viernes, 19 de junio de 2015

La Cabecita Negra Cap 2, II parte

                                                                         II

A César se le hinchaba el pecho de orgullo cuando su madre se refería a él como el puntal de la casa. Ellas se sentían seguras bajo su protección, "era el hombre de la familia".
Vanidoso, soberbio, engreído...así era César y sobre todo lo era con las mujeres. Se consideraba un galán irresistible, que arremetía con todo su poder de seducción sobre las mocitas que suspiraban por él.
Las hermanitas García eran los dos "budincitos" que lo desvelaba. Olían a vainilla y almendras. Toda excusa era buena para hacerse una escapada al pueblo y entablar conversación con ellas.
Alejandra y Lucía pasaban sus días en el mostrador de la panadería. Su padre, un gallego prepotente y mal hablado, era el dueño.
César le temía, pero su ardor juvenil lo volvía temerario en su devaneo por cortejar a las hijas.
No se decidía por una en especial, las dos eran encantadoras, aunque Lucía lo enloquecía. Tan frágil, tan delicada, tan inocente.
Alejandra era amiga íntima de Alma. Los domingos se juntaban a tomar mate con bizcochos de grasa en el patio trasero del negocio, y entre amargo y amargo, para cuidar la silueta, despellejaban a medio vecindario.
"No te hagás el vivo con la Jandra, César, mirá que te conozco", le advertía seriamente Alma. Entonces, Alejandra, descartada. A la carga con la menor.
Planeó encararla un fin de semana durante la siesta del padre. Doña Carmiña, la madre, no era problema, mientras le diera conversación y la adulara, todo iba sobre ruedas.
Lucía estaba perdidamente enamorada de César. Soñaba con casarse y vivir en una casita sencilla, pero rodeada de jazmines. Adoraba su aroma. Una romántica que creía en los cuentos de hadas con el remanido final..."fueron felices y comieron perdices."
César, pragmático, sólo pretendía divertirse.
Después de engatuzar a la madre con halagos y unas cuantas margaritas que robó de un jardín camino al pueblo, logró sonsacarle unas horas para pasear a solas con la sorprendida Lucía.
Tomaron por un sendero bordeado por campos de girasoles en flor, que desembocaba en un arroyito susurrante, poblado de garzas que, inmóviles, esperaban a una ranas que saltaban distraídas en la orilla, para ensartarlas en sus picos largos y afilados,semejantes a un arpón.
Lucía se apartó de César, corrió hacia un palo borracho y se sentó en una de sus gruesas raíces, que como zarpas se aferraban al paisaje circundante.
Una lluvia de flores lilas envolvió Lucía, transformándola en una ilusión mágica que impactó a César acelerándole el pulso. Se apresuró a tomarle la mano, se acucliyó frente a ella y le besó el cuello. Lucía se sobresaltó por el atrevimiento, pero no se resistió, lo gozó.
El entorno los invitaba a amarse sin prejuicios.
_Luci, me muero por vo'_le sopló al oído.
_Vos también me gustas..._continuó ella con timidez.
Envalentonado por la confesión se apoderó de la boca de la joven y la saboreó profundamente. Ella disfrutó de esa intimidad, embriagada de amor. César, enfebrecido, necesitaba sofocar el fuego que lo devoraba.
Sin saber cómo, Lucía se encontró desnuda sobre el pastizal, debajo del cuerpo fibroso de César. La desvirgó sin contemplaciones. Su excitación no admitía esperas absurdas. Cuando terminaron, le alcanzó de forma brusca el vestido, mientras se subía la bragueta.
En las aguas del arroyo humedeció el pañuelo que siempre llevaba anudado al cuello, y se lo tendió a la muchacha para que se limpiara la sangre, testigo de su hombría y de la vergüenza de ella.
"¡Que hice, Dios mío,!, mi padre me va a matar si se entera", pensó con susto mientras las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
_¡Arreglate!_ le ordenó indiferente César.
Ella deseaba que la abrazara y le declarara su amor, capaz de enfrentarse a cualquier oposición, pero no fue así. El sólo quería huir de esa situación, aunque por un instante creyó poder amarla. Enseguida desechó la idea.
Durante cinco años estuvo ahorrando para largarse de ese pueblucho y ninguna muchachita, por más dócil y bella que fuera, se lo impediría.
La Capital se le presentaba con nuevas y grandes oportunidades. Ya había sufrido demasiado trabajando de sol a sol en el campo, cosechando algodón desde los ocho años. A los doce, paladeó su primer caramelo. Sus únicos juguetes fueron palos de escoba, que se convertían en escopetas. Basta de anteponer a los demás, era su turno de realizarse y lo haría sin vacilar.
Tuvo la gentileza de rodearle la cintura con su brazo. El regreso fue en silencio. Lucía, torturada por el remordimiento, se tragó sus reclamos. Él , satisfecho, planeaba un futuro sin ella.
_¿Vamos juntos al baile, César?_ le preguntó ilusionada.
_Por supuesto, preciosa. Nos vemos.
La dejó en la puerta de la panadería sin un beso de despedida, con el alma rota y la certeza de ser la dueña de un amor desventurado.

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