sábado, 28 de octubre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.40

"¡Dios mio!, que solos se quedan los muertos".  Gustavo Adolfo Bécquer


Imanol se sirvió un brandy. Se paró pensativo frente a la estantería donde colocaba sus libros preferidos, libros que idolatraba, y luego de meditar, tomó  uno de tapas de cuero oscuro. Abrió el ejemplar con reverencia y con suma delicadeza hojeó sus páginas escritas en latín  buscando la pócima que le salvaría la vida.
_ ¡Aquí está! _ exclamó ufano.
Depositó el libro sobre la mesa y con el dedo índice fue recorriendo las indicaciones. Sentía el fuego del brandy en sus visceras y el fuego de lo sobrenatural corriendo por sus venas.
"El Picatrix", nombre del grimorio que en ese momento consultaba, fue el obsequio de uno de sus profesores cuando estudiaba medicina en la Universidad de Montpellier : Michel de Nostradame, conocido entre los alumnos como Nostradamus. Este era un hombre de profundos conocimientos que adquirió en sus frecuentes viajes por Europa y Oriente. Allí intercambió información con  doctores, alquimistas, cabalistas y místicos. Su sapiencia como apotecario le fue de utilidad para crear la «píldora rosa», la solución para la peste.
Y fue la "peste" que detonó en Imanol el deseo de ser médico.
Contaba con siete años cuando el mal irrumpió en Barcelona. Si bien él vivía a varios kilómetros de esa ciudad, allí residían sus tíos y Hernando, su primo adorado. A pesar de ser cinco años mayor que él acostumbraban a compartir juegos y travesuras.
Imanol admiraba el arrojo de Hernando, como aquel verano en Nájera cuando se escaparon durante la noche para incendiar la choza del gandul que había torturado y asesinado a "Gris", el gato que juntos habían rescatado del estanque evitando que se ahogara. Hernando lo bautizó Gris y desde entonces fueron inseparables hasta que una mañana, mientras paseaban por el pueblo, un grupo de niños los rodearon y comenzaron a burlarse de ellos. Envidiaban a Imanol por ser el hijo del Duque y vivir en la abundancia.
Envalentonados por ser mayoría, los ataron a un árbol y a Gris lo encerraron en un pequeño tonel al que golpearon violentamente con palos. Cuando el tonel se partió, el gatito comenzó a maullar con fuerza y a temblar de miedo, con la cola hinchada y los pelos como púas de erizo. Entonces torturaron a Gris hasta matarlo. Los salvajes reían como desaforados; Imanol y Hernando, lloraban.
"Nos vengaremos, te lo juro Imanol". Y esa noche lo hicieron, vieron al jefe de la banda calcinarse vivo. El maldito aullaba de dolor y espanto; Imanol y Hernando, reían victoriosos.
¡Cuánto lloró Imanol al enterarse que su primo había contraído la peste! Los médicos nada pudieron hacer por él ni por sus tíos. Todos murieron. Ese fue el hito que determinó su vocación y fue lo que lo acercó a Nostradamus. Compartía con su maestro el afán por develar los misterios del cuerpo humano y la conexión del hombre con lo sobrenatural, con las ciencias ocultas.
_ La fuerza zodiacal ayuda a dominar con precisión la naturaleza humana y todo lo que la rodea _ le confió su maestro una tarde en la biblioteca mientras depositaba en sus manos el valioso grimorio medieval.
Imanol admiraba a Nostradamus. Su palabra era "palabra santa" y que se acercara a él para ofrecerle tan preciado y singular regalo, un honor.
_ Mira, en El Picatrix está contenido el secreto de la vida. Sólo una mente privilegiada puede penetrar y comprender este misterio. Por eso te he elegido Imanol. El autor de esta joya, escrita en el siglo X, fue Abu-Maslama, un renombrado astrónomo y alquimista de Al-Andaluz. Guarda este manuscrito con celo, si lo utilizas con sabiduría será tu guía cuando te encuentres en una encrucijada.
