lunes, 11 de julio de 2016

ALAS PARA UNA ILUSION, Cap 25

" Es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama".  
Fiodor Dostoievsky


Marzo de 1943

La tensión que se vivía dentro del automóvil, un Sedan negro, era tan evidente como el llanto amargo de Lupe y la contrariedad de Ana.
Lina sufría por ellas, pera era su vocación y la defendería, aún de las dos mujeres que más amaba en la vida.
_ No llores Lupe, no estoy muerta _ Lina quebró el silencio denso y penetrante.
_ Como si lo estuvieras _ le respondíó atragantándose con las lágrimas.
_ Todavía estás a tiempo de arrepentirte, pequeña. Una sola palabra y regresamos a casa. Te repito, no estoy de acuerdo con esta locura...¡encerrarte en un convento!, ¡eres tan joven!
Ana no comprendía la absurda decisión de Lina. Interpuso cientos de argumentos contra la decisión de la joven...siempre fracasó. Una muralla de piedra caliza, imposible de derrumbar, defendía la firme determinación.
_ Querida Ana, tú sabes que siempre he respetado tus consejos, pero mi vocación religiosa es más fuerte que mi apego a este mundo _ afirmó sosegada _ Las amo, pero no puedo desoír el llamado de Dios, por favor, ¡entiendan! Es muy importante para mí que estén de mi lado en este momento._ aferró las manos de ambas mujeres clamando su apoyo.
_ ¡Claro preciosa! Siempre estaremos a tu lado, sólo que esta separación me duele y atemoriza. La rigidez de esta congregación me preocupa.
_ ¡No queremos que te hagan sufrir!_ estalló Lupe.
Abrazó a su hermana con fuerza, negándose a soltarla. Lina era su tesoro, su madre se la había encomendado y ahora ella se encerraba libremente en esa cueva de monjas...¡Nunca lo aceptaría!
_ ¿Por qué he de sufrir? Todo lo contrario, aquí encontraré la verdadera felicidad, así como tú la has hallado junto a Renzo._ la tranquilizó pasando suavemente su mano por los cabellos de fuego de su hermana mayor.
_ Confío que así sea _ respondió escondiendo su verdadero sentir. Odiaba ese convento; odiaba a esas monjas que le recordaban a los cuervos, pájaros de mal agüero; y odiaba al confesor de Lina, el padre Francisco, que le puso esas ideas disparatadas en la cabeza.
El Sedán estacionó frente a un imponente portón de madera repujada. Una aldaba de bronce que reproducía la cabeza de un león,  anunció la llegada de las mujeres.
Una monja de hábito negro, anciana y encorvada, les abrió con una sonrisa.
"¡Que dulce!, pensó Lina,
"¡Maquiavélica!", pensó Lupe.
"¡Desagradable!", pensó Ana.
_ ¿La señora Gamazo, no es así? _ preguntó cortés.
_ Martinez Gamazo, efectivamente.
_ Pasen, pasen, la priora las está esperando. Síganme, por favor.
El largo pasillo de lajas marrones, austero y frío, le dio escozor a Lupe. "Esto se parece tanto al orfelinato. ¡Ay Lina!,¿dónde te has metido?"
El taconeo de los elegantes zapatos repercutió como un tambor de guerra a lo largo del corredor.
Ana estaba dispuesta a enfrentarse a la monja que las esperaba, le diría con franqueza su opinión acerca de la decisión de su protegida.
Se detuvieron frente a una puerta en la que estaba incrustado un crucifijo. La anciana golpeó tres veces.
_ Adelante _ escucharon.
Lina entró gozosa , Ana y Lupe, con el ceño fruncido.
La priora las recibió sonriente, aunque su rostro avinagrado alarmó a Lupe .
Con voz melosa las invitó a tomar asiento en unas sillas tapizadas en cuero negro. Ella se acomodó con parsimonia en un sillón que le quedaba estrecho. La priora era una mujer obesa de mediana edad, que las observaba desde su trono con una mirada inquisidora. Sus pequeños ojos oscuros las taladraba como queriendo conocer sus más recónditos secretos.
Ana y Lupe se rebulleron incómodas en sus sillas.
_ Lina me alegra que hayas decidido unirte a nosotras. El padre Francisco me ha hablado muy bien de ti.
