viernes, 19 de mayo de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.23

"Al principio sintió tristeza...Después experimentó inseguridad,
 y la inseguridad se convirtió en temor..." 
Spencer Jhonson

Rafael abandonó su casa con la mente confusa. Por momentos la amistad que le brindaban Imanol y Amelia lo confortaba, pero otros lo sofocaba. Por momentos lo ayudaban, y otros parecían querer someterlo. De algo estaba seguro, cada vez que conversaba con ellos, un sabor amargo y siniestro le recorría el cuerpo.
¿A que se debía? No podía explicarlo, pero lo inquietaba sobremanera.
Y ahora, la hipnosis. Una idea innovadora que Imanol deseaba aplicar en él para lograr su recuperación. ¿Qué hacer? Se sentía tentado en aceptar, pero...no, no confiaba en Imanol. Esa era la verdad y no estaba dispuesto a mostrarse vulnerable ante él, porque ese sería su estado durante la hipnosis. No lo haría.
Un carruaje de alquiler pasó delante suyo interrumpiendo sus cavilaciones. Corrió un pequeña distancia gritando al cochero cuando sus silbidos no surtieron efecto. Finalmente el hombre lo escuchó y se detuvo.
_ Al Departamento de Policía ubicado en la calle De la Merced _ especificó con la voz entrecortada por la inesperada carrera.
La monótona marcha sobre las calles empedradas lo distrajo de sus pensamientos anteriores enfocando su preocupación en el asesino de niños y en su entrevista con el Jefe de Policía.
Don Esteban Salguero. Poco sabía de él, sólo que hacía unos meses había llegado de Cochabamba instalándose en una casona sobre la calle de La Piedad, a pocas cuadras de la residencia de Lourdes. De ideas unitarias, durante la dictadura de Rosas huyó a Córdoba con su familia para salvar su vida, y de allí se exilió en Bolivia. Un amigo en común se refirió a él como un hombre sombrío y taciturno, que cargaba una culpa secreta desde su juventud. Su mujer murió al nacer el tercer hijo, quién también murió; y sus dos hijos mayores, ambos militares, decidieron permanecer en Bolivia.
Con aire reticente saludó al oficial que estaba apostado en la doble puerta del edificio de frente encalado.
En el hall principal, un uniformado le preguntó con amabilidad el motivo de su presencia. Al revelarle su nombre, el policía lo acompañó hasta la oficina de don Esteban Salguero.
_ Jefe, don Bautista Roldán del periódico "El Nacional" lo busca _ lo anunció haciéndolo pasar a una habitación pequeña e iluminada por dos lámparas de gas. Detrás de un escritorio repleto de carpetas, un hombre de pie, alto y delgado, lo observó con interés.
_ Adelante, adelante, por favor. Puede retirarse López _ Esteban Salgado, de porte gallardo, lucía vital, aunque sus ojos eran el espejo de una pena honda...profunda. Rafael calculó que rondaría los cincuenta.años._ Tome asiento. Faustino ya me adelantó el tema del reportaje, está muy interesado en que se capture al depravado que asesina niños.
_ Como todos los ciudadanos, don Salguero. El miedo corre como un reguero de pólvora por los barrios de Buenos Aires. Si bien hasta ahora ha secuestrado a niños esclavos y de las clases más humildes, toda mujer que es madre sin importar la clase social a la que pertenezca, vive con el corazón en la boca. Es imperativo que se lo descubra y arreste _ manifestó indignado.
_ Y en eso estamos abocados, amigo _ Esteban se atusó con parsimonia el bigote apenas encanecido.
_ Creo que deberían poner más ahínco en la búsqueda. Mientras nosotros conversamos, este loco puede estar tras su siguiente víctima, o quizá ya la ha capturado _ explotó Rafael ante la tranquilidad del Jefe de Policía.
_ No se exalte mi amigo, nosotros sabemos hacer nuestro trabajo. ¿Gusta un mate? No puedo ofrecerle algo más fuerte porque estoy en horario laboral _ Salguero caminó hacia la puerta con la intención de ordenar que algún cabo les cebara unos amargos, pero Rafael lo detuvo.
_ No quiero nada señor. Lo único que deseo es que el cuerpo policial se esfuerce para detener esta pesadilla. ¿Qué es lo que se sabe hasta ahora? _ "¡Este hombre es un inepto! Su desidia desencadenará en una tragedia mayor", pensó enfurecido.
_ Muy poco. No encontramos testigos, y si los hay, callarán por temor. Lamentablemente la gente no quiere enredarse en estos asuntos, más aún siendo niños de poca importancia,  pobres negros y escuálidos vagabundos. Si estamos enterados de lo sucedido es porque los dueños y patrones denunciaron la desaparición deseosos de recuperarlos cuanto antes. No lo hicieron preocupados por la suerte de los niños sino porque su ausencia les provocaba pérdidas económicas. Bautista, la práctica de valores, vital para la mejor convivencia social, parece ser parte del pasado. El respeto a la persona es un término prácticamente desconocido. La pérdida de valores morales termina en la insensibilidad, en la falta de respeto a la vida del otro, en la ausencia de honestidad y en la falta de justicia. Yo dejé este país en un momento de caos absoluto. Juan Manuel de Rosas, el Tirano sanguinario, persiguió a mi familia con saña por no defender su mismo pensamiento. El miedo, la violencia, la corrupción, la mentira, la hipocresía, eran moneda corriente. Aunque quizá no lo comprenda, mi sentido del honor me llevó al exilio para luchar desde allí por mi Patria y su salvación. Y ahora, que nuevamente estoy en mi país bregaré con todas mis fuerzas para imponer justicia y defender la vida y la libertad, los bienes más preciados que nos ha regalado Nuestro Señor. _ afirmó alzando la voz por primera vez.
