró de lejos. Una sonrisa triste asomó en sus labios.
_ Yo también lo quiero _ susurró dolida y continuó su camino.
Al llegar a la casa se encontró con la noticia que a la mañana siguiente regresarían a la ciudad. La novedad la alegró y turbó. La alegró porque la distancia a la casa de su abuela sería menor que estando en el Retiro. Tendría que cabalgar mucho menos. Pero al mismo tiempo la intranquilizó tener que trasladar a doña Rosaura en las condiciones en que se encontraba. El viaje sería difícil y complicado para ella. Su estado era muy frágil para enfrentarlo. Abelarda compartía con ella su preocupación.
La negra secaba los platos y murmuraba:
_ Esto no me gusta ni pío. La patrona está muy débil pa´ hacer semejante viajecito. Y vo´, ¿no tenés hambre? No comistes nada.
_ No tengo hambre _ Felipa lo único que deseaba era abrazar a su abuela.
_ No digá pavadas. Dejá esos cacharros _ la joven estaba puliendo unos jarrones de plata _ y comé. Esta carbonada está pa´chuparse los dedos _ La tomó de un brazo y la sentó frente al plato humeante.
Felipa comenzó a comer con desgano. Apenas podía tragar los trozos de papa y zapallo.
_ Estás hecha piel y güesos. Te voy a preparar un caldo de gallina que segurito te va abrir el buche _ le dijo con afecto.
_ Gracias Abe, eres muy buena conmigo _ y comenzó a llorar.
_ No llorés, mi niña bonita. Vas a ver como ese sinvergüenza vuelve prontito y te juro que cuando lo vea le retuerzo el cogote _ explotó describiendo con las manos la amenaza.
Felipa, sin ganas, rió.
_ Así me gusta, basta de llorar y comé que se te enfría la carbonada.

El viaje de regreso fue engorroso. Los peones ubicaron a doña Rosaura la ubicaron en una carreta para que pudiera viajar cómoda. Un colchón de plumas intentó vanamente disimular el continuo traqueteo que martirizaba el cuerpo débil de la mujer. Su rostro macilento y las quejas que silenciaba, eran el testimonio de la incomodidad cruenta que resistía con valor. A su lado, Felipa y Rosario, la asistían con esmero. Una, le hacía viento con un abanico y la otra, le colocaba paños fríos en la frente.
_ ¿Qué te sucede Rosario? Hace unos días que te noto apagada. Ademas, esas ojeras..._ las amigas estaban frente a frente a ambos costados de la enferma. Felipa extendió el brazo y le acarició el rostro demacrado.
_ Nada, sencillamente que estoy muy cansada, Felipa. Lo de mamá me deprime y encima Felicitas que no está. Menos mal que te tengo a ti _ y con cariño le sujetó la mano que acariciaba sus mejillas.
_ Comprendo que estés angustiada por tu madre, pero hay algo más, no me engañas Rori _ Felipa intuía que el matrimonio de Rosario se desbarrancaba. En varias oportunidades durante ese verano había sido testigo de la brusquedad e indiferencia con que la trataba Rubén. Una noche lo vio salir a hurtadillas y dirigirse hacia el establo. Al rato, lo escuchó alejarse al galope. "¿A dónde irá a estas horas?", se preguntó con inquietud. La respuesta la tuvo a la mañana siguiente cuando por casualidad escuchó una conversación del esclavo personal de Rubén con una de las negras encargadas de la cocina. Estaban muy juntos. El negro la apoyaba por detrás y ella reía mientras él le tocaba los pechos debajo de la blusa.
" ¿Te calienta?", le decía al oído. La respiración de la negra se aceleró. "Así el amo Rubén calienta a su amante antes de penetrarla"
"Negro mentiroso, ¿como sabés eso?" Felipa los interrumpió asqueada. La pareja se separó al instante intimidados por la aparición inesperada de Felipa.
"No miento, me lo dijo el amo", la enfrentó con altanería mientras trataba de esconder la erección.
_ No me engañas Rori _ insistió Pipa recordando aquel momento embarazoso _ Sé que Rubén es un hijo de puta contigo, no me lo ocultes más. ¿Acaso no confías en mí? _ hablaba en voz baja. No quería despertar a doña Rosaura. Ella debía mantenerse al margen de la nefasta situación, al menos hasta su total recuperación.
Rosario se mantuvo callada, las lágrimas pugnaban por derramarse hasta que finalmente la contención se quebró y comenzó a llorar quedamente para no perturbar a su madre.
_ Es verdad Pipa, Rubén me maltrata. Nunca me quiso y yo fui una necia que no aceptó los consejos de los que realmente me quieren. Perdón, perdón _ se desarmó.
_ Hablaré con Felicitas. Juntas lo solucionaremos, ya verás. ¡Ese malnacido la pagará! Pero ahora debes serenarte. Primero es necesario encontrar el remedio para sanar a tu madre. Esta noche iré a ver a mi abuela, ella sabrá que hacer, no tengo dudas.
_ Rubén está en la estancia de Dolores supervisando la cosecha de trigo, de modo que esto es un alivio para mí _ suspiró Rosario secándose las lágrimas.
_ Sí, un verdadero alivio. Prométeme que si ese cerdo llegara a violentarse me lo dirás sin pérdida de tiempo. Lautaro nos ayudará, él no permitirá que te golpeé.
_ No, Pipa, no. A Lauti nada de esto. No debe enterarse. Rubén lo mataría. Por favor, no se lo cuentes _ le imploró desesperada.
_ Cálmate Rori, no se lo diré aunque no estoy de acuerdo. Y ahora trata de dormir un poco. Necesitamos estar fuertes para tu madre y a Rubén...¡ojalá lo parta un rayo! _ Rosario sonrió con tristeza anhelando que el deseo de Felipa se hiciera realidad.


Arribaron a la casa de la ciudad poco después del mediodía. Trasladaron a doña Rosaura a su habitación con sumo cuidado. Ella apenas se quejó. Una vez bien arropada en su cama y luego de tomar un caldo de verduras que toleró bien, durmió hasta bien entrada la tarde.
Rosario picoteó algo del guiso de liebre que se esmeró en cocinar Abelarda. Don Ildefonso estaba de buen humor. Algo inusual en él. Luego de almorzar se encerró en la biblioteca con el pretexto de estudiar algunas escrituras. Felipa comió en el dormitorio de doña Rosaura. Estaba inapetente pero se forzó a comer, debía tener energía para cuidar de Rosaura y Rosario.
La puerta se abrió y Felipa pegó un respingo.
_ No te asustes, soy yo _ al ver a Felicitas casi se desmaya del alivio. Por un segundo pensó que era don Ildefonso.
_ ¡Felicitas!, ¡que alegría verte! _ dejó el plato de guiso sobre la cómoda y fue a su encuentro. Se abrazaron.
_ ¡Ey! Te alegras como si no me hubieras visto por años, ¿pasó algo en mi breve ausencia? _ remarcó con ironía.
_ Nada, nada, sólo que estoy muy preocupada por tu mamá. El médico que la atendió en el Retiro es un inepto, no logro que mejorara. Siento decir esto, pero la veo peor.
_ No me asustes Pipa. ¿Qué podemos hacer? _ Felicitas se sentó en la cama junto a su madre y la besó en la frente. Rosaura continuó durmiendo _ Al menos no tiene fiebre _ expresó con sosiego.
_ Durante todo el viaje Rosario la refrescó con paños húmedos. La mezcla de agua y vinagre resultó maravillosa para bajarle la fiebre y cuando llegamos le preparé una infusión de canela y miel que ayudó también.
_ Y hablando de Rosario, ¿dónde se metió? Pensé que la encontraría aquí _ se sorprendió Felicitas.
_ Estará descansando. Felicitas, debo contarte algo sobre Rori y Rubén _ al decir esto Felipa bajó aún más la voz.
_ ¡Uy Dios!, ¿que más sucedió? ¿Es que no puedo ausentarme que se cae el cielo cuando lo hago? _ explotó contrariada, ella también tenía problemas.
_ Baja la voz, no quiero que se despierte tu madre. Rubén le pega a Rosario. Debemos detenerlo.
_ ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Te lo contó ella? _ Felicitas comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación restregándose las manos.
_ Ella me dijo que la maltrata pero yo le vi varios moretones en el brazo. Rosario los oculta usando mantillas a pesar del calor. ¿Cómo lo detenemos Felicitas? _ Felipa perseguía a su amiga en su descontrolado caminar.
_ Matándolo _ aseveró con determinación.
_ Pero ¿que dices? Estas loca.
_ ¿Loca? La loca soy yo y ese hijo de puta, ¿qué es entonces? Le pega a mi hermana, a mi hermanita que es un ángel. ¡Maldito bastardo! Yo misma lo voy a matar, alimaña rastrera.
_ ¿Felicitas? ¿Has vuelto? _ la voz frágil de Rosaura detuvo el peligroso diálogo.
_ Sí mamita, acá estoy. ¿Cómo te sientes? _ Felicitas hizo su mayor esfuerzo por calmarse y con una sonrisa luminosa se acercó a su madre.
_ Te noto nerviosa, ¿por qué? _ se inquietó.
_ No estoy nerviosa, un poco angustiada, sólo eso.
_ ¿Por mí?
_ No mamita, por Darío. El médico que consultamos no nos dio esperanza de cura _ Felicitas y Darío dos días antes habían regresado a la ciudad desde el Retiro para entrevistarse con el doctor Miguel O´Gorman recién llegado al país. En París había investigado sobre las causas que provocaban las crisis de Darío pero sin llegar a resultados contundentes. La droga que descubrió estaba en su fase experimental y se negaba a usar a Darío como conejillo de indias. Una desilusión más.
_ No pierdas la esperanza, querida  _ balbuceó. ¿Por qué se sentía tan débil? Sus hijas la necesitaban y ella así...
_ Claro que no. Soy una guerrera como tú, mamita _ Felicitas apoyó la cabeza en el pecho de su madre. Escuchar los latidos de su corazón la confortaron.

