miércoles, 5 de diciembre de 2018

FELIPA, EN CARNE VIVA - Capítulo 25

"Al contrario presente aunque atrevido,
 bien puede un hombre hacer resistencia,
 mas no cuando a traición otro lo enviste".
 Lope de Vega



Lautaro estaba cargando las provisiones en una de las mulas cuando, de lejos, lo vio llegar.
"¿Pero este pedazo de mierda no volvía recién mañana?", y sus pensamientos volaron hasta Rosario.
"Que el hijo de puta no se de cuenta de nuestro plan sino...¡ay! Rori, ¡tengo que protegerte".
Decidido corrió hacia la casa, nada le importaba sólo la seguridad de Rosario.
Rosario también vio llegar a Rubén. Estaba asomada a la ventana de su dormitorio que daba al camino real y el corazón se le detuvo.
"¡Dios mío, no!", se aterrorizó. Inmediatamente escondió debajo de la cama el bolso que estaba preparando con sus pertenencias. Rubén no debía sospechar. Se sentó frente al espejo. Tomó un peine de plata de uno de los cajones del tocador y comenzó a pasarlo por el cabello. Era necesario que se tranquilizara. Los segundos de espera se hicieron eternos. Ella, con la respiración acelerada, esperaba impaciente la irrupción del marido en la habitación. Pero eso no sucedía, ¿por qué?.
"Quizás este con su padre dándole cuenta de su viaje", supuso. Dejó el peine sobre el tocador, abrió la puerta y caminó tratando de hacer el menor ruido posible hasta el primer escalón. Se apoyó en la baranda de la escalera aguzando el oído para escuchar alguna conversación. Nada. Silencio. Regresó al dormitorio y con los nervios alterados continuó con la amarga espera.
De repente, unos gritos provenientes del salón le hicieron pegar un brinco. "¡Virgen santa!, ¿qué sucede?", Rosario bajó con premura las escaleras.
Rosaura y Lautaro pusieron pie en el salón al mismo tiempo. Se miraron, ella intimidada; él, desolado. Rubén no advirtió la comunicación visual entre ellos. Corría como loco de un lado al otro del salón.
_ ¡Lo ha matado! ¡Lo ha matado! ¡Alejo a matado a mi padre! _ vociferaba desquiciado.
_ ¿Qué dices? ¡Eso es imposible! _ Rosario, saliendo del enajenamiento, se concentró en lo que decía su marido.
_ Eso no es verdá _ atinó a objetar Lautaro.
_ ¿Qué? _ Rubén giró sobre sí mismo y clavo sus ojos fieros en el indio _ ¿Qué has dicho?
_ El Alejo no es un asesino _ lo enfrentó con firmeza.
_ ¡Cómo te atreves a poner en duda lo que digo, salvaje de mierda! ¡Desaparece de mi vista!
Lautaro, hecho una fiera, se abalanzó sobre Rubén dispuesto a molerlo a golpes. La presión que lo embargaba estaba a punto de explotar, era un verdadero caldero en ebullición.
Antes de que se trenzaran en una pelea en la que el indio tenía todas las de perder, el castigo que recibiría por sublevarse a la autoridad blanca le costaría la vida, Rosario se interpuso entre ambos.
Lautaro, a su pesar, se detuvo. Rubén, en cambio, apartándola de un empujón, le lanzó un puñetazo  en la boca del estómago. El indio se recuperó en un segundo, los golpes no le hacían mella, tan acostumbrado estaba a ellos desde muy temprena edad. Inmediatamente le respondió con un cabezazo que impactó en la nariz. Rubén comenzó a sangrar y eso lo enfureció más. Ya fuera de control, lo tomó del cuello intentando estrangularlo. Los dos cayeron al piso derribando una mesa pequeña ubicada cerca de los sillones. Los objetos que descansaban sobre ella volaron hacia todos lados, entre ellos un candelabro de porcelana. Rubén, rojo como la grana, chillaba sobre Lautaro
_ ¡Muere hijo de puta! ¡Muere!
Lautaro estiró el brazo hasta alcanzar el candelabro que había aterrizado cerca suyo y con el último resto de fuerza que le quedaba lo estrelló en la cabeza de su oponente. El impacto no alcanzó para desmayarlo pero sí para que se viera libre de Rubén que cayó a un costado. Lautaro se levantó de un salto y comenzó a patearlo. Rubén sólo atinó a encogerse como un feto para defenderse del ataque.
Entonces Rosario corrió hacia Lautaro para detenerlo. Abelarda y Asunta, observaban la escena atónitas.
_ ¡Basta Lauti, basta!, lo vas a matar _ gimió desesperada abrazándolo por detrás.
Lautaro la miró obnubilado como despertando de una pesadilla, los ojos inyectados de sangre.
_ Y que importa si lo mato, se lo merece por todo lo que te hizo sufrir _ dijo mientras continuaba castigando a Rubén.
En ese momento llegó Alejo en busca de Felipa. La vio en lo alto de la escalera junto a su tía. Estaba pálida y temblorosa. Rosaura la contenía. Ellas, al igual que las esclavas, eran mudos testigos de la pelea que ocurría en el salón.
_ ¿Qué sucede aquí? ¡Lautaro, detente!_ dirigiéndose a su amigo lo sostuvo de los brazos instándolo a frenar la golpiza.
_ Este malnacido dice que matastes a tu padre _ y remató la aseveración escupiendo sobre el rostro de Rubén.
_ ¡¿Qué?! ¿Mi padre está muerto? ¡Rubén!¿Por qué me acusas? ¡Vamos!, ¡levántate y responde, carajo! _ Alejo pateó también a su hermano y este se incorporó con lentitud masajeándose la cabeza. Un hilo de sangre se deslizaba por la mejilla derecha.
_ ¡Tú lo mataste! _ le respondió desafiándolo. Poco a poco, Rubén iba recuperando la estabilidad. _ Y este andrajoso fue tu secuaz _ agregó con rencor señalando a Lautaro. Al observar que Rosario lo abrazaba, le dio un rodillazo en las pelotas. Lautaro aulló de dolor.
_ Eso es por cojerte a mi mujer. Acaso supusieron que no me había dado cuenta. ¡Puta! Eres una puta Rosario _ y para sorpresa de todos la abofeteó.
Rosaura corrió escaleras abajo y lo abofeteó a su vez, con asco y rencor.
_ Es la última vez que pones tu inmunda mano sobre mi hija _ tronó enfurecida.
Lautaro, ya repuesto, se abalanzó nuevamente sobre Rubén pero Alejo se le adelantó.
_ Eres un mentiroso y un cobarde _ vociferó lanzándole un golpe a las costillas. Rubén gimió y sin amedrentarse devolvió el golpe a su hermano.
Un disparo inmovilizó a todos. Felicitas en la puerta de entrada los observaba con un arma en la mano. Darío, que se había quedado conversando en la caballeriza con uno de los esclavos, corrió asustado hacia la casa. Cuando entró al salón se encontró con su mujer, tiesa como un adoquín, sosteniendo una Derringer, una pistola de bolsillo que había adquirido hacía poco de contrabando. Sin dudas, las relaciones sociales de Felicitas eran fuera de lo común para una mujer de su época.
_ Querida, ¿qué..._ la pregunta quedó suspendida en el aire cuando Darío presenció la escena que se desarrollaba frente a él: Rosario llorando en los brazos de su madre; Lautaro y Rubén manchados de sangre; Alejo, con la ropa desordenada hecho un demonio, Felipa sentada en el último escalón con el rostro escondido entre sus manos; Abelarda y Asunta observando todo con ojos de pescado.
_ No sé, al entrar me encuentro con estos tres locos matándose _ dijo sin perturbarse Felicitas. Ella siempre se mantenía fría en las situaciones límites, según su creencia era la mejor manera de afrontarlas y remediarlas.
 _ ¡Este loco, como tú dices, me acusa de matar a nuestro padre! _ explotó Alejo.
_  ¿El tío Ildefonso está muerto? _ Felicitas, anonadada, se desplomó en el sillón más cercano.
_ ¡¿Qué dices Alejo?! Nuestro padre, ¿muerto?, pero...¿cómo? _ Darío estaba tan perplejo como todos por la noticia _ ¿Dónde está?
_ En la biblioteca, donde luego de una discusión ¡Alejo lo asesinó! _ insistió Rubén encarando a su hermano. Alejo intentó asestarle un golpe en el rostro pero Darío lo impidió.
_ ¡Basta de pelea! _ se impuso Darío para sorpresa de todos. Rosaura lo secundó.
_ Darío tiene razón _ Rosaura entró entonces en la biblioteca seguida por los demás. Todos rodearon el sillón donde se encontraba el cadáver de Ildefonso. La única que lloró fue Rosaura.
_ ¿Por qué lo mataste Alejo? _ insistió Rubén fingiendo dolor.
_ A ver si me entiendes, ¡yo no lo maté! _ se exaltó Alejo _ Tía, créeme, tuve una conversación con mi padre, dura al principio, pero luego, no sé, algo sucedió y él me demostró su afecto, me dio su bendición para que me fuera con Felipa, hasta me pidió perdón. ¡Don Ildefonso Gómez Castañón me pidió perdón! Te juro tía, yo no lo maté _ dijo mirándola a los ojos y ella le creyó.
Felipa tomó la mano de Alejo y él sintió que recobraba fuerzas. Con Pipa a su lado era capaz de hacer frente a esa ridícula acusación.
_ Hay que avisar al Jefe de Policía _ determinó con acritud Rubén _ No dilatemos más esta situación. ¡Que el asesino pague! _ escupió con rencor fijando la vista en Alejo.
_ Eso es, ¡llámalo! Veremos quien es el verdadero asesino _  desafió Alejo a su hermano.
Rubén salió de la habitación como un rayo maldiciendo en voz baja. Rosario contuvo la respiración hasta que escuchó el portazo que anunció la salida de su marido. Fue en ese instante cuando se volvió y abrazó a Lautaro.
_ Y ahora, ¿qué haremos? _ le preguntó con el alma hecha trizas.
_ Irnos, mi amor, escapar de esta maldita casa _ Lautaro apretó contra su pecho a Rosario y la besó en la coronilla.
_ Y nosotros haremos lo mismo _ Alejo pasó su brazo por la cintura de Felipa acercándola con fuerza a él. Nunca más los separarían _ Perdón tía por dejarte en esta situación pero no voy a cargar con una muerte de la que soy inocente.
_ Por mi madre no te preocupes primo, vete con Felipa y sean felices., Dios sabe cuanto se lo merecen. Y tú Lautaro, cuida de mi hermana _ Felicitas abrazó a Felipa y a Rosario entre lágrimas sabiendo lo urgente que era que escaparan.
_ Huye Alejo, yo me encargo del Jefe de Policía y de Rubén. En la muerte de nuestro padre hay mucho que desentrañar y algo me dice que nuestro hermano tiene mucho que ver. Bueno, no hay tiempo que perder, váyanse ya _ los urgió Darío.
Rosario se despidió de su madre.
_ Mamá, ojalá algún día pueda ser lo mitad de valiente que tú _ declaró alhajada en lágrimas.
_ Mi niña bonita, tú eres valiente. Vete y sé feliz. Te prometo que pronto volveremos a reunirnos _ Rosaura luego de besar a su hija se volvió hacia Felipa que la observaba expectante y con la mirada humedecida.
_ Doña Rosaura, ¡me duele tanto abandonarla! _ Felipa abrazó a la mujer y rompió en llanto. Alejo frunció el ceño, temía que Felipa cambiara de parecer. "¡No permitiré que te quedes. Jamás!", pensó irritado.
_ No digas tonterías querida. Es hora de que pienses primero en ti, es hora de que vivas tu amor junto al hombre que te ama desde la infancia. Es hora de que disfrutes de tu libertad como lo hubiese querido tu madre y tu padre...
_ Mi padre...mi madre murió esperándolo. ¡Él se olvidó de nosotras! _ gimió con una mezcla de tristeza y rencor. Alejo, aliviado por las palabras de su tía, se acercó a Felipa y la ciñó con ternura.
_ Yo conocí a tu padre _ dijo ante el estupor de todos.
_ ¿U...usted lo co...conoció? _ tartamudeó pasmada.
_ Así es y no te lo dije antes porque recién esta mañana lo supe por un comentario de Rosario. Ella me dijo que tu padre se llamaba Phillip Alvey. Era un hombre de palabra, Felipa, un buen hombre, te lo aseguro. Algo tremendo debió haberle pasado para que no pudiera regresar a ustedes, sin embargo tengo en mi poder algo que le perteneció y que ahora es tuyo _ afirmó con una sonrisa.
_ ¿Algo que le perteneció a mi padre?  _ repitió perpleja.
_ La casa que los va a cobijar de ahora en más. Tu padre amaba esa casona escondida entre las sierras cordobesas. Allí se dirigirán los cuatro, allí se esconderán hasta que se aclare la muerte de Ildefonso. ¿Estás de acuerdo Alejo? _ expresó poniendo su atención en su sobrino. Temía que por orgullo él se negara.
_ ¿A ti te parece bien, Pipa? _ ella aseveró con una leve inclinación de cabeza, estaba muy emocionada para responder _ Entonces, estoy de acuerdo tía.
_ Muy bien, todo arreglado. Ya le he dado a Lautaro todas las indicaciones para llegar al lugar. Busquen los caballos y huyan antes de que regrese Rubén con la policía.
_ Doña Rosaura, cuéntele a mi abuela lo que acaba de decirme y entréguele esta carta donde me despido de ella. Y por favor, leasela, ella no sabe leer _ le aclaró con un nudo en la garganta, separarse de su abuela le ocasionaba un dolor sordo en el alma.
_ Así lo haré, y no te preocupes, yo velaré por ella _ le prometió y Felipa asintió agradecida.
_ ¡Buena suerte, queridos! _ intervino Felicitas _ Cuando nazca mi hijo iremos a visitarlos _ dijo acariciando su incipiente vientre.
Todos se confundieron en abrazos y buenos augurios. Antes de dejar la biblioteca, Alejo besó en la frente a su padre que con los ojos vacíos de vida bendecía su decisión.
Abelarda los esperaba en la puerta con una canasta repleta de provisiones.
_ Amito, cuidá de la Felipa. Ella ya sujrió mucho, hacela feliz, pué. Y vo´ Lautaro, mejor que te comportés con la niña Rosario sino me vas a conocer enojada y no te va a gustar ni un poquito, ¿entendistes indio deslenguado? _ todos rieron y para sorpresa de Abelarda, Alejo la besó en la frente.
_ Gracias Abe, te quiero mucho _ le dijo haciendo llorar a la negra.
_ Yo voy con ustedes _ Asunta apareció con un atado de ropa debajo del brazo _ Por más que no quieran yo voy igual. Por nada me separo de la Felipa _ y sin esperar una respuesta montó en una de las mulas que esperaban junto a los caballos.
Rosaura, Darío, Felicitas y Abelarda agitaron sus manos saludando a los fugitivos que se lanzaron al galope por las calles empedradas. Cuando los perdieron de vista, entraron a la casa. Fue entonces cuando el estruendo de un disparo detuvo sus corazones.