"Y ahora me encuentro en una terrible encrucijada", pensó llenándo nuevamente su copa con brandy.
El tiempo apremiaba, sin embargo a Imanol parecía no preocuparle. Se paseó por los distintos anaqueles que colgaban de las paredes buscando los ingredientes para realizar la fórmula.
_ Extracto de belladona, tarántula disecada, gusanos, polvo de sapo venenoso y hueso humano triturado. ¡Perfecto! _ aplaudió entusiasmado al comprobar que tenía todo lo necesario.
Mezcló los componentes en un recipiente de cristal.
Sentado a la mesa, fijó su mirada en la pócima. Elevó una plegaria a su amado Jean, el amante que nunca lo decepcionó, bebió de un trago el resto del brandy que quedaba en la copa y con una gasa embadurnó su rostro con el polvo obtenido.
Cada una de las partículas de la fórmula entró en el riego sanguíneo a través de la epidermis llegando al corazón que en segundos se detuvo.

Rafael cabalgó con la velocidad del rayo. Estaba enfebrecido, ciego de cólera. Miles de recuerdos se atropellaban en su memoria.
El día después de la batalla de Caseros, el día en que conoció a Joaquín, el hombre que lo auxilió en su hora más oscura. Sin su ayuda no hubiera podido seguir adelante, él fue esencial para encauzar su vida. El afecto de Joaquín y de la negra Candelaria, le dieron fuerzas en la búsqueda de su identidad perdida. Sonrió al pensar en la cocinera, siempre dispuesta a consentirlo y a animarlo. Y luego la aparición de Imanol y Amalia, los primos aristocráticos de Joaquín.
"¡Maldita sea la hora en que los conocí!", masculló rabioso."Endiablado hipócrita, tu solícita ayuda para que recuperara la memoria no fue más que una sucia maniobra para destruir mi vida y de las personas que amo. Sabiendo la verdad sobre mi, tú y Amelia, tu obsesiva hermana, jugaron conmigo. ¡Que imbécil fui! Pero, ¿con qué objeto? ¿Para apartar a Lourdes de mi lado? ¿Para alejarme de mi familia? ¿Qué pretendían? ¿Qué amara a Amelia y tú quedarte con Lourdes?".
Recordó las palabras de Candelaria : La muy zorra de Amelia me ordenó poner unos yuyos raros en tus comidas. Como me dio mala espina se los llevé a mi comadre que es curandera y ella me dijo que se usan para hacer el mal, no para curar...
"¡No para curar!", repitió iracundo, "Y el cuento de la hipnosis...menos mal que don Lorenzo impidió que se llevara a cabo la sesión. ¿Qué pretendía Imanol sometiéndome a la hipnosis? Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que el muy hijo de puta quiere destruírme y para lograrlo raptó a mi hijo. ¡Como has sido capaz Imanol! ¡Maldigo el momento en que confié en ti!".
_ Rafael, creo que ese es el lugar _ la voz de Esteban interrumpió sus pensamientos.
Desmontaron velozmente y secundados por varios vigilantes derribaron la pesada puerta de la vieja casona.
El ruido atrajo la atención de algunos curiosos que a esa temprana hora se disponían a comenzar con sus labores.
El aguatero y el lechero detuvieron sus carretas no muy lejos del lugar, atentos a lo que sucedía. Un grupo de negras achuradoras que carneaban reses en un matadero cercano se arremolinaron detrás de las carretas, expectantes.
_ ¡Imanol!, hijo de puta, ¿dónde estás? _ gritó fuera de sí Rafael ni bien puso un pie en el laboratorio iluminado por dos candiles.
_ ¡Imanol! _ insistió y en ese instante lo vio tirado en el piso, los ojos abiertos, mirando sin ver y la boca torcida en un rictus macabro.
Esteban se arrodilló junto al cuerpo. Lo palpó buscando los latidos del corazón. Nada.