Cuando constataron que todos dormían, especialmente Ildefonso, salieron con sigilo de la casa. La luz de la luna llena guió sus pasos hasta las caballerizas. Allí montaron en tres pingos briosos. Llegaron al camino principal y de ahí a galope tendido se dirigieron hasta el barrio de El Tambor. Filomena las esperaba. Las tres jinetes desmontaron y entraron con rapidez a la choza.
_ ¿Alguien las vio? _ preguntó con avidez la vieja.
_ Nadie, abuela. Todos dormían _ Felipa la abrazo y besó.
_ Felicitas, Rosario, ¡tanto tiempo sin verlas! _ las jóvenes se adelantaron y también ellas besaron a la negra.
_ Doña Filomena, ¿podrá curar a mi mamá? El médico la desahució _ comenzó Felicitas mientras Rosario lloraba.
_ Claro que sí, a doña Rosaura la están envenenando de a poco _ contestó categórica.
_ ¿Qué dice abuela? ¿Envenenando? _ Felipa estaba alelada. Felicitas y Rosario la miraban con ojos desorbitados. Todas se desplomaron sobre unas sillas desvencijadas.
_ ¿Qu...quién la está en..envenenando? _ tartamudeó Felicitas.
_ Tu tío, don Ildefonso.
_ ¿Cómo lo sabe abuela?
_ Primero se toman este té de tilo que las va a tranquilizar. Es necesario que conversemos con calma _ inmediatamente les sirvió una taza a cada una que lo bebieron en silencio, reflexionando. Hasta Felicitas, siempre arrebatada, no opuso resistencia a la orden de Filomena.
_ Ya nos terminamos la infusión. Ahora díganos como sabe que a mi madre la está envenenando el tío Ildefonso. ¡Es su hermano, por Dios santo! _ explotó Felicitas.
_ ¡Es un monstruo!... como su hijo _ completó la frase Rosario. Todas las miradas se centraron en ella.
_ Me lo dijeron las cartas y las cartas nunca se equivocan _ y las jóvenes le creyeron.
"Cómo no creerle si gracias a ella Darío sigue vivo", pensó agradecida Felicitas.
"Cómo no creerle si siempre me protegió, primero de los Torres y después de don Ildefonso", pensó con amor  Felipa.
"Cómo no creerle si ella me advirtió que Rubén nunca me amaría y que su violencia sería la condena por mi necedad", pensó abatida Rosario.
La vieja desapareció tras una cortina de algodón raída y regresó con un mazo de cartas. Se sentó a la mesa junto a ellas y comenzó a barajarlas. Mientras lo hacía comenzó a narrar una leyenda. Las jóvenes no apartaban la vista de los collares de cuentas amarillas y las pulseras de bronce que lucía la negra. Felipa era la primera vez que veía a su abuela con esos adornos.
_ Vagaba el hombre por los dominios de Mukuru, el dios creador, ignorante de su origen divino hasta que se encuentra con un orisha, un espíritu de bondá, que le regala el conocimiento. Tonce debe enfrentarse al placer, al poder y a las falsas creencias. Si elige el buen camino, su espíritu va a podé descubrí los secretos del alma y de esa manera, renacer.
Nosotras hoy, nos ponemos tus manos Oshun, generosa diosa de los ríos, diosa de la Vida, y te suplicamo´ por la vida de doña Rosaura, que tu poder destruya al que le quiere hacer el mal _ luego de la súplica continuó _ Felicitas, por ser la hija mayor, cortá en dos el mazo. Pensá en tu madre.
La muchacha así lo hizo.  Doña Filomena volvió a mezclar y luego le dijo que eligiera tres. Sin darlas vuelta, las colocó sobre el mantel rojo.
Cuatro cabezas se inclinaron sobre la mesa redonda iluminada por la magia, atentas todas a la respuesta de Oshun.
Doña Filomena las fue dando vuelta una por una.
_ Babalorixá es el hombre virtuoso, pero invertido representa el egoísmo. Es el hombre que corre detrás de sus propios intereses. Hasta es capaz de matar pa´ conseguirlos.
Oxalá es el Padre sabio, representa la protección divina.
Y por último Oya, la diosa del coraje, la guerrera.
_ ¿Qué significan esas cartas doña Filo? _ quiso saber Rosario.
_ Cosas güenas y cosas malas _ fue su escueta respuesta.
_ Por favor abuelita, no nos dejes en ascuas, díganos su interpretación _ le pidió angustiada Felipa.
_ Ahora, más que nunca, estoy segura que don Ildefonso quiere matar a la madre de ustedes. Las mismas cartas me salieron a mí anoche. Y no es casualidá, los orishas han hablado.
Babalorixá es el hombre egoísta capaz de matar para conseguir su propósito. Don Ildefonso necesita algo de doña Rosaura y solamente de muerta se hará realidá.
Pero doña Rosaura es Oya, una guerrera de espíritu juerte difícil de matar. Ella va a vencer, lo dice la tercer carta, Omulo. Omulo predice el fin de la enfermedá, la victoria.
_ ¿Por qué mi tío quiere matar a nuestra madre? _ preguntó irritada Felicitas.
_ Sacá otra carta _ la joven obedeció con prontitud _ Ajá, Xango. Xango, es la justicia, está relacionado con papeles...documentos de propiedades, ¿puede ser?
_ Sí, sí. Mamá firmó una sociedad con mi tío para la compra de unos campos pero resultó que estaban ocupados por una población indígena. Mi tío entonces, como es amigo de don Juan Manuel de Rosas, le pidió ayuda para expulsarlos. El coronel Rosas tiene un regimiento, "Los Colorados de Monte". Nuestra madre, al enterarse, se opuso. Ella está en contra del derramamiento de sangre. El tío se puso como una fiera pero ella mantuvo su posición _ les contó Felicitas. Su madre no tenía secretos con ella.
_ Así que la única forma que el tío pudiera hacerse con esas tierras sería sacando del medio a mamá y eso sería matándola _ concluyó Rosario.
_ ¿Los Colorados del Monte? En ese regimiento se incorporó Alejo para luchar contra las fuerzas de Estanislao López. ¿Él está al tanto de los deseos de su padre? _ se alarmó Felipa.
_ No lo creo, Alejo tiene una sola cosa en su cabeza hueca...tú, Felipa. El que sí debe saber es Rubén _ sentenció Felicitas.
_ Últimamente lo pesqué muchas veces conversando en voz baja con su padre y cuando yo aparecía cambiaban inmediatamente de tema _ Rosario estaba desconcertada aunque sabía que Rubén era capaz de todo por dinero. Hasta casarse con ella sin amarla para después tratarla peor que a un perro sarnoso.
_ Doña Filomena, usted dijo que mi tío está envenenando a nuestra madre. ¿Sabe cuál es el veneno? _ la apuró Felicitas.
_ Por los síntomas que me describió la Felipa hace unos días, creo que le está dando arsénico. Seguramente lo está poniendo en el agua destinada a doña Rosaura o quizás en sus comidas. No lo dejen solo con ella y no permitan que le de de beber o comer. Vigilen sus movimientos _ les encomendó la vieja.
_ Ahora les voy a dar un menjunje para quitar del estómago el maldito veneno. Va a vomitar hasta las entrañas, pero eso la va a salvar _ agregó doña Filomena y acto seguido volvió a desaparecer en el cuarto de atrás.
Las jóvenes se miraron anonadadas. Lo que estaba sucediendo superaba cualquier novela de intriga de los folletines literarios que leían a escondidas cuando eran niñas.
Doña Filomena apareció esta vez con una paloma. Sin dudarlo, le retorció el cogote y con un cuchillo la abrió en dos. Segundos después le arrancó el corazón y lo depositó en un mortero de piedra. La sangre la juntó en un frasco. Luego cortó en trozos pequeños el corazón, agregó semillas de girasol y pétalos de geranio, la flor preferida de Oshun. Trituró todos los ingredientes y le agregó una cuchara de miel. Colocó la misteriosa mezcla en un recipiente de gres y lo tapó con un lienzo.
Las amigas observaban en silencio, hechizadas por los movimientos certeros de la negra.
_ Esto se lo van a dar a doña Rosaura ni bien regresen. Queda poco tiempo, debemos apurarnos. Como les dije, primero va a vomitar hasta las tripas. No se asusten, tiene que limpiarse. Cuando pasen las arcadas debe tomar mucha agua. Tiene que mear mucho, también pa´ limpiarse. Mañana por la noche va a estar como nueva. Confíen, la voluntad de Oshun es que su madre viva.
Y antes de que se vayan quiero que cada una saque una carta del maso.
Felicitas fue la primera.
_ Yemayá, la diosa de la fertilidad. Esta carta anuncia un embarazo _ Felicitas no se sorprendió. Una semana atrás confirmó sus sospechas, esperaba un hijo de Darío.
_ Esto es increíble, las cartas dicen la verdad! _ exclamó convencida. Felipa y Rosario la abrazaron felices.
La negra se quitó una de las pulseras de bronce y se la puso a la joven.
_ El bronce es el metal de Oshun, ella te protegerá a ti y al crío. Es un amuleto poderoso, no te desprendas de él.
Rosario fue la siguiente. Eligió la carta con temor.
_ Oba, espíritu de la fidelidá. Cerca tuyo hay un hombre que te quiere con sinceridá. Va a arriesgar su vida por vo´ pero todo va a salir bien, no tengás miedo.
"Es Lautaro, lo sé", cantó el corazón de Rosario.
Felipa pensó en Alejo y señaló la carta.
_ La tierra. Esta carta anuncia un viaje que puede ser peligroso, un distanciamiento.
_ Abuela, ¿qué significa eso? ¿Voy a perder a Alejo? _ se desesperó.
_ No lo sé querida, no lo sé. Pero te prometo que voy a rezar por vo´a Oshun pa´que los proteja de todo mal.
Felipa abrazó llorando a su abuela. Sus pensamientos volaron hacia Alejo. "¿Dónde estás amor? ¿Te volveré a ver?"
Cuando las jóvenes partieron, doña Filomena cavó un pozo en la huerta, entre el tomillo y la menta. Allí enterró a la paloma. Regó la tumba con la sangre mientras desgranaba una oración a los oshibas, a los espíritus que todo lo ven y todo lo saben.
"Doña Rosaura pronto va a estar bien, sin embargo el diablo está llamando a don Ildefonso", tarareó mientras su contoneaba al ritmo de una melodía imaginaria.










lunes, 24 de septiembre de 2018

FELIPA, EN CARNE VIVA - Capítulo 19

"Que importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo". Pablo Neruda

Mientras Lautaro cavilaba sobre su situación sentimental, Alejo planeaba la fuga.
Ya no esperaría más. Felipa debía acceder. Sus primas ya habían decidido su destino, en cambio ellos... Sí, ese era el momento para huir. No le iba a conceder dilatar la decisión. Se marcharían a la medianoche del día siguiente, sólo le concedería el tiempo suficiente para despedirse de su abuela Filomena y de Felicitas y Rosario. Satisfecho con su determinación, consiguió dormir.
El canto del gallo lo despertó. Se levantó con prisa y fue hasta el río. Zambullirse en las aguas del Plata le sentaría bien, esa mañana debía tener las ideas claras. Se mantendría firme ante Felipa, ella tendría que aceptar sino..."¡Mal rayo la parta si se niega, estoy harto de que siempre anteponga a mis primas o a mi tía, a mi amor por ella! Esta vez seré duro, sus lágrimas no me conmoverán, sus miedos no me doblegarán. Hoy mismo nos iremos, hoy comenzaremos a amarnos libremente lejos de mi padre y sus amenazas".
Más tarde, regresó a la casa y entró por la cocina. Allí se encontró con Abelarda, que como de costumbre estaba junto al fogón dispuesta a freír decenas de pastelitos de membrillo. Una negra alta y delgada como un junco acompañada por otra, petacona y regordeta, entraban y salían llevando fuentes y tazas hacia el comedor donde estaban preparando la mesa para el desayuno.
_ ¿De adónde vení vo todo mojao? Siguro que te juiste a meter en el río. No te dije que ese río es muy traicionero _ se alarmó Abelarda.
_ Negra quejona, sé nadar y muy bien _ le respondió aireado Alejo. Se sentó a la mesa y comenzó a cebarse unos mates _ No me retes más y dame un pastelito que me muero de hambre.
_ ¡Ja!, vo siempre te morís de hambre. ¿Y por dónde anda el otro hambreao?, el Lautaro. Es raro no verlos juntos a estas horas.
_ Que sé yo, por ahí andará. ¿Acaso soy su niñera? _ le contestó enfadado. Ese día sólo tenía un problema: convencer a Felipa.
_ Parece que hoy te levantastes con la pata izquierda. Ponele azúcar a ese mate a ver si te endulza un poco ese caráter amargo que tené _  lo regañó fastidiada Abelarda.
_ ¿Dónde está Felipa? _ le preguntó suavizando el tono.
_ Está en el dormitorio de doña Rosaura. Sigue indispuesta la doña así que...
_ ¡Puta madre! ¿Y ahora que le pasa a mi tía? _ estalló Alejo presintiendo una nueva negativa de Felipa a huir.
_ ¡Epa! ¡Qué manera es esa de hablar de tu tía! La pobrecita hace ya unos días que se siente mal. Ayer vino el dotor y...
_ ¡¿Qué mierda tiene la tía Rosaura?! ¿Qué carajos dijo el médico? _ Alejo interrumpió a la negra fuera de sí. Siempre sucedía algo que se interponía en sus planes. Pero, ¡basta! Si Felipa se negaba a seguirlo...él se moriría.
_ Algo del estómago, no entendí lo que me dijo la Felipa. Siguro ella te lo va a esplicar mejor que yo. Y tomá _ Abelarda le alcanzó un tarro de barro cocido con yuyos.
_ ¿Qué me das?
_ Ponele al mate unas hojitas de melisa. A ver si con eso te tranquilizas un poco. Hoy estás que te lleva el diablo, muchacho _ dicho esto, la negra hizo cuernos con la mano para alejar a Mandinga.
_ No tengo tiempo para tus tonterías, me voy. ¡Asunta! _ llamó a los gritos a la negra regordeta.
_ ¿Qué necesita patroncito? _ la muchacha apareció con la rapidez de un rayo.
_ Busca a Felipa y dile que la espero en nuestro lugar en media hora _ le ordenó tajante.
_ Ya mesmo voy patroncito _ y secándose las manos en el delantal almidonado desapareció con la misma rapidez con que apareció.
_ Tú deberías aprender de ella, negra confianzuda, no pregunta, no averigua, sólo obedece _ Alejo amonestó a Abelarda antes de abandonar la cocina dejando a la negra con la boca abierta.
_ ¿Qué le andará pasando a este mocito? Ni comió...¡qué raro! Y con lo rico que me salieron los pastelitos... _ Abelarda se quedó mirando la puerta por donde salió Alejo mientras masticaba pensativa la deliciosa confitura.

