sábado, 14 de mayo de 2016

ALAS PARA UNA ILUSION, Cap 11


"Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”. José Ortega y Gasset


Madrid, 1916
En una calle lejana, escondida, donde no llegaban los ruidos de los tranvías, ni turbaba su callado reposo la loca alegría de los buses cascabeleros en las tardes de toros, se levantaba el viejo y aristocrático caserón de los Gamazo.

Sentado detrás del escritorio; en la suntuosa biblioteca, oscurecida por vidrios opacos y pesadas cortinas de terciopelo morado; don Martín Gamazo reflexionaba sobre su futuro y el de su familia. Hombre de negocios, dueño de una fábrica textil, sufría su desastrosa situación financiera. Tenía los codos apoyados sobre un soberbio escritorio, las manos le cubrían el rostro taciturno; el cabello desordenado, la barba de varios días, el cenicero repleto de colillas de cigarrillos. A sus pies, sobre una costosa alfombra gris, un ejemplar del diario La Acción con noticias funestas.
“La guerra ha trastornado de tal manera la situación económica del país que hoy es imposible la vida. Muchas fábricas han cerrado, otras tienen a sus obreros a medio trabajo, hay fábricas que están haciendo un soberbio agosto y, sin embargo, éstas no han aumentado sus jornales, a pesar de saber sus dueños, que todo ha aumentado”.
Con movimientos lentos, abrió uno de los cajones. Sacó con determinación un revólver Smith & Wesson, giró el tambor... tres balas.
La mano le tembló cuando introdujo el arma en la boca. Gatilló una vez, nada. Otra vez...el disparo retumbó en el sombrío salón con la fuerza de un huracán.
Ana, estaba en el piso superior, cantando una nana a su hijo más pequeño, el mayor hacía rato que dormía plácidamente.
El lúgubre sonido la paralizó, dejó de acunar al pequeño y corrió escaleras abajo gritando el nombre de su marido.
_¡Martín!, ¡Martín, por Dios!¿qué ocurre?_ Ana Martinez Gamazo intuía lo peor.
Desesperada, intentó abrir la maciza puerta de roble. Imposible, estaba cerrada por dentro.
_ ¡Martín! ¡abre amor mío, abre! _ no obtuvo respuesta.
Detrás de ella ya estaban Jacinta, su fiel sirvienta y Pedro, el mayordomo, los únicos que continuaban al servicio de la familia. A los demás se los había despedido e indemnizado. Pedro y Jacinta se habían negado a abandonar a Ana y a los niños en el difícil trance por el que atravesaban.
_ Déjeme a mí señora, aquí tengo el manojo de todas las llaves de la casa.
Al entrar, un grito desgarró la estancia. Ana cayó de rodillas llorando amargamente ante el atroz espectáculo. Su marido, el amor de su vida, despedazado, cubierto de sangre.
_ ¿Por qué Dios mío?, ¿por qué?..._ un manto como la noche más negra, la cubrió y el  presente dejó de existir.
Un mes después del suicidio de su esposo, Ana decidió vender todas sus bienes, pagó  las deudas y con el resto del dinero partió hacia América junto a sus dos hijos, ajenos a la catástrofe.  
Jacinta la acompañó.
_ ¡Ni loca la dejo sola en un viaje tan peligroso!

_ Pero Jacinta, el barco es muy seguro, no temas...no se hundirá.
_ Me refiero a otro tipo de peligro, señora. Seguro habrá muchos hombres deseosos de engatusar a mujeres atractivas como usted...no,no,¡voy con usted!, seré su sombra.
_ Ay Jacinta, siempre tan exagerada _ rió por primera vez Ana después de tanto dolor

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