domingo, 22 de mayo de 2016

ALAS PARA UNA ILUSION, Cap 14

"Cuando los hombres aman a las mujeres sólo les dan un poco de sus vidas;
 mas las mujeres, cuando aman lo dan todo".  Oscar Wilde


Buenos Aires 1938

Lupe y Lina vivían dentro de un cuento de hadas, con dragones incluídos.
Magia, felicidad y temor se entrelazaban manteniéndolas en vilo constantemente.
Ana era todo ternura para ellas al igual que la vieja Jacinta, la fiel sirvienta madrileña que acompañó a su patrona en los momentos álgidos de su historia.
Eran mimadas y atendidas como dos princesas. Nada les faltaba, pero lo más importante para ellas era el tremendo amor que recibían de aquellas mujeres. Por primera vez, después de la muerte de su madre, se sentían protegidas y amadas.
Por supuesto que en sus corazones latía siempre el recuerdo de la queridísima hermana Elisa. Gracias a su trato afable y cariñoso habían logrado sobrevivir a esos años infernales en el orfanato. Una correspondencia mensual las mantenía aún unidas. 
"Mis queridas:
                      A pesar del correr del tiempo mi cariño por ustedes permanece intacto, creo que ya se los he dicho infinidad de veces,¿verdad?.
¡Como disfruté de nuestro último encuentro! Sobre todo me regodeé en el rostro de la Directora, rojo como flama, al verlas llegar con la señora Ana y cargadas de regalos para las niñas del orfanato. Carmen pensaba que pronto se olvidarían de nosotras, sin embargo nuestros encuentros se repiten sin interrupción. Son tres ángeles que alimentan las ilusiones de tantas niñas desamparadas y carentes de afecto.
Tengo una noticia sorprendente: ¡la madre de Mariela ha venido a buscarla! Sí, aquella mujer a la que le fue arrebatada su pequeñita por trabajar en la calle. Con mucho esfuerzo se propuso cambiar de vida y lo ha logrado. "Minoridad" aceptó su pedido y le ha devuelto la tenencia de su hija.
Hoy trabaja como doméstica, y la patrona le ha permitido vivir junto a su hija en las dependencias de servicio. Mariela podrá seguir sus estudios en una escuela cercana al trabajo de su madre. No hace falta que les diga lo feliz que se encuentra. 
Josefina, Lola y Pecas están felices por la suerte de su amiga, aunque a mi no pueden engañarme. Sé que lloran su ausencia. Su gran consuelo es saber que ustedes siempre las recuerdan. A propósito les envían un beso enorme.
Mariela me ha pedido les diga que es inmensamente feliz. Continuamente me repetía, con lágrimas en los ojos: "Lupe una vez me dijo que me volvería a reencontrarme con mi madre, Lupe mi amiga del alma".
Bueno, mis amores me despido. Escucho los gritos de la Directora en el pasillo, seguramente la travesura de alguna niña la ha desquiciado y yo tendré que intervenir para evitar males mayores.
Con cariño, Elisa."
Siempre al leer las cartas de su entrañable hermana Elisa, las hermanas lloraban abrazadas; cientos de imágenes sobrevolaban sus memorias impregnándolas de nostalgia, melancolía y tristeza.
Así las encontró una tarde Ana.
_ Niñas,¿ aquí adentro todavía? Es un día magnífico para estar encerradas. Acompáñenme al jardín, le diremos a Jacinta que nos prepara un jugo de naranjas bien helado, ¿que les parece?...Pero...¿están llorando mis pequeñas? ¿Qué sucede? _ se alarmó Ana.
_ Nada Ana, es que recibimos carta de la hermana Elisa y nos emocionó la noticia que nos dio _ le aclaró Lupe secándose a la vez sus lágrimas y las del rostro de Lina.
_ ¡Mariela ha vuelto con su madre!_ vociferó entusiasmada Lina.
_ ¡Que buena noticia! Me alegro por ella y por su madre también. ¿Por eso lloraban? Pero si son buenas nuevas...
_ Lloramos de alegría, nos hace muy felices saber que se ha cumplido el sueño de nuestra amiga _ dijo Lupe iluminada por una dulce sonrisa.
_ Bueno, bueno, ¡al jardín a disfrutar de esta fantástica tarde primaveral! ¿Han visto como ha florecido el jacarandá? Sus ramas rebozan de flores azules, tan azules como tus ojos Lupe.
Bajaron riendo por la majestuosa escalera de mármol y se sentaron bajo la sombra del jacarandá.
Mientras saboreaban su refresco, llegaron a la casa Renzo y Arturo, los hijos de Ana.
"Los dragones", pensó intimidada Lina.
Se acercaron a ellas de mal humor.
"¿Es que estos nunca sonríen?", pensó contrariada Lupe. "Igualmente son muy lindos", y al instante se ruborizó.
_ Hola hijos, me alegra que hayan regresado temprano. ¿Quisieran compartir con nosotras este rico jugo? - los invitó con dulzura Ana.
_ No, gracias _ Renzo,el mayor, contestó con sequedad.
_ Veo que se están divirtiendo mientras nosotros corremos tras la papelería necesaria para la importación de libros _ despotricó Arturo.
_ Ya era hora que comenzaran a preocuparse por el negocio de la familia. Yo estoy muy cansada, ya he hecho más que suficiente.
_ Otra vez echándonos en cara todo tus sacrificios y esfuerzos, la madre heroína _ ironizó Renzo.
_ ¡Basta! No te permito que me hables de esa forma _ al levantarse bruscamente del sillón volcó el vaso de jugo sobre la mesa. Lupe se apresuró a secar el líquido derramado.
_ Renzo vamos por un whisky. Dejemos a mamá y a las señoritas en paz _ Arturo las miró con desdén aunque en su mirada hubo un brillo especial cuando se posó en Lupe.
Se alejaron de ellas con la rabia a flor de piel al tiempo que observaban como Lupe y Lina consolaban a su madre.
_ ¡Malditas bastardas! Todavía no le perdono a mamá haberlas metido en nuestras vidas. ¡No las soporto! _ chilló Renzo
_ Pienso como tú, aunque...
_ Aunque, ¿qué?
_ Lupe es preciosa y muy temeraria. Jamás se amedrenta en nuestra presencia, al contrario parece enfrentarnos...y en esos momentos, hermano, le comería de un mordisco esa boca de fresa que tanto me tienta _ suspiró Arturo.
_ ¡Cuántas tonterías dices! Si es una chiquilla, ¿cuántos años tiene? Dieciséis, quizás. Su cuerpo apenas comienza a florecer...
_ ¿Así que tú también te has fijado en ella? _ se preocupó Arturo. Renzo tenía la maldita habilidad de arrebatarle todo lo que le interesaba.
_ Terminemos esta conversación estúpida y vayamos por el whisky. Debo contarte algo en extremo importante.
Sin embargo, detrás de la máscara de indiferencia y rencor, se escondía un verdadero interés por Lupe.
"¡Maldita huérfana, mi cuerpo te desea como nunca deseó a hembra alguna! Quisiera odiarte pero no puedo, ¡no puedo!, ¿qué me pasa?", pensó Renzo mientras la observaba de reojo amparado por el ala de su sombrero. 

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