Felipa estaba muy preocupada. En el transcurso de una semana la salud de doña Rosaura declinó abruptamente. No toleraba los alimentos sólidos, sólo jugos de fruta y caldos de verdura o pollo.
El doctor diagnosticó indigestión, pero Felipa dudaba. Debía consultar con su abuela, ella sabría que hacer. Esa misma noche iría a verla.
Doña Rosaura dormía, un sueño agitado, por momentos deliraba llamando a sus hijas.
_ Rori, querida, ten cuidado _ suplicó al borde del llanto.
_ Doña Rosaura, tranquila. Rosario está bien _ le susurró y con un paño embebido en vinagre le humedeció la frente.
Unos golpecitos en la puerta la sobresaltaron.
_ Soy yo, Felipa, la Asunta. ¿Puedo pasar? _ preguntó con timidez la negra.
_ Pasa, pasa _ respondió la joven sin apartarse de la enferma.
_ ¿Cómo está? _ se interesó señalando a la mujer _ ¡Está más blanca que la leche!
_ ¡Baja la voz Asunta! Me temo que está peor que ayer. ¿Qué quieres? _ se impacientó.
_ Me manda el patroncito Alejo. Quiere que vayas dentro de media hora al lugar que vo ya sabé.
_ Está bien. ¿Puedes quedarte con doña Rosaura? Sólo debes refrescarla con estos paños y darle de beber agua cada tanto con una cuchara _ le pidió con una sonrisa.
_ Claro, andá no ma´pué _ Asunta siempre estaba dispuesta a ayudar a Felipa porque muchas veces  la defendió del acoso de Rubén. En una oportunidad hasta recibió diez latigazos por protegerla. Aún hoy recordaba el estallido de locura que tuvo Alejo al descubrir el castigo que su hermano le impuso a Felipa. Como un enajenado se lanzó sobre Rubén. Si no hubiese intervenido el padre Agustín que estaba de visita, Alejo lo hubiera golpeado hasta desmayarlo. Rosario, al enterarse, se encerró en un silencio absoluto que duró una semana.
_ ¡Nunca!, entiendes, ¡nunca más vuelvas a poner tus mugrosas manos encima de Felipa! ¡Nunca! _ lo dijo con tal ferocidad que Rubén, el prepotente, quedó paralizado ante la reacción de su hermano.
El recuerdo la hizo estremecer y sin más empujó a Felipa hacia la puerta.
_ Andá, andá, no lo hagás esperar. Voy a cuidar muy bien a la patrona, no te priocupés.
Por el camino, Felipa, volvió a trenzar su cabello de lustroso azabache, ajustó el moño de seda roja que lo adornaba y se acomodó la blusa de encaje blanco.
A medida que se acercaba al galpón donde solían encontrarse para hacer planes y amarse, el corazón le comenzó a galopar como un potro desbocado. ¡Cuánto lo amaba! Por las mañanas se despertaba ansiando verlo y por las noches se dormía soñando con sus besos posesivos.
Alejo la vio llegar por la orilla del río y corrió a su encuentro. La espera lo estaba matando. Ella lo esperó con los brazos abiertos. Se fundieron en un abrazo coronado por un beso de fuego.
_ ¿Qué sucede Alejo? _ preguntó cuando recuperó el aliento.
_ ¿Es que debe suceder algo para que quiera verte? Quiero verte porque eres el aire que respiro, ¿todavía no lo sabes? _ volvió a besarla, con violencia...con ardor desmedido.
_ Alejo..._ suspiró. Ella lo amaba tal cual era: posesivo, iracundo aunque también, generoso y desinteresado. Él la amaba entregando todo de sí, la protegía, la consolaba, la escuchaba, la respetaba y la hacía reír.
_ ¡Vamos! Tengo que decirte algo importante _ la tomó de la mano y corrieron hasta el galpón. La sentó, como cuando era una niñita, sobre una parva de alfalfa seca y mirándola fijamente le dijo:
_ Esta noche nos fugamos.
_ ¿Esta noche? _ el temblor que Alejo percibió en la voz de Felipa lo alarmó y enojó.
_ Sí, a la medianoche te espero aquí _ Felipa lo escuchaba boquiabierta. ¿Cómo decirle que eso era imposible? No podía abandonar a doña Rosaura.
_ Alejo _ comenzó _ No podem..._ no pudo continuar porque él le tapó la boca con la mano. Su mirada fiera la asustó.
_ ¿Por qué no? ¿Cuál es el nuevo motivo para que posterguemos nuestra huida? ¡Estoy harto Felipa, harto! ¿Me oyes? ¡Harto! Si no estás aquí a la medianoche, partiré solo y no me verás jamás _ explotó con violencia.
_ Comprende Alejo, tu tía está enferma, me necesita... _ Felipa no pudo frenar el llanto, lo perdería, estaba segura.
_ Mi tía tiene dos hijas para que la cuiden _ Alejo le daba la espalda, no soportaba verla llorar, no quería transigir...esta vez ¡no!
_ Le debo mucho a doña Rosaura. Ella me protegió, me dio la misma educación que a Felicitas y Rosario. Y lo que es más importante, me dio su cariño, la libertad. No puedo abandonarla _ dijo secándose las lágrimas que persistían en derramarse descontroladas.
_ ¡Y a mí sí puedes abandonarme!, ¿verdad? _ Alejo giró y la encaró con vehemencia _  Basta de mentiras Pipa, tú no me amas.
_ ¡Cómo se te ocurre! Claro que te amo, sólo que...
_ Sólo que antes que yo están Felicitas, Rosario, mi tía...¿quién más? A sí, tu gato...y quizás algún esclavo al que le das algo más que tu compasión _ ni bien lo dijo se arrepintió pero ya era tarde, la herida estaba hecha. Felipa lo abofeteó con ira.
_ Eres un...un... _ Alejo aferró los brazos de la joven que no cesaban de golpearlo en el pecho.
_ Dilo, un loco. Pero loco de amor por ti y no soporto que me dejes a un lado. Siempre los demás son más importante que yo. Hasta cuando viviremos de esta forma, escondiéndonos, besándonos a hurtadillas sin poder declarar nuestro amor abiertamente. Te quiero Pipa y quiero vivir a tu lado libremente. Haz lo que quieras, si esta noche no estás aquí, me iré y jamás sabrás de mí _  la soltó con delicadeza, volteó hacia la puerta y cabizbajo desapareció por el sendero del río.
Felipa quedó de rodillas llorando desconsoladamente. "Lo he perdido", se repetía.
Al mediodía se presentó en el dormitorio de doña Rosaura, ojerosa y pálida. Los ojos irritados de tanto llorar.
Asunta se sorprendió al verla en ese estado.
_ ¿Qué te pasó, pué? _ se inquietó la negra bajando la voz para no despertar a la enferma.
_ Después te cuento, ¿cómo está? _ preguntó acercándose a la cama y tomando una mano de la mujer.
_ Bien, duerme tranquila. Le bajó la fiebre, pero vomita todo el agua que le doy.
_ Ya no sé que hacer. Se va a deshidratar. ¿Felicitas vino a verla?
_ La niña Felicitas se jue con el marido pa´la ciudá _ Le informó muy seria.
_ ¿Regresó a la ciudad? ¿Por qué? _ se extrañó Felipa de la decisión de Felicitas encontrándose la madre en grave estado.
_ Ah, no sé. No me preguntés porque no sé nada má. Y ahora me voy pa´la cocina que la Abe debe estar que arde porque me desaparecí en el pior momento. Dispué me contás que pasó con el Alejo, ¿eh?
_ Sí, sí, a la tardecita te busco y te cuento. Y...muchas gracias Asunta por cuidar a doña Rosaura.
Una vez sola, tomó asiento cerca de la cama, pegada a la cabecera. Rosaura abrió los ojos y los enfocó en ella. Con mano trémula, le acarició una mejilla.
_ Querida, ¿qué te sucede? _ balbuceó la mujer.
_ Nada doña Rosaura. ¿Cómo se siente?
_ Mal _ fue la breve respuesta teñida de tristeza.
_ Esta noche iré a casa de mi abuela Filomena. Ella sabrá qué hacer. Verá como prontito se recupera. Confiemos en la Virgen Morenita _ dijo tratando de infundir optimismo no sólo a la enferma sino a ella misma. Rosaura le sonrió mientras una lágrima rodaba por su mejilla ajada.
Alguien golpeó la puerta. Era don Ildefonso. Felipa tembló, odiaba estar cerca de él. Siempre se escabullía para no toparse con ese viejo libidinoso que aprovechaba toda ocasión para manosearla o intentar besarla. Nunca se lo contó a Alejo, temía que al enterarse matara a su padre. Sus únicas confidentes eran Felicitas y Rosario, ellas eran su escudo...la protegían interponiéndose siempre a los avances del ladino. Doña Rosaura ahora poco podía hacer por Felipa, su extrema debilidad se lo impedía. Lejos quedó la mujer impetuosa y enérgica que una vez fue.
_ ¿Cómo se encuentra mi hermana? _ preguntó mirándola fijamente.
Felipa retrocedió hasta casi chocar contra la pared. Él la siguió lentamente hasta casi pegarse a ella. Felipa giró la cabeza hacia doña Rosaura que permanecía inmóvil en la cama.
Ildefonso tomó entre sus dedos la trenza de Felipa que le colgaba a un costado del rostro y que le llegaba hasta la cintura. Adrede le rozó uno de los pechos y ella pegó un salto. Él sonrió con sorna.
_ Ya no tienes a nadie que te proteja de mí. Mi pobre hermana yace en la cama, Felicitas y Darío viajaron a la ciudad  en busca de un médico recién llegado al país... que dice tener la cura para Darío...¡ilusos! Y Rosario...bueno, que puede hacer esa pusilánime. Me dirás entonces que tienes a Alejo, tu amante. Lamento contrariarte, mi pequeña putita, Alejo se ha ido. ¿Por qué esa cara de sorpresa? ¿Acaso no se ha despedido? ¡Qué pena! Eso sí, me recomendó que te cuidara. Y yo pondré especial celo en hacerlo.
_ ¡Mentiroso! _ gritó descontrolada y su grito despertó a Rosaura.
_ Felipa, ¿eres tú? _ trató de incorporarse pero en el intento cayó pesadamente sobre la almohada.
La joven empujó a don Ildefonso sacándolo de su camino y se apresuró a ayudar a doña Rosaura.
_ ¿Por qué gritas? ¿Ildefonso?, ¿que haces aquí? _ apenas pudo pronunciar las palabras, su voz era pastosa.
_ ¡Cómo que hago! He venido a saber como te encuentras. Estoy muy preocupado por ti, hermanita _ parecía sincero.
_ Felipa, déjame con él. Tú vete a comer algo _ le pidió forzando una sonrisa. Todo era un esfuerzo para ella.
_ Pero... _ si bien deseaba huir de esa habitación, no quería dejarla a solas con don Ildefonso. Intuía que el hombre tenía algo que ver con la enfermedad de doña Rosaura. Y sus presentimientos nunca fallaban.
_ Por favor, querida _ insistió con tono desfalleciente. Felipa accedió inquieta y sin advertir la mirada lasciva de don Ildefonso, se marchó. Rosaura sí interpretó a su hermano.
_ Déjala en paz _ susurró.
_ ¿A qué te refieres? No comprendo _ dijo con inocencia.
_ Bien lo sabes. Ellos se aman. No te interpongas.
_ Sigo sin comprender _ se obstinó Ildefonso. Jamás aceptaría la unión de su hijo con una esclava, además una esclava que le calentaba la sangre. Ella le pertenecía y soñaba con montarla como a una yegua salvaje.
_ Hazlo por mí. Concédeme este último deseo. Felipa no es una esclava, no te pertenece, es libre _ Rosaura empleó los restos de su fuerza para convencer a ese hombre más duro que el pedernal.
_ Querida, no digas eso. No vas a morir. Ya sé que que le has regalado la libertad a pesar mío, pero a los ojos de la sociedad siempre será una esclava _ expresó con altivez.
_ Ildefonso no la persigas, no intentes someterla _ le suplicó y un ataque de tos le impidió continuar hablando. Gotas de sangre mancharon el lienzo blanco que Rosaura se llevó a la boca. Idelfonso no se sorprendió.
_ Ves lo que consigues esforzándote, debes descansar y dejarte de preocupar por tonterías. Ahora lo importante es que te recuperes. El doctor Arriaga confía que sanarás _ mintió. "No puedo hacer más por su hermana. Ni la sangría ni los emplastos han dado resultado. Solamente la quinina ha logrado bajar la fiebre, sin embargo mi diagnóstico es pesimista".
Rosaura no pudo insistir, se sentía devastada. "¿Por qué me sucede esto justo ahora? Mis niñas me necesitan, sobre todo Rosario. Aunque trate de ocultármelo, sé que está sufriendo, no es feliz y temo que Rubén la esté maltratando. Y Felipa, la pobrecita, la más desamparada...¿qué será de ella sin mi protección?", reflexionó con el espíritu quebrado. El grito de Idelfonso pidiendo ayuda la sobresaltó.
_ Asunta, rápido, ven a atender a tu señora _ la negra llegó inmediatamente y el patrón abandonó la habitación sin mirar a su hermana.
"Te queda poco tiempo hermanita. Ya me deshice de Alejo. Ninguno de los dos estorbará los planes que he trazado para expandir mis campos. Si es necesario aniquilar una población entera de indios para obtenerlos, lo haré, cuento con la ayuda de Rubén y de mi amigo, el doctor Arriaga. Y lo mejor de todo, en esos planes estás incluida tú, mi pequeña. Pronto serás mía, sólo mía".