domingo, 2 de diciembre de 2018

FELIPA, EN CARNE VIVA - Capítulo 24

"Navegaba impulsado por la brisa,
 sobre ocultos caminos de fortuna...
 ¡Era el cielo cristal, canto y sonrisa!".
Ramón María del Valle Inclán

Lautaro y Rosario entraron por separado a la casa. El sol del mediodía comenzaba a caldear.
Ildefonso no debía verlos juntos, sospecharía.
Lautaro entró por la cocina.
_ ¡Por fin aparecés! _ Abelarda lo atajó en la puerta _ Tu porción de locro está más fría que
beso e´suegra.
_ Igual no tengo hambre _ dijo lacónico.
_ ¿Cóoomooo? ¿Qué bicho te pico? ¿Estás enfermo, pué? _ se asombró la negra. El apetito del indio ya era leyenda. Una noche, en la festividad de la virgen Morena, se devoró medio novillo asado a la cruz para asombro de los negros que lo acompañaban. Por supuesto, todo regado con un buen tinto.
_ No, no. Me tengo que ir Abe, doña Rosaura me mandó llamar _ y con el apuro casi se la lleva por delante.
_ ¡Epa, m´hijo! _ dijo haciéndose a un lado _ Casi me tirás, indio retobao _ se quejó.
_ Perdón, perdón _ le gritó mientras se alejaba.
_ ¿Y pa´que te llamó la doña? _ le gritó ella a su vez. La curiosidad era su talón de Aquiles. Lautaro no le respondió, no la escuchaba, ya estaba corriendo por el zaguán que lo llevaba a la sala.
Respiró con alivio al encontrar el salón desierto. Subió las escaleras con rapidez y sin aminorar el paso alcanzó el dormitorio de doña Rosaura. Golpeó la puerta con suavidad, la mano le sudaba. "¿Qué me irá a decir?", mascullaba con miedo y ansiedad.
_ Lautaro, pasa por favor _ el tono cordial en la voz de Rosaura lo alentó a no pensar en lo peor, separarlo de Rosario.
La mujer estaba sentada cómodamente en un sillón de terciopelo rojo. Vestía elegantemente. A su lado, Rosario permanecía expectante. Ella también era ajena a los planes de su madre.
_ Siéntate Lautaro _ dijo señalando una silla con el mismo tapizado del sillón.
El indio se sentó con timidez. Nunca había estado allí, le estaba vedado acceder al primer piso de la casa. Al observar la riqueza que lo rodeaba sintió vergüenza. ¿Qué podría ofrecer él a Rosario? Si ella era una princesa y él, un indio harapiento. Era una locura escapar con Rori, sin embargo era lo que más deseaba en la vida.
_ Lautaro, esta misma noche debes llevarte de aquí a Rosario...lo más lejos posible _ lo apremió.
El joven no podía creer lo que escuchaba. "Sin duda estoy soñando", se dijo.
_ Rubén está en el saladero y yo me ocuparé de distraer a mi hermano. Luego de la cena, deberán huir. Tengo una casa en Córdoba, al pie del cerro Champaquí en Yacanto. Es un pueblito perdido entre las sierras. Ildefonso y Rubén no saben que poseo esa propiedad. Antes de irnos a Francia mi marido se la compró a un lord inglés que fue socio de Alfredo Torres, el miserable que asedió por años a Andra, la madre de Felipa. Si mal no recuerdo el lord se llamaba Phillip Alvey. Lo conocimos en una tertulia. Una persona muy agradable.
_ ¿Phillip Alvey? _ saltó impresionada Rosario.
_ Sí, Phillip Alvey, ¿por qué lo preguntas? _ Rosaura interrogó perpleja a su hija.
_ Porque ese es el nombre del padre de Pipa. Siendo niñas ella nos contó la historia de amor que hubo entre sus padres. El se marchó a su país prometiéndole a Andra que regresaría por ella. Ella se enteró que estaba encinta tiempo después de su partida. La pobrecita se murió esperándolo _ Rosario estaba anonadada por el descubrimiento al igual que Rosaura y Lautaro.
_ Esa casa la mandó construir mister Phillips. Cierta vez, mi marido y yo, viajamos con él a Córdoba y al pasar por Yocanto quedó cautivado por el paisaje y el clima. Parece que el buen señor sufría de los bronquios y el aire puro de las sierras beneficiaba su salud. Hoy como ayer, el pueblito está formado por unas pocas chozas de adobe y los lugareños son gente sencilla y hospitalaria sin ser entrometidos. Allí estarán seguros. Y en cuanto a lo que me acabas de decir sobre Felipa...yo hablaré con ella, debe saber esto que acabo de contarles _ determinó Rosaura.
_ Doña Rosaura tengo que ser sincero con usté. Quiero a su hija, la quiero desde que éramos niños. Ya sé que soy un pobre indio que no tiene donde caerse muerto pero le prometo que me voy a deslomar trabajando pa´que a la Rori no le falte nada, se lo juro _ Lautaro se sentía en la obligación de confesarse ante esa señora valiente y gentil que jamás lo despreció.
_ Ya lo sé Lautaro, siempre lo supe. Lo descubrí en como mirabas a mi hija, en el tono de tu voz al hablarle. No soy tonta, yo también amé y fui amada. Estoy segura que la cuidarás...
_ Con mi propia vida _ la interrumpió con ímpetu.
_ Por eso te la confío, Lautaro. Y no te preocupes, no les faltará nada. Toma _ Rosaura le entregó un cofre lleno de reales que sacó de un cajón de la cómoda _ Este dinero es una ayuda para que se instalen en Yocanto y pongan en funcionamiento la finca. La tierra es fértil, podrán cultivarla y criar ganado si lo desean.
_ Mamita, gracias, ¡gracias! _ Rosario abrazó a su madre sin poder contener las lágrimas. Su madre comprendía y aceptaba el amor que la unía a Lautaro. Era inmensamente feliz.
_ Doña Rosaura, esto es demasiado yo no..._ Lautaro, cohibido por la generosidad de la mujer, intentó rechazar el regalo.
_ Tú aceptarás mi ayuda y no se hable más. Has trabajado desde pequeño para esta familia sufriendo injusticias y humillaciones. Ildefonso te ha tratado como un burro de carga. Muchas veces me opuse a ello, pero mi opinión siempre cayó en el vacío. Así que acepta este pago como resarcimiento por todos los años de abusos que has debido padecer _ Rosaura se levantó del sillón y se acercó a Lautaro, le tomó las manos y lo besó en la mejilla.
_ Gra-gra-gracias doña Rosaura _ tartamudeó emocionado, jamás lo habían tratado con tanto cariño.
_ Bueno, bueno y ahora, a prepararse. Lautaro, ve a la despensa y recoje víveres para el viaje, que no te vea Abelarda. Es mejor que por ahora permanezca ajena a nuestros planes, confío en ella pero suele tener la lengua floja y entonces...
_ No se preocupe doña Rosaura voy a tener cuidado de que no me vea. Aprovecho que siguro está en el último patio colgando la ropa y busco las provisiones y las escuendo en la caballeriza. Doña Rosaura... _ Lautaro no podía callar, debía decírselo.
_ ¿Qué pasa Lautaro? Basta de escrúpulos y acepta mi ayuda _ se impacientó.
_ No, no es eso. Lo que pasa es que el Alejo y la Felipa se van a escapar con nosotros _ lo dijo de un tirón, no creía estar traicionando a su amigo, no con esta señora dispuesta a enfrentarse a la cólera del patrón por ellos.
_ Mejor aún. Dile a Alejo que necesito verlo, ¡ya! _ lo apremió, no había tiempo que perder.
Lautaro, sin poder controlar el impulso, besó en los labios a Rosario, un beso ligero como el aleteo de una mariposa pero que encerraba el fuego de una fragua.
Rosario se sonrojó al alzar la vista hacia su madre. Rosaura sonrió y Lautaro, con el corazón rebozante, se despidió con un leve gesto de cabeza.
Un poco más tarde Alejo hizo su aparición en el dormitorio de Rosaura. Se lo veía furioso aunque aparentaba serenidad. Rosaura dejó a un lado el libro que leía, "Meditaciones poéticas" de Alphonse de Lamartine, y clavó la vista en él. Él la miro desafiándola. Ella sonrió.
_ Alejo, ¡qué alegría volver a verte! _ Rosaura se acercó a él y lo besó en ambas mejillas _ Ven, siéntate junto a mí _ dijo señalando una banqueta ubicada cerca de la ventana que daba al jardín.
_ Tía, veo que ya te has recuperado. Me alegro _ Rosaura notó sinceridad en su sobrino a pesar de su parquedad y eso la complació.
_ Gracias al cuidado de mis hijas y de Felipa. Doña Filomena también tuvo mucho que ver en mi recuperación. Le estoy muy agradecida. Y a ti, ¿como te ha ido? _ se interesó.
_ Fue duro, toda batalla es dura...la muerte siempre te acompaña, pero por suerte aquí estoy, sano y salvo _ dijo con dureza, Alejo se mantenía a la defensiva. "Si la tía me pide que no huya con Pipa la mando a la mierda. Estoy cansado de reprimendas y consejos", pensó contrariado.
_ Me imagino querido, pero una nueva etapa se abre para ti. Lautaro me ha dicho que piensas fugarte con Felipa, ¿es así? _ Alejo se levantó con ligereza y caminó hacia la puerta y luego volvió a sentarse.
_ Tía, nada podrá hacerme desistir. Estoy decidido...estamos decididos, nos vamos. Siento mucho que tú la necesites, pero ella es mía _ la mirada acerada del muchacho la conmovió, una mirada desafiante que transmitía valor. Nadie se opondría a su amor por Felipa, él no lo permitiría. Ella era sangre de su sangre.
_ Más errado no puedes estar, querido. Quiero que escapes con Felipa esta misma noche. Tú, ella, Rosario y Lautaro; los cuatro. Aquí corren peligro.
Alejo, impresionado por las palabras de su tía, quedó absorto.
_ Te has quedado mudo. ¿Que piensas? _ lo animó a responder.
_ Tía, nunca imaginé que me pedirías semejante cosa. Pensé que debería enfrentarme a ti como lo hago con mi padre para realizar mis planes. Y tú...tú me concedes lo que más anhelo: vivir mi amor con Felipa libre de toda maledicencia. Hoy mi padre me echó de casa por no aceptar las reglas que siempre me impone. No quiero ser como él, un ladrón, un estafador, un hipócrita _ a pesar de las fuertes acusaciones que hacía contra su padre, estas estaban teñidas de tristeza.
_ Mi querido, tú no te pareces a tu padre. La nobleza de tu madre es lo que te distingue dentro de esta familia. Bueno, aunque de tu padre has heredado la terquedad _ Rosario sonrió acariciándole la mejilla hirsuta, la barba de tres días acentuaba su atractivo.
_ ¿Te ha comentado Lautaro  la conversación que mantuve con él y Rori? _ continuó Rosaura.
_ No, sólo me dijo que querías verme. Eso sí, se lo veía muy feliz. Ahora entiendo por qué _ sonrió relajado, la tensión había desaparecido.
_ Alejo, hace bastante que conozco el vínculo que existe entre Lautaro y Rosario. Debo confesar que al principio me resistí a ello, ¿mi hija con un indio?, ¡imposible! Pero después de su matrimonio con Rubén me di cuenta de lo errada que estaba. Rubén es el salvaje no Lautaro. Ese muchacho la trata con tanta delicadeza que me conmueve. Estoy segura que él la protegerá de cualquier peligro y el peor de ellos es precisamente Rubén. Por eso les pedí que huyeran a Córdoba aprovechando que tu hermano está visitando los saladeros. Allí poseo una finca en un pueblito perdido entre las sierras. Tú y Felipa huyan con ellos _ Rosaura quebró en llanto, quería mantenerse calma y fuerte, pero la angustia pudo más.
_ Lo haremos, tía, lo haremos _ dijo abrazándola _ Y ¿tú?, ¿estarás bien?
_ Por supuesto querido. Felicitas y Darío están a mi lado. Además tengo a Abelarda _ ambos rieron, la negra era entrometida y curiosa, pero siempre estaba pendiente del menor deseo de su ama _ ¿Sabias que Felicitas está en estado de buena esperanza? _ agregó sonriendo y secándose las lágrimas.
_ ¡No!¡Que gran noticia! Todavía no he visto a Darío. Antes de irme lo felicitaré. Estoy muy feliz por él, ha pasado por momentos muy duros: su enfermedad, las humillaciones de Rubén, el desamor de papá. Desde la muerte de mamá vivió aislado, sumergido en la tristeza. Sólo Abelarda y yo éramos capaces de romper el cerco de soledad que se impuso. Claro, hasta que apareció Felicitas y el sol volvió a brillar en la vida de mi hermano. Felicitas fue y es su salvación _ exclamó emocionado y Rosaura asintió.
_ Darío es lo mejor que le pasó a mi Felicitas, la hace inmensamente feliz. Ellos están en San Ignacio. Fueron a agradecerle a Dios por esta bendición. Tu padre cuando lo supo se quedó pasmado, luego abrazó a Darío...creo que es la primera vez desde que nos instalamos en esta casa que lo veo hacer semejante demostración de afecto y luego descorchó una botella de su mejor vino y brindamos _ Alejo escuchaba estupefacto, su padre nunca abrazó a Darío, es más, apenas se le acercaba.
_ Fue un momento feliz, uno de los pocos que hemos vivido en estos meses. Todos lo disfrutamos salvo Rubén que al escuchar la noticia abandonó el salón como una flecha, una flecha envenenada, te diré _ concluyó Rosaura con seriedad _ Rosario lo vio ir y los ojos se le llenaron de lágrimas. Aunque ella trató de disimular su amargura, todos nos dimos cuenta. Rubén no ama a mi hija, la maltrata, por eso debe huir. Y Felipa también, ella ya no puede permanecer más en esta casa _ afirmó con rotundez.
Alejo quedó petrificado, ¿a qué se refería su tía?, ¿qué había sucedido mientras él estaba en batalla?
_ Tía, ¿qué me intentas decir? _ preguntó temeroso de la respuesta.
_ Como te dije antes, Felipa corre peligro aquí, debes llevártela. No te diré más.
_ ¡Ah, no, tía! No me dejarás con ese entripado. Dime a que te refieres. ¿Por qué Pipa está en peligro? Es mi padre, ¿verdad? ¿Qué le ha hecho? _ hecho un león comenzó a caminar por toda la habitación.
_ No es hora de revancha, Alejo. Es hora de marcharse sin mirar hacia atrás, ¿de acuerdo? _ intentó disuadirlo sabiendo que sería muy dificultoso. Alejo era vengativo.
_ No, tía, no estoy de acuerdo. ¿Qué le hizo mi padre a Pipa? _ repitió con agresividad. Rosaura que lo estaba siguiendo de cerca retrocedió asustada por la reacción de su sobrino.
_ Perdona tía, no quise asustarte pero estoy como loco. Necesito saber que le hizo mi padre a la mujer que amo _ dijo devastado apaciguada la furia anterior.
_ No me explico que sucede con Ildefonso. Mi hermano nunca se comportó así...
_ Así cómo _ la interrumpió impaciente.
_ Tu padre acosa a Felipa y yo tengo miedo por ella _ finalmente le reveló la oscura verdad.
Alejo sintió que el corazón le estallaba. Sus manos en forma de puños marcaron las uñas en las palmas hasta hacerlas sangrar.
_ ¡Maldito viejo de mierda! ¡Lo voy a matar!_ Rosaura intentó detenerlo, pero él, desquiciado, la empujó con fuerza y ella cayó sobre la cama.
_ ¡Alejo, Alejo! No cometas una locura _ le suplicó Rosaura ahora asomada en la puerta de su dormitorio.
_ La locura la cometió él, tía _ le gritó bajando la escalera.
Al bajar el último escalón se encontró con Abelarda que salía de la biblioteca."El jerez de la tarde", pensó al ver que llevaba una pequeña bandeja de plata vacía.
_ Mi padre, ¿está en la biblioteca? _ preguntó destilando furia.
_ Sí, ¿qué pasa Alejo? Pareces un demonio recién salido del infierno _ se inquietó la negra haciéndose a un lado ante el paso raudo del joven.
_ No parezco, ¡lo soy! _ dijo dirigiéndose al encuentro de su padre. La negra se santiguó invocando a San La Muerte.
Entró como un vendaval en la biblioteca. Ildefonso, sentado en el escritorio, levantó la vista de unos documentos que estaba firmando para enfocarla en su hijo.
_ Creo haberte echado esta mañana. ¿Que haces aún aquí? ¡Lárgate de una buena vez! _ al gritar, el monóculo que acostumbraba usar cayó sobre los papeles que estudiaba.
_ Alejo se tiró sobre el escritorio y tomó a su padre de las solapas del gabán. Lo tironeó con rabia.
_ ¡Cómo te has atrevido, padre! ¡Cómo! _ Alejo sentía que la sangre le hervía. Su cuerpo clamaba venganza...muerte.
Ildefonso, lejos de amedrentarse, empujó con fuerza a su hijo, rodeó el escritorio y sin perder un segundo le lanzó una trompada directa a la nariz. No la fracturó, pero le provocó una hemorragia. La reacción de su padre no lo intimidó, se pasó el antebrazo por la nariz para secar el chorro de sangre que bajaba hasta su boca. Los dos medían su fuerza y astucia como dos pumas machos que buscan marcar su territorio.
Alejo se abalanzó sobre su padre trenzándose en una lucha cuerpo a cuerpo. Finalmente el joven sometió al viejo y agotado, se detuvo.
Alejo, como despertando de una pesadilla, se vio sobre su padre que lo observaba con el rostro  desfigurado por los golpes.
La culpa sobrevino y Alejo cargó al padre hasta uno de los sillones. El viejo respiraba con dificultad.
_ Padre, ¿por qué me has empujado a esto? ¿Por qué buscas mi destrucción? _ balbuceó consternado.
_ Pipa es lo que más quiero en este mundo, lo más sagrado para mi, padre. ¿Por qué tratas siempre de quitarme todo lo que amo? Mi madre, mis amigos...¡Pipa! Ella es mi tesoro, padre. ¿Tanto me odias?
¿Por qué, padre?, ¿qué mal he hecho para que me castigues con tu desprecio? Quisiera odiarte pero te amo , padre. Desde niño lo único que quise de ti fue una pequeña muestra de afecto, sólo eso padre, sólo eso... _ Alejo, furioso consigo mismo por no poder doblegar sus más profundos sentimientos, no fue capaz de contener  las lágrimas, que rebeldes se desgranaban por sus mejillas.
_ Perdón , hijo. Tengo un demonio que me impulsa a hacer cosas que en realidad me asquean y no lo puedo contener. Sólo tu madre me ayudaba a controlarlo, pero ahora ella no está...¡Vete hijo, vete ya, por tu bien y el mio , vete! Y no te sientas culpable, me merezco esta paliza. Pídele perdón a Felipa por mi, ella es maravillosa, cuídala...Alejo... _ Ildefonso haciendo un tremendo esfuerzo se incorporó apenas en el sillón _ Hijo, te quiero y ahora, vete.
Alejo, emocionado por la revelación de su padre, se arrodilló frente a él y con cuidado de no provocarle dolor, lo abrazó por primera vez en su vida.
_ Gracias, padre _  y con el alma aligerada fue en busca de su destino.
Ildefonso permaneció en la biblioteca hasta el anochecer.
Antes de la cena, adelantando su regreso, llegó Rubén. Estaba de buen humor, los ingresos obtenidos en el comercio de carne salada iban prosperando a pasos agigantados. Fue directo a la biblioteca, allí encontraría a su padre y le daría las buenas nuevas. Celebrarían con un excelente jerez. Más tarde se deleitaría entre las piernas de su amante. Sonriendo entró en la biblioteca y lo que encontró lo dejó pasmado.
_ ¡Padre! ¿Qué te ocurrió? _ gritó al verlo en un estado catastrófico.
_ Tranquilo Rubén, acabo de tener un intercambio de opiniones con Alejo _ expresó con tranquilidad.
_ ¡Maldito gusano! Mira como te ha dejado. ¿cómo te sientes? _ dijo con preocupación.
_ Bien, bien. Olvidemos el asunto, ¿quieres? Y dime, ¿como fue la inspección al saladero?_  preguntó con dificultad al hablar debido a los golpes recibidos.
_ Excelente, mejor imposible _ respondió ufano.
_ Me alegro, hijo. Ahora quiero que prestes atención a lo que voy a decirte porque no lo voy a repetir. Quiero que busques al cacique Carripilun. Creo que después de la epidemia de varicela guió a los sobrevivientes de su tribu a Córdoba, a un paraje cercano a Yacanto. Búscalo y entrégale las escrituras del saladero, le pertenece a los ranqueles, yo robé sus tierras con malas artes _ dijo tranquilizando su conciencia. Muchos habían muerto por su avaricia, incluso había intentado asesinar a su propia hermana.
_ ¿Qué dices padre? ¡Te has vuelto loco! Jamás lo haré _ se exasperó.
_ Rubén no te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando _ dijo Ildefonso alzando la voz y una puntada en el costado izquierdo lo hizo callar.
_ Padre, necesitamos ese dinero. Son muchas las deudas que debemos cubrir. Si hago lo que ordenas estaremos en la ruina, tú lo sabes _ Rubén, manteniendo la calma, trató de hacer entrar en razón a su padre.
_ Haz lo que te dije _ Ildefonso estaba resuelto a enmendar sus errores.
Rubén lo miró fijamente sopesando una decisión. Entonces, tomó el cortapapeles que estaba sobre el escritorio y sin dudarlo lo clavó en el cuello de Ildefonso. Luego encendió un cigarro, los preferidos de su padre, se apoyó contra el escritorio y se dispuso a esperar a que este muriera desangrado.
Mientras se le iba la vida, Ildefonso, miró a su hijo dilecto con tristeza. "¡Que necio fui! ¡Cuánto me equivoqué!".
Cuando Rubén se aseguró que su padre había muerto abrió la puerta de la biblioteca gritando:
_  ¡Ayuda!¡Alejo mató a nuestro padre!






