viernes, 20 de mayo de 2016

ALAS PARA UNA ILUSION, Cap 13


Buenos Aires, 1933

“Detrás de los cristales
turbios, todos los niños
ven convertirse en pájaros
un árbol amarillo”                   Federico García Lorca.


Una tarde fría de otoño, sintió el extraño impulso de cruzar la plaza que separaba el barrio residencial de la zona urbana.
Ana caminaba distraída, pensando en las futuras refacciones que haría en su librería, cuando un llanto la distrajo.
Una niña pequeña consolaba a otra aún más pequeña. Se acercó preocupada al notar que estaban solas.
_ ¿Qué sucede?
Las niñas la miraron sorprendidas y algo temerosas. “No hablen con desconocidos”, era el constante latiguillo de su madre.
_ ¿Por qué llora ? _ insistió ante el silencio de ellas._ Es tu hermanita, ¿verdad? _ les sonrió con tanta ternura que Lupe se decidió a contestar.
_ Lina se ha caído de la hamaca _ contestó con timidez.
_ ¡Pobrecita! A ver, ¿dónde te has lastimado?¡Pero si te has cortado la frente!
Con rapidez extrajo un pañuelo de lino blanco de su cartera y le limpió con cuidado las gotas de sangre que manchaban la carita apenada. La enternecieron los enormes ojos azules que la observaban agradecidos.
Lupe, de pie a su lado, no cesaba de acariciar la mano de su hermana.
_ Todo va a estar bien, ya verás Lina. Mamá no te regañará, fue mi culpa por empujarte con mucha fuerza _ la consolaba con amor.
_ Estoy segura que su madre no se enfadará. Ha sido un accidente, y muy común , les diré.
_ ¿Común?_ preguntó hipando Lina.
_ ¡Claro! Verán, cuando yo era niña , tres veces me caí de la hamaca del jardín de mi casa y las tres veces me hice un enorme chichón en la cabeza. ¡Uy, cómo me dolía! _ exageró.
Las niñas rieron distendidas ante la ocurrencia de la señora.
_ Vamos, las acompaño. ¿Dónde viven?
_ A tres cuadras de la plaza _ respondió recuperada Lina,
sin hacer caso del codazo de Lupe.
_ Mamá se pondrá furiosa si aparecemos con una desconocida _ le sopló al oído. Ana escuchó y sonrió.
_ No teman niñas, sería un placer para mí conocer a su madre. Además me gustaría llevarlas hasta una sala de emergencias para que le dieran unos puntos a esa frente.
_ ¿Coser? ¿Cómo que me coserán? _ chilló desconsolada Lina.
_ Te prometo que no te dolerá. ¿Confías en mí?
_ Sí _  le respondió con seguridad.

Ana estaba consternada. Esas dos niñas, frágiles y desamparadas, se habían ganado su corazón.
Pensó en sus hijos, ya hombres, rebeldes y holgazanes. Sólo pensaban en viajes y fiestas, mientras ella se entregaba a los negocios para aumentar el capital de la familia. Nunca le agradecían su esfuerzo, ellos se limitaban a exigir y a dilapidar lo que a ella le costaba ganar.
“Mi gran pecado fue consentirlos. Ahora es tarde para corregir mi error”, pensó irritada.
Lupe, al notar que no atendía sus indicaciones, le tironeó la pollera.
_ ¡Señora!, nuestra casa queda por allá _ dijo indicando con el dedo la dirección que debían seguir.
Pasaron de largo por cuantas unas casitas humildes hasta dar con la de las niñas.
La puerta estaba abierta.
_ ¡Mamá, llegamos! _ gritó Lupe.
No recibió respuesta. Ana se inquietó ante el rostro demudado de las pequeñas.
_ Espere aquí señora _ y Ana las vio desaparecer detrás de una cortina raída que separaba dos habitaciones.
Como tardaban en regresar, Ana se atrevió a descorrer la cortina. Quedó impactada con la escena.
Una mujer tenía la cabeza apoyada sobre la mesa, abrazando una botella vacía de vino ordinario. El cabello le cubría el rostro, parecía dormida.
Las niñas intentaban despertarla inútilmente.
_ Mamita, tenemos visita _ le dijo con dulzura Lina.
_ Toma, bebe este café _ la voz de Lupe era grave, autoritaria.
Ana las ayudó a incorporar a la madre, que observaba desorientada.
_ ¡Bebe!_ repitió seria Lupe y la mujer obedeció.
Unos minutos después, Clara, la mamá de las niñas, pareció recobrar un poco de lucidez.
_ Pequeñas, ¿se divirtieron en la plaza? _ preguntó con la voz pastosa por la borrachera.
_ Mamita, trajimos una amiga
_ ¿Una amiga? ¿Quien, Lina?_ se sobresaltó.
_ Soy Ana _ se presentó _ Nos conocimos en la plaza. Lina tuvo un accidente…
_ ¡Un accidente!¿Qué te ocurrió mi amor? _ el susto ayudó a Clara a despertar de su borrachera, y con preocupación comenzó a revisar a su hija.
_ Tranquila señora, nada grave. Al caerse de la hamaca se abrió apenas la frente. Dos puntadas lo solucionará. Si está de acuerdo puedo llevarlas hasta la salita de primeros auxilios de la otra cuadra.
_ Se lo agradecería tanto..._ las lágrimas asomaban a su rostro ceniciento. Estaba avergonzada.
Desde ese momento se inició una amistad entrañable entre la mujer de negocios, que se abrió camino en la vida con coraje y voluntad; y la mujer fracasada, que se derrumbó ante la pérdida del amor, un amor pérfido.
Ana regresó agotada a su casa, aunque con el alma ligera. Clara la conmovió.  Seguramente, algún día conocería su historia, una historia oscurecida por la tristeza del abandono.
¡Y esas niñas!, inocentes angelitos soportando una realidad cruel. Sin embargo amaban a su madre, se preocupaban por ella sin juzgar, al contrario, la justificaban.
“Mamá está muy cansada, trabaja mucho para que no nos falte nada”, le había confiado Lupe mientras le preparaba café a su madre.
“¡Que no daría yo para que mis  hijos me quisieran la mitad de lo que esas pequeñas aman a su madre!”, pensó afligida.
Renzo y Arturo, dos holgazanes desagradecidos. Recurrían a ella sólo para pedir dinero y malgastarlo con sus amistades, personas interesadas y carroñeras.
“Es mi culpa por haberlos consentido tanto. Nunca supe poner límites. No he sido una buena madre”, se martirizó.
_ Por fin has llegado _ el saludo frío de Renzo la sacó de sus cavilaciones.
_ Hola querido, ¿cómo te ha ido hoy en la facultad?
_ Mal, como de costumbre
_ Si estudiaras…
_ ¡Basta de sermones madre! Estudio, pero los profesores me odian. Necesito dinero para nuevos libros.
_ ¿Nuevos libros o nuevas apuestas? Estoy al tanto de tus deudas de juego Renzo.
_ ¿Quién te ha venido con el chisme? Sí, ya sé, el viejo Cosme, ¡puto entrometido!
_ ¡Renzo!, te prohíbo que insultes a don Cosme. Gracias a su ayuda puedes darte todos los gustos...hasta el de apostar a los caballos.
_ ¿Me darás la suma que necesito o no?_ se violentó.
Vencida, Ana  firmó un cheque que alegró el semblante de su hijo. Se despidió sin la gentileza de un beso.
Un velo de lágrimas enturbió su visión.
“ Que no daría yo para que mis hijos me quisieran la mitad de lo que esas niñas aman a su madre”, repitió amargada.

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