Esa mañana, luego de dejar a Felipa llorando en el galpón, Alejo regresó a la casa malhumorado y decidido a darle una lección. Por supuesto que no se iría solo, la seguiría esperando hasta la eternidad si fuera necesario. Claro, eso ella no lo sabía y Alejo se regodeaba en la incertidumbre que sembró en el corazón de Pipa. "Se lo tiene merecido, ¡que sufra!, así como me hace sufrir a mí", pensó enfadado.
Tan enfrascado estaba en sus pensamientos que pasó distraído por la sala sin percibir la presencia de su padre conversando con un militar. El vozarrón de Ildefonso lo detuvo antes de poder subir la escalera que lo llevaba al primer piso donde se encontraba  su dormitorio.
_ ¡Alejo! Mira quien ha venido a visitarnos _ Ildefonso se mostraba alegre, actitud que hizo desconfiar al joven. Al acercarse reconoció a la otra persona que permanecía sentada bebiendo jerez.
_ Don Juan Manuel. ¡Que gusto verlo! _ un apretón de manos confirmó la mutua simpatía que se profesaban.
Juan Manuel de Rosas, poderoso estanciero dedicado a la producción agropecuaria, era uno de los líderes militares que se pertrechaba para defender a Buenos Aires de la invasión del caudillo santafesino Estanislao López.
_ ¡Muchacho! Lo mismo digo _ lo saludó con cordialidad.
Alejo tomó asiento en un sillón frente al hombre con el que compartió armas en el Ejercito del Norte al mando del General Belgrano. En ese tiempo eran camaradas, hoy Rosas ostentaba el cargo de Coronel.
_ Don Juan Manuel está aquí para proponerte formar parte del ejército que enfrentará a López _ comenzó Ildefonso.
_ Así es Alejo, junto a Dorrego y a mi amigo Martín Rodriguez rechazaremos la invasión. Una invasión que tiene por objeto apoderarse de Buenos Aires, la provincia que posee las tierras productivas más ricas de nuestra Nación y por supuesto, apoderarse también del puerto, que como saben, concentra el comercio exterior de las provincias restantes _ los ilustró con vehemencia.
_ Será un honor para mí formar parte de sus filas. Estoy a su disposición _ respondió enérgico aunque esto suponía retrasar la fuga. "La Patria me llama, no puedo ni debo negarme", concluyó resuelto.
_ Así se habla muchacho. Don Ildefonso debe estar muy orgulloso de su hijo. Lamento que Rubén no pueda unírsenos.¡Que contratiempo que se haya fracturado la pierna! _ al escuchar tal afirmación Alejo se atragantó con el jerez que en ese momento bebía. Quiso intervenir para esclarecer el error cuando sintió la mano de hierro de su padre apretándole el hombro.
_ Tiene razón don Juan Manuel, un verdadero incordio. Cuando Rubén se entere del motivo de su visita se pondrá hecho una furia por no poder formar parte de la campaña _ dijo con el rostro compungido.
"Maldito farsante. ¿qué te propones padre?", Alejo comenzó a inquietarse.
_ ¿Cuándo debo partir mi Coronel? _ preguntó quitándose con disimulo la mano de su padre que continuaba presionándolo.
_ Ya mismo, prepara tus cosas que en media hora partimos hacia "Los Cerrillos". Allí nos esperan mis "Colorados del Monte", antes pasaremos por la casa de los Anchorena y de los Ortiz para continuar reclutando _ le aclaró urgiéndolo a partir hacia su estancia en San Miguel.
"Los Colorados del Monte" era un regimiento creado por Rosas para combatir a los indígenas y a los cuatreros de la zona pampeana y ahora Alejo formaba parte de él.
_ ¿Cómo se encuentra su familia? Doña Encarnación y los niños...Manuelita debe tener tres añitos, ¿verdad? _ Alejo escuchó la palabrería lisonjera de su padre mientras se retiraba. Pensó en Felipa.
Debía despedirse de ella, contarle lo sucedido, pero el tiempo lo apremiaba, no podía hacerlo. Buscó a Lautaro en la caballeriza. Lo encontró durmiendo bajo un alero.
_ ¡Lautaro!, ¡despierta! _ le gritó al oído. El indio pegó un salto que casi derriba a Alejo.
_ ¡Eh!, ¿por qué me dispertás de esa manera? ¡Me vas a matar del susto! _ se quejó restregándose los ojos.
_ Escucha bien lo que voy a decirte. ¡Lautaro!, ¿estás despierto o sigues en babia? _ Alejo lo tomó de los hombros y lo zamarreó con fuerza.
_ ¡Pará, pará! Sí, te escucho, ¿que carajo pasa? _ protestó quitándose de encima al amigo malhumorado.
_ Me voy ya mismo con don Juan Manuel a San Miguel del Monte para unirme a "Los Colorados".
_ ¿Qué? _ Lautaro quedó perplejo ante la noticia _ y, ¿pa´qué?
_ Vamos a luchar contra Estanislao López, el muy ladino quiere apoderarse de Buenos Aires.
_ Voy con vo _ decidió al instante, no iba a permitir que Alejo fuera solo, ¿quién lo cuidaría mejor que él? Lautaro siempre fue su escudo en las batallas.
_ De ninguna manera, tú te quedas. Debes cuidar a Felipa y vigilar al malnacido de mi padre. Seguramente aprovechará que no estoy para molestarla. Sólo confío en ti, Lauti, sólo en ti _ le rogó maldiciendo el giro que habían tomado los acontecimientos.
_ No te priocupés, andá tranquilo, yo me encargo. Si es necesario clavarle una lanza a tu viejo, se la clavo con mucho gusto. Hace tiempo que se la tengo jurada _ se despachó con amargura y rabia contenida.
Alejo asintió con un movimiento de cabeza y se dieron un fuerte abrazo.
_ Explícale a Felipa lo sucedido, dile que me perdone por abandonarla pero no tuve opción. Es luchar o ser un traidor. Dile que la quiero y que muy pronto estaremos juntos y esta vez para siempre, lo juro por la memoria de mi madre.
Alejo tomó las riendas de su caballo moro y sin volver la vista atrás, caminó al encuentro del Coronel Rosas que lo esperaba en la tranquera. Lágrimas amargas se anudaron en su garganta, sin embargo, no derramó ni una sola.



viernes, 10 de noviembre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Epílogo

Buenos Aires, febrero de1857

Recién amanecía cuando el canto de la calandria los despertó. Lourdes abrió lentamente los ojos y los enfocó en el hombre que tenía a su lado. El corazón se le encogió ante la mirada de Rafael, una mezcla de deseo, amor y lujuria. Recuerdos de la noche pasada le quemaron la piel y ansió más.
Sin embargo sus deseos se vieron truncos al escuchar unos golpes suaves en la puerta.
_ Mamita, papito, ¿puedo pasar? _ Alba acostumbraba irrumpir en la habitación de sus padres muy temprano y meterse en la cama con ellos.
_ Claro querida _ Lourdes vio la decepción en el rostro de Rafael, él también había planeado otro desenlace para esa luminosa mañana de verano. Ambos sonrieron resignados.
_ Feliz cumpleaños, mi amor _ Rafael dio un lento beso a Lourdes preñado de promesas y se corrió dejando un espacio para su hijita.
Alba, de un salto, subió a la cama y aferrada a su muñeca de trapo se acomodó muy oronda entre ellos.
_ Y ahora, ¡a desayunar! _ exclamó alborozada _ Abuela Tina ya podés traer la bandeja _ gritó con desparpajo. Sus padres la miraron sorprendidos. ¿Que se proponía la pequeña pícara?
Tina entró en el dormitorio detrás de una enorme bandeja que depositó sobre la cama.
_ Perdón por la intromisión, pero Alba insistió de una manera... bueno, ustedes ya saben como es _ se disculpó Tina avergonzada.
_ No se preocupe madre. Conocemos a esta señorita atrevida _ y Rafael comenzó a hacerle cosquillas a la niña.
_ Basta papito, es el cumpleaños de mamita y tenemos que festejar. ¡Mamita te quiero hasta el cielo! _ Alba se colgó del cuello de Lourdes y la llenó de besos.
_ Gracias chiquita, ¡que linda sorpresa! Festejemos, entonces.¡Que aroma tiene esta torta de manzana, Tina! _ Lourdes cortó un trozo, lo depositó en un platito de porcelana y se lo alcanzó Rafael _ Y este es para...
_ ¡Miii! _ Alba se lanzó sobre la torta devorándola _ Tengo mucha hambre.
Tina se acercó a Lourdes y la besó en la frente
_ Feliz cumpleaños querida _  le deseo emocionada y luego los dejó disfrutando del desayuno para regresar a la cocina. La esperaba un día muy ajetreado, al mediodía se reuniría la familia en pleno para almorzar. Ella y Tomasa estaban a cargo del menú; Josefa y Domingo en ese momento estaban en el mercado comprando las provisiones y Lola lustraba los cubiertos de plata. Todo debía estar reluciente.
_ ¿Té de menta? _ Rafael solícito llenó la taza de Lourdes con la humeante y aromática infusión, la favorita de su mujer. El tomó café y Alba saboreó un espeso chocolate.
Nuevos golpes en la puerta anunciaron la llegada de otros visitantes.
Sin esperar respuesta, Miguelito asomó la cabeza. Detrás de él, Gorrión reía divertido.
_ Vamos, dentrá de una buena vez, pué _  al tiempo que lo decía lo empujó con fuerza.
_ ¡Miguelito! _ se alegró Lourdes al ver a su hijo, todo un hombrecito.
_ ¡Feliz cumpleaños mamita! _ junto a un enorme beso le entregó un bonito ramo de margaritas.
_ Gracias querido, me encanta. Y vos, Gorrión, no te quedes ahí parado. Ven, dame un beso tú
también _  lo animó sabiendo de su timidez.
Desde aquella fatal noche en que ayudó a Miguelito escapar de las garras de Imanol, Gorrión pasó a formar parte de la familia. Lourdes y Rafael le debían la vida de su hijo y que mejor forma de agradecérselo que tomar la responsabilidad de cuidarlo y ofrecerle un hogar que le brindara el amor que nunca tuvo.
_ Feliz cumpliaño, doña _ se atrevió a decir sonrojándose. Gorrión sentía un afecto especial por Lourdes, un enamoramiento que le aceleraba el corazón cada vez que ella le sonreía.
_ Gracias Gorrión, pero no me llames doña. Me canso de decirte que soy mamá Lourdes para vos _ Lourdes le acarició la mejilla, ahora regordeta y rosada. El hambre y la miseria quedaron en el olvido.
_ Feliz cumpliaño mamá Lourdes _ el niño imitando a Miguelito la abrazó con fuerza.
Alba y Miguelito aplaudieron felices.
_ Y ahora a comer esta torta de manzanas tan tentadora _ invitó jubiloso Rafael. "Después de la tormenta el sol, mi sol, ilumina nuevamente a la familia. Lourdes, te amo", pensó aliviado.