viernes, 23 de noviembre de 2018

FELIPA, EN CARNE VIVA - Capítulo 23

"Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos
 te pareces al mundo en actitud de entrega.
 Mi cuerpo de labriego te socava..." 
Pablo Neruda


Cuando Alejo dejó a su padre con la palabra en la boca, furioso y a la vez perplejo por sus sentimientos para con su hijo menor, salió con la velocidad de un rayo en busca de Felipa. Sólo ella tenía la capacidad de darle sosiego, sólo ella le daba sentido a la vida. Estaría inquieta esperándolo en su refugio secreto, ya había pasado media hora de la cita propuesta en el desayuno.
Alejo apuró el paso. Atravesó todos los patios hasta llegar al último en donde estaban las caballerizas. Respiró con alivio por no encontrarse con Abelarda, no tenía ganas de dar explicaciones. La muy chismosa seguramente habría escuchado con la oreja pegada en la puerta de la sala el enfrentamiento que había tenido con su padre. Su racha no duró mucho, Lautaro le salió al encuentro.
_ ¡Alejo!, ¿cuándo volviste, amigo? _ le dijo dándole un abrazo que Alejo correspondió con alegría a pesar de su apuro.
_ Esta mañana, bien temprano. ¿Cómo estás Lauti? Estos días con el viejo se te habrán hecho insoportables, ¿no? Reconoce que sin mí, todo es peor _ los dos rieron aunque la afirmación de Alejo no se alejaba de la verdad.
_ No quiero amargarte Alejo, recién llegás, pero tu viejo es un gran hijo de puta _ comenzó el indio mientras salían de la casa, atravesaban las calles en las que pululaban los distintos vendedores ambulantes y se encaminaban hacia el Paseo de la Alameda. A pocos metros de allí, a orillas del Plata y tras unos árboles centenarios se ocultaba el refugio de los amantes.
_ Eso no es ninguna novedad. ¿Qué ha hecho ahora? ¡Felipa! ¿Le ha hecho algo a Pipa? _ Alejo se detuvo bruscamente y zamarreó a Lautaro, la ira desatada.
_ ¡No, no! Calma hombre, a Pipa no le pasó nada. Como me pediste, nunca le saqué los ojos de encima _ lo tranquilizó. Lautaro no imaginó en ese momento cuanto se equivocaba.
_ Y entonces, ¿qué carajo pasó? _ dijo retomando la marcha y liando un cigarro de chala. Se lo ofreció al indio y luego se hizo otro para él.
_ Se apropió de las Salinas Grandes. Mi pueblo tuvo que juir hacia las sierras de Córdoba, bueno los pocos que quedaban _ expresó con tristeza y rabia.
_ ¿Cómo los pocos que quedaban? ¿Qué significa eso? _ Alejo volvió a detenerse. Miró fijo a su amigo esperando una explicación, aunque temía oírla.
_ Sobre mi gente se desató una epidemia de varicela. Muchos murieron y como te dije, los pocos que se salvaron de la enfermedá abandonaron todo y escaparon _ Lautaro dio una pitada más al cigarro y tiró con fuerza la colilla entre los matorrales que los rodeaban.
_ ¿Varicela? Pero, ¿cómo pasó? ¿Cómo se produjo el brote? _ reanudaron la marcha, Alejo pasó su brazo sobre los hombros del indio como muestra de afecto y condolencia por lo sucedido.
_ El negro Chamorro me contó que en "El Candombe" muchos murieron por la varicela. Y eso jué anterior a lo de mi pueblo.
_ Ahí vive doña Filomena... ella, ¿está bien? _ preguntó con temor.
_ Si, si, ella está bien. Gracias a doña Rosaura muchas familias se salvaron. Esa sí que es una gran dama. La pobrecita entuavía se estaba recuperando y le pidió a la Felicitas y a la Felipa que la llevaran al Cabildo. Ahí armó un alboroto de la gran puta, le tiró de los huevos a los consejales para que se ocuparan de esos infelices. ¡Mirá que tiene poder tu tía!
_ El poder del dinero y de un apellido con estirpe _ respondió con sequedad.
_ Lo que sea, pero gracias a eso mesmo que decís se ordenó aislar a los enfermos, se fumigó con un no sé que ácido y se hicieron hogueras en las que se quemó pólvora. Felicitas le pidió al dotor O´Gorman que pinchara a los negros con esa vacuna que cura la enfermedá...
_ Que la evita  _ Alejo lo corrigió aunque sus pensamientos corrían por otro derrotero. "¡Y Pipa sola! Sola en semejante desastre. ¡Maldita sea la hora en que me fui!"
_ El buen dotor hasta les dio naranjete mezclado con...con... pucha no me ricuerdo. Pero eso sí, esa mezcla le bajó la jiebre a los enfermos _ concluyó _ ¡Lástima que no hubo oportunidá de hacer lo mesmo con mi pueblo! Todo pasó tan rápido _ suspiró contrariado _ Tu tía ni se enteró y cuando lo hizo ya era tarde. Además, dispué de lo del Candombe, tuvo una recaída pero por suerte ya está bien. ¿La viste?
_ No, no tuve tiempo _ dijo parco.
_ Pero Alejo, es tu tía y te quiere mucho. Siempre se priocupa por vo´_ Lautaro se sorprendió del desinterés de Alejo por la salud de doña Rosaura.
_ No me vengas con reprimendas que ya tengo suficiente con mi padre. Ahora lo único que quiero es estar a solas con Pipa... Dime Lautaro, ¿crees que mi padre tuvo algo que ver con la epidemia que arrasó a tu pueblo? _ dijo saltando de un tema a otro.
_ Estoy seguro _ respondió sin vacilar _ y en complicidad con el dotor Arriaga.
_ ¿Cómo lo sabes? _ Alejo se sintió como un caldero gigante en donde su sangre comenzaba a bullir.
_ Me lo conto la Candela _ dijo mirando el suelo mientras pateaba una piedra fuera del camino.
_ ¿Quién?...¡Ah!, la negra liberta con la que te revolcaste un par de veces _ recordó y al hacerlo dio un empujón al indio en gesto de camaradería.
_ Sí, esa mesma.
_ Si, si. Mucho querer a Rori pero...
_ Pero la calentura puede más. Sí, y estoy avergonzado. Vo sabés Alejo que la Rosario es todo pa´mí _ Alejo sonrió ante la mirada de carnero degollado de su amigo.
_ Te comprendo y ahora cuéntame lo que te dijo Candela.
_ Ella es amiga de una negra que tuvo la varicela. En realidá, toda la familia murió : los padres de la mujer y el marido, salvo el hijito recién nacido que también estaba enfermo y el hermano de la parturienta. Y fue el hermano, que es esclavo del dotor Arriaga, el que una noche se llevó al crió. La Candela lo vio cuando volvía al Candombe a la medianoche. Ella trabaja pa´doña Carlota, la dueña del prostíbulo que está en el Riachuelo. Siguro abandonó al crío en el tolderío y así se disparramó la enfermedá entre mi gente.
_ Puede ser pero no lo podemos probar...¿y el hermano de esa mujer? _ la idea alentó a Alejo.
_ A ese negro parece que se lo comió la tierra. Un día me acerqué a la casa del dotor y le pregunté a una de las negritas que llegaba del mercado por Jacinto, ese es el nombre del negro. Ella me dijo que hacía tiempo había desaparecido. "Se habrá escapado", me confió con esperanza y miedo.
_ Esto me huele mal, muy mal. Si mi padre y ese doctor tienen algo que ver, la van a pagar. Te lo juro amigo _ Lautaro sabía que Alejo no mentía, nunca mentía y la venganza los unió aún más _ Luego hablaremos más tendido sobre el tema. Debemos investigar, pero ahora voy con Felipa, me espera. Una cosa más, Lautaro, mi viejo me echó de casa así que me voy a hospedar en el Hotel Comercial, ese que está en el puerto, el dueño es un español que me conoce de niño y no congenia con mi padre. Eso es lo que más me gusta de él. Igualmente durante el día me puedes encontrar en nuestra guarida. Eso será por unos días, nada más, porque pienso huir con Felipa _ declaró con entusiasmo, por fin se haría realidad su sueño: vivir su amor lejos de toda su familia, una familia opresiva y demandante. Felipa sería sólo para él.
_ Yo también me marcho, Alejo. Estoy cansado de esta vida, no soy esclavo y me tratan como si lo juera. ¡No doy más! _ confesó abatido. Detuvieron una vez más la marcha y Alejo arrastró de un brazo a Lautaro hacia bajo la sombra de un álamo. El sol del mediodía picaba la piel.
_ ¿Qué dices? ¿Dónde irás? ¿Y Rosario? _ le gritó alarmado por la decisión de su amigo, tonta y temeraria para su opinión.
_ Me voy pa´ Córdoba siguiendo a mi pueblo. Mi tiempo con los blancos terminó.
_ ¿Y Rori? ¿Y yo? Te necesito Lautaro.
_ Vo' no me necesitás, vo´tenés a la Felipa, ella es todo pa´vos. Sin embargo, mi amistad la tenés hasta mi muerte - dijo con los ojos humedecidos. No iba a llorar, él era un guerrero aunque hasta ese momento había vivido como un sirviente y de esa vida ya estaba asqueado.
_ Claro que te necesito, tú eres mi único amigo, el que me conoce como nadie, ni siquiera Felipa me conoce como tú. No quiero perderte, Lautaro y creo firmemente que Rosario, tampoco. ¿Le has dicho que te vas?
_ ¿Pa´qué? Sé su respuesta: "Lautaro te quiero pero no puedo huir...mi marido...mi madre...mi hermana..."_ el pesar se traducía en las palabras.
_ Te comprendo. Pretextos y más pretextos. Lo mismo ocurre con Felipa, pero esta vez no se lo permitiré. Me iré con ella, esté de acuerdo o no. Y tú harás lo mismo con Rosario. Si no quieren venir con nosotros las secuestraremos. Está resuelto _ los ojos de Alejo despedían chispas. El incendio se había iniciado y absolutamente nadie lo sofocaría y de eso Lautaro era consciente _ Felipa, Rosario y yo te seguiremos a Córdoba. Nos ocultaremos en tu pueblo hasta que decida donde establecerme con Felipa. Tú y Rosario por fin serán libres de amarse como les venga en ganas. ¿Estás de acuerdo? _ concluyó con firmeza.
Lautaro, sorprendido por la declaración de Alejo, apenas atinó a afirmar con la cabeza. En ese mismo momento una voz cantarina pronunció el nombre de Lautaro. Era Rosario que corría a su encuentro.
Alejo fijó la vista en el indio, le palmeó la espalda y con una sonrisa cómplice lo animó a llevar adelante el plan que acababan de idear.
_ ¡Alejo, qué alegría verte! _ Rosario abrazó a su primo aliviada de tenerlo de vuelta luego de tantas batallas.
_ Lo mismo digo Rori y si me perdonas debo ir con Felipa _ y con un ligero ademán se despidió de su prima y de Lautaro.
_ Lauti, debo hablar contigo _ expresó ruborizada por la carrera.
_ Ven _ Lautaro la tomó de la mano y se sentaron sobre la hierba fresca amparados por la sombra del álamo.
_ ¡Huyamos, mi amor! Odio a Rubén, ya no lo soporto. ¡Huyamos esta misma noche! _ Lautaro disfrutó del sabor de las lágrimas de Rosario cuando ella se arrojó a sus brazos y comenzó a besarlo como nunca lo había hecho. Él, aturdido por la emoción, le respondió con la misma pasión.
_ Mi madre quiere verte. Ella nos ayudará a fugarnos _ con esta afirmación sorprendió aún más a Lautaro. Si esto era un sueño, no deseaba despertar jamás.
_ ¿Cómo? ¿Doña Rosaura sabe que nos queremos y está de acuerdo? _ Lautaro se sentía flotar en una pompa de jabón a punto de explotar.
_ Imagino que sí, sino por qué, entonces, me pediría que te buscara cuando le conté sobre la violencia de Rubén _ mencionó con angustia.
_ Rubén, ¿te pegó? ¿Ese malnacido te hizo daño? _ Lautaro se enfureció, mataría a ese animal.
_ Sí, ya no puedo seguir mintiendo. Rubén me golpea y me humilla, es su diversión. Pero ahora eso no es lo importante, lo importante es nuestra huida, escaparnos para nunca regresar _ Rosario se abrazó con fuerza a Lautaro apoyando su cabeza en el pecho del indio. Los latidos del corazón de Lautaro retumbaban con la energía de los tambores de guerra. "Le voy a cortar la verga a esa mierda y se la voy a poner en la boca mientras lo deshollo vivo", repetía en cada beso que depositaba en la piel tersa de Rosario.
_ Vamos con doña Rosario _ le dijo mientras la ayudaba a ponerse de pie _ No la hagamos esperar.

