lunes, 16 de enero de 2017

FELIPA, EN CARNE VIVA Cap.8

"Mambrú se fue a la guerra,
 ¡qué dolor, qué dolor, qué pena!
 Mambrú se fue a la guerra,
 no sé cuándo vendrá".

Pocos días antes de la Navidad, Rosaura llegó a Buenos Aires y se instaló  con sus dos hijas en la casa de su hermano mayor, Idelfonso. Regresaba de Francia, país donde murió su marido de un paro cardíaco, luego de seis meses de estadía. El viaje de placer se convirtió en una travesía lúgubre.
La súbita muerte la dejó atónita. Ella lo amaba y respetaba, conformaban un matrimonio feliz. Las niñas, Felicitas de trece años y Rosario de once, eran ahora la razón de su existir.
Cuando recibió la carta de su hermano invitándola a vivir con él y sus tres hijos no lo dudó, acepto gustosa y agradecida.
Rosaura contrajo nupcias a los dieciocho años y desde entonces gozó de la protección de un hombre justo y generoso, que siempre veló por su bienestar y el de las pequeñas. Su situación económica era holgada, pero temía enfrentar la soledad, el desamparo.
Idelfonso las recibió con una sonrisa, deseaba tener otra vez una mujer en su casa haciéndose cargo de la dirección de todas las tareas domésticas. Seguramente ella lo ayudaría a encarrilar a Alejo y a cuidar del enfermizo Darío. Rubén era otro cantar, era un verdadero Gómez Castañón.
_ Rosaura, querida, ¡qué placer tenerte entre nosotros! _ la abrazó con cariño y luego besó a sus sobrinas _ Niñas, ¡que crecidas están! _ se asombró.
_ Gracias Idelfonso por recibirnos en tu casa. Significa mucho para mí tu preocupación por nosotras. ¡Me siento tan sola! _ Rosaura contuvo las lágrimas para no inquietar a sus hijas.
_ Tranquila, siempre estaré a tu lado protegiéndote, como cuando éramos pequeños, ¿te acuerdas?
_ Como no hacerlo, ¿recuerdas cuándo me libraste de una zurra segura por haber derramado el frasco de miel sobre el mantel preferido de mamá? _ rió con nostalgia.
_ Mira que eras traviesa, espero que Felicitas y Rosario no se parezcan a su madre, ¿eh? _ lo dijo mirándolas con el ceño fruncido pero enseguida explotó en carcajadas. Las niñas respiraron aliviadas. "El tío no es tan malo como parece", le susurró al oído Felicitas a Rosario. Sin embargo Rosario no estaba muy convencida de ello. No le gustaba para nada ese hombre enorme de bigote rizado. Se parecía al ogro del cuento "Pulgarcito" que se alimentaba de niños. "¡Qué horror!", un escalofrío le recorrió el cuerpo.
_ Pedro _ llamó al negro que supervisaba a los demás esclavos, un hombre de mediana edad, alto y corpulento _ lleva los baúles al primer piso y acomódalos en la habitación que linda con la de Darío. Es una habitación muy amplia, allí estarán cómodas. Me pareció buena idea que estuvieran las tres juntas. Además el ventanal da al jardín, te gustará Rosaura. Por las mañanas el perfume de los jazmines inunda la estancia._ dijo con afecto.
_ Idelfonso, ¿todavía recuerdas mi preferencia por los jazmines? ¡Que detalle! _ se emocionó Rosaura. "Sin dudas aquí estaremos cómodas", consideró dichosa.
_ Acomódate y luego charlaremos en la biblioteca. Enseguida te envío una esclava para que las ayude.
_ ¿ Y tus hijos? _ preguntó mirando por encima del hombro de Idelfonso.
_ Rubén está con mi administrador recorriendo los campos que tengo en El Retiro, allí nos trasladaremos después de Año Nuevo huyendo del calor estival. Cerca del Río de la Plata el clima se vuelve más benigno que en la ciudad. Alejo...no sé dónde se habrá metido Alejo, estará enredado con el indio Lautaro, su compinche , en alguna travesura que seguramente me sacará de quicio. Ese niño es un verdadero castigo. Y Darío, encerrado en su dormitorio. Su enfermedad le impide llevar una vida normal. Darío es mi vergüenza. _ una sombra de impotencia y rencor enturbió la mirada del hombre.
_ Idelfonso, es muy triste que hables así de Alejo y de Darío. Ellos necesitan de tu cariño, no se lo niegues _ le aconsejó abrumada por los sentimientos de su hermano.
_ Tú no entiendes _ respondió con sequedad.
_ Entiendo que esas criaturas necesitan del amor de su padre para crecer felices _ dijo con suavidad.
_ Perdona Rosaura, pero no te he pedido consejo alguno, sé muy bien como tratar a mis hijos _ la hosquedad  de las palabras preocupó a la mujer. "El mismo testarudo de siempre".
A Rosaura le complació el dormitorio: espartano, aireado y luminoso. Los muebles eran de algarrobo: el ropero, la cómoda y tres pequeñas mesitas. En cada una de ellas descansaba un candil de terracota. Colchas coloridas cubrían las tres camas, combinando sus colores con el dorado de las cortinas. Una alfombra mullida se extendía sobre el piso de madera y un espejo con marco de plata repujada, que fue la delicia para la coquetería de las pequeñas damitas, adornaba la pared encalada.
Felicitas y Rosario saltaban sobre las camas cantando una melodía que aprendieron en París:
"Mambrú se fue a la guerra, no sé cuando vendrá.
 Vendrá para la Pascua o por la Trinidad
 La Trinidad se acaba,
 Mambrú no viene más". 
Un golpe suave en la puerta las detuvo.
"¿Será el tío?", Rosario entró en pánico.
Felicitas corrió a abrir y se encontró con la cara de terror de Felipa.
_ Y vos, ¿quién sos? _ le preguntó intrigada.
_ Felipa, la esclava que el amo Idelfonso manda para que las atienda _ contestó a punto de llorar.
_ ¡Una esclava blanca!, pero, ¿dónde se vio tal cosa? _ se escandalizó Rosaura y la hizo pasar tomándola de la mano.
_ ¿Cómo es eso de que eres esclava?, ¿cuántos años tienes? ¡Si eres blanca, Virgen Santa! _ volvió a protestar Rosaura.
_ Mi mamá era esclava y se enamoró de un blanco, entonces nací yo...y tengo diez años _ explicó con timidez Felipa.
_ Preciosa, no temas, nunca te haré daño _ le dijo con ternura la mujer consternada por el destino de esa pobre criatura. Ella no tenía derecho de quejarse del suyo propio.
_ Nosotras seremos tus amigas _ dictaminó Felicitas y Rosario asintió presurosa.
_ Y ahora, manos a la obra, entre las cuatro ordenaremos la ropa y luego iremos por un rico chocolate caliente.
Las tres niñas aceptaron encantadas, aunque Felipa temió que don Idelfonso la azotara por confianzuda. El chocolate, el sabroso chocolate de Abelarda estaba prohibido para ella.

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