Cerca del mediodía, Lourdes buscaba a sus hijos en el jardín. Los niños solían jugar a las escondidas entre los arbustos y los canteros de flores que con esmero cuidaba Mercedes. La mujer ponía el grito en el cielo cuando por imprudencia los niños pisoteaban algún brote nuevo de peonías o caían sobre sus helechos. Mercedes sólo refunfuñaba, en realidad se divertía viéndolos corretear alegres y despreocupados, sobre todo ver a Miguelito reír la estremecía y conmocionaba.
Habían pasado varios meses desde el rapto y parecía que la tragedia no había dejado huellas profundas en su nieto. Las pesadillas que por las noches lo atacaban fueron silenciándose para dar paso a un sueño sereno. Ya no se negaba a salir de la casa, ya no permanecía encerrado por horas en su habitación con todas las ventanas cerradas, ya no tartamudeaba. El terror fue desvaneciéndose en el alma de Miguelito gracias a la compañía de Gorrión y al desenfado de Alba. Lourdes y Rafael, eran los pilares a los que se aferraba el niño; ellos lo comprendían y protegían, con ellos se sentía seguro.
_ Imanol se ha ido para siempre. Jamás volverá a molestarnos _ le dijo una noche Rafael luego de leerle una historia de caballeros y dragones. "Un niño es raptado de su casa por un dragón que lo encierra en una torre en medio del bosque. Su familia lo busca desesperadamente sin encontrar el camino que los llevara hasta él. Entonces su madre le suplica a Dios que lo proteja y lo salve. Su ruego es escuchado en el cielo y el Todopoderoso envía a uno de sus ángeles guerreros para que lo rescate. Así lo hace y lo devuelve a los brazos de su madre. El padre, un caballero de la corte del rey, siguiendo las indicaciones del Angel encuentra al dragón y lo mata".
_ Como en el cuento, ese hombre malo era el dragón que quería lastimarme, entonces apareció Gorrión y me rescató. El fue el ángel de la historia y tú, papito, eres el caballero valiente que mató a ese dragón, porque, ¿está muerto, no, papito? _ preguntó acongojado.
_ Si, hijito, si. No tengas miedo, Imanol no regresará jamás, te lo prometo _ Rafael esa noche durmió junto a Miguelito. "Hijo querido, siempre velaré por tu seguridad y la de toda la familia. Nadie volverá a hacernos daño. Lo juro."
Mercedes sonrió al recordar ese momento, Rafael se lo contó a la mañana siguiente. "El estará bien", dijo segura mientras compartían unos mates en la cocina.
Ahora ella observaba a los niños correr por el jardín. Miguelito, con los ojos cerrados contando hasta cien. Gorrión, escondido detrás del "arbusto de mariposas", lo llamaban así porque al florecer las mariposas se posaban en él en tal cantidad que prácticamente ocultaban las flores, y Alba, por supuesto, trepada en lo alto del naranjo.
_ Abuela, ¿viste a los niños? _ era Lourdes la que no había superado el amargo trance. Vivía pendiente de su hijo. Delante de Miguelito trataba de mantenerse serena aunque interiormente el miedo atenazaba su corazón. "Está a salvo, él ha muerto", se repetía a diario, sin embargo, el temor persistía.
_ Shh, están escondidos y Miguelito los está buscando. Allí está, apoyado en el aljibe, ¿lo ves? _ le indicó sin dejar de regar sus begonias _ ¿Y cómo estuvo el desayuno?
_ Estupendo, abuelita _ respondió más calmada al constatar que Miguelito se estaba divirtiendo.
_ Me alegro, querida. Alba se parece mucho a ti. ¡Cuánto disfruté aquel cumpleaños, hace tanto ya! ¿Recuerdas? Entraste como un torbellino a mi dormitorio con una fuente llena de confituras. Eras una campanita, feliz y cantarina. Y luego...
_ Abuela, no quiero que recuerdes cosas tristes, menos aún en mi cumpleaños _ Lourdes sabía a que se refería Mercedes. A partir de ese cumpleaños la sombra maligna de la política oscureció sus existencias. Conoció a Rafael, el amor de su vida, pero la rivalidad sanguinaria entre federales y unitarios trató de separarlos, fueron perseguidos y ella, por un largo tiempo, sufrió la tortura de creer que Rafael había muerto en la batalla de Caseros. Mares de lágrimas los separaron hasta que nuevamente el amor los unió. Y cuando parecía que la paz los bendecía, el demente de Imanol intentó dañar a Miguelito. Sí, mucho sucedió desde aquel cumpleaños. Ya no era la niña inocente que pensaba que la vida era color de rosa, ahora sabía que la vida "era un arco iris y que entre sus colores se escondía el negro". Ahora ella estaba preparada para enfrentar con coraje a esa franja sombría y tenebrosa.
_ Tienes razón querida, hoy está prohibida la melancolía. Hoy es un día para gozar.
_ Si, abuelita, hoy y todos los días de aquí en adelante _ afirmó con convicción.
Lola, fiel a sus hábitos, apareció corriendo, casi sin aliento.
_ ¡Doña Mercedes, niña Lourdes! _ chilló mientras trataba de meter los mechones de cabello crespo que se le escaparon del rodete durante la corrida debajo del pañuelo rojo que cubría su cabeza.
_ ¡Negra taruga!, ¿qué pasa? _ Mercedes acostumbrada a la impetuosidad de Lola no se alteró, aunque la reprendió.
_ El señor Esteban acaba de llegar, pué, y encima cayó con esa negra mandona. ¡No la soporto doñita! _ compungida comenzó a hacer pucheros.
_ Pero si Candelaria es un amor, estás exagerando Lola _ se rió Lourdes.
_ Usté porque nunca vio como nos trata a la Tomasa, a mi máma y a mí. Cada vez que viene apoya su culo redondo en un banco de la cocina y empieza a criticar todo lo que hacemos: "Tomasa, al guiso le falta sal, Josefa, ¡que sucios están los plato!, lavalos de nuevo. Lola, no te muevas tanto que me mariás". Dígale alguito doña Mercedes, no la aguanto má _ se quejó lloriqueando.
En ese instante apareció Esteban Salguero tomando un mate y de muy buen humor.
_ ¡Feliz cumpleaños hijita! _ dijo dándole un beso en cada mejilla. _ Mercedes, está usted hoy encantadora _ la halagó.
_ No diga tonterías Esteban, estoy como siempre _ respondió enfurruñada, sin embargo luego le sonrió coqueta _ Si me disculpan voy a ver que pasa en la cocina, parece que su cocinera cada vez que nos visita  suscita el caos.
_ Pone pata pa´arriba todo, don Esteban. Usté perdone pero es muy bicha la Candelaria _ volvió a quejarse Lola. Esteban sin sorprenderse le dio la razón entre carcajadas.
_ Me lo vas a decir a mí.  Mi casa es un contínuo campo de batalla. Entre Laureana y Candelaria me van a matar. Cuando Lorenzo me pidió el favor de albergar a Candelaria jamás imaginé que en mi casa se desataría una verdadera batalla campal _  las dos negras que se peleaban por atenderlo y prepararle los mejores platillos. Les estaba agradecido por demostrarle tanto afecto, pero lo volvían loco.
Lola sofocó una risotada, le hizo una rápida reverencia y corrió detrás de Mercedes.
_ Esta muchacha me hace reír. Es tan...
_ Atolondrada...y leal... y cariñosa...y mi paño de lágrimas _ completó Lourdes.
_ ¡Perdón mi querida niña! _ Esteban y Lourdes estaban sentados en un banco de piedra amparados por la sombra del añejo naranjo, testigo silencioso de tantos acontecimientos ocurridos en la historia de la familia Aguirrezabala. Le tomó las manos y la miró con tanto amor logrando derrumbar las murallas de resentimiento que todavía la separaban de él. El ruego de su padre encerraba vergüenza, humillación y un profundo dolor.
Cuando Mercedes y Lorenzo le confesaron la verdad sobre Esteban Salguero y Consuelo, los odió por haber escondido por años tremendo secreto.
_ No lo supe hasta mucho tiempo después de la muerte de tu madre, compre Lourdes, no quería que sufrieras por un hombre que, creía yo, nunca conocerías _ se lamentó Mercedes.
_ Pero lo conocí _ expresó con frialdad.
_ Ay querida, no me juzgues, te lo suplico, yo sólo quiero tu bien _ Mercedes estaba desconsolada, su nieta jamás se había mostrado dura con ella y esa actitud la estaba destrozando.
_ Entiende Lourdes, de que te hubiese servido saber sobre la existencia de tu padre, un miserable que abandonó a tu madre con un su hijo en el vientre, un miserable que puso en escarnio público a nuestra familia, un miserable que provocó la muerte de tu madre y de tu abuelo. Si yo hubiera sabido su identidad antes de todas las desgracias que debimos pasar por su maldita culpa lo hubiera matado con mis propias manos _  la angustia hizo que Lorenzo estallara en un exabrupto.
_ Y ahora se presenta pidiendo mi perdón y no puedo dejar de pensar que gracias a su ayuda encontramos con vida a Miguelito. Siempre estuvo a mi lado dándome esperanza. Por días no durmió acompañando a Rafael en la búsqueda. Como Jefe de Policía puso a todos sus hombres a nuestra disposición para dar con Imanol. ¡Abuelita, lo odio por abandonar a mamá pero también le estoy infinitamente agradecida por mi hijo! ¿Qué hago, abuela, qué hago? _ como cuando era una niñita apoyó su cabeza sobre el regazo de Mercedes y lloró.
_ Perdonarlo _ la voz queda de Rafael serenó el torbellino de pasiones encontradas que se debatían en el alma de Lourdes.
El joven se sentó junto a la dos mujeres y acarició arrobado la cabellera de Lourdes semejante al trigo maduro. Ese cabello que deseó tener entre sus dedos desde el momento en que la conoció en el atrio de la iglesia del Pilar, una muchacha bella y altanera que le robó el corazón. Lourdes,"su" Lourdes, el amor que le cambió la vida.
_ Los remordimientos con los que convivió todos estos años fueron suficiente castigo para su pecado. Me reveló que nunca fue feliz, la imagen de tu madre lo persiguió sin tregua. El la amaba, pero fue un cobarde y te aseguro, pagó caro su cobardía. Dale una oportunidad Lourdes, demosle todos una oportunidad _ concluyó abarcando con la mirada a Mercedes y a Lorenzo.
_ Sí querida, Rafa tiene razón. Presiento que Consuelo es feliz viéndote cerca de tu padre _ la alentó conmovida Mercedes.
_ Yo noy partidario de esa idea, yo lo arrojaría a patadas a...
_ ¡Lorenzo! Basta ya de rivalidades _ lo cortó exasperada Mercedes _ No te bastó con los enfrentamientos entre federales y unitarios, no fue suficiente la persecusión que sufrimos por "La Mazorca"...tantos amigos muertos en las revueltas durante el gobierno de Urquiza. Estoy harta del odio que derramó tanta sangre, ¡basta ya!
_ Está bien, está bien hermanita, no te alteres. Perdonemos a ese canalla, hijo de p...
_ ¡Lorenzo! _ volvió a callarlo Mercedes.
Lourdes comenzó a reír, todos la miraron sorprendidos y a su abuela se le aligeró el corazón.
La voz de su padre la trajo nuevamente al presente diluyendo sus pensamientos.
_ ¡Cuánto te pareces a tu madre!, un rostro bello y sereno como el de ella. Lo tengo grabado aquí y aquí _ dijo señalando con su mano la cabeza y el corazón _  No soy un monstruo Lourdes y quiero demostrártelo, si me lo permites
Lourdes estudió el rostro que esperaba ansioso una respuesta. La mirada de su padre la horadaba buscando cariño.
Miguelito, Alba y Gorrión corrieron hacia ellos gritando y riendo. Estaban sudados y cubiertos de tierra, pero rozagantes.
_ Mamita, dice Tomasa que la comida de tu cumpleaños está lista _ mientras Alba hablaba se sentó en la falda de Lourdes.
_ Si nos atrasamos Tomasa se enoja _ declaró con seriedad Miguelito.
_ La carbonada tiene un olorcito, vamos mamá Lourdes _ la apuró Gorrión tomándola de la mano.
_ Papá, ¿puede llevar a Alba? _ le pidió con una amplia sonrisa que lo hizo estremecer y seguidamente lo besó en la mejilla dejandolo boquiabierto.
Rafael se acercó a ellos enviado también por Tomasa.
_ Papito haceme "sillita de oro" con el abuelito _ pidió con insistencia Alba, le encantaba sentirse una reina.
"Papá", "abuelito", las palabras resonaron en el alma de Esteban como dulces campanadas. No podía pedir más a la vida.
Lourdes se tomó del brazo de Rafael y le susurró al oído :"Te amo".