_ Y si esos niños son de tan poca valía , ¿cómo es qué este suceso ha tomado estado público causando temor y preocupación? _ dijo obnubilado por la fuerte exposición de Salguero, declaración que echó por tierra todos los juicios que se había formado del hombre.
_ Muy simple, uno de mis cabos es el tío de uno de los niños desaparecidos. El pequeño trabajaba cargando bolsas en el puerto. Con esa changa ganaba unas monedas que llevaba a su madre viuda y a sus cinco hermanitos. Una noche no regresó. La madre desesperada recurrió a su cuñado que hizo la denuncia. Enterados sus compañeros, la noticia explotó divulgándose por todos los barrios periféricos de la capital.
Todos en este Departamento estamos empecinados en llegar al quid de esta cuestión siniestra. Y si ahora me permite, necesito tomar unos mates. Necesito calmarme, si me altero pierdo lucidez y en este momento me es imprescindible _ dejó la habitación unos minutos y regresó con una pava de aluminio y un mate de calabaza. Apoyó la pava sobre el escritorio, acercó una silla de cuero gastado a Rafael y comenzó a cebar.
_ Si no encontraron testigos, ¿cómo saben que es un hombre el que los secuestra?...y ¿con qué fin? _ Rafael saboreó el mate y un gusto a menta le inundó la boca.
_ En realidad, sí hay un testigo, pero su credibilidad está en duda _ suspiró fatigado.
_ ¿Qué quiere decir?
_ Su nombre es Chinga, es una  india vieja que vive en los portales de las iglesias. Los que la conocen cuentan que desde que su marido y su hijo murieron por los fusiles militares durante un malón en la zona de Azul, quedó mal de la cabeza. Abandonó a su pueblo y desde entonces recorre las calles porteñas entonando canciones fúnebres, potentes y emotivas. Ella contó que una noche le llamó la atención ver a un indio enorme caminando en dirección al río con un bulto sobre su fornida espalda. Repentinamente la manta que cubría el bulto se deslizó dejando a la vista la cabeza de un niño y la mitad de su rostro manchado de sangre. Espantada, se ocultó en las sombras y permaneció así, temblando hasta el amanecer. A la mañana siguiente, como todas las mañanas, se presentó en la parroquia de San Ignacio donde el cura le sirve un frugal desayuno. La india le contó lo sucedido al párroco y el párroco me lo contó a mi.
Es poco sustentable, pero es la única pista que tenemos. Que se propone este maníaco es un misterio. _ recibió el mate de Rafael y se cebó otro para él, caliente y amargo, así le gustaba el mate.
_ Algo es algo. Y, ¿cuáles son sus planes? Me gustaría participar, si usted me lo permite, claro.
_ Lo tendré en cuenta. En este mismo instante el oficial Saturnino Robles está al frente del cuerpo de Vigilantes a pie que recorren la zona de la parroquia de San Ignacio y sus aledaños. Por otra parte, el oficial Manuel Tejedor y un grupo de Vigiladores a caballo rastrillan la región ribereña. Si bien nuestra estructura es insuficiente, nuestro ánimo y las ansias de capturar a este monstruo compensa cualquier deficiencia _ expresó orgulloso.
_ Le aseguro que el periódico "El Nacional", apoyará la campaña policial dándole todo su respaldo.
_ El respaldo del cuarto poder es importantísimo. Confío en que pronto, con la ayuda de Dios,  resolveremos este intrincado y oscuro caso _ auguró confiado Salguero dándole un fuerte apretón de mano a Rafael a modo de despedida.
Eran las ocho de la noche cuando Esteban Salguero abandonó el Departamento de Policía. Montó a caballo hasta su residencia. Acostumbraba hacer un alto en la pulpería del "Chueco Gervasio" para tomar unas copitas de ginebra, pero esa noche decidió no hacerlo, se encontraba melancólico. Amarró las riendas de su pingo en el nogal que crecía arrogante en el frente de su casa. Al entrar se encontró con Lautara, una negra regañona que lo adoraba. Diez años mayor que él, lo había cuidado desde recién nacido.
_ Esteban, ¿que te anda pasando m´hijo? Te noto apagao. ¿Otra vez pensando en ella? Tantos años pasaron y no te la podes sacar de la cabeza _ le dijo mientras lo ayudaba a quitarse el gabán y colgaba el sombrero de fieltro negro en el perchero.
El no le respondió. Caminó ararstrando los pies hasta su dormitorio.
_ ¿No vas a cenar? ¡Esteban!, ¡te vas a morir si no comes! _ chilló con sentimiento maternal.
_ ¡Ojalá! _ dijo en voz baja.
Solo en su habitación, se sentó en la gran cama con respaldo de algarrobo repujado. Extendió su mano y abrió el cajón de la mesita de luz. Con cuidado extrajo un camafeo. En el ónice, grabado el rostro exquisito  de una mujer.
"Consuelo, amor de mi vida...", suspiró angustiado.

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