domingo, 20 de marzo de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS, Cap 32

"Al andar se hace camino
 y al volver la vista atrás
 se ve la senda que nunca
 se ha de volver a pisar".  Antonio Machado


En San Pedro, fray Cayetano los recibió jubiloso. Amigo de Victoria Reynafé, supo por ella como esos dos jóvenes desafiaban con temeridad a un poder oscuro y abusivo.
Luego de acomodar a Lourdes en una de las celdas que ocupaban los monjes, fray Cayetano conversó largo y tendido con Rafael.
Entre copa y copa de un vino tinto de buen cuerpo, Rafael le confesó todas sus tropelías. Le urjía expiarlas. El remordimiento por haber asesinado a tantos hombres lo asolaba día y noche.
Su único consuelo era Lourdes, su remanso. Ella lo amaba aceptando el monstruo que había sido.
_Tengo miedo, padrecito, que la locura se apodere nuevamente de mí y pueda cometer un disparate. Soy un hombre violento, lo sé y lucho con todas mis fuerzas para sofocar la ira que por momentos me domina. Quiero cambiar, fray Cayetano, por Lourdes quiero cambiar.
_ Confía en el Señor, El todo lo puede. Créeme, el cordero dominará al lobo.
A la mañana siguiente, luego de un desayuno abundante, continuaron su viaje con bríos renovados.
Fueron cinco días de intensa cabalgata por la extensa llanura. Sólo se detuvieron en dos postas para dormir unas pocas horas. La palidez de Lourdes preocupó a Rafael. "Debo aminorar la marcha, ella no se queja pero la fatiga la está consumiendo".
Al atardecer llegaron a Córdoba. En una de las esquinas del pintoresco pueblo se toparon con un malhumorado aguatero que renegaba con su mula.
_ Buen hombre, ¿podría indicarnos la casa de la familia Oliva? _ preguntó ansioso Rafael. Lourdes debía descansar.
_ Derechito, bajando por este camino la va a encontrar, amigo. Está pintada de amarillo, no se van a conjundir.
Agradecidos, siguieron su indicación hasta dar con la casa. Era una edificación sencilla, pero elegante. Tenía una sola planta en forma de U, con un patio central en el que se destacaba una pequeña fuente. Luminosas galerías flanqueaban el cuerpo principal de la edificación.
Los recibió Clara Oliva, bella y de mirada taciturna. Los recibió con generosidad, ordenando a los criados que les prepararan un refrigerio y un baño caliente. Lourdes suspiró entusiasmada.
_ Clara, mi mayor deseo es recostarme en una cama. Hace días que no me despego de la silla de montar _ bromeó Lourdes.
_ ¡Pobrecita!, Candela, acompaña a los señores hasta el dormitorio que hemos dispuesto para ellos _ una negra rolliza, dueña de una gran sonrisa, los condujo balanceando sus enormes caderas.
Lourdes cayó rendida sobre la cama aspirando encantada la fragancia a lavanda que emanaban las sábanas.
_ ¡Que delicia!_ dicho esto se desmoronó en un profundo sueño.
Rafael la observó complacido. ¡Cuánto la amaba! Se tumbó a su lado abrazándola. "Yo te protegeré siempre, nadie te dañará", y con esa letanía en los labios, se adormeció.
Lourdes despertó primero. Con sumo cuidado apartó el brazo protector que con ternura la encadenaba. Sonrió al escuchar los ronquidos de aquel hombre por el que era capaz de renunciar a su seguridad y a sus afectos. Él lo era todo para ella.
Con cautela salió en puntillas de la habitación, no deseaba interrumpir su descanso.
Deambuló por el jardín, jardín que la cautivó. Colores, fragancias y texturas que se combinaban para conjurar un encantamiento a sus sentidos.
Se sentó en un banco de piedra junto a una fuente. El melodioso murmullo del agua la sumergió en un futuro mágico, lleno de luz, donde el peligro no tenía cabida. Tan inmersa estaba en sus pensamientos que no reparó en la persona que con timidez se le acercó. Se sobresaltó cuando Clara le tocó suavemente el hombro.
_ Lourdes, deberías estar descansando. Te esperan jornadas durísimas.
Clara estaba muy atractiva con su vestido ocre y el cabello oscuro recogido en un rodete descontracturado.
_ Me siento inquieta y aquí saboreo la paz. Adoro las flores, la abuela Mercedes cultiva una gran variedad, sin embargo no conozco aquellas de color naranja que se asoman entre los helechos._ afirmó señalando un cantero que se extendía a lo largo de la pared que tenían frente a ellas.
_ Son "clivias", se parecen a los lirios, ¿no te parece?
_ Sí, es verdad. Me encantan los colores fuertes, llamativos, que expresan un canto a la vida. Recordaré mencionárselas a mi abuela.
_ ¿Extrañas a tu abuela, verdad?
_ Muchísimo.
_ Te comprendo. Estar alejada de las personas a las que se ama es terrible._ la nostalgia la embargó.
_ Lo dices por tu prometido, por Francisco. Lamento ponerte triste.
_ No te aflijas. Francisco está dentro mío. Fue y será el gran amor, no creo que alguien pueda reemplazarlo jamás. El día que murió, yo morí con él. La vida ya no tiene sentido para mí; todos nuestros planes destrozados por una lucha política egoísta y nefasta. Poco me interesa el bien de la Patria si me quitan al hombre que amo.
_ Lo que dices es una gran verdad. Los hombres luchan, se matan entre sí en pos de una Patria libre, y no se dan cuenta que lo único que hacen es generar más violencia y un tremendo desasosiego en sus mujeres.
_ ¡Cuantas han ofrecido a sus hijos a esta contienda inicua! ¿Cómo se los han devuelto? ¡Cadáveres!_ Clara se exasperó.
_ ¿Qué nos traerá esta guerra civil, de hermanos...¿acaso la paz? _ reflexionó contrariada Lourdes.
_ No confío en ello. Hay muchos intereses políticos y económicos en juego. ¡Ay Lourdes! ¡cuanto te envidio!
_ ¿A mí? _ se sorprendió.
_ A tí, porque tienes las agallas. Has abandonado afectos y comodidades para seguir a tu hombre. Yo no lo hice. Me quedé esperándolo, encerrada en mi seguridad. ¡Que cobarde he sido!
_ Clarita, Victoria me contó que él te amaba profundamente y que estaba decidido a mantenerte a resguardo. Temía por ti. La sombra de la horca pendía sobre él. Se negaba a ofrecerte una vida de fugitiva.
_ Todo eso lo sé. Francisco prometió buscarme cuando la persecución se detuviera, pero eso nunca ocurrió. Fran ya no está y yo continuó llorándolo. En cambio tú le haces frente al peligro, por eso te envidio Louredes, por tu coraje.
Un abrazo tibio de comprensión y consuelo las unió bajo un cielo estrellado.

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