_ Está muerto _ le confirmó. _ ¿Y eso? _ preguntó al notar que Rafael olía el contenido de un recipiente de cristal. _ Tenga cuidado, seguramente es el veneno que lo mató _ y con cuidado le arrebató el recipiente.
_ Jefe, ¿qué hacemos con la chusma? Cada vez son má, pué _ se quejó uno de los vigilantes alarmado por la multitud que crecía en la calle frente al laboratorio.
_ ¡Carajo!, malditos entrometidos. Ya sé, diles que encontramos un muerto por la viruela. Le van a faltar "patas para salir rajando".
_ ¿De en serio, Jefe? _ el hombre se puso pálido de repente.
_ ¡Pero no, Toribio! Es una mentira para que se hagan humo _ se impacientó Esteban. 
_ Mire que es ladino, Jefe. Flor de jabón se van a llevar _ y riéndose fue a cumplir la orden.
_ Mi personal es buena gente, pero falto de entendederas _  le aclaró a Rafael aunque el joven no había prestado atención a la intromisión del vigilante, estaba concentrado en descifrar la muerte de Imanol.
"¿Se habrá suicidado por miedo al castigo de la ley, por remordimientos o por temor a mi venganza? Imanol, me robaste el placer de terminar con tu miserable vida. Por lo menos tengo la tremenda satisfacción de saber que ya no harás más daño, ¡lacra del infierno!", reflexionó sin quitar la mirada del cadáver.
_ Mire Rafael... aquí, debajo de este libro, parece una carta...sí, es una carta y está dirigida a usted _ se extrañó Esteban.
Rafael tomó el papel de un blanco inmaculado que le alcanzaba perplejo el Jefe de Policía.
Atónito, comenzó a leer en voz alta:
"Rafael, amor mio:
                           ¡Cuánto daría por ver la expresión de tu rostro al conocer mis sentimientos hacia ti! Probablemente estarás desconcertado y seguramente sentirás asco. Sin embargo, creo firmemente que si me hubieras permitido intimar contigo, lo hubieras disfrutado.
Mi corazón se detuvo cuando te vi por primera vez. Nunca imaginé poder conocer en estás tierras abandonadas de las manos de Dios a un hombre como tú: valiente, honesto, temperamental, sin máscaras...Precisamente tu fiera autenticidad fue lo que me enamoró, tus reacciones preñadas de violencia me encendían de una manera desgarradora. Cuánto más me rechazabas, más te deseaba.
Amelia también te amaba, pobre tonta. Sé que nunca le darías tu amor a una mujer tan insulsa y pusilánime como ella. La usé como pantalla para conseguir mi propósito: tú. Lamentablemente apareció Lourdes y arruinó mi estrategia. Primero pensé en matarla, soy un gran experto en venenos; supongo que a estas alturas de los acontecimientos ya te habrás dado cuenta, más tarde lo desestimé. Me propuse ganarte, era más excitante enfrentarme a ella por tu amor. "Ser el caballero que en una justa obtiene el favor de su amado" bonita imagen, ¿no te parece?.
Lamentablemente en esta lucha interfirió una tercer contrincante, Amelia, así que cuando se puso demasiado pesada tuve que sacarla del juego.
Te preguntarás por qué incluí en esta charada a Miguelito. ¡Por despecho!
A pesar de mi empeño por cuidarte, por protegerte, me rechazaste, me despreciaste. Y eso, Rafael, no lo perdono. Así que decidí responder a tu humillación por donde más te duele, a ti y a esa perra de Lourdes. Pero, tranquilo, no le hice ningún daño, aunque mi intención era otra. El bribonzuelo se me escapó, cómo lo hizo, no lo sé. Lo cierto es que fue más astuto que yo. 
Ya estaré muerto cuando leas esta carta. No me arepiento de nada porque todo lo hice para ganar tu amor y si no lo tengo, ¿para qué vivir? Espero verte en la otra vida si es que existe. Tuyo, Imanol".
Rafael estrujó el papel en su puño, para luego arrojarlo sobre el rostro contraído de Imanol.
