sábado, 11 de julio de 2015

La Cabecita Negra Cap. 5

Entró cabizbajo al amplio salón iluminado. Si estaba ansioso no lo demostró. Fue derecho al sector del bar, una tabla sostenida por dos caballetes y cubierta por papel madera. Un pelado regordete con un penetrante tufo a vino lo atendió con displicencia. Sin darle importancia al trato le ordenó con petulancia un vaso de tinto, el primero de varios, que recibió al instante. Mientras el vino de pésima calidad le quemaba el garguero, escudriñó entre la multitud tratando de ubicarla.
Localizó al hermano haciéndose el galán con una flaca sin gracia; a una de sus hermanas bailando con un larguirucho carente de ritmo; y a la otra, besándose descaradamente en un rincón oscuro con uno de los peones de don Andrés. La rabia comenzó a estrujarle las tripas, "aunque te escuendas te vua' a encontrar".
Se desplazó por la pista de lajas grises con la cautela de un cazador que acecha a su presa. Confió en su olfato para descubrirla...tenía hasta los huesos impregnados de su aroma a lavanda, imposible equivocarse, por algo lo llamaban "el lobizón".
Se le acercó por detrás. Ella estaba sentada mirando bailar a Sofía. Se sobresaltó cuando sintió una mano sudorosa en el cuello que la lastimaba. Se volvió encendida de furia. Al fijar la mirada en el autor de semejante insolencia, se quedó helada. Pedro Machuca,¿qué quería de ella?. Una sonrisa macabra se fue dibujando lentamente en el rostro picado de viruela. Se regodeó en el miedo que reflejaban los enormes ojos de la muchacha.
_ ¿Qué pretende?_ le preguntó en voz baja y temblorosa.
_ ¡Cerrá la boca!, te conviene_ en ese momento le clavó la punta de su cuchillo verijero en la espalda_ ¡Caminá!. Si gritás acá mesmo te achuro.
La tomó del brazo con firmeza y la condujo hacia la salida, amenazándola con