Alejo llegó al refugio con la respiración acelerada. Ansiaba estrechar entre sus brazos a la mujer que le provocaba insomnio. Y allí estaba ella, tan bella como la llevaba grabada en cada una de sus células. La amaba por encima de todo, hasta de su propia vida.  Ella era su alma.
Felipa estaba de espaldas a la puerta principal. Miraba a través de la ventana el oleaje calmo del río.
Haciá más de una hora que esperaba y sin embargo su espíritu estaba en paz. Alejo había regresado y su mundo recobraba sentido. Lo había escuchado discutir con su padre y por un momento pensó que el viejo se jactaría del abuso que le infirió aquella tarde. ¡Sería un desastre! Sin duda, correría sangre y aquella posibilidad la hizo temblar. Pero la discusión fue tomando otros derroteros y ya más aliviada se alejó de ellos. Ahora todo lo que le importaba era descansar sobre el cuerpo tibio de Alejo, que la hiciera suya con la vehemencia que tanto la excitaba.
Él caminó lentamente hacia ella. Felipa lo sintió llegar, pero no se volvió, se quedó quieta...esperándolo.
Alejo la abrazó por detrás. La apretó contra su cuerpo. Ella sonrió cuando la erección se manifestó en toda su plenitud.
_ No te imaginas cuanto extrañé tenerte de esta manera, extrañé tu aroma, extrañé pasar mi lengua por la calidez de tu cuello, extrañé perderme entre tus pechos _ a medida que describía lo iba haciendo. Felipa, con los ojos cerrados, dejaba que él la recorriera a su antojo. Ella también lo deseaba.
_ Pero sobre todo , extrañé estar dentro tuyo, penetrarte hasta las entrañas _ dicho esto la volvió hacia sí y con un solo movimiento le arrancó la pollera y le bajó los calzones. Ella apenas emitió un suave chillido que Alejo aprovechó para meter su lengua en esa boca que lo enloquecía. La saboreó enfebrecido por la excitación. Ella le quitó la camisa y deslizó sus manos por la espalda, una espalda musculosa, atravesada por cicatrices de heridas recibidas en el campo de batalla, una espalda sudorosa y el olor a sudor la excitó aún más.
Alejo la apoyó contra la pared y sujetándola por la cintura la levantó. Ella lo envolvió con las piernas y él la penetró con un solo embate, con furia, con hambre, con devoción.
El orgasmo los aniquiló. Cayeron sin despegarse sobre un catre desvencijado que los contuvo como si fuera el nido más preciado. Los besos no cesaron, las caricias se multiplicaron. Las palabras sobraban, las miradas lo decían todo. Desnudos, entrelazados, bañados por el sol de la tarde, se amaron con desesperación hasta ser sorprendidos por las sombras de la noche.
_ Alejo, te amo _ balbuceó Felipa _ No vuelvas a dejarme o enloqueceré _ las lágrimas comenzaron a correr como perlas por sus mejillas arreboladas.
_ Nunca más, te lo prometo _ y selló su promesa con un beso profundo en el nacimiento de los pechos. Felipa gimió de placer.
Alejo comenzó a vestirla con lentitud, devorándola con los ojos. Ella hizo lo mismo con él.
_ Pipa vayámonos de aquí, lejos...muy lejos. No te niegues, por favor _ el ruego de Alejo la hizo temblar. "¡Dios cuánto lo amo!", pensó asolada por ese amor irreverente, atronador y devoto que la atravesaba como una espada.
_ Cuando quieras _  al escuchar la respuesta, Alejo, abrazándola, la hizo girar por toda la estancia riendo y gritando: "¡Te quiero, te quiero!".







viernes, 16 de noviembre de 2018

FELIPA, EN CARNE VIVA - Capítulo 22

"Un corazón formado en la intriga...no puede ocultar por mucho tiempo el veneno que lo alimenta".
Juan José Castelli