_ ¡Despreciable pervertido! _ lo insultó con saña.
_ Vamos, Rafael, ya no tenemos nada que hacer en este lugar. Mis muchachos se encargarán del cuerpo, ¡vamos! _ juntos caminaron hacia la puerta; antes, recogió la carta y la acercó a la llama de una vela.
_ ¡Toribio!, ¡Celestino!, encárguense del fiambre. Yo le avisaré al oficial Saturnino del hallazgo. Más tarde se reunirá con ustedes _ rugió Esteban. Los hombres sepultarían a Imanol en las afueras del cementerio ubicado en la iglesia de San Ignacio. La Iglesia Católica rechazaba al suicida y se le negaba la sepultura en el Campo Santo. El alma del suicida estaba condenada al fuego eterno.
"Me gustaría estar en la Edad Media y ver tu cadáver  arrastrado por las calles boca abajo con una estaca atravesando tu corazón y una piedra en la cabeza inmovilizando tu cuerpo para impedir que tu oscura alma regresara a dañar a tantos inocentes", pensó consternado Rafael.
_ Regresemos a su casa Rafael. Deben estar esperando noticias nuestras. Debemos llevarles tranquilidad, sobre todo a Lourdes _ lo animó Esteban.
_ Es verdad don Esteban, la pesadilla ha terminado _ respondió meditabundo.

Toribio, Celestino y tres vigilantes más, depositaron el cadáver de Imanol en una carreta tirada por dos bueyes y enfilaron hacia la iglesia de San Ignacio. No les gustaba nada la misión encomendada, los muertos los aterrorizaban, especialmente ése que para ellos era el mismísimo demonio.
_¡Malaya sea nuestra suerte! _ despotricó Celestino, un joven rollizo y de baja estatura, sumamente supersticioso.
_ No veo la hora de sacarnos de encima este fiambre. Espero que el padrecito nos permita enterrarlo enseguida. Me pone los pelos de punta tenerlo tan cerca _ retrucó Toribio, hombre de mediana edad, vizco y parlanchín. El cadáver iba detrás de ellos en la carreta envuelto en una manta._ Se rumoriaba por el pueblo que el finao tenía tratos con Belzebú.
_ ¿Por qué decían eso? _ Celestino comenzó a sudar.
_ Acaso no sabés que se robaba a los gurises pa´destriparlos y sacarles tuita la sangre _ intervino otro de los vigilantes que iba a caballo a un lado de la carreta.
_ No, ¿pa´qué? _ Celestino además de sudar, empezó a temblar. La situación empeoraba y él lo único que quería era estar seguro en su rancho, con la puerta trancada y las ventanas bien cerradas.
_ Mirá si serás atrasao, pa´que va ser. Pa´ alimentar a Mandinga. La bebida preferida del diablo es la sangre humana y si es de inocentes, mejor _ lo ilustró Toribio.
_ El Búho recibía a cambio la inmortalidá y sabiduría _ completó un cuarto vigilante.
_ Pero si está más frío que un pedazo de yelo _ Celestino miró rápidamente hacia atrás para corroborar su afirmación.
_ Los que saben dicen que a media noche se va a levantar de entre los muertos y tonce...
_ ¡Callate Toribio! No seas bolacero, no ves que estás asustando al pobre muchacho. No le hagás  caso Celes, te está cargando _ trató de poner serenidad el más centrado de los vigilantes.
_ ¿Bolacero?, ¡yo no soy ningún bolacero! _ se ofendió Toribio.
_ Miren, el cura está esperándonos. Enterremos pronto al Búho y vayámonos pa´las casas de una buena vez _ les rogó Celestino que estaba al borde de un ataque de pánico.
El párroco estaba de mal humor. ¿Cómo se le había ocurrido al Jefe de Policía enviar a semejante delincuente y encima suicida, a su iglesia? ¡Inaudito!
_ De ninguna manera, no voy a permitir que entierren a ese engendro del demonio en estas tierras _ se empecinó.