Muy lejos de allí alguien también festejaba en alta mar. Solo, en su camarote descorchó una botella de jerez.
Su destino era incierto; su futuro, una nebulosa; pero en su mente bullían muchísimos proyectos.
"Si vencí a la muerte, ¿quién podrá derrotarme? Resucité de entre los muertos, lo imposible para mí es posible".
La pócima que ingirió al consultar el antiguo Grimorio engañó a sus enemigos. Lo creyeron muerto y, sin embargo, se encontraba en estado catatónico. Muy astuto.
De un baúl extrajo una delicada copa de cristal, la llenó con el líquido ambarino. El aroma punzante de la bebida aguzó sus sentidos. Sintió que la fiera que dormía en su interior despertaba lentamente.
El sabor avellanado del jerez le recordó el sabor de unos besos que extrañaba con dolor y ansias.
"Jean, mi amante fiel. A tu salud". De un solo trago vació la copa. Volvió a servirse.
"Mi segundo brindis es por ti Rafael y por el amor que no pudo ser". Esta vez luego de beber estrelló la copa contra el piso con desazón. Y lloró...






sábado, 28 de octubre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.40

"¡Dios mio!, que solos se quedan los muertos".  Gustavo Adolfo Bécquer


Imanol se sirvió un brandy. Se paró pensativo frente a la estantería donde colocaba sus libros preferidos, libros que idolatraba, y luego de meditar, tomó  uno de tapas de cuero oscuro. Abrió el ejemplar con reverencia y con suma delicadeza hojeó sus páginas escritas en latín  buscando la pócima que le salvaría la vida.
_ ¡Aquí está! _ exclamó ufano.
Depositó el libro sobre la mesa y con el dedo índice fue recorriendo las indicaciones. Sentía el fuego del brandy en sus visceras y el fuego de lo sobrenatural corriendo por sus venas.
"El Picatrix", nombre del grimorio que en ese momento consultaba, fue el obsequio de uno de sus profesores cuando estudiaba medicina en la Universidad de Montpellier : Michel de Nostradame, conocido entre los alumnos como Nostradamus. Este era un hombre de profundos conocimientos que adquirió en sus frecuentes viajes por Europa y Oriente. Allí intercambió información con  doctores, alquimistas, cabalistas y místicos. Su sapiencia como apotecario le fue de utilidad para crear la «píldora rosa», la solución para la peste.
Y fue la "peste" que detonó en Imanol el deseo de ser médico.
Contaba con siete años cuando el mal irrumpió en Barcelona. Si bien él vivía a varios kilómetros de esa ciudad, allí residían sus tíos y Hernando, su primo adorado. A pesar de ser cinco años mayor que él acostumbraban a compartir juegos y travesuras.
Imanol admiraba el arrojo de Hernando, como aquel verano en Nájera cuando se escaparon durante la noche para incendiar la choza del gandul que había torturado y asesinado a "Gris", el gato que juntos habían rescatado del estanque evitando que se ahogara. Hernando lo bautizó Gris y desde entonces fueron inseparables hasta que una mañana, mientras paseaban por el pueblo, un grupo de niños los rodearon y comenzaron a burlarse de ellos. Envidiaban a Imanol por ser el hijo del Duque y vivir en la abundancia.
Envalentonados por ser mayoría, los ataron a un árbol y a Gris lo encerraron en un pequeño tonel al que golpearon violentamente con palos. Cuando el tonel se partió, el gatito comenzó a maullar con fuerza y a temblar de miedo, con la cola hinchada y los pelos como púas de erizo. Entonces torturaron a Gris hasta matarlo. Los salvajes reían como desaforados; Imanol y Hernando, lloraban.
"Nos vengaremos, te lo juro Imanol". Y esa noche lo hicieron, vieron al jefe de la banda calcinarse vivo. El maldito aullaba de dolor y espanto; Imanol y Hernando, reían victoriosos.
¡Cuánto lloró Imanol al enterarse que su primo había contraído la peste! Los médicos nada pudieron hacer por él ni por sus tíos. Todos murieron. Ese fue el hito que determinó su vocación y fue lo que lo acercó a Nostradamus. Compartía con su maestro el afán por develar los misterios del cuerpo humano y la conexión del hombre con lo sobrenatural, con las ciencias ocultas.
_ La fuerza zodiacal ayuda a dominar con precisión la naturaleza humana y todo lo que la rodea _ le confió su maestro una tarde en la biblioteca mientras depositaba en sus manos el valioso grimorio medieval.
Imanol admiraba a Nostradamus. Su palabra era "palabra santa" y que se acercara a él para ofrecerle tan preciado y singular regalo, un honor.
_ Mira, en El Picatrix está contenido el secreto de la vida. Sólo una mente privilegiada puede penetrar y comprender este misterio. Por eso te he elegido Imanol. El autor de esta joya, escrita en el siglo X, fue Abu-Maslama, un renombrado astrónomo y alquimista de Al-Andaluz. Guarda este manuscrito con celo, si lo utilizas con sabiduría será tu guía cuando te encuentres en una encrucijada.
"Y ahora me encuentro en una terrible encrucijada", pensó llenándo nuevamente su copa con brandy.
El tiempo apremiaba, sin embargo a Imanol parecía no preocuparle. Se paseó por los distintos anaqueles que colgaban de las paredes buscando los ingredientes para realizar la fórmula.
_ Extracto de belladona, tarántula disecada, gusanos, polvo de sapo venenoso y hueso humano triturado. ¡Perfecto! _ aplaudió entusiasmado al comprobar que tenía todo lo necesario.
Mezcló los componentes en un recipiente de cristal.
Sentado a la mesa, fijó su mirada en la pócima. Elevó una plegaria a su amado Jean, el amante que nunca lo decepcionó, bebió de un trago el resto del brandy que quedaba en la copa y con una gasa embadurnó su rostro con el polvo obtenido.
Cada una de las partículas de la fórmula entró en el riego sanguíneo a través de la epidermis llegando al corazón que en segundos se detuvo.

Rafael cabalgó con la velocidad del rayo. Estaba enfebrecido, ciego de cólera. Miles de recuerdos se atropellaban en su memoria.
El día después de la batalla de Caseros, el día en que conoció a Joaquín, el hombre que lo auxilió en su hora más oscura. Sin su ayuda no hubiera podido seguir adelante, él fue esencial para encauzar su vida. El afecto de Joaquín y de la negra Candelaria, le dieron fuerzas en la búsqueda de su identidad perdida. Sonrió al pensar en la cocinera, siempre dispuesta a consentirlo y a animarlo. Y luego la aparición de Imanol y Amalia, los primos aristocráticos de Joaquín.
"¡Maldita sea la hora en que los conocí!", masculló rabioso."Endiablado hipócrita, tu solícita ayuda para que recuperara la memoria no fue más que una sucia maniobra para destruir mi vida y de las personas que amo. Sabiendo la verdad sobre mi, tú y Amelia, tu obsesiva hermana, jugaron conmigo. ¡Que imbécil fui! Pero, ¿con qué objeto? ¿Para apartar a Lourdes de mi lado? ¿Para alejarme de mi familia? ¿Qué pretendían? ¿Qué amara a Amelia y tú quedarte con Lourdes?".
Recordó las palabras de Candelaria : La muy zorra de Amelia me ordenó poner unos yuyos raros en tus comidas. Como me dio mala espina se los llevé a mi comadre que es curandera y ella me dijo que se usan para hacer el mal, no para curar...
"¡No para curar!", repitió iracundo, "Y el cuento de la hipnosis...menos mal que don Lorenzo impidió que se llevara a cabo la sesión. ¿Qué pretendía Imanol sometiéndome a la hipnosis? Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que el muy hijo de puta quiere destruírme y para lograrlo raptó a mi hijo. ¡Como has sido capaz Imanol! ¡Maldigo el momento en que confié en ti!".
_ Rafael, creo que ese es el lugar _ la voz de Esteban interrumpió sus pensamientos.
Desmontaron velozmente y secundados por varios vigilantes derribaron la pesada puerta de la vieja casona.
El ruido atrajo la atención de algunos curiosos que a esa temprana hora se disponían a comenzar con sus labores.
El aguatero y el lechero detuvieron sus carretas no muy lejos del lugar, atentos a lo que sucedía. Un grupo de negras achuradoras que carneaban reses en un matadero cercano se arremolinaron detrás de las carretas, expectantes.
_ ¡Imanol!, hijo de puta, ¿dónde estás? _ gritó fuera de sí Rafael ni bien puso un pie en el laboratorio iluminado por dos candiles.
_ ¡Imanol! _ insistió y en ese instante lo vio tirado en el piso, los ojos abiertos, mirando sin ver y la boca torcida en un rictus macabro.
Esteban se arrodilló junto al cuerpo. Lo palpó buscando los latidos del corazón. Nada.
_ Está muerto _ le confirmó. _ ¿Y eso? _ preguntó al notar que Rafael olía el contenido de un recipiente de cristal. _ Tenga cuidado, seguramente es el veneno que lo mató _ y con cuidado le arrebató el recipiente.
_ Jefe, ¿qué hacemos con la chusma? Cada vez son má, pué _ se quejó uno de los vigilantes alarmado por la multitud que crecía en la calle frente al laboratorio.
_ ¡Carajo!, malditos entrometidos. Ya sé, diles que encontramos un muerto por la viruela. Le van a faltar "patas para salir rajando".
_ ¿De en serio, Jefe? _ el hombre se puso pálido de repente.
_ ¡Pero no, Toribio! Es una mentira para que se hagan humo _ se impacientó Esteban. 
_ Mire que es ladino, Jefe. Flor de jabón se van a llevar _ y riéndose fue a cumplir la orden.
_ Mi personal es buena gente, pero falto de entendederas _  le aclaró a Rafael aunque el joven no había prestado atención a la intromisión del vigilante, estaba concentrado en descifrar la muerte de Imanol.
"¿Se habrá suicidado por miedo al castigo de la ley, por remordimientos o por temor a mi venganza? Imanol, me robaste el placer de terminar con tu miserable vida. Por lo menos tengo la tremenda satisfacción de saber que ya no harás más daño, ¡lacra del infierno!", reflexionó sin quitar la mirada del cadáver.
_ Mire Rafael... aquí, debajo de este libro, parece una carta...sí, es una carta y está dirigida a usted _ se extrañó Esteban.
Rafael tomó el papel de un blanco inmaculado que le alcanzaba perplejo el Jefe de Policía.
Atónito, comenzó a leer en voz alta:
"Rafael, amor mio:
                           ¡Cuánto daría por ver la expresión de tu rostro al conocer mis sentimientos hacia ti! Probablemente estarás desconcertado y seguramente sentirás asco. Sin embargo, creo firmemente que si me hubieras permitido intimar contigo, lo hubieras disfrutado.
Mi corazón se detuvo cuando te vi por primera vez. Nunca imaginé poder conocer en estás tierras abandonadas de las manos de Dios a un hombre como tú: valiente, honesto, temperamental, sin máscaras...Precisamente tu fiera autenticidad fue lo que me enamoró, tus reacciones preñadas de violencia me encendían de una manera desgarradora. Cuánto más me rechazabas, más te deseaba.
Amelia también te amaba, pobre tonta. Sé que nunca le darías tu amor a una mujer tan insulsa y pusilánime como ella. La usé como pantalla para conseguir mi propósito: tú. Lamentablemente apareció Lourdes y arruinó mi estrategia. Primero pensé en matarla, soy un gran experto en venenos; supongo que a estas alturas de los acontecimientos ya te habrás dado cuenta, más tarde lo desestimé. Me propuse ganarte, era más excitante enfrentarme a ella por tu amor. "Ser el caballero que en una justa obtiene el favor de su amado" bonita imagen, ¿no te parece?.
Lamentablemente en esta lucha interfirió una tercer contrincante, Amelia, así que cuando se puso demasiado pesada tuve que sacarla del juego.
Te preguntarás por qué incluí en esta charada a Miguelito. ¡Por despecho!
A pesar de mi empeño por cuidarte, por protegerte, me rechazaste, me despreciaste. Y eso, Rafael, no lo perdono. Así que decidí responder a tu humillación por donde más te duele, a ti y a esa perra de Lourdes. Pero, tranquilo, no le hice ningún daño, aunque mi intención era otra. El bribonzuelo se me escapó, cómo lo hizo, no lo sé. Lo cierto es que fue más astuto que yo. 
Ya estaré muerto cuando leas esta carta. No me arepiento de nada porque todo lo hice para ganar tu amor y si no lo tengo, ¿para qué vivir? Espero verte en la otra vida si es que existe. Tuyo, Imanol".
Rafael estrujó el papel en su puño, para luego arrojarlo sobre el rostro contraído de Imanol.
_ ¡Despreciable pervertido! _ lo insultó con saña.
_ Vamos, Rafael, ya no tenemos nada que hacer en este lugar. Mis muchachos se encargarán del cuerpo, ¡vamos! _ juntos caminaron hacia la puerta; antes, recogió la carta y la acercó a la llama de una vela.
_ ¡Toribio!, ¡Celestino!, encárguense del fiambre. Yo le avisaré al oficial Saturnino del hallazgo. Más tarde se reunirá con ustedes _ rugió Esteban. Los hombres sepultarían a Imanol en las afueras del cementerio ubicado en la iglesia de San Ignacio. La Iglesia Católica rechazaba al suicida y se le negaba la sepultura en el Campo Santo. El alma del suicida estaba condenada al fuego eterno.
"Me gustaría estar en la Edad Media y ver tu cadáver  arrastrado por las calles boca abajo con una estaca atravesando tu corazón y una piedra en la cabeza inmovilizando tu cuerpo para impedir que tu oscura alma regresara a dañar a tantos inocentes", pensó consternado Rafael.
_ Regresemos a su casa Rafael. Deben estar esperando noticias nuestras. Debemos llevarles tranquilidad, sobre todo a Lourdes _ lo animó Esteban.
_ Es verdad don Esteban, la pesadilla ha terminado _ respondió meditabundo.