Buenos Aires, septiembre de 1820
Alejo entró a la casa por la cocina precedido por el canto del gallo rojo que dominaba en el gallinero de Abelarda. Era de madrugada, el sol apenas se desperezaba.
Se despojó del grueso poncho de lana de vicuña que dejó tirado sobre un banco de caderas y cuero de vaca. Se sentó cerca del fogón ya encendido. Abelarda pronto aparecería, seguramente con una canasta llena de huevos.
_ Y usté, ¿quién e´? _ se sobresaltó Asunta. Tomó la escoba que estaba cerca de la puerta y se dispuso a golpear al desconocido.
_ Quieta negrita, soy yo, Alejo, ¿no me reconoces? _ el muchacho se paró de un salto y tomándola de la cintura la hizo girar. La negra, sorprendida, comenzó a reír.
_ Abájeme pué, patroncito, flor de susto me dio apareciéndose así de sopetón. La Felipa, ¿sabe que llegó? _ le preguntó mientras se arreglaba el delantal y ajustaba el moño del pañuelo rojo que sujetaba su cabello crespo.
_ No, recién llego. ¿Y Abe?
_ ¿Quién pregunta por mi? _ Abelarda apareció con dos canastas cargadas de hortalizas y huevos _ ¡Noo!, ¿Alejo so´vo´? _ exclamó eufórica _ Mi niño , por fin, por fin, estás con nosotros de güelta _ canturreó abrazándolo con fuerza, las canastas olvidadas en el piso de ladrillo.
_ Ten cuidado Abelarda, me estas asfixiando _ rió Alejo correspondiendo el abrazo.
_ Y, ¿cómo estás? ¿Te hirieron? ¿Comiste bien? ¡ Qué va!, si estás hecho un palo. Ahora mesmo te preparo unas tortas fritas con unos huevos pasados por agua, ah...y unos güenos pedazos de panceta.
_ Suena apetitoso _ Alejo se sentó a la mesa mientras las negras corrían de un lado al otro preparando el suculento desayuno.
Media hora más tarde, cuando Alejo daba cuenta de su segundo plato de mazamorra con canela, una voz detuvo su corazón.
_ Buenos días Abelarda, ¿está preparado el té para doña Ro...? _ Felipa se interrumpió al quedar frente a frente con Alejo.
_ Pipa, mi amor _ se acercó a ella y la apretó contra su pecho. La fragancia de la muchacha lo encendió. La besó en el cuello, detrás de la oreja. Felipa sintió como si un millar de hormigas corrieran por su piel _Te extrañé hasta el delirio.
_ ¡Alejo!, prométeme que nunca más volverás a irte. ¡Basta de guerras! _ le suplicó feliz de tenerlo nuevamente junto a ella.
_ Te lo prometo _ y cuando intentaba besarla en la boca, Abelarda los detuvo.
_ Bueno, bueno...basta de arrumacos que la están ruborizando a la Asunta. Alejo, corré a bañarte que tenés un olor a bosta de caballo que apesta. No sé como lo aguantás Felipa...y afeitate, esa barba pinchuda da impresión _ despotricó la Abelarda conteniendo la risa.
Alejo se olió la ropa y se pasó la mano por la tupida barba.
_ Es verdad, huelo a agua estancada. Felipa te espero en nuestro lugar dentro de una hora, allí estaremos a salvo de moscas molestas _ le dirigió una mirada intencionada a las negras. Abelarda, escandalizada, lo amenazó con el palo de amasar y Asunta, avergonzada, agachó la cabeza. Felipa rió divertida y luego de darle un ligero beso en los labios, se apresuró en llevarle el desayuno a doña Rosaura. Ese día le pertenecía por entero a Alejo y ella lo disfrutaría.
El buen humor de Alejo cambió drásticamente al pasar por la sala. Ver a su padre fue como un golpe directo al estómago.
_ Bueno, bueno, mira quien ha llegado _ dijo con sarcasmo _ Combatir no hace mella en ti. A ver...pero si no has recibido rasguño alguno _ inspeccionó de arriba hacia abajo a su hijo con mirada de zorro.
_ ¡Que pena!, ¿no?, padre. Tú hubieras preferido que muriera en batalla, ¿verdad? Soy un estorbo para ti, siempre lo he sido _ expresó con dolor y enojo.
_ Pamplinas, son tontas ideas tuyas. Aunque debo ser franco contigo. Si no fuera porque eres mi hijo y te quiero, esa esclava que amas ya sería mía hace rato. Como ves respeto tus posesiones _ el cinismo de sus palabras impactaron en Alejo con más salvajismo que una bala.
Sin poder controlar su impulso, se arrojó sobre Ildefonso y tomándole de las solapas de su gabán le escupió con furia:
_ Si te atreves a tocarla, te juro que te arrancaré el corazón. No es una amenaza, es un juramento, padre.
_ Calma, calma, hijo. Veo que la violencia que has vivido en el campo de batalla te ha trastornado. Consultaré con el doctor Arriaga, seguramente él te recetará alguno de sus potajes que tranquilizarán tus nervios _ Ildefonso apartó a su hijo de él de un tirón. Luego acomodó su chaqueta con una sonrisa ficticia, en sus ojos había odio.
_ No estoy enfermo, padre y no necesito al doctor Arriaga ni las porquerías que prepara. Son puro veneno y Darío es testigo de ello _ se exaltó.
_ No calumnies al querido doctor. Desde hace un tiempo tu hermano está mucho mejor. Rara vez sufre esas patéticas...¿cómo es que las llama Felicitas? ¡Ah, sí!, convulsiones _ Ildefonso se sentó en uno de los sillones, cruzó las piernas y miró con descaro a Alejo.
_ Si Darío está mejor es por Felicitas y el gran amor que los une. Ella ha consultado con otros médicos que han echado por tierra el diagnóstico de Arriaga y han cambiado el tratamiento obsoleto de tu gran amigo Arriaga. Hasta comienzo a sospechar si acaso sus arcaicos conocimientos mataron a mamá _ enfrentó con audacia a su padre sacando a la luz un interrogante que lo atormentaba desde que Felicitas comenzó a dudar de la sapiencia del doctor.
_ ¡Basta de tonterías! Hasta aquí ha llegado mi paciencia contigo _ el hombre se paró con rapidez y se plantó frente a su hijo. Alejo le sostuvo la mirada. Finalmente Ildefonso se relajó disminuyendo la tensión entre ambos.
_ Y yo que te esperaba ansioso con una excelente noticia...
_ ¿Una noticia?, ¿qué noticia? _ se alarmó el joven. Las buenas noticias para el padre, eran un desastre para la familia, exceptuando a Rubén, claro.
_ ¿Por qué esa cara? Ven, siéntate y toma una taza de café mientras te cuento _ Ildefonso tomó el brazo de Alejo y lo condujo hasta un sillón, luego le sirvió la aromática infusión.
Tanta gentileza desconcertó al muchacho. "Aquí hay gato encerrado", pensó bebiendo el café que le calentó las entrañas.
Ildefonso también tomó asiento y también se sirvió una taza de humeante café. Era necesario poner a Alejo de su lado sino se vería obligado a hacerlo desaparecer. Nada ni nadie entorpecería sus planes y esta vez no fracasaría. Rosaura salvó su vida, pero afortunadamente las tierras ya le pertenecían cuando logró recuperarse y ahora ya era tarde para cualquier molesta intervención de su parte. Su hermana tuvo que aceptar su derrota y mantenerse callada por el bien de sus hijas.
_ ¡Que has hecho Ildefonso! ¡Aniquilar un pueblo entero por esas malditas tierras! ¡Estás loco!Más que eso, ¡eres un asesino! Te desconozco _ le gritó descontrolada cuando se enteró de la tragedia.
En complicidad con el doctor Arriaga Ildefonso sembró el virus de la varicela entre los ranqueles. En menos de una semana muchos murieron y los que pudieron salvarse de la fulminante enfermedad huyeron hacia otras tierras.
_ Tranquila hermanita, cuida tu salud. El doctor Arriaga ha dicho que necesitas recuperar fuerzas y para eso debes descansar y no sobresaltarte. ¿Has comido? Veo que no has tocado tu almuerzo. Recuerda que el guiso de lentejas te dará la energía que necesitas para tu total recuperación.
_ ¡Me importa un carajo el maldito guiso de lentejas! _ y de un manotazo tiró el plato de loza derramando su contenido sobre la alfombra de su dormitorio.
_ Rosaura, que modo de hablar es ese... Yo sólo quiero tu bienestar y el de tus hijas. Doy gracias a Dios que aún estés con vida... aún hermanita, aún...recuérdalo _ Ildefonso clavó sus ojos con saña en ella. Rosaura intuyó con tristeza a que se refería : él había intentado envenenarla, su propio hermano, sangre de su sangre, por unos míseros terrenos _ Somos socios, Rosi _ la llamó como lo hacía cuando eran niños _ Lo que es mío es tuyo y viceversa. Si yo progreso, tú progresas. Compartimos la misma fortuna y las mismas culpas.
_ Pero yo me opuse a semejante locura, matar a tanta gente..._ se esforzó por no llorar delante de ese monstruo pero no pudo.
_ ¿Gente? Pero si son indígenas, animales sin alma, parásitos de nuestra sociedad que se dedican a emborracharse y a robar. Créeme Rosi, le hemos hecho un bien a la Patria. Hazme caso, no pienses más en ello y disfruta que estás viva. ¡Ah!, y te recomiendo que no comentes lo que hemos conversado ni con tus queridas hijas ni con Felipa. Ellas deben permanecer al margen, si lo haces tendré que tomar medidas drásticas, ¿entendido? _ la amenazó sin perder la sonrisa.
_ ¿Qué medidas? _ Rosaura tragó saliva con dificultad.
_ Las enviaré de viaje a Europa por tiempo indeterminado, lejos de ti, quizás nunca volverás a verlas. Dinero tendré de sobra con los saladeros que estoy, perdón, que estamos construyendo en los terrenos que adquirimos gracias a la generosidad de los ranqueles _ al decir esto Ildefonso rió como un desaforado.
_ Ellas nunca se irán _ lo enfrentó.
_ ¿Eso piensas? ¡Qué incrédula eres! Basta con que le haga creer a Felicitas que en Francia o en Inglaterra hay un médico capaz de curar a Darío que no dudará en hacer las maletas. Y Rosario, bueno, ella siempre hace lo que le ordena su marido _ expresó con displicencia _ En cuanto a ti, el doctor Arriaga me ha propuesto enviarte a Córdoba, al convento de Santa Catalina. Allí, el aire saludable de las sierras y el cariño de las monjas ayudarán en tu recuperación. Felipa, por supuesto, se quedará en esta casa para mi atención personal. Por Alejo no te preocupes, el coronel Rosas tiene planes para él. Ya puse todas mis cartas sobre la mesa, ahora todo depende de ti, hermanita. ¿Seguirás poniéndote en mi contra o continuaremos viviendo todos juntos en armonía y disfrutando de los dividendos que nos darán los saladeros? _ Ildefonso, al concluir, observó satisfecho el rostro devastado de Rosaura. Había triunfado, su hermana ya no sería un obstáculo. La tenía controlada a ella y a su fortuna.
_ ¡Padre! ¿Cuál es la noticia? _ insistió impaciente Alejo al notar a Ildefonso distraído.
_ Ya, ya _ dijo volviendo al presente _ Pondré a funcionar un saladero en el sudoeste de la provincia. Además de explotar las salinas proyecto crear una ruta que permita trasladar las planchas de sal hasta los diferentes saladeros que se establecen en Buenos Aires. "La Higueritas", de Rosas y Juan Terrero, es uno de mis clientes. Además acabo de pactar mi primera exportación de carne salada en buques ingleses a Cuba, ¿qué te parece? _ expresó orgulloso.
_ ¿Y cómo fue que te apropiaste de esas tierras? Y los ranqueles que vivían en esa zona, ¿dónde están? _ se alteró Alejo.
_ Me ofendes, Alejo. Yo no me apropié de las tierras, las compré al gobierno _ respondió indignado.
_ ¿Y qué tiene que ver el gobierno si esas tierras pertenecen a los ranqueles? _ retrucó con igual indignación Alejo.
_ A esos pobres diablos se les permitió vivir allí para calmar sus ánimos y para que nos dejaran en paz, a nosotros, gente de buena cepa. El gobierno se las concedió a condición de que cesaran los malones y las incursiones en las estancias de los alrededores. ¿O por qué crees que don Juan Manuel se vio en la necesidad de organizar a sus "Colorados del Monte? Porque estaba harto de esos salvajes sanguinarios.
_ Ellos reclaman lo que desde un principio les perteneció: las tierras que nosotros de a poco nos fuimos apropiando _ Alejo se sentía derrotado, sabía que discutir con su padre era inútil, nunca comprendería su postura, el sólo pensaba en aumentar el contenido de sus arcas.
_ No digas sandeces, cada vez que te escucho recuerdo a a tu madre, la gran samaritana. Siempre preocupándose por los todos menos por mí. ¡Vete!, desaparece de mi vista. Fui un necio al suponer que te alegrarías con la noticia. A ver si te enteras, gracias a mi esfuerzo y al de tu hermano hemos impedido que esta familia terminara comiendo bellotas como los cerdos. ¡Lárgate!, me avergüenza que seas mi hijo _ Ildefonso estaba fuera de sí., rojo como la grana. Una vena, asomada en su cuello, le latía acelerada.
_ Yo te avergüenzo padre, yo, que tú mismo has dicho, me parezco a mi madre, una mujer recta y generosa, que siempre velo por todos nosotros; y en cambio te enorgulleces de Rubén, un hombre egoísta, violento y embustero. De él sí te enorgulleces, ¿verdad, padre? _ saltó con ira. Alejo apretó con fuerza sus manos formando puños. Un deseo intenso de trompear a su padre se había apoderado se él, pero debía contenerse, si lo hacía nunca se lo perdonaría porque a pesar de sí mismo, lo amaba.
_ Rubén es un verdadero Gómez Castañón, en cambio tú... _ Alejo leía la decepción en los ojos de su padre.
_ Me voy padre. Ya no tendrás que avergonzarte más de mí, me voy de esta casa y de tu vida. Supongo que mi decisión te hará feliz.
_ Muy feliz... _ sin embargo una puntada de dolor en las vísceras sorprendió a Ildefonso.

Mientras Alejo discutía con Ildefonso en la sala, Rosario soportaba en silencio los insultos de su marido.
Rubén se montó sobre ella, estaban en la cama y tomándola de los hombros le susurró al oído con saña.
_ Eres una zorra frígida, un bloque de hielo. ¿Cómo pretendes que me se me pare contigo?
Rosario giró la cabeza hacia la pared, no quería ver el rostro desencajado de Rubén. Lo odiaba. Estaba harta de su maltrato. Apenas la tocaba y cuando lo hacía era para humillarla.
_ Vete con tu amante, ella seguramente hará que se te pare _ cansada de tanto atropello le gritó con amargura.
Sorprendido del arrebato de su esposa, Rubén la abofeteó con rabia.
_ ¡Calla! ¿Quieres que todos en la casa te escuchen? _ y nuevamente la golpeó esta vez en la boca del estómago quitándole la respiración _ Y no, no te equivocas, querida, mi amante es una verdadera gata en celo que me complace tremendamente. Por el único motivo que pierdo tiempo contigo es porque mi padre me ha exigido un heredero, pero ¡ni para concebir sirves!
Rosario, en posición fetal, lloraba su pérfido destino. Rubén se levantó de la cama, se vistió mirándola con asco.
_ Eres una floja, mujer. Siempre llorando como una chiquilla malcriada. ¡Basta ya, Rosario! Sabes que detesto verte llorar, me exasperas o es que quieres más _ Rubén rebuscó entre sus cosas hasta dar con el rebenque. Con una expresión malévola se acercó a la joven, arrancó con brusquedad la colcha que la cubría. Con violencia le aplicó dos rebencazos en las piernas desnudas. Rosario mordió la sábana para no gritar. Su madre no debía enterarse, un nuevo enfrentamiento con Ildefonso podría ser fatal. Ya había intentado envenenarla, debía protegerla.
_ ¿Estás contenta Rosario? Has logrado sacarme de quicio y has recibido tu merecido _ tiró a un costado el rebenque y continuó vistiéndose _ Parto hacia el saladero, regreso mañana por la noche _ la notificó antes de cerrar de con brusquedad la puerta. Rosario respiró aliviada.
Cuando se sintió con fuerzas, se levantó y llamó a Asunta. La negra se asustó cuando la vio.
_ Señora, ¿qué le pasó? _ los morados del rostro y la piel blanca como la leche que revelaba los golpes del rebenque, pasmaron a la esclava.
_ Nada, Asunta, me resbalé al levantarme de la cama. Prepárame el baño _ Rosario ansiaba sumergirse en el agua tibia para calmar el ardor de sus heridas.
Después del baño se sintió renovada. "Dos días de libertad", pensó entusiasmada.
Asunta la ayudó a vestirse, una falda azul acampanada con volados en el ruedo y una blusa de encaje blanco. Con polvo de arroz disimuló el morado de la mejilla y se trenzó el cabello. Unas gotas de esencia de rosas detrás de las orejas y en el nacimiento de los pechos, le levantaron el espíritu.
Antes de bajar a desayunar pasó por el dormitorio de su madre.
_ Buenos días mamá, ¿cómo te encuentras esta mañana? _ Rosaura estaba sentada en la cama con la bandeja del desayuno sobre sus piernas. El aroma del café recién molido la tentó.
_ ¡Qué bien huele ese café!
_ Querida, ven, siéntate a mi lado y comparte conmigo estos buñuelos de manzana. Abelarda me quiere engordar como lo hace con los pavos para la cena navideña _ se rió y Rosario también lo hizo olvidándose por un momento lo vivido anteriormente.
_ ¡Ay mamita, que cosas dices! _ la joven abrazó a su madre y la llenó de besos.
_ Rori, ¡que cariñosa estás hoy! _ Rosaura volvió a reír abrazando ella también a su hija.
_ Es que te quiero mucho mamita y estoy muy feliz de verte sana _ Rosaura, emocionada, acarició la mejilla de su hija y al hacerlo notó lo que Rosario intentó ocultar.
_ ¡Hija! ¿Qué es esto? _ con dedos ágiles barrió el polvo de arroz quedando al descubierto un marca azulada _ Fue Rubén, ¿verdad? No lo niegues.
Rosario sin responder se acurrucó cerca de su madre como cuando era pequeña y buscaba protección en las noches de tormenta.
_ ¡Maldito sea el día en que consentí el casamiento! _ sollozó mientras rozaba los cabellos de su hija _ ¿Por qué no me lo dijiste? ¿No confías en tu madre? _ le reclamó con ternura.
Rosario lentamente se separó de su madre, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y le sonrió con aflicción.
_ Madre, eres la persona en que más confío, pero no podía confesártelo por miedo y vergüenza.
_ ¿Miedo? ¿Vergüenza? _ Rosaura quedó perpleja ante las afirmaciones de Rosario.
_ Vergüenza por haber sido tan necia que no supe escuchar tus consejos, ni los de Felicitas ni los de Felipa. Hasta doña Filomena me advirtió que estaba cometiendo un terrible error. Y ahora recibo mi castigo...
_ ¿Castigo?, pero que dices criatura. Tu no mereces castigo alguno. Aquí hay un solo culpable y es Rubén. Alcánzame la bata, iré a hablar con Rubén. Esto debe acabar de inmediato _ Rosaura intentó levantarse pero Rosario la detuvo.
_ Rubén no está en la casa, acaba de marcharse al saladero.
_ Entonces hablaré con Ildefonso. Él debe frenar la violencia de su hijo _ ofuscada comenzó a caminar hacia la puerta.
_ Madre, por favor, aguarda. No quiero que hables con el tío, tengo miedo _ y comenzó a llorar.
_ ¿Por qué tienes miedo? _ Rosaura tomó la mano de Rosaria y juntas se sentaron en una chaise longue que estaba junto al tocador.
_ Tengo miedo que el tío Ildefonso te haga daño, ya lo intentó por oponerte a que usurpara las tierras de los ranqueles. No quiero mamita que vuelva a atentar contra ti _ le suplicó angustiada.
_ Tendré cuidado, ahora sé de lo que es capaz mi hermano. Comprende niña, no puedo permitir que tu marido te pegue, me niego a hacerlo _ dijo rotunda, ningún argumento la haría retroceder, debía defender a su hija.
_ Madre, comprende, ellos son capaces de lo peor. Rubén me amenazó con apartarme de ti y de Felicitas encerrándome en la estancia de Capilla del Monte. Por favor mamá, es mejor callar.
_ Entonces, tendrás que huir _ concluyó con firmeza.
_ ¿Y dejarte a merced del tío Ildefonso? Nunca.
_ No seas terca, nada me sucederá. Ya me siento fuerte y con más energía que nunca. Ildefonso cree que me tiene en sus manos, pero se equivoca.
_ ¿Qué quieres decir madre?
_ Nada, nada , yo me entiendo _ jamás le revelaría a sus hijas que su hermano también la tenía amenazada, no las preocuparía. Ella se defendería y las defendería como lo había hecho desde la muerte de su marido. Felipa también estaba en sus pensamientos, no permitiría que Ildefonso le arruinara la vida. Por suerte había regresado Alejo. Ellos y Rosario debían huir.
_ Pon atención Rosario. Aprovechando que Rubén ha viajado, debes marcharte esta misma noche.
_ ¿A dónde, madre? ¿Dónde voy a ir sola? Tengo miedo, si Rubén me encuentra me matará.
_ No digas pavadas, Rubén no te hallará. Y deja de decir que tienes miedo, eres una mujer hecha y derecha que debe luchar por su felicidad, ¿entendido? Y ahora ve a buscar a Lautaro.
_ ¿A Lautaro? _ Rosario cada vez entendía menos.
_ Sí, a Lautaro. Y deja de mirarme como si fuera una desquiciada. Sé muy bien lo que digo y hago. No perdamos tiempo y ve por él, ¡ya!
Rosaura empujó a Rosario hacia la puerta. La joven bajó las escaleras corriendo, con el corazón agitado y ligero como un pájaro en busca de la libertad. "Lautaro, ¿para qué quiere mi madre a Lautaro? ¿Sabrá ella que lo amo?". Pronto sabría la respuesta.