_ Lo siento padrecito pero nosotros sólo recibimos órdenes de nuestro Jefe, así que por favor corrase del camino _ el cura estaba parado frente al gran portón de rejas que permitía el acceso al cementerio.
_ Muy bien, si tienen que hacerlo, ¡háganlo!, pero no en suelo santo. ¡Es un suicida! Entiérrenlo fuera del Campo Santo, detrás de esos árboles _ enfadado les señaló un pequeño bosque de abedules que se extendía detrás del cementerio _ Y les advierto, esperen al anochecer para hacerlo.
_ ¿Por qué? Si puede saberse _ se impacientó Toribio que deseaba desprenderse cuanto antes de ese maldito cadáver.
_ Porque no quiero que perturben la paz de los muertos que reposan en la santidad.
_ Lo que dice es una reverenda estupidez _ lo encaró Toribio harto de la displicencia del párroco.
_ ¡Lenguaraz! ¡Descarado! ¡Cómo te atreves a contradecirme! _ gritó indignado por la falta de respeto a su investidura.
_ Perdone a Toribio padrecito, es que estamos muy nerviosos, este muerto nos pone los nervios de punta.
_ Muy bien, los perdono, vayan con Dios y sigan mis indicaciones.
Una hora más tarde, el oficial Saturnino se unió a ellos en el bosquecito. Llegó con un cajón de madera ordinaria. Le echó una mirada al cadáver y se marchó.
_ Muchachos, yo no sé  ustedes, pero a mí me pica el bagre. Desde anoche que no como nada _ se quejó Celestino.
_ A vos ni el miedo te quita el hambre, ¿no? _ se rieron los demás.
_ Mi mujer me puso en la alforja queso y pan _ dijo uno.
_ Yo tengo charqui y unas manzanas _ a Celestino se le hacía agua la boca mientras sacaba de su bolsa las provisiones.
_ Yo colaboro con este vino patero _  Toribio mostró las dos botellas mirando con desconfianza hacia todos lados temiendo que apareciera algún oficial superior y lo reprendiera por tomar durante las horas de servicio.
Nadie puso reparos a la colaboración de Toribio, todo lo contrario, la aplaudieron. Es más, a medida que el tiempo transcurría fueron apareciendo petacas de ginebra y caña.
Cuando el sol se ocultó, todos estaban ebrios. A duras penas cavaron la fosa y pusieron el cuerpo dentro del cajón olvidando clavarlo. Tiraron unas pocas paladas de tierra sobre el cajón y se sentaron alrededor de la reciente tumba para descansar un momento antes de continuar. Mientras tanto seguían bebiendo.
_ Tenemos que apurarnos, no vaya a ser que nos agarre la hora del diablo _ empezó Toribio.
Celestino, que estaba empinando una botella de ginebra se atoró al escuchar a su compañero.
_ Toribio, no empecés de nuevo con tus cuentos, por favor te lo pido. Mirá que con el pedo que tengo me cago encima _ le suplicó el muchacho.
_ Un poco dispué de la medianoche empieza la hora de Mandinga. Los espíritus que prestan sirvicio al diablo cruzan al mundo de los vivos para buscar a quien atormentar y de ser posible llevarse almas para sus filas _ contó Toribio hipando de tanto en tanto sin prestar atención al ruego del miedoso.
Celestino se levantó como un resorte del pasto en donde estaba sentado y sin decir palabra montó un caballo y desapareció al galope.
Los otros, sin discutir, lo imitaron. Ninguno quería que los sorprendiera la "hora del diablo".
La tumba quedó a medio terminar.
Tiempo más tarde la tapa del cajón se abrió. Imanol, sin dificultad, salió de su tumba. Cerró nuevamente el cajón y lo tapó con tierra, concluyendo así la tarea de los vigilantes que huyeron despavoridos.
Enfundado en su capa lo engulló la oscuridad de la "hora del diablo".










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