martes, 12 de enero de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS

A pesar de los acontecimientos turbulentos que marcan la sociedad de Buenos Aires durante la dictadura de Juan Manuel de Rosas, una joven de la sociedad patricia, Lourdes, vive feliz junto a su abuela.
Rafael, ahijado de Ciriaco Cuitiño, brazo ejecutor de "La Mazorca", se enamora perdidamente de Lourdes. El amor entre ambos jóvenes eclosiona en una persecución feroz que los lleva a huir de la venganza del oscuro Cuitiño por haber traicionado los ideales de la Santa Federación. 
Los amantes inician un camino de dolor y pasión, pero a la vez, revelador del valor de las mujeres que engendraron el nacimiento de una Patria libre.



PRÓLOGO l
El sol en su cénit y un camino polvoriento, son los testigos de la temeraria peregrinación que María y Pedro han iniciado desde sus pagos hacia Santa Magdalena, un pueblo al sur de Córdoba y lindero con las fronteras de Buenos Aires.
En la carreta llevan todos sus bienes : baúles repletos de libros, cajas con platos y vasos de peltre, manteles exquisitamente bordados por la mano experta de María. mantas multicolores, varios morrales de cuero y la guitarra de Pedro, fiel compañera en las largas noche de invierno. Y escondido, en medio de todos esos bártulos, un cesto de mimbre. Es el tesoro de María y Pedro.
Sentados, uno junto al otro en el pescante de la carreta, sueñan con la nueva vida que se les proyecta por delante.
Pedro es maestro y esta es la primera oportunidad que se le presenta para poder ejercer su profesión tantas veces postergada.
Con tristeza pero ilusionados abandonaron sus raíces.
María cierra los ojos, apoya la cabeza sobre el hombro de su marido y comienza a imaginar su nuevo hogar. Una casita sencilla, custodiada por un robusto algarrobo, de copa ancha y tupida, capaz de brindar fresco en las tardes calurosas. Un entrometido arroyo de aguas cantarinas pasaría muy cerca de su propiedad; ya no tendría que caminar leguas para lavar la ropa o darse un baño refrescante. Sonríe. "Todo será maravilloso", piensa entusiasmada.
De repente un sonido extraño, constante, cada vez más cercano, rompe la quietud de la tarde.
María, asustada, mira a su alrededor y ve a Pedro cargar el trabuco.
¿Qué sucede? Un grito de espanto convulsiona su cuerpo. A lo lejos divisan un malón que sin tregua los está alcanzando.
María, horrorizada, busca poner a salvo el pequeño bulto que guarda celosamente en el cesto de mimbre. Entonces los ve de cerca, ranqueles montados en sus caballos, armados con boleadoras y lanzas, los rostros pintados...espectros de la muerte.
Pedro dispara una vez, dos. Su esfuerzo es inútil, la mano le tiembla y no da en el blanco; pero la lanza del indio acierta en el corazón de Pedro.
María presencia la escena en cámara lenta. La sangre de Pedro corre por sus manos y ella se transforma en un alarido de dolor.
Un golpe en la nuca la calla y la oscuridad la devora.

Clareaba cuando Ciriaco Cuitiño despertó a empellones a sus compañeros de tropelía que dormían profundamente alrededor de un fogón del que sólo quedaban cenizas.
A disgusto y entre groserías se fueron desperezando. Mientras uno encendía el fuego, otro preparaba el mate y otro cortaba trozos de charque. Ciriaco lo observaba liando un cigarro.
Terminado el frugal desayuno, montaron sus zainos y continuaron el viaje hacia Dolores.
Pasado el mediodía, la curiosidad los detuvo.
Una carreta destrozada y el cadáver, todavía caliente de un hombre, quebraba la belleza del paisaje.
Los gauchos hurgaron entre las pertenencias abandonadas por los indios, por si encontraban algo de valor, pero fue en vano.
Se estaban alejando cuando un llanto los detuvo. Suave, primero; feroz, después.
Desmontaron con ligereza. Revisaron nuevamente y allí estaba, debajo de un cesto de mimbre, un bebé berreando con desesperación.
"¿Y esto?...Ta' güeno, un guachito pa' el desayuno de los pumas. Sigamos, pué", dijo despreocupado un de ellos.
Pero ante el asombro de sus compañeros, Ciriaco alzó a la criatura, la envolvió con las mantas que encontró desparramadas y luego montó con el pequeño entre sus brazos. Con el ceño fruncido, ordenó que cargaran también el baúl de madera tallada, abarrotado de libros.
Nadie discutió la decisión del caudillo. Todos lo respetaban y temían.

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