Toribio, Celestino y tres vigilantes más, depositaron el cadáver de Imanol en una carreta tirada por dos bueyes y enfilaron hacia la iglesia de San Ignacio. No les gustaba nada la misión encomendada, los muertos los aterrorizaban, especialmente ése que para ellos era el mismísimo demonio.
_¡Malaya sea nuestra suerte! _ despotricó Celestino, un joven rollizo y de baja estatura, sumamente supersticioso.
_ No veo la hora de sacarnos de encima este fiambre. Espero que el padrecito nos permita enterrarlo enseguida. Me pone los pelos de punta tenerlo tan cerca _ retrucó Toribio, hombre de mediana edad, vizco y parlanchín. El cadáver iba detrás de ellos en la carreta envuelto en una manta._ Se rumoriaba por el pueblo que el finao tenía tratos con Belzebú.
_ ¿Por qué decían eso? _ Celestino comenzó a sudar.
_ Acaso no sabés que se robaba a los gurises pa´destriparlos y sacarles tuita la sangre _ intervino otro de los vigilantes que iba a caballo a un lado de la carreta.
_ No, ¿pa´qué? _ Celestino además de sudar, empezó a temblar. La situación empeoraba y él lo único que quería era estar seguro en su rancho, con la puerta trancada y las ventanas bien cerradas.
_ Mirá si serás atrasao, pa´que va ser. Pa´ alimentar a Mandinga. La bebida preferida del diablo es la sangre humana y si es de inocentes, mejor _ lo ilustró Toribio.
_ El Búho recibía a cambio la inmortalidá y sabiduría _ completó un cuarto vigilante.
_ Pero si está más frío que un pedazo de yelo _ Celestino miró rápidamente hacia atrás para corroborar su afirmación.
_ Los que saben dicen que a media noche se va a levantar de entre los muertos y tonce...
_ ¡Callate Toribio! No seas bolacero, no ves que estás asustando al pobre muchacho. No le hagás  caso Celes, te está cargando _ trató de poner serenidad el más centrado de los vigilantes.
_ ¿Bolacero?, ¡yo no soy ningún bolacero! _ se ofendió Toribio.
_ Miren, el cura está esperándonos. Enterremos pronto al Búho y vayámonos pa´las casas de una buena vez _ les rogó Celestino que estaba al borde de un ataque de pánico.
El párroco estaba de mal humor. ¿Cómo se le había ocurrido al Jefe de Policía enviar a semejante delincuente y encima suicida, a su iglesia? ¡Inaudito!
_ De ninguna manera, no voy a permitir que entierren a ese engendro del demonio en estas tierras _ se empecinó.
_ Lo siento padrecito pero nosotros sólo recibimos órdenes de nuestro Jefe, así que por favor corrase del camino _ el cura estaba parado frente al gran portón de rejas que permitía el acceso al cementerio.
_ Muy bien, si tienen que hacerlo, ¡háganlo!, pero no en suelo santo. ¡Es un suicida! Entiérrenlo fuera del Campo Santo, detrás de esos árboles _ enfadado les señaló un pequeño bosque de abedules que se extendía detrás del cementerio _ Y les advierto, esperen al anochecer para hacerlo.
_ ¿Por qué? Si puede saberse _ se impacientó Toribio que deseaba desprenderse cuanto antes de ese maldito cadáver.
_ Porque no quiero que perturben la paz de los muertos que reposan en la santidad.
_ Lo que dice es una reverenda estupidez _ lo encaró Toribio harto de la displicencia del párroco.
_ ¡Lenguaraz! ¡Descarado! ¡Cómo te atreves a contradecirme! _ gritó indignado por la falta de respeto a su investidura.
_ Perdone a Toribio padrecito, es que estamos muy nerviosos, este muerto nos pone los nervios de punta.
_ Muy bien, los perdono, vayan con Dios y sigan mis indicaciones.
Una hora más tarde, el oficial Saturnino se unió a ellos en el bosquecito. Llegó con un cajón de madera ordinaria. Le echó una mirada al cadáver y se marchó.
_ Muchachos, yo no sé  ustedes, pero a mí me pica el bagre. Desde anoche que no como nada _ se quejó Celestino.
_ A vos ni el miedo te quita el hambre, ¿no? _ se rieron los demás.
_ Mi mujer me puso en la alforja queso y pan _ dijo uno.
_ Yo tengo charqui y unas manzanas _ a Celestino se le hacía agua la boca mientras sacaba de su bolsa las provisiones.
_ Yo colaboro con este vino patero _  Toribio mostró las dos botellas mirando con desconfianza hacia todos lados temiendo que apareciera algún oficial superior y lo reprendiera por tomar durante las horas de servicio.
Nadie puso reparos a la colaboración de Toribio, todo lo contrario, la aplaudieron. Es más, a medida que el tiempo transcurría fueron apareciendo petacas de ginebra y caña.
Cuando el sol se ocultó, todos estaban ebrios. A duras penas cavaron la fosa y pusieron el cuerpo dentro del cajón olvidando clavarlo. Tiraron unas pocas paladas de tierra sobre el cajón y se sentaron alrededor de la reciente tumba para descansar un momento antes de continuar. Mientras tanto seguían bebiendo.
_ Tenemos que apurarnos, no vaya a ser que nos agarre la hora del diablo _ empezó Toribio.
Celestino, que estaba empinando una botella de ginebra se atoró al escuchar a su compañero.
_ Toribio, no empecés de nuevo con tus cuentos, por favor te lo pido. Mirá que con el pedo que tengo me cago encima _ le suplicó el muchacho.
_ Un poco dispué de la medianoche empieza la hora de Mandinga. Los espíritus que prestan sirvicio al diablo cruzan al mundo de los vivos para buscar a quien atormentar y de ser posible llevarse almas para sus filas _ contó Toribio hipando de tanto en tanto sin prestar atención al ruego del miedoso.
Celestino se levantó como un resorte del pasto en donde estaba sentado y sin decir palabra montó un caballo y desapareció al galope.
Los otros, sin discutir, lo imitaron. Ninguno quería que los sorprendiera la "hora del diablo".
La tumba quedó a medio terminar.
Tiempo más tarde la tapa del cajón se abrió. Imanol, sin dificultad, salió de su tumba. Cerró nuevamente el cajón y lo tapó con tierra, concluyendo así la tarea de los vigilantes que huyeron despavoridos.
Enfundado en su capa lo engulló la oscuridad de la "hora del diablo".










lunes, 23 de octubre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.39

"El destino es el que baraja las cartas,
 pero nosotros los que las jugamos".      Arthur Schpenhauer


A medida que desaparecían las brumas y clareaba el día, de igual modo se clarificaban los pensamientos y se pacificaban las turbulencias espirituales de Imanol.
Sentado en un banco rústico y apoyados los codos sobre la gran mesa, altar sagrado de sus investigaciones, mesaba con rabia sus cabellos.
"¿Cómo pudo ocurrir?", se repetía una y otra vez.
Al ver la jaula vacía, lo asaltó una desagradable espasticidad que desbarató la seguridad que siempre lo caracterizaba. Sin embargo, su increíble poder de concentración lo ayudó a recuperarse a los pocos minutos.
Revisó impaciente cada rincón hasta que el agujero en una de las paredes le dio la respuesta.
"¡Pequeño bellaco!", pensó controlando su furia. Debía mantenerse sereno para actuar con celeridad y astucia.
"No debe estar lejos. ¡Ya verás lo que te espera malandrín del demonio por desafiarme!"
Montó el caballo y lo espoleó sin consideración. Debía encontrar al niño costara lo que costara. Adaptó los ojos a la oscuridad, atento a cualquier movimiento; aguzó su oído para captar una respiración agitada; afinó el olfato para percibir el miedo, un aroma que conocía muy bien, un aroma que lo encendía.
Creyó escuchar un sollozo entre los arbustos que crecían a la vera del camino. Buscó con ahínco, pero nada, ¡nada!
Inútilmente recorrió el camino ida y vuelta tres veces. Frustrado regresó al laboratorio rumiando ira.
"A esta altura Rafael ya sabrá de mí y querrá vengarse. Eso es lo que amo de de él, su vena asesina; lo conozco y aunque se empecine en ocultar su espíritu violento, está allí, latente, buscando un motivo para estallar. Me hace feliz que ese motivo sea yo, que sea tan importante para él como para querer matarme. Lamento decirte, mi querido, que te lo voy a hacer difícil. ¡Ay Señor, como amo a ese hombre!".
Feliz por las conclusiones a las que llegó y con el ánimo alto, comenzó a urdir un nuevo plan.


