lunes, 18 de julio de 2016

ALAS PARA UNA ILUSION, Cap 27

"La desilusión es para un alma noble lo que el agua es para el metal caliente: lo fortalece, le da ánimos, lo intensifica, pero nunca lo destruye".  Eliza Tabor Stephenson


Dura le resultó a Lina la vida en el convento. Levantarse de madrugada, rezar y fregar...fregar y rezar.
No debía hablar con sus compañeras, sólo obedecer y asentir.
Tenía las rodillas enrojecidas de tanto restregar los extensos pasillos con agua helada y jabón; las manos, cuarteadas, rojas, ásperas y adoloridas.
Lina sufría en silencio, la oración era su consuelo, y el anhelo de volver a ver a Lupe y a Ana, su sostén. Ya habían pasado tres meses desde su ingreso al convento, restaban dos para el añorado reencuentro.
"Te extraño con el alma Lupe", lloraba por las noches, sin embargo, sabía que debía pasar por ese crisol de la soledad afectiva para alcanzar su meta...ser una Carmelita.
La hermana Milagros, la celadora de las novicias, era sumamente estricta. La sonrisa con que la recibió se borró con la goma de la intemperancia. Intransigente, avinagrada...así era la hermana Milagros; aquella que se había dado a conocer como amable y gentil, la trataba fríamente, con exigencia y hasta con humillaciones.
"Hermana Catalina, ¿a qué se deben esas lágrimas?. Mi trato rígido tiene un único fin: formarla en el carácter propio de la vida religiosa, probar su vocación, dejando de lado cualquier rastro de orgullo y vanidad", solía repetir en forma severa.
Así mismo, las pocas novicias como las demás religiosas, la marginaban por considerarla una niña mimada de la alta sociedad porteña, débil y caprichosa.
"Poco saben de mí, se dejan llevar por las apariencias, cuando conozcan mi verdadera historia me aceptarán", las justificaba.
Su inexperiencia en la horticultura y en la cocina, le valió intimidaciones descubriendo los desafíos de la vida en comunidad relacionados con la diferencia de temperamentos y carácter.
Lina, a pesar de la animadversión aguda de las religiosas, nunca se acobardó ni pensó en abandonar el convento, todo lo contrario, creció en ella el ímpetu por alcanzar su meta.
"Yo soy un alma minúscula, que sólo puede ofrecer pequeñeces a nuestro Señor", las palabras de Santa Teresita de Liseux la confortaban y animaban.
Amaba los momentos de sosiego que le brindaba el aislamiento en su celda. Devoró con pasíón "Llama de amor viva", de San Juan de la Cruz, canciones que bendicen y ensalzan la unión íntima del alma con Dios.
Se dormía repitiendo los dulces versos que la vigorizaban en medio de su dolor:
"¡Oh, llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres.
¡rompe la tela de este dulce encuentro!".
Muchas veces se preguntó, "¿es que aquí nadie ríe? Siempre creí que tener a Dios en el corazón se traducía en felicidad".
Angustiada, consultó esta inquietud en una de sus confesiones semanales. Al poco tiempo la mandó llamar la Priora.
_ Hermana Catalina, el padre Agustín me comentó su desazón._ la encaró con ojos perspicaces,
_ ¿A qué se refiere? No entiendo _ la desconfianza, como una serpiente se enroscó en su espíritu noble, "es que el cura le ha referido mi confesión, ¡pero si es secreto!", pensó perpleja.
_ Sé lo que está pensando, pero para mí no deben haber secretos puesto que soy la responsable de su formación en el seno de Nuestra Madre la Iglesia. La felicidad, hermana, no responde a los cánones del mundo exterior, aquí se llega ella a través de la renuncia, la devoción y el sacrificio. ¿Ha comprendido? Y a usted, aún le falta mucho por recorrer en este santo camino para alcanzarla y presenciarla. Puede retirarse.
Lina, cabizbaja y aturdida por el sermón, se dispuso a abandonar el despacho cuando la voz quejumbrosa de la Priora la retuvo.
_ La próxima vez que tenga una duda o planteamiento, consúltelo con la hermana Milagros. Ella está para escuchar y ayudar a las novicias.
"¡Justo la hermana Milagros! Urraca egoísta", inmediatamente se arrepintió. "Debo tener paciencia, seguramente me tratan con tanta rudeza para curar mis defectos que, sinceramente, son muchos", pensó contrita.
El invierno llegó trayendo un mensaje mortuorio. Una epidemia de gripe cayó en el convento. Todas las monjas enfermaron, salvo Lina, dos novicias y la Priora.
Lina procuró durante esas instancias mostrarse solícita con las hermanas postradas en cama. Les brindó su generosa atención, siempre con una sonrisa y tiernas palabras. La Priora Concepción se vio obligada a permitirle participar en la organización del convento, llevándose una agradable sorpresa; fue testigo del coraje y la fortaleza que demostró Lina en la adversidad, sobre todo cuando la joven tuvo que preparar el entierro de tres monjas que fallecieron a causa de la epidemia que las asoló.
La comunidad, que desde un principio la consideró de poco valor y altanera, comenzó a descubrirla bajo una luz diferente.


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