martes, 8 de septiembre de 2015

LA CABECITA NEGRA Cap 16

El calor dio paso al otoño, con sus días lluviosos y húmedos.
César disfrutaba de su trabajo, en cambio Alma lo padecía. Sin embargo, siempre esperaba ansiosa regresar a la pensión para encontrar a Esteban. Suspiraba por él, por sus sonrisas, por los breves diálogos que mantenían a escondidas de doña Amparo.
Alma sabía que era un amor imposible, ella era una campesina bruta, él...tenía instrucción, era maestro.
Ella soñaba con él, soñaba que la acariciaba, que la besaba, que le declaraba su amor a pesar de la oposición de su madre. Su madre, ¡cómo la odiaba!, vieja huraña y castradora.
En realidad, Esteban sólo era cortés y simpático con ella, como lo era con todos.
Alma lo amaba en silencio, deseando que llegara el día en que ese sentimiento fuera recíproco.
Todas las mañanas llegaba a las seis en punto. Doña Amparo era estricta con el horario, siempre pendiente del reloj, pronta a regañar si alguien se retrasaba.
Alma trabajaba hasta las cinco de la tarde. Sus obligaciones consistían en preparar el desayuno para los pensionistas; asear la cocina, el comedor, los pasillos de la planta alta, los dos baños, el dormitorio de la patrona y el de Esteban.
Un día él la encontró hojeando uno de los libros que amontonaba despreocupadamente sobre su escritorio.
_ ¿Te interesa la zoología?_ la sobresaltó.
_ Perdón, no quería meterme en sus cosas, pero me llamó la atención las fotos de esos bichos raros.
_ Esos bichos raros son crustáceos. Tomá, te lo presto.
_ Gracias joven, pero no.
_ ¿Por qué? ¡Ah, ya sé, es por mi madre. No te preocupes, será nuestro secreto_ le puso el libro en las manos y le guiñó un ojo con picardía.
_ Es que no sé...leer_ le dijo con vergüenza.
_ Eso no es problema. ¿Querés que te enseñe? Sería un placer para mí hacerlo, ¿qué te parece?
_ A doña Amparo no le va a gustar su idea, joven.
_ De eso me encargo yo, ¿te enseño,entonces? ¡decí que sí!_ insistió ilusionado.
Alma aceptó con timidez.
El la vio alejarse con las mejillas arreboladas, tan frágil, tan desamparada...y la amó.
"Muero por morder esos labios carnosos, sedientos de besos, mis besos", pensó con anhelo.
Alma continuó con sus tareas, entusiasmada con la propuesta de Esteban. Aprender a leer no era tan importante como estar más tiempo cerca de él. ¡Ese era su sueño!
Esa noche casi no durmió. Antes de acostarse, guardó con ilusión un cuaderno y un lápiz en su bolso. "Mi primera lección", suspiró.
Se levantó más temprano que de costumbre, le preparó el café a Cesar y como un torbellino, salió para la pensión.
Doña Amparo la esperaba para darle instrucciones.
_ Recuerda, corta el pan en finas rodajas, ¡finas!, ¿entiendes? A ver si  de una vez por todas, mis órdenes  entran en esa cabeza tonta que tienes.
Alma, dolida y furiosa, continuó con la tarea sin contestar.
A las siete, los pensionistas se dispusieron a desayunar. Constituían un grupo ecléctico. Un matrimonio mayor; un estudiante de medicina, muy simpático; un vendedor de terrenos, sombrío y silencioso; y una viuda pizpireta que le divertía flirtear con el vendedor.
_ ¡Alma!, trae la cafetera, date prisa criatura, ¡qué torpe eres!,¡mira lo que has hecho!, mi mantel de hilo blanco...¡lo has arruinado!.
La mancha de café se extendía atrevida sobre el delicado mantel.
La viuda ayudó a Alma a limpiar el desastre cuando la vio desorientada a causa de los gritos de doña Amparo.
_ No la rete, a cualquiera le puede pasar_ la defendió.
_ A mi servidumbre la manejo yo y a mi manera_ dicho esto se retiró del comedor y se encerró en su dormitorio.
En ese instante llegó Esteban.
_ Alma, ¿qué te pasa?, estás angustiada.
_ Tuvo un altercado con su madre_ le informó la viuda.
Para sorpresa de todos, Esteban la abrazó.
Sin que se dieran cuenta, los pensionistas abandonaron el comedor dejándolos solos.
Esteban, dejándose llevar por su deseo, la besó. Un beso suave...profundo...apasionado.
_ ¡Puta! ¡Cómo te atreves a besar a mi hijo! Ya mismo te vas, no te quiero en mi casa_ se escandalizó doña Amparo al sorprenderlos.
_ Madre yo la besé y lo hice porque la quiero.
_ Pero si apenas la conoces, es una sirvienta ignorante, hijo. No te llega ni a los talones es..es..¡una cabecita negra!
_ La quiero, madre. No discutamos más porque esa es mi decisión.
_ Está bien, si eres un tonto que se deja enredar por esta sinvergüenza...allá tú.
_ Gracias madre, sabía que comprendería. Alma, no temas, mi madre nunca más te molestará.
"Eso es lo que crees", pensó la madrileña. Desde ese momento comenzó a rumiar un plan de guerra, debía terminar con la campesina. Su hijo se merecía una princesa, no una ramera interesada.
Esa tarde, Alma y Esteban se reunieron para su primer lección. Entre risas, caricias y besos furtivos, Alma conoció las vocales y las consonantes.


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