_ ¿Dijiste Imanol? _ Lourdes experimentó que la tierra se abría a sus pies. Lorenzo, que estaba a su lado, la sostuvo.
_ ¿Estás seguro querido? _ intervino Mercedes igual de impresionada que Lourdes.
_ Sí abuelita, estoy seguro. Tuve mucho miedo _ respondió el niño sin soltarse de los brazos de su padre. Rafael lo apretaba contra su pecho. La sangre le hervía. "Cuando lo atrape lo voy a despellejar vivo como solía hacerlo en los tiempos de La Mazorca", juró. Entonces, un vendaval de recuerdos lo impactó con la fuerza de un huracán.
Una catarata de escenas sangrientas lo cegaron por un instante. Él, combatiendo en el levantamiento de Corrientes, saltando sobre el enemigo y rebanándole el cuello con una naturalidad que daba escalofrío; él, con el trabuco naranjero, despedazando a decenas de unitarios en el campo de batalla; él, asesinando a sangre fría al Coronel Ramón Maza, jefe de una conjuración de unitarios y federales de valer contra Rosas, el déspota; él, torturando con impudicia. Se conmocionó, ¿ése era él?. Inmediatamente supo la verdad, sí, ése había sido él, pero una muchacha de ojos verdes y voluntad férrea  lo había rescatado de la inmundicia en la que se revolcaba. Lourdes, el amor de su vida, la mujer por la que estaba dispuesto a todo. Sí, mataría a ese desgraciado aplicando toda la crueldad de la que era capaz, sin remordimiento, sin culpa.
La calidez de una caricia lo volvió al presente.
_ ¿Estás bien? _ Lourdes lo miraba preocupada, tratando de penetrar en sus pensamientos.
_ Mejor que nunca, mi amor _ enlazó su mano a la de ella depositando un beso cálido en la palma suave y aterciopelada.
Mientras tanto,Tina, corrió junto a su nieto. "Mi tesoro", le dijo, "¡por cuánto has debido pasar!"
Lourdes, más serena, sentó a su hijo en su regazo y lo llenó de besos. Rafael se acomodó junto a ellos. Alba, desconcertada por la conducta de los adultos, prefirió permanecer en silencio y se dedicó a observar al niño desalineado oculto detrás de Lola.
_ ¿Qué mirás? _ le dijo Gorrión con fastidio.
_ ¿Cómo te llamas? _ Alba estaba fascinada con ese muchachito desgarbado de ropas harapientas.
_ ¡Que te importa! _ respondió exasperado por la curiosidad de la pequeña.
_ No seas malo, dime tu nombre. Quiero ser tu amiga _ el tono de súplica lo ablandó.
_ Gorrión
_¿Gorrión? Que nombre raro, pero me gusta mucho. ¿Tienes hambre? _ si todos estaban tan pendientes de Miguelito, entonces ella se preocuparía por ese niño famélico.
_ Mucha _  le confirmó recordando que con el apuro y el miedo había perdido el morral con su comida por el camino.
Alba sonrió satisfecha y lo tomó de la mano. Gorrión se resistió, pero Alba se impuso. Ella siempre hacía su voluntad. Pero cuando cuando estaban a punto de abandonar la sala la voz de Esteban, el Jefe de policía, los detuvo.
_ Gorrión, necesito hacerte unas preguntas. Sientate acá _ le señaló una silla tapizada de terciopelo verde.
_ ¿A mí? _ el miedo ante la presencia del magistrado lo hizo transpirar.
_ Sí, si, a ti _ insistió con una sonrisa ante la cara de pánico del niño.
_ Ahora no puede ir con usted, ahora viene conmigo a la cocina para comer un buen plato de mazamorra que hizo Tomasa _ Alba lo contradijo enfadada.
_ ¡Alba! ¿Qué maneras son esas? _ la reprendió Mercedes.
_ Abuelita Mechu, quiero invitar a mi amigo a comer. ¿No te das cuenta que tiene mucha hambre? _ lisonjeó. Alba era toda una actriz, adoptando una actitud inocente siempre lograba sus propósitos.
_ Luego, luego, querida. Ahora es muy importante que Gorrión nos ayude a encontrar al hombre malo que se llevó a Miguelito. ¿Te parece bien? _ preguntó con paciencia Esteban tratando de ganarse el favor de la niña.
Alba accedió, ese hombre le caía bien.
_ Gorrión, ¿cómo conociste al doctor Pacheco del Prado? _ comenzó con soltura sin imprimir al interrogatorio formalidad.
Todos en la sala hicieron silencio para escuchar a Gorrión. A Lourdes se le partió el corazón al verlo tan pequeño y frágil, el rostro manchado de barro y los ojos oscuros y enormes que revoleaba de un lado a otro buscando una salida por la que escapar.
_ No tengas miedo querido, aquí nadie te culpa; todo lo contrario, te estamos agradecidos por rescatar a Miguelito. Sin tu ayuda..._ Lourdes se quebró en llanto no pudiendo terminar la frase. Rafael la contuvo. "No llores mi amor, nuestro hijo está a salvo", le susurró al oído. Miguelito la besó y Alba se sentó en las rodillas de Rafael. No la iban a dejar relegada, no señor.
_ Mamita no estes triste, Miguelito ya está con nosotros. Además yo te quiero mucho, mucho _  dijo Alba secándole las lágrimas con sus deditos pegoteados de caramelo.
Lourdes le sonrió enternecida.
_ Yo también te quiero muñequita...a los dos...a los tres _ se corrigió _ Y ahora a dormir. Tina, por favor llevala a su dormitorio.
_ ¿Y Miguelito? Que él también se vaya a dormir _ se enfurruñó.
_ Primero va a tomar una sopa bien calentita y después se va a la cama también. Si dejas de rezongar te cuento una de esas historias de hadas que te gustan _ la tentó Tina. Alba, encantada, la siguió hasta el dormitorio luego de darle un sonoro beso a sus padres, a Mercedes y a Lorenzo. A Esteban se le hizo un nudo en el estómago cuando lo besó a él también
_ No tenga miedo señora, el Miguelito es muy valiente y yo siempre lo vuá a defender _ soltó de repente Gorrión enternecido por el amor de Lourdes a sus hijos y viendo a la pequeña alejarse a los saltitos. El nunca conoció a su madre ni a su padre. Lo crió una abuela, pero al morir vivió arrimado a una familia vecina que lo maltrataba. A pesar de su corta edad, decidió huir, prefería pasar hambre y dormir en los atrios de las iglesias antes que recibir insultos y azotes por negarse a robar en los negocios de la Recova. El no era ningún ladrón. Una cosa era entrar en casas deshabitadas y hurgar en las alacenas tratando de hallar un trozo de pan, si tenía chicharrón, mejor o alguna fruta. Y otra muy distinta robar en las tiendas.
_ Los dos son muy valientes. Y ahora cuéntame cómo conociste a ese doctor _ insistió Esteban.
_ Un día se presentó en la fonda de don Nicanor, ahí trabajo yo, sabe. Bueno, yo estaba barriendo la mugre de los clientes cuando un hombre que comía en una mesa apartada me llamó. Me asustó un poco, estaba tuito de negro...¡ah! y hablaba con palabras difíciles, aunque entendí cuando me ofreció unas monedas.
_¿Por qué te las ofreció?, ¿qué quería que hicieras? _ lo presionó Esteban.
_ ¡Pa´que va hacer!, pa´que trabaje pa´él. Tenía que limpiar el lugar donde atendía a los enjermos, eso me dijo. Iba dos veces por semana.
_ ¿Viste algo raro en el lugar? _ intervino Rafael, impaciente por concluir con las preguntas. Le hormigueaba la piel instándolo a comenzar la cacería. En su mente tenía el plan perfecto: acorralaría al maldito como si fuera un perro rabioso, luego se abalanzaría sobre él y gozaría destripándolo. Nadie atentaba contra su familia.
_ La jaula y unos cuchillos muy jilosos que tenía arriba de la mesa...
_ ¿Alguna vez viste a alguien más, además del doctor? _ lo interrumpió alterado Rafael.
_ No, a naides. Yo me iba  pa´llá a la nochecita dispué de lavar los platos en lo de don Nicanor, barría, ventilaba y acarreaba agua del arroyo pa´ llenar el barril que tiene en la entrada. "Siempre tiene que estar enllenado", me decía muy serio.
_ Si acostumbrabas ir a la nochecita, ¿por qué fuiste ayer a la medianoche? _ Esteban se moría por encender un cigarro; como Rafael, deseaba salir tras "El Búho", capturarlo y ponerlo tras las rejas.
_ ¿Me daría un vaso de agua, doña? Tengo el gargero seco _ le dijo a Mercedes cuando vio que le ofrecía a Esteban una copita de licor de naranja.
_ Lola, trae una jarra de agua. Cuando el Jefe de Policía termine con las preguntas te voy a preparar una rica cena, ¿contento? _ Mercedes estaba encantada con ese hombrecito, el salvador de su nieto.
_ Sí, doña...tengo un ragú... ¿No escucha como me chillan las tripas? _ respondió frotándose la panza.
_ Gorrión, ¿por qué fuiste tan tarde al laboratorio? _ machacó Esteban. No había tiempo que perder, debía atrapar al demente, temía que huyera y eso sería catastrófico.
_ El dotor, nunca me dijo su nombre, se apareció en lo de don Nicanor y me dijo que se iba de viaje y que ya no me necesitaba. Me pidió la llave y me dio unas cuantas monedas más. Tonce, yo pensé que dispué de dormir durante varios días abajo de la carreta del aguatero, me vendría bien dormir con un techo arriba de mi cabeza. Así que me juí pa´llá no má. Imagínese el susto que me di cuando lo vi al Miguelito encerrao en esa jaula y casi me cago encima cuando llegó el dotor. Por suerte el Miguelito encontró un aujero en la paré y por ahí nos escapamos. Corrimos como locos, el dotor nos seguía gritando y maldiciendo...
_ En un momento pensé que nos había visto. Se nos acercó muchísimo, ¡ay mamita!, tuve mucho miedo pero hice lo que vos me enseñaste...
_¿Qué Miguelito? _ preguntó Lourdes con la voz ahogada.
_ Le recé a la abuelita Consuelo. Ella nos protegió mamita, ella nos escondió de Imanol _ aseveró convencido.
_ Claro que sí mi amor, claro que sí _ Lourdes estaba emocionada, su madre siempre escuchaba sus ruegos. Su madre, ángel de la guarda de sus hijos.
Esteban escuchaba consternado, Consuelo, la mujer a la que dañó por cobarde.
_ Don Esteban, es hora, salgamos a buscarlo. Por lo que pude deducir del relato de Gorrión, la guarida de Imanol está muy cerca de donde nos encontramos con el negro Tadeo. El arroyo se extiende a pocos metros de allí y si el laboratorio está cerca del arroyo... _ Rafael hablaba atropelladamente, los nervios lo traicionaban, en sus ojos se podía leer claramente sus deseos de revancha.
_ Los acompaño, quiero ver cara a cara a ese crápula que traicionó nuestra confianza _ se adelantó Lorenzo, por nada del mundo se quedaría fuera de la cacería.
Rafael besó a Lourdes en los labios. La dulzura que saboreó apaciguó a la fiera que merodeaba escondida en su alma.
_ Cuidate _ le musitó Lourdes a Rafael sin apartarse de su boca.
Mercedes los vio partir raudamente desde el gran ventanal que daba a la calle de la Santísima Trinidad.
"Señor protégelos. Ilumina su camino, que encuentren a ese criminal", rezó con fervor.