domingo, 21 de febrero de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS, Cap 24

"Toda cubierta de sangre
 Aquella infeliz cautiva,
 Tenía dende abajo arriba
 La marca de los lazazos,
 Sus trapos hecho pedazos
 Mostraban la carpa viva".  José Hernández

.
Los vi avanzar hacia nosotros. Venían al galope, las caras pintadas, los ojos inyectados de sangre...un malón.  Ay, Lourdes, fue horrible. No supe que hacer. Pedro intentó defendernos, pero antes de poder apuntar con su trabuco, un indio de aspecto feroz lo hirió de muerte con una flecha y lo remató con su lanza. En ese momento creo que me desvanecí...Cuando recuperé la conciencia me hallaba en una toldería. Enloquecí...¡Mi hijo!...¡Mi marido!
Recé para que me mataran a mí también; pero no, mi suerte fue peor que la muerte.
El indio que me capturó me hizo su mujer con brutalidad. Sentí asco, repugnancia...su olor de  erizaba mi piel cuando me tocaba. Las noches eran mi peor tormento. 
Llegaba ebrio al toldo en donde vivíamos y me sometía con violencia. Al principio me resistí, pero luego...¡Ay Dios mío, cuanto lo odié!
Sus otras mujeres, dos ranqueles y una blanca cautiva desde niña, me maltrataban por celos. Cuando iba al monte a recoger leña me esperaban detrás de algún caldén y me molían a palos.
A mi cargo estaban las tareas más pesadas además de acarrear agua y leña. Era mi responsabilidad cuidar del ganado soportando el sol ardiente o el frío que calaba los huesos.
Me obligaron a participar del curtido de cueros, algo asqueroso. Mis manos estaban tan lastimadas que por un tiempo perdí el sentido del tacto.
Quedé embarazada tres veces y las tres veces la criatura nació muerta. Pincén, mi captor, me acusó de estar maldita. Luego de la tercer pérdida, nunca más me tocó. Esa fue la única alegría que viví en aquella época. Ante su rechazo, las otras esposas se volvieron mis amigas.
Pincén no me regaló ni me vendió porque le rendía como sirvienta.
El alivio me duró poco. Una mañana, un grito desgarró el descanso del aduar anunciando la llegada de la peste, la viruela, el azote de Dios, como la llamaban los indios.
El cacique Yanquetruz, sus capitanejos y la machi, la vieja curandera, se reunieron en asamblea. Cuando concluyó, quedé perpleja con la resolucion que tomaron.
La machi caminó directo hacia mí y escupió mi rostro. Luego comenzó a recitar un discurso brusco en quechua que no comprendí, ya que apenas manejaba la lengua de esos salvajes,
Una cautiva me lo tradujo. Me expulsaban de la toldería por estar maldita. Yo era la culpable de traer la peste al campamento. Mi útero, incapaz de dar vida, me señalaba como hija de Mandinga, el diablo.
La vieja desdentada lanzó sobre mí una maldición: "Ikumi ususi sapay urqu saxsay. Mujer, hija del demonio, que el monte te devore hasta hartarse".
Antes del amanecer abandoné la población sin agua ni alimentos...sin caballo. Era una condena a muerte, sin embargo, respiré libertad.
No sé cuanto tiempo caminé, los pies me sangraban; los labios, agrietados debido al calor extremo y la sed...sentía fuego en la garganta.
Por las noches dormía debajo de algún espinillo tiritando de frío y durante el día, caminaba sin dirección, sin fuerzas, lo único que me impulsaba eran mis ansias por sobrevivir, debía encontrar a mi hijo, a mi pequeño Miguel. La esperanza de hallarlo con vida fue la fuerza para seguir luchando.
Una tarde, eso creo, soñé que alguien derramaba agua fresca sobre mis labios. ¡Tan fresca! que por mi afán de beberla casi me ahogo. Empecé a toser y al abrir los ojos supe que no había sido una ilusión. Estaba rodeada por rostros que me observaban curiosos. ¡Soldados! Uno de ellos me sostenía la cabeza y me daba de beber. De a poco me fui recuperando y pude contarles mi historia. Ellos, solidarios, se ofrecieron a llevarme nuevamente a la civilización. Pertenecían a una de esas milicias organizadas por ese entonces estanciero Juan Manuel de Rosas, en defensa de los campos contra las incursiones de los indios.
Uno de los oficiales tenía una hermana monja en el Convento de las Catalinas y me propuso llevarme hasta allá. Accedí agradecida. En el estado en que me encontraba no deseaba regresar con mi familia.
Las monjas me recibieron con reticencia, pero como estaba bajo el ala del oficial de Rosas, me aceptaron como donada, una especie de sirvienta.
No podía pedir más, tenía cama y comida. La pesadilla había quedado atrás.
Mi plan fue quedarme con las monjas hasta recuperar las fuerzas para comenzar la búsqueda de mi hijo, pero las monjas me prohibieron abandonar el convento. De ser cautiva de los indios pasé a ser cautiva de las Siervas del Señor.
Cuando menos lo esperaba, apareció un ángel en mi vida que abrió las puertas de mi infierno, tú, Lourdes.
Al fallecer Consuelo, la priora mandó buscar a doña Mercedes.
¡Que buena mujer!, pensé al verla. Te tomó en sus brazos y te besó con tanto amor...
Recuerdo que me miró y con resolución dijo: "Vamos Tina. Lourdes y yo te necesitamos. Dejemos este nido de urracas".
Esa noche velamos a Consuelo y a don Alonso, padre e hija reconciliados en la muerte."
_ Tina, ¡que historia! _ Lourdes jamás sospechó tanto sufrimiento en la vida de sus adorada Tina. Sin embargo, algo la inquietaba _ Lo que me cuentas se parce muchísimo a lo que una vez me contó Rafael.
_ ¿Qué Lourdes?_ se interesó.
_ Sus padres fueron víctimas de un malón en la frontera entre Buenos Aires y Córdoba. Allí lo encontró Cuitiño llorando dentro de una canasta. En otra oportunidad me contó sobre un baúl repleto de libros que guarda con celo porque supone que perteneció a sus padres. Muchas coincidencias Tina y...¿si Rafa fuera tu hijo perdido?
Tina sintió que el mundo se detenía. ¿Sería posible semejante milagro después de tanto tiempo?
_ Ay, Lourdes, ¿será posible? Ahora comprendo porque siempre sentí un cariño especial por él. Aunque...no debo ilusionarme...temo ilusionarme _ sería posible semejante milagro. Tina lo había esperado por años, había rezado para se produjera por años. "Rafael, ¿mi hijo?", repetía cada latido de su corazón.
_ Claro que puede ser posible. No debes perder la esperanza Tina, tú misma acabas de aconsejármelo. Debes decírselo _ la animó olvidándose de su enojo con Rafael.
_ No es oportuno Lourdes. Esperemos que se aquieten las aguas _ Tina temía despertar de un bello sueño _  Primero reconcíliate con él. Te ama Lourdes, lo sabes. Si te mintió fue por miedo a perderte. Arriesgó su vida por ti y ahora por don Lorenzo. Por ti traicionó a Cuitiño.
_ No sé...
_ ¡Basta de huirle a la felicidad, niña! Rafael es tu felicidad y la felicidad de ambos es la mía. Sólo hay una sombra que oscurece mi dicha: si Rafael es mi hijo le debo su vida a un hombre sanguinario que amenaza matarlo...

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