sábado, 10 de noviembre de 2018

FELIPA, EN CARNE VIVA - Capítulo 21

"¿En qué hondonada esconderé mi alma
 para que no vea tu ausencia
 que como un sol terrible, sin ocaso,
 brilla definitiva y despiadada?".
Jorge Luis Borges


San Nicolás de los Arroyos, 2 de agosto de 1820
"Aquí estoy amor mío, en el campamento, mi único hogar en este largo tiempo lejos de ti. Acerco mis manos entumecidas por el frío que arrecia esta noche en la pequeña fogata que uno de mis compañeros encendió en un vano intento por calentar nuestros cuerpos desprovistos de abrigo. Uno de los oficiales nos repartió algunos ponchos y quillangos, pero no es suficiente. Igualmente en la lucha se nos olvida el frío y el hambre, sólo pensamos en matar para vencer...y ayer, finalmente, lo logramos. Por un momento tuve la esperanza de que volveríamos a nuestras casas, pero todo fue una tonta ilusión. El gobernador Dorrego insiste en enfrentar nuevamente a López y esta vez en territorio santafesino, en los pagos de Pavón. Don Juan Manuel y don Martín no están muy convencidos, sin embargo aflojaron ante la insistencia entusiasta de Dorrego. ¡Mala suerte!, otra vez a poner el cuerpo en el campo de batalla. A esta altura ya no sé por qué peleo, creo que ya nadie lo sabe.
Muy poco me importa la hegemonía política de Buenos Aires o el entuerto provocado por la distribución de rentas de la aduana. Mi mayor deseo es huir de este cenegal de sangre y carne, y regresar a tus brazos, mi nido, mi hogar verdadero.
Muchos de mis compañeros, amigos todos, yacen en el campo de batalla...muchos más caerán.
Ayer, las aguas del arroyo Yaguarón se tiñeron de rojo, ver semejante masacre me revolvió las tripas.
Privaciones, sangre, frío...así vivo. Sólo tu recuerdo, Pipa, me fortalece en el momento de enfrentar cara a cara a la muerte.
Estoy harto, de patriotismo ya no me queda nada. ¡Ay, mi vida!, debo doblegar mi espíritu rebelde para no desertar y correr a tu encuentro. Debo frenar mi furia para acatar las órdenes de mis superiores, a veces ridículas. ¿Cómo esperan que lancemos ofensiva tras ofensiva cuando las enfermedades, el cansancio, el frío y el hambre están haciendo estragos? Nos gritan : Prepárense para el ataque, y entonces, un rayo me atraviesa. Algunos compañeros se santiguan y otros comienzan a tartamudear plegarias encomendándose a los santos. Yo beso tu recuerdo y me lanzo al ataque.
Don Juan Manuel me mintió. Me dijo que la derrota del caudillo santafesino sería rápida y contundente. Desde que partí del Retiro en febrero ya pasaron seis meses y sin obtener un resultado que satisfaga al gobernador. ¡Maldigo el día en que acepté participar en esta campaña! Y tú tan lejos y desprotegida. Volveré pronto, Pipa y ya nada ni nadie podrá separarnos. Lo juro".
Así reflexionaba Alejo mientras vaciaba una botella de ginebra y se hundía en la tristeza.
_ ¿Qué le pasa aparcero? ¿Por qué esa cara de carnero degollao´? _ el soldado raso Molina, un mulato fortachón de sonrisa franca, le palmeó la espalda y se sentó junto a él cerca del fuego.
_ ¿Y qué me va a pasar? ¡Que estoy hasta el caracú de esta guerra sin fin! _ le respondió Alejo escupiendo cada una de las palabras.
_ No se me enoje. ¿Acaso no le dimos fiero ayer a los santafesinos? _ dijo aceptando un trago de ginebra que le ofreció Alejo.
_ Es verdad, pero Dorrego quiere seguir a López en sus tierras. Lo quiere aniquilar _ Alejo armó dos cigarros de chala, uno para él y el otro para el mulato.
_ ¡Ahh!, fumar me sienta bien _ suspiró Molina mientras saboreaba el tabaco _ Sí, eso escuché. Sin embargo, me parece que el coronel Rosas no está pa´nada de acuerdo con el gobernador.
_ ¿Quién le dijo eso? _ se entusiasmó Alejo.
_ El tuerto Medina. La otra noche le estaba cebando mate a don Juan Manuel y don Martín y les escuchó decir que esto no daba pa´más...¿me da otro traguito de ginebra?
_ Tome, tome. Gracias Molina, me alegró la noche _ la esperanza volvió a nacer en Alejo. Si lo que le dijo el mulato era verdad en breve estaría de regreso en Buenos Aires y huiría con Felipa.

El 12 de agosto de 1820 amaneció nublado. Una tormenta amenazaba desatarse sobre las filas de hombres, que taciturnos, marchaban hacia una nueva batalla esta vez en la localidad de Pavón.
Alejo, montado en su zaino, tejía pensamientos oscuros cargados de desazón. "Si aquí no termina esta lucha, yo deserto", resolvió decidido.
Dorrego estaba preocupado por la baja moral de sus tropas, sin embargo esto no lo amedrentó y siguió adelante con su propósito: aniquilar a López y regresar victorioso a Buenos Aires. Por otra parte, lo alentaba la férrea disciplina de sus hombres. Estaba seguro, no lo defraudarían.
El enfrentamiento se prolongó hasta el atardecer. Los porteños derrotaron a los rebeldes y López se retiró hacia el norte de su provincia.
Dorrego, no satisfecho con este triunfo, se propuso perseguir al caudillo santafesino aunque sin contar con el apoyo de Rosas y Rodríguez, que hartos de la necia obstinación del gobernador, resolvieron abandonar la campaña.
La mañana del 13 de agosto los "Colorados del Monte" emprendieron el regreso con un resabio amargo en la boca pero felices por retornar a sus hogares.
Mientras tanto, Estanislao López empujó a Dorrego hasta un campo que eligió previamente. Allí los porteños pasaron la noche y a la mañana siguiente, la mayor parte de sus caballos estaban muertos ya que el pasto de ese campo eran venenosos.
La batalla del 2 de septiembre fue una brillante victoria de López, que puso en acción una fuerza más o menos equivalente a la de Dorrego. Con ellos logró envolver a las tropas porteñas hasta obligarlas a retirarse. La persecución fue terriblemente sangrienta, hasta llevar a López a ordenar suspenderla, impresionado por ver correr tanta sangre en una guerra civil: en total murieron 320 hombres del ejército porteño.
Alejo se enteró de la masacre a poco de llegar a su casa. Recibió la noticia con dolor y rabia. "Tantos compañeros muertos por el capricho de un hombre que sólo busca la gloria personal", pensó contrariado pero festejó la destitución de Manuel Dorrego. Ahora su comandante, Martín Rodríguez era el nuevo gobernador de Buenos Aires.
Azuzó al zaino con el rebenque para apurar el galope. Desesperaba por abrazar y besar a Felipa.
¿Cómo la encontraría? ¿Lo estaría esperando? ¿Lo seguiría amando con la misma intensidad que lo hacía él?

Cuando Alejo partió en el mes de febrero para unirse a "Los Colorados del Monte", Felipa sangró de dolor. Sin el amparo de Alejo se sentía desprotegida y vulnerable. Don Ildefonso la aterraba, siempre en las sombras esperándola como lo hace el puma a su presa.
Muchas veces durante la ausencia del muchacho tuvo que huir del acoso del viejo que gozaba susurrándole palabras obscenas. Una noche, mientras dormía en su habitación, sintió sus manos sudorosas sobre sus pechos desnudos. Pegó un salto aterrorizada y ahí estaba él, mirándola con ojos libidinosos y una sonrisa cínica. "¡Estúpida!, ¿cómo olvidé de trabar la puerta?", pensó desorientada.
Felipa se acurrucó en un rincón de la cama, apoyada la espalda contra la pared. Comenzó a temblar, la lengua anudada incapaz de pedir auxilio. Además, ¿quién la ayudaría? Doña Rosaura apenas se restablecía y sus amigas dormían en el otro extremo de la casa. No la escucharían.
"¡Alejo!, ¡Alejo!, ¿dónde estás?", gritaba su corazón en cada latido acelerado.
_ ¡Fuera! _ atinó decir.
Ildefonso rió de buena gana. Sabía que nada ni nadie lo detendría. Esa noche por fin la haría suya. La penetraría royéndole las entrañas. Se tiró encima de ella y comenzó a besarla. Como un salvaje, le mordió los labios para que abriera la boca y poder devorarla con su lengua.
Felipa pateaba intentando separarse de él pero el hombre la tenía sujeta de las manos con fuerza. Le arrancó de un tirón el sencillo camisón de batista y admiró desquiciado el cuerpo generoso que durante tanto tiempo lo desvelaba.
_ ¡Por fin serás mía, puta!_ exclamó excitado.
Se bajó el pantalón ante la turbación de Felipa. Ver la erección del viejo le dio náuseas.
"¡Morenita, ayúdame!", le suplicó a su Virgen.
La Virgen no la escuchó y el bastardo la penetró con violencia. Ella consiguió gritar, un aullido sordo y penetrante que hizo temblar la casa.
De repente y antes que Ildefonso derramara el semen dentro de ella, entró Rosaura en el dormitorio y con una estatuilla de madera golpeó la cabeza de su hermano que cayó inconsciente sobre Felipa. De un solo movimiento rápido, ella se lo quitó de encima, con asco , con repugnancia. Ildefonso cayó al suelo y allí quedó hasta que uno de los esclavos lo trasladó a su habitación.
Felipa lloró con amargura abrazada a doña Rosaura. Si no hubiera sido por su intervención ella ahora llevaría en su vientre la simiente del viejo.
Ahora, al recordar ese atroz momento Felipa rezó para que Alejo nunca se enterara. Si eso sucediera algo terrible e irreparable sucedería....
Desde esa noche, Ildefonso nunca más se acercó a Felipa. Se mantenía apartado, pero la joven siempre sentía el peso de su mirada persiguiéndola, torturándola.
A partir de aquella noche comenzó a dormir en el cuarto de doña Rosaura. La mujer, ya recuperada totalmente, era su escudo. Nunca le mencionó lo sucedido ni a Felicitas ni a Rosario; ni siquiera a su abuela Filomena. Cuántos menos lo supieran, mejor. Si Lautaro llegara a enterarse no dudaría en contárselo a Alejo y entonces...El esclavo que las ayudó se mantendría cayado bajo la amenaza de recibir cien latigazos si abría la boca. Era la primera vez que doña Rosaura tomaba semejante determinación.
La relación entre los hermanos Gómez Castañón se volvió tensa, no sólo por lo sucedido con Felipa, sino también por las tierras que Ildefonso pergeñaba arrebatar a los ranqueles.
Rosaura se oponía rotundamente pero Ildefonso ya tenía trazado un plan y estaba dispuesto a ponerlo en práctica. Lo único que lamentaba era que su hermana se hubiera repuesto, ¿cómo habían descubierto que todas las noches, mientras él la cuidaba, aprovechaba a mezclar arsénico en el agua de la jarra? Ildefonso sospechaba de doña Filomena, la muy zorra y sus artimañas de magia negra siembre desbarataban sus planes. Ya se encargaría de ella también.
Aún le dolía la cabeza por el golpe que le había dado su hermana la noche que violó a Felipa. Bien lo valía, sonrió al recordar. Pronto tendría una segunda oportunidad y esa vez nadie osaría interrumpir.
Si bien Rosaura lo vigilaba como un halcón a su cría, la astucia de Ildefonso lograba engañarla. Dos noches a la semana fingía asistir a "La Posada", un café de paredes de intenso color rojo ubicado a seiscientos metros del Cabildo y donde solían reunirse los patriotas luego de intensas jornadas de discusión sobre temas políticos para emborracharse y jugar a los dados.
Ildefonso, en realidad,  acudía a la casa del doctor Arriaga donde ultimaban los detalles para apropiarse de las tierras que ocupaban los ranqueles en las Salinas Grandes al sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Estas tierras eran de vital importancia para los saladeros de la provincia. Idelfonso  planeaba crear un circuito comercial donde un asiduo tránsito de carretas portarían las preciadas planchas de sal.
_ Don Ildefonso, ¿no le parece muy audaz lo que se propone? _ dudó el doctor secándose la transpiración de la frente con un pañuelo de delicado encaje.
Ildefonso lo miró asqueado de la cobardía del hombre que tenía sentado frente a él. "No se fíe de él padre, es un mariposón pusilánime", le había advertido Rubén. "Lo necesito, hijo, lo necesito. El doctorcito conoce la forma de diseminar el virus de la varicela sobre la población de los rankulches. Lamentablemente dependo de él para llevar adelante mi plan", suspiró fastidiado.
_ Para nada, mi estimado doctor _ le respondió al tiempo que encendía un cigarro _ ¿Acaso su merced piensa abandonarme? _ Ildefonso lo observó con suspicacia elevando la ceja derecha, fiera la mirada.
El doctor Arriaga se echó hacia atrás repatingándose en el sillón.
_ No, no, lejos de mí semejante suposición mi estimado señor _ dijo tragando saliva. Arriaga estaba arrepentido de haberse dejado envolver por Ildefonso y ahora no sabía como salir del embrollo en el que se había metido.
_ Bueno, basta de palabrerío y vayamos al grano. ¿Tiene usted lo que le he encargado? _ preguntó arrojando el humo del cigarro en el rostro apergaminado del doctor.
_ Esta noche lo tendrá a su disposición _ respondió transpirando, el fuego que chisporroteaba en la chimenea de la sala lo estaba asando. Se aflojó el corbatín, le faltaba el aire.
_ ¡Qué mal color tiene doctor! ¿Se siente mal? Le convendría tomar alguno de esos brebajes que recomienda a sus pacientes _ se rió Ildefonso. "¡Maricón cobarde! Si algo sale mal yo mismo te rajaré el vientre", pensó mientras bebía una copa de carlón de gran cuerpo y de un azul intenso.
Arriga se sorprendió al notar que Ildefonso lo bebía sin rebajarlo con agua. Ese tipo de vino producido con las cepas de uva Garnacha eran de una alta gradación alcohólica y de una potencia aromática fuerte y persistente. Volvió a tragar saliva. Ese hombre era un verdadero animal y él, una presa pronta a ser devorada si no cumplía con lo estipulado.
_ Me voy doctor, no sin antes recordarle que no deben quedar cabos sueltos. Sólo usted, mi hijo Rubén y yo debemos saber lo que sucederá, los demás...bueno, no hace falta que le repita lo que debe hacer, ¿verdad? _ Ildefonso clavó sus ojos oscuros y duros como el pedernal en el hombre delgado que apenas podía mantenerse en pie.
_ Vaya tranquilo don Ildefonso, tengo todo bajo control _ respondió con un hilo de voz, ni él mismo se lo creía.
_ Por su bien eso espero. Y hágame caso doctor, tómese uno de esos brebajes curalotodo que usted prepara, sinceramente no lo veo bien _ Ildefonso tomó el sombrero y el bastón, montó su caballo y se perdió entre las sombras de la noche mientras Arriaga temblaba escuchando sus sonoras carcajadas.
Al quedarse solo, el doctor Arriaga se sirvió una copa de cognac. La mano le temblaba. Bebió el cognac de un trago y llamó a su esclavo de confianza, un negro joven y musculoso con el que pasaba varias noches a la semana. "Que pena tener que matarte", pensó desolado.
_ ¿Está todo listo? _ preguntó ocultando el miedo que lo embargaba.
_ Todo listo, amo. Lo tengo encerrado en el galpón metido en una bolsa de arpillera _ al negro no le había gustado la misión que le encomendara el doctor pero nunca tenía otra alternativa mas que obedecer, como tampoco le gustaba que su amo lo cogiera como si fuera una puta yegua.
_ Muy bien, andando _ le ordenó _ Acabemos con esto de una maldita vez.
Galoparon en silencio, interrumpido de tanto en tanto por un suave quejido proveniente de la bolsa que llevaba el esclavo sobre la montura y entre las piernas.
Llegaron a la toldería dos horas antes del amanecer. El doctor Arriaga se quedó cuidando los caballos oculto en un bosque de caldenes.
_ Ve tú y déjalo cerca de alguna vivienda. Ten cuidado, no deben verte. Aunque creo que los centinelas seguramente deben estar ebrios como es su costumbre, de igual modo, sé precavido _ le insistió. Si los descubrían eran hombres muertos.
El negro hizo un gesto afirmativo con la cabeza y con la bolsa al hombro caminó con paso rápido hacia la toldería.
Todos dormían. Los ranqueles que hacían guardia, también. El negro se arrodilló en la entrada de una de las viviendas hechas con toldos de cuero de vaca y allí, sobre la tierra húmeda, depositó su carga.
Abrió la bolsa y con cuidado, para no despertarlo, sacó un bebé de apenas unos meses infectado de varicela. El pequeño ni se inmutó, la infusión de passiflora que le suministró cumplió su cometido.
Por un instante dudó si estaba haciendo lo correcto. ¡Claro que no lo estaba haciendo! No podía mentirse más. Abandonar a ese inocente en medio de aquellos salvajes era una atrocidad. Pero la vida de su madre y la suya propia dependían de ese malintencionado acto.
"Perdón sobrinito", balbuceó mientras recordaba la promesa del doctor Arriaga de concederle la libertad a él y a su madre si lo ayudaba.
"Igual se va a morir. Esta enfermedá no perdona", se consoló el negro. "Pronto vas a estar en el cielo con tu madre". La mujer había muerto el día anterior por la misma enfermedad.
Con extremo sigilo regresó junto a su amo que lo esperaba con los nervios de punta. Sin decir palabra emprendieron el regreso. El negro, combatiendo con sus remordimientos; el doctor, aliviado y satisfecho. Sólo faltaba un detalle...
Cuando cruzaron el cauce del río Salado, Arriga desenfundó su trabuco y le disparó a mansalva al negro que lo miró sorprendido.
_ Lo siento, pero no puedo dejar cabos sueltos...Espero sepas comprender.





