viernes, 12 de junio de 2015

La Cabecita Negra Cap 2, Parte I


                                                                        I

Amanda era una persona taciturna. Pocas eran las ocasiones en la que se la veía reír.
Callada, reflexiva. Sus hermanos la respetaban y escuchaban sus consejos. Ella siempre los cuidó con una entrega absoluta. Era la mano derecha de su madre, confiaba en Amanda plenamente. Con sus casi veinticinco años nunca se le conoció un novio. Doña Antonia le insistía en ese sentido.
_ Querida,¿no te gusta algún muchacho?...yo sé de uno que se muere por vos.
Máma no estoy para eso. Estoy contenta en las casas con usté y mis hermanos_ con esa respuesta daba por terminada la cuestión.
Su mirada mansa, su andar cadencioso y su abundante cabellera de un castaño rojizo, deslumbraba a los jóvenes que trataban de captar su atención con un insistente galanteo.
A todos rechazó. Por despecho, muchos comenzaron a tildarla de antipática y engreída, dardos que no la lastimaban. Amanda era feliz en su soledad.
Pedro Machuca, el capataz del campo algodonero, le había echado el ojo. Se juró a sí mismo que la haría suya. Lo que más lo enardecía era la indiferencia de la muchacha, que parecía vivir en un mundo de ensoñación en donde la gente común no tenía cabida.
Por las noches, en el cuartucho ubicado cerca de los galpones en donde se acumulaba la cosecha, se masturbaba desaforadamente imaginando tener a la dulce Amanda debajo de su cuerpo hambriento de sexo.
"De hoy no pasa, hoy no se me escapa", era la letanía que se repetía cada mañana de camino a los sembradíos.
Pedro llegó a la estancia "El Espinillo" gracias a la generosidad de su propietario, don Eduardo Sánchez Uría.
Hijo de un indio ladino que mataron por ladrón y de una prostituta que murió desangrada en el parto. "Guacho", el poco afecto que recibió fue de las rameras, compañeras de desgracia de su madre. Contaba con tres años cuando comenzó a mendigar por las calles de Las Breñas, pueblo aledaño a Charata. El miserable botín que conseguía reunir debía entregárselo completo a la tirana dueña del burdel. Dormía ovillado sobre una arpillera que compartía con las ratas que correteaban por la cocina.
Cuando pudo valerse por sí mismo, se escapó del lugar, robando antes una buena cantidad de dinero que la Madame tenía escondida detrás de una pintura desportillada.
"¡Ojalá se pudra en su propia mierda, gorda culona!", esas fueron sus palabras de despedida provocando la furia de la mujer, y la risa de las furcias.
Deambuló por los caminos sin una dirección fija. Robó para comer, algunas veces lograba huir, otras lo molían a palos.
Tenía catorce años cuando el destino le sonrió. El encuentro con don Eduardo le cambió la vida para mejor. El estanciero evitó que uno de sus hombres chasqueara el rebenque en su cuerpo escuálido cuando Pedro se le acercó de manera audaz y descarada con la intención de pedir unos pesos "para ir tirando".
A don Eduardo le gustó la prepotencia del muchacho, que siendo sólo un montón de huesos, se les enfrentó temerariamente por unas migajas.
Se lo llevó para la estancia y lo dejó al cuidado de la mujer de su capataz, Eulogio Machuca.
La alegría de Isolina fue enorme. Sus dos hijos varones habían viajado a la Capital buscando nuevos horizontes, dejándola con el alma oprimida por el dolor.
Pedro no podía creer su suerte, tenía a su disposición dos viejos estúpidos a los que manejaría a su antojo. Sin embargo, no le resultó tan fácil, don Eulogio era duro de roer y no se dejó envolver por su aparente docilidad. Lo hizo trabajar de sol a sol, enseñándole todo lo que sabía de las tareas rurales. Pedro observaba y aprendía, codiciando el puesto de capataz.
Pasaron veinte años para que se concretara su deseo. Don Eulogio, no sólo murió en extrañas circunstancias, sino también Toribio, hombre de confianza de don Eduardo, que ocuparía el puesto del difunto.
Ninguna sombra de sospecha recayó en Pedro. A nadie se le pasó por la cabeza que Pedro, el leal y obediente hijo adoptivo de Isolina y Eulogio, hubiera tramado los accidentes del que fueron víctimas los dos hombres.
Pedro obtuvo el puesto de capataz y todo el poder que éste le confería. "Por fin me van a rispetar, naides se va a burlar de mí, ya no soy el pordiosero al que todos pisotean. Ahora van a saber quien es Pedro Machuca".
Delante de don Eduardo se comportaba con recato, ejerciendo su autoridad con firmeza y sin extralimitarse. Bajo su mando todo estaba en orden en la estancia, y eso agradaba al patrón.
Pero a espaldas del estanciero, la peonada sufría los arrebatos de violencia de Pedro. Sus órdenes eran palabra santa, si no se cumplían las consecuencias eran terribles.
Su nuevo capricho, Amanda, lo tenía a mal traer. La deseaba, pero al ser arisca, abordarla se le estaba poniendo difícil. Para colmo, el hermano nunca le sacaba los ojos de encima, de él también se tendría que librar.
Amanda no sospechaba sobre las negras intenciones del capataz, aunque la ponía nerviosa la manera en que fijaba la mirada en ella. En su inocencia no alcanzaba a comprender la lascivia que emanaba del hombre.
César, a pesar de ser un tiro al aire, caló las intenciones de Machuca. En el trabajo se pegaba a su hermana como si fuese su sombra, atento a cualquier avance del degenerado.
_ No me gusta nada como te clava los ojos el Lobizón, si hasta se babea cuando pasa a tu lado el muy asqueroso_  solía decirle.
_ ¡César!, que estupideces decí. Callate que te puede escuchar y entonces sí que estamos fritos.
_ No digo gansadas, yo te voy a cuidar, para algo soy hombre,¡carajo!_  se exasperaba.


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