_ Gracias Madre Concepción_ dijo con timidez.
_ Si debo ser sincera, nosotras no estamos de acuerdo con Lina. Pensamos que es muy joven para un paso tan trascendental. Creo que debería esperar unos años más. _ Ana expresó con determinación.
La priora la fulminó con la mirada, sin embargo, habló con serenidad mostrando comprensión.
_Querida señora, cuando el Señor llama hay que responder con prontitud, sin importar la edad. Lina, ¿tú deseas seguir el camino del Señor, camino de oración y recogimiento, renunciando a lo que el mundo material pueda ofrecerte?
_ Si Madre, es mi mayor deseo. Desde pequeña he soñado con servir a Dios, Él siempre nos ha protegido a mi hermana y a mí, nunca nos ha abandonado. Sufrimos, pero El siempre fue nuestro consuelo, el bálsamo que reconforta. Quiero poner mi vida al servicio de los más necesitados, como lo hace una monjita que conocimos en el orfanatorio. Quiero parecerme a ella y ayudar a los más débiles.
Ana y Lupe se miraron vencidas. Nada podrían contra la fortaleza espiritual de Lina. Estaban impactadas.
_ Como verán, la niña tiene bien claro lo que busca en la vida. Les suplico que no se opongan a los designios del Todopoderoso.
Lupe lloraba, sentía que un presagio oscuro sobrevolaba aquel lugar, para ella, siniestro.
_ Lina, si piensas que aquí serás feliz, Lupe y yo no nos opondremos
Lupe negó con la cabeza. Las palabras se negaban a salir de su boca.
Lina, emocionada, las abrazó.
La priora interrumpió el momento afectivo con la cruel realidad.
_ Lina, veo que has traído una valija con tus cosas, ellas se la llevaran de vuelta. Nosotras te daremos lo que necesites de aquí en más. Durante seis meses no verás a ningún familiar, ese será un breve período de prueba para convencernos de la autenticidad de tu vocación. Como dijo Santa Teresa de Jesús, "Sólo Dios basta" _ explicó con firmeza.
_ ¿Seis meses sin poder vernos?, ¡imposible! _ explotó Lupe, roja de ira.
_ Esas son las reglas _ respondió con calma y una sonrisa irónica se dibujó en su rostro de hielo.
_ Tranquila Lupe, pensemos en Lina.
_ Lupe, por favor, no contradigas a la Madre Concepción. Estoy dispuesta a respetar las reglas de la congregación. Te repito, aquí seré feliz. Concluido ese período de prueba volveremos a vernos y nos contaremos todo lo vivido. Ya verás, el tiempo pasará volando...
Las hermanas nuevamente e confundieron en un abrazo entrañable. Ana las contemplaba con los ojos humedecidos.
La priora se asomó al corredor y llamó a la monja portera.
_ Hermana Victoria, acompáñela a los dormitorios. Despídete y vete Lina._ le ordenó.
Lupe besó a Lina como si fuese la última vez y Ana experimentó la misma pérdida que una vez, años atrás, vivió al abandonar a las hermanas en el orfanatorio Riglos.
_ Y ahora, señora Martinez Gamazo, hablemos sobre la dote de Lina que ofrecerá al Convento...
Lupe y Ana regresaron a la mansión desanimadas y tristes.
Renzo las recibió inquieto.
_ ¿Se ha quedado, entonces?
_ Si, Renzo, nuestro ùltimo intento por hacerla desistir fue en vano _ respondió cabizbaja Ana.
_ Ya la extraño _ sollozó Lupe en brazos de su marido.
_ Calma, mi amor, me tienes a mí _ trató de disfrazar con caricias sus celos, el amor de Lupe era sólo para él, no la compartiría ni siquiera con su hermana.
Arturo presenciaba la escena desde la biblioteca. Lamentó la terquedad de Lina, "chiquilla tonta, enterrarse en un convento".
Sufrió el dolor de Lupe, le angustió verla derrumbada, bien sabía él del amor incondicional que unía a las hermanas.
Cuando vio a Renzo besar a Lupe, su corazón dejó de latir. "¡Que pena honda la mía, ver a mi amada, a la mujer que nunca tendré, en brazos de mi hermano!", se lamentó.




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