viernes, 12 de octubre de 2018

FELIPA, EN CARNE VIVA - Capítulo 20

"Ya no habrá días turbios,
 ya no habrá noches malas
 si hay un amor secreto
 que nos presta sus alas".   José Ángel Buesa



Felipa estaba devastada. Alejo había partido, la había abandonado. ¿Cómo era eso posible? No, él jamás haría semejante cosa....aunque... "Me lo había advertido. Pero tenía tiempo hasta la medianoche para decidir. ¿Por qué se adelantó? ¿Qué sucedió? Alejo, ¿donde estás?".
Felipa bajaba lentamente la escalera, su mente ausente, sus pensamientos volando desesperados hacia su amado. Distraída, tropezó en el último escalón, Abelarda la sostuvo evitando un porrazo certero.
_ Niña, mirá que sos descuidada, pué. Por suerte subía a ver a la doñita, que si no... _ se inquietó la negra
_ Abe, ¿sabes algo de Alejo? ¿Es verdad que se marchó? _ le preguntó atropelladamente mientras se masajeaba el tobillo.
_ Pero si te torcistes el pie. Vamo pa´la cocina que te pongo un trapo con agua fría _ la tomó de la cintura. Felipa, se dejó llevar rengueando. Sus protestas no tuvieron eco en Abelarda.
_ Sentate, pué _ la empujó con suavidad para que se acomodara en una de las sillas _ Ahora poné el pie en este banco _ y comenzó a colocarle paños fríos en el tobillo que comenzaba a hincharse.
_ Abe, estoy bien, de verdad _ insistió Felipa aunque su voz denotaba dolor.
_ Dejate de pavadas. ¿En qué estabas pensando?, ¡te podías haber matado m´hija! _ le dijo con cariño.
_ No exageres, sólo me tropecé. Abe, ¿dónde está Alejo? Don Ildefonso me dijo que se fue, ¿es verdad? _ preguntó desolada.
_ Sí, hace un rato no má se jue con don Juan Manuel  _ le informó enfrascada en la tarea de vendarle el pie.
_ ¡¡Qué!! ¿Cómo qué se fue con don Juan Manuel? ¿A dónde se fue? ¿Para qué lo vino a buscar?
_ No sé Felipa. Yo sólo le preparé algo de ropa pa´ llevar y una bolsa de provisiones. No me dijo nadita el muy bellaco. Estaba mudo como un finao _ Abelarda se asustó de su comparación y enseguida hizo los cuernos para ahuyentar a la Parca _ ¡Cruz diablo! No sé porque dije eso.
_ Tengo que buscar a Lautaro. Él seguramente sabrá _ se paró de repente tirando en su arranque el banco. Ahogó un grito al apoyar el pie en el piso. Sin embargo, ni el dolor ni los gritos de Abelarda, la detuvieron.
Caminó lo más rápido que pudo hasta la caballeriza. A esa hora, ya eran las dos de la tarde, Lautaro estaría haraganeando como de costumbre.
Para su asombro, lo encontró lustrando las monturas y los aparejos. Cuando el indio la vio dejó el ronzal a un lado y la tomó de las manos. Ella temblaba.
_ ¿Y Alejo? _ las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas pálidas.
_ Felipa, Alejo se jue pa´la guerra _ Felipa sintió que todo giraba a su alrededor. "¡Otra vez no!",el alma se le desgarró en mil pedazos.
_ ¡Felipa! ¡Pipa! _ escuchó los gritos de alarma de su amigo en medio de una oscuridad densa y penetrante.
Cuando volvió en sí, se encontró recostada sobre un colchón de paja y el rostro preocupado de Lautaro.
_ ¿Te sentís mejor? _ y con diligencia se apresuró a ofrecerle un vaso de agua fresca. Ella se negó a beberlo. "Sin Alejo nada tenía sentido".
_ ¿A qué guerra se fue Alejo? _ lo increpó con ira y miedo, un miedo que le calaba los huesos.
_ Don Juan Manuel de Rosas está reclutando gente para terminar con el maldito Estanislao López. Me contó el Alejo que el gobernador Dorrego cuenta con las milicias de Rosas y de don Martín Rodríguez para derrotarlo de una vez por todas y mandarlo pa´su provincia con el rabo entre las patas.
Felipa escuchaba y su corazón parecía estallar. Otra vez esa maldita guerra. Hermanos enfrentados en una lucha absurda por el poder. Sangre y más sangre derramada abonando una tierra sedienta de paz.
Nuevamente debía comenzar el rito de encender cada noche una vela a la Morenita pidiendo por Alejo. Nuevamente lloraría hasta quedarse seca por aquel insensato que arriesgaba su vida por un ideal fútil. Pero ellos, ¡los hombres!, sin pensar en la tremenda herida que causaban en sus mujeres, se enfrentaban como lobos rabiosos en una lucha que alegaba buscar lo libertad cuando en realidad los movía la ambición por el poder político y económico.
_ Y nosotras corremos tras ellos, arrastrando hijos y penas. Y mientras ellos calman la sed de nuestra tierra con su sangre, nosotras lo hacemos con nuestras lágrimas.
_ Felipa, ¿qué decí? _ Lautaro se acercó a ella y la abrazó _ El Alejo me dijo que lo esperes, que te quiere...
_ Me quiere pero me abandona _ replicó con ojos relampagueantes.
_ Felipa, no digás eso. El Alejo tiene que cumplir con la Patria. ¿Queres que sea un traidor, un cobarde?
_ Por más que te lo explique nunca vas a entender lo que siento _ le respondió apesadumbrada. Se levantó lentamente, se sacudió las ramitas de paja de su pollera y se marchó de la caballeriza.  Cuando comenzó a caminar hacia el río la alcanzó el grito de Lautaro.
_ ¡El Alejo te quiere Felipa!
Ella se detuvo, dio media vuelta y lo miró de lejos. Una sonrisa triste asomó en sus labios.
_ Yo también lo quiero _ susurró dolida y continuó su camino.
Al llegar a la casa se encontró con la noticia que a la mañana siguiente regresarían a la ciudad. La novedad la alegró y turbó. La alegró porque la distancia a la casa de su abuela sería menor que estando en el Retiro. Tendría que cabalgar mucho menos. Pero al mismo tiempo la intranquilizó tener que trasladar a doña Rosaura en las condiciones en que se encontraba. El viaje sería difícil y complicado para ella. Su estado era muy frágil para enfrentarlo. Abelarda compartía con ella su preocupación.
La negra secaba los platos y murmuraba:
_ Esto no me gusta ni pío. La patrona está muy débil pa´ hacer semejante viajecito. Y vo´, ¿no tenés hambre? No comistes nada.
_ No tengo hambre _ Felipa lo único que deseaba era abrazar a su abuela.
_ No digá pavadas. Dejá esos cacharros _ la joven estaba puliendo unos jarrones de plata _ y comé. Esta carbonada está pa´chuparse los dedos _ La tomó de un brazo y la sentó frente al plato humeante.
Felipa comenzó a comer con desgano. Apenas podía tragar los trozos de papa y zapallo.
_ Estás hecha piel y güesos. Te voy a preparar un caldo de gallina que segurito te va abrir el buche _ le dijo con afecto.
_ Gracias Abe, eres muy buena conmigo _ y comenzó a llorar.
_ No llorés, mi niña bonita. Vas a ver como ese sinvergüenza vuelve prontito y te juro que cuando lo vea le retuerzo el cogote _ explotó describiendo con las manos la amenaza.
Felipa, sin ganas, rió.
_ Así me gusta, basta de llorar y comé que se te enfría la carbonada.

El viaje de regreso fue engorroso. Los peones ubicaron a doña Rosaura la ubicaron en una carreta para que pudiera viajar cómoda. Un colchón de plumas intentó vanamente disimular el continuo traqueteo que martirizaba el cuerpo débil de la mujer. Su rostro macilento y las quejas que silenciaba, eran el testimonio de la incomodidad cruenta que resistía con valor. A su lado, Felipa y Rosario, la asistían con esmero. Una, le hacía viento con un abanico y la otra, le colocaba paños fríos en la frente.
_ ¿Qué te sucede Rosario? Hace unos días que te noto apagada. Ademas, esas ojeras..._ las amigas estaban frente a frente a ambos costados de la enferma. Felipa extendió el brazo y le acarició el rostro demacrado.
_ Nada, sencillamente que estoy muy cansada, Felipa. Lo de mamá me deprime y encima Felicitas que no está. Menos mal que te tengo a ti _ y con cariño le sujetó la mano que acariciaba sus mejillas.
_ Comprendo que estés angustiada por tu madre, pero hay algo más, no me engañas Rori _ Felipa intuía que el matrimonio de Rosario se desbarrancaba. En varias oportunidades durante ese verano había sido testigo de la brusquedad e indiferencia con que la trataba Rubén. Una noche lo vio salir a hurtadillas y dirigirse hacia el establo. Al rato, lo escuchó alejarse al galope. "¿A dónde irá a estas horas?", se preguntó con inquietud. La respuesta la tuvo a la mañana siguiente cuando por casualidad escuchó una conversación del esclavo personal de Rubén con una de las negras encargadas de la cocina. Estaban muy juntos. El negro la apoyaba por detrás y ella reía mientras él le tocaba los pechos debajo de la blusa.
" ¿Te calienta?", le decía al oído. La respiración de la negra se aceleró. "Así el amo Rubén calienta a su amante antes de penetrarla"
"Negro mentiroso, ¿como sabés eso?" Felipa los interrumpió asqueada. La pareja se separó al instante intimidados por la aparición inesperada de Felipa.
"No miento, me lo dijo el amo", la enfrentó con altanería mientras trataba de esconder la erección.
_ No me engañas Rori _ insistió Pipa recordando aquel momento embarazoso _ Sé que Rubén es un hijo de puta contigo, no me lo ocultes más. ¿Acaso no confías en mí? _ hablaba en voz baja. No quería despertar a doña Rosaura. Ella debía mantenerse al margen de la nefasta situación, al menos hasta su total recuperación.
Rosario se mantuvo callada, las lágrimas pugnaban por derramarse hasta que finalmente la contención se quebró y comenzó a llorar quedamente para no perturbar a su madre.
_ Es verdad Pipa, Rubén me maltrata. Nunca me quiso y yo fui una necia que no aceptó los consejos de los que realmente me quieren. Perdón, perdón _ se desarmó.
_ Hablaré con Felicitas. Juntas lo solucionaremos, ya verás. ¡Ese malnacido la pagará! Pero ahora debes serenarte. Primero es necesario encontrar el remedio para sanar a tu madre. Esta noche iré a ver a mi abuela, ella sabrá que hacer, no tengo dudas.
_ Rubén está en la estancia de Dolores supervisando la cosecha de trigo, de modo que esto es un alivio para mí _ suspiró Rosario secándose las lágrimas.
_ Sí, un verdadero alivio. Prométeme que si ese cerdo llegara a violentarse me lo dirás sin pérdida de tiempo. Lautaro nos ayudará, él no permitirá que te golpeé.
_ No, Pipa, no. A Lauti nada de esto. No debe enterarse. Rubén lo mataría. Por favor, no se lo cuentes _ le imploró desesperada.
_ Cálmate Rori, no se lo diré aunque no estoy de acuerdo. Y ahora trata de dormir un poco. Necesitamos estar fuertes para tu madre y a Rubén...¡ojalá lo parta un rayo! _ Rosario sonrió con tristeza anhelando que el deseo de Felipa se hiciera realidad.


Arribaron a la casa de la ciudad poco después del mediodía. Trasladaron a doña Rosaura a su habitación con sumo cuidado. Ella apenas se quejó. Una vez bien arropada en su cama y luego de tomar un caldo de verduras que toleró bien, durmió hasta bien entrada la tarde.
Rosario picoteó algo del guiso de liebre que se esmeró en cocinar Abelarda. Don Ildefonso estaba de buen humor. Algo inusual en él. Luego de almorzar se encerró en la biblioteca con el pretexto de estudiar algunas escrituras. Felipa comió en el dormitorio de doña Rosaura. Estaba inapetente pero se forzó a comer, debía tener energía para cuidar de Rosaura y Rosario.
La puerta se abrió y Felipa pegó un respingo.
_ No te asustes, soy yo _ al ver a Felicitas casi se desmaya del alivio. Por un segundo pensó que era don Ildefonso.
_ ¡Felicitas!, ¡que alegría verte! _ dejó el plato de guiso sobre la cómoda y fue a su encuentro. Se abrazaron.
_ ¡Ey! Te alegras como si no me hubieras visto por años, ¿pasó algo en mi breve ausencia? _ remarcó con ironía.
_ Nada, nada, sólo que estoy muy preocupada por tu mamá. El médico que la atendió en el Retiro es un inepto, no logro que mejorara. Siento decir esto, pero la veo peor.
_ No me asustes Pipa. ¿Qué podemos hacer? _ Felicitas se sentó en la cama junto a su madre y la besó en la frente. Rosaura continuó durmiendo _ Al menos no tiene fiebre _ expresó con sosiego.
_ Durante todo el viaje Rosario la refrescó con paños húmedos. La mezcla de agua y vinagre resultó maravillosa para bajarle la fiebre y cuando llegamos le preparé una infusión de canela y miel que ayudó también.
_ Y hablando de Rosario, ¿dónde se metió? Pensé que la encontraría aquí _ se sorprendió Felicitas.
_ Estará descansando. Felicitas, debo contarte algo sobre Rori y Rubén _ al decir esto Felipa bajó aún más la voz.
_ ¡Uy Dios!, ¿que más sucedió? ¿Es que no puedo ausentarme que se cae el cielo cuando lo hago? _ explotó contrariada, ella también tenía problemas.
_ Baja la voz, no quiero que se despierte tu madre. Rubén le pega a Rosario. Debemos detenerlo.
_ ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Te lo contó ella? _ Felicitas comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación restregándose las manos.
_ Ella me dijo que la maltrata pero yo le vi varios moretones en el brazo. Rosario los oculta usando mantillas a pesar del calor. ¿Cómo lo detenemos Felicitas? _ Felipa perseguía a su amiga en su descontrolado caminar.
_ Matándolo _ aseveró con determinación.
_ Pero ¿que dices? Estas loca.
_ ¿Loca? La loca soy yo y ese hijo de puta, ¿qué es entonces? Le pega a mi hermana, a mi hermanita que es un ángel. ¡Maldito bastardo! Yo misma lo voy a matar, alimaña rastrera.
_ ¿Felicitas? ¿Has vuelto? _ la voz frágil de Rosaura detuvo el peligroso diálogo.
_ Sí mamita, acá estoy. ¿Cómo te sientes? _ Felicitas hizo su mayor esfuerzo por calmarse y con una sonrisa luminosa se acercó a su madre.
_ Te noto nerviosa, ¿por qué? _ se inquietó.
_ No estoy nerviosa, un poco angustiada, sólo eso.
_ ¿Por mí?
_ No mamita, por Darío. El médico que consultamos no nos dio esperanza de cura _ Felicitas y Darío dos días antes habían regresado a la ciudad desde el Retiro para entrevistarse con el doctor Miguel O´Gorman recién llegado al país. En París había investigado sobre las causas que provocaban las crisis de Darío pero sin llegar a resultados contundentes. La droga que descubrió estaba en su fase experimental y se negaba a usar a Darío como conejillo de indias. Una desilusión más.
_ No pierdas la esperanza, querida  _ balbuceó. ¿Por qué se sentía tan débil? Sus hijas la necesitaban y ella así...
_ Claro que no. Soy una guerrera como tú, mamita _ Felicitas apoyó la cabeza en el pecho de su madre. Escuchar los latidos de su corazón la confortaron.

Cuando constataron que todos dormían, especialmente Ildefonso, salieron con sigilo de la casa. La luz de la luna llena guió sus pasos hasta las caballerizas. Allí montaron en tres pingos briosos. Llegaron al camino principal y de ahí a galope tendido se dirigieron hasta el barrio de El Tambor. Filomena las esperaba. Las tres jinetes desmontaron y entraron con rapidez a la choza.
_ ¿Alguien las vio? _ preguntó con avidez la vieja.
_ Nadie, abuela. Todos dormían _ Felipa la abrazo y besó.
_ Felicitas, Rosario, ¡tanto tiempo sin verlas! _ las jóvenes se adelantaron y también ellas besaron a la negra.
_ Doña Filomena, ¿podrá curar a mi mamá? El médico la desahució _ comenzó Felicitas mientras Rosario lloraba.
_ Claro que sí, a doña Rosaura la están envenenando de a poco _ contestó categórica.
_ ¿Qué dice abuela? ¿Envenenando? _ Felipa estaba alelada. Felicitas y Rosario la miraban con ojos desorbitados. Todas se desplomaron sobre unas sillas desvencijadas.
_ ¿Qu...quién la está en..envenenando? _ tartamudeó Felicitas.
_ Tu tío, don Ildefonso.
_ ¿Cómo lo sabe abuela?
_ Primero se toman este té de tilo que las va a tranquilizar. Es necesario que conversemos con calma _ inmediatamente les sirvió una taza a cada una que lo bebieron en silencio, reflexionando. Hasta Felicitas, siempre arrebatada, no opuso resistencia a la orden de Filomena.
_ Ya nos terminamos la infusión. Ahora díganos como sabe que a mi madre la está envenenando el tío Ildefonso. ¡Es su hermano, por Dios santo! _ explotó Felicitas.
_ ¡Es un monstruo!... como su hijo _ completó la frase Rosario. Todas las miradas se centraron en ella.
_ Me lo dijeron las cartas y las cartas nunca se equivocan _ y las jóvenes le creyeron.
"Cómo no creerle si gracias a ella Darío sigue vivo", pensó agradecida Felicitas.
"Cómo no creerle si siempre me protegió, primero de los Torres y después de don Ildefonso", pensó con amor  Felipa.
"Cómo no creerle si ella me advirtió que Rubén nunca me amaría y que su violencia sería la condena por mi necedad", pensó abatida Rosario.
La vieja desapareció tras una cortina de algodón raída y regresó con un mazo de cartas. Se sentó a la mesa junto a ellas y comenzó a barajarlas. Mientras lo hacía comenzó a narrar una leyenda. Las jóvenes no apartaban la vista de los collares de cuentas amarillas y las pulseras de bronce que lucía la negra. Felipa era la primera vez que veía a su abuela con esos adornos.
_ Vagaba el hombre por los dominios de Mukuru, el dios creador, ignorante de su origen divino hasta que se encuentra con un orisha, un espíritu de bondá, que le regala el conocimiento. Tonce debe enfrentarse al placer, al poder y a las falsas creencias. Si elige el buen camino, su espíritu va a podé descubrí los secretos del alma y de esa manera, renacer.
Nosotras hoy, nos ponemos tus manos Oshun, generosa diosa de los ríos, diosa de la Vida, y te suplicamo´ por la vida de doña Rosaura, que tu poder destruya al que le quiere hacer el mal _ luego de la súplica continuó _ Felicitas, por ser la hija mayor, cortá en dos el mazo. Pensá en tu madre.
La muchacha así lo hizo.  Doña Filomena volvió a mezclar y luego le dijo que eligiera tres. Sin darlas vuelta, las colocó sobre el mantel rojo.
Cuatro cabezas se inclinaron sobre la mesa redonda iluminada por la magia, atentas todas a la respuesta de Oshun.
Doña Filomena las fue dando vuelta una por una.
_ Babalorixá es el hombre virtuoso, pero invertido representa el egoísmo. Es el hombre que corre detrás de sus propios intereses. Hasta es capaz de matar pa´ conseguirlos.
Oxalá es el Padre sabio, representa la protección divina.
Y por último Oya, la diosa del coraje, la guerrera.
_ ¿Qué significan esas cartas doña Filo? _ quiso saber Rosario.
_ Cosas güenas y cosas malas _ fue su escueta respuesta.
_ Por favor abuelita, no nos dejes en ascuas, díganos su interpretación _ le pidió angustiada Felipa.
_ Ahora, más que nunca, estoy segura que don Ildefonso quiere matar a la madre de ustedes. Las mismas cartas me salieron a mí anoche. Y no es casualidá, los orishas han hablado.
Babalorixá es el hombre egoísta capaz de matar para conseguir su propósito. Don Ildefonso necesita algo de doña Rosaura y solamente de muerta se hará realidá.
Pero doña Rosaura es Oya, una guerrera de espíritu juerte difícil de matar. Ella va a vencer, lo dice la tercer carta, Omulo. Omulo predice el fin de la enfermedá, la victoria.
_ ¿Por qué mi tío quiere matar a nuestra madre? _ preguntó irritada Felicitas.
_ Sacá otra carta _ la joven obedeció con prontitud _ Ajá, Xango. Xango, es la justicia, está relacionado con papeles...documentos de propiedades, ¿puede ser?
_ Sí, sí. Mamá firmó una sociedad con mi tío para la compra de unos campos pero resultó que estaban ocupados por una población indígena. Mi tío entonces, como es amigo de don Juan Manuel de Rosas, le pidió ayuda para expulsarlos. El coronel Rosas tiene un regimiento, "Los Colorados de Monte". Nuestra madre, al enterarse, se opuso. Ella está en contra del derramamiento de sangre. El tío se puso como una fiera pero ella mantuvo su posición _ les contó Felicitas. Su madre no tenía secretos con ella.
_ Así que la única forma que el tío pudiera hacerse con esas tierras sería sacando del medio a mamá y eso sería matándola _ concluyó Rosario.
_ ¿Los Colorados del Monte? En ese regimiento se incorporó Alejo para luchar contra las fuerzas de Estanislao López. ¿Él está al tanto de los deseos de su padre? _ se alarmó Felipa.
_ No lo creo, Alejo tiene una sola cosa en su cabeza hueca...tú, Felipa. El que sí debe saber es Rubén _ sentenció Felicitas.
_ Últimamente lo pesqué muchas veces conversando en voz baja con su padre y cuando yo aparecía cambiaban inmediatamente de tema _ Rosario estaba desconcertada aunque sabía que Rubén era capaz de todo por dinero. Hasta casarse con ella sin amarla para después tratarla peor que a un perro sarnoso.
_ Doña Filomena, usted dijo que mi tío está envenenando a nuestra madre. ¿Sabe cuál es el veneno? _ la apuró Felicitas.
_ Por los síntomas que me describió la Felipa hace unos días, creo que le está dando arsénico. Seguramente lo está poniendo en el agua destinada a doña Rosaura o quizás en sus comidas. No lo dejen solo con ella y no permitan que le de de beber o comer. Vigilen sus movimientos _ les encomendó la vieja.
_ Ahora les voy a dar un menjunje para quitar del estómago el maldito veneno. Va a vomitar hasta las entrañas, pero eso la va a salvar _ agregó doña Filomena y acto seguido volvió a desaparecer en el cuarto de atrás.
Las jóvenes se miraron anonadadas. Lo que estaba sucediendo superaba cualquier novela de intriga de los folletines literarios que leían a escondidas cuando eran niñas.
Doña Filomena apareció esta vez con una paloma. Sin dudarlo, le retorció el cogote y con un cuchillo la abrió en dos. Segundos después le arrancó el corazón y lo depositó en un mortero de piedra. La sangre la juntó en un frasco. Luego cortó en trozos pequeños el corazón, agregó semillas de girasol y pétalos de geranio, la flor preferida de Oshun. Trituró todos los ingredientes y le agregó una cuchara de miel. Colocó la misteriosa mezcla en un recipiente de gres y lo tapó con un lienzo.
Las amigas observaban en silencio, hechizadas por los movimientos certeros de la negra.
_ Esto se lo van a dar a doña Rosaura ni bien regresen. Queda poco tiempo, debemos apurarnos. Como les dije, primero va a vomitar hasta las tripas. No se asusten, tiene que limpiarse. Cuando pasen las arcadas debe tomar mucha agua. Tiene que mear mucho, también pa´ limpiarse. Mañana por la noche va a estar como nueva. Confíen, la voluntad de Oshun es que su madre viva.
Y antes de que se vayan quiero que cada una saque una carta del maso.
Felicitas fue la primera.
_ Yemayá, la diosa de la fertilidad. Esta carta anuncia un embarazo _ Felicitas no se sorprendió. Una semana atrás confirmó sus sospechas, esperaba un hijo de Darío.
_ Esto es increíble, las cartas dicen la verdad! _ exclamó convencida. Felipa y Rosario la abrazaron felices.
La negra se quitó una de las pulseras de bronce y se la puso a la joven.
_ El bronce es el metal de Oshun, ella te protegerá a ti y al crío. Es un amuleto poderoso, no te desprendas de él.
Rosario fue la siguiente. Eligió la carta con temor.
_ Oba, espíritu de la fidelidá. Cerca tuyo hay un hombre que te quiere con sinceridá. Va a arriesgar su vida por vo´ pero todo va a salir bien, no tengás miedo.
"Es Lautaro, lo sé", cantó el corazón de Rosario.
Felipa pensó en Alejo y señaló la carta.
_ La tierra. Esta carta anuncia un viaje que puede ser peligroso, un distanciamiento.
_ Abuela, ¿qué significa eso? ¿Voy a perder a Alejo? _ se desesperó.
_ No lo sé querida, no lo sé. Pero te prometo que voy a rezar por vo´a Oshun pa´que los proteja de todo mal.
Felipa abrazó llorando a su abuela. Sus pensamientos volaron hacia Alejo. "¿Dónde estás amor? ¿Te volveré a ver?"
Cuando las jóvenes partieron, doña Filomena cavó un pozo en la huerta, entre el tomillo y la menta. Allí enterró a la paloma. Regó la tumba con la sangre mientras desgranaba una oración a los oshibas, a los espíritus que todo lo ven y todo lo saben.
"Doña Rosaura pronto va a estar bien, sin embargo el diablo está llamando a don Ildefonso", tarareó mientras su contoneaba al ritmo de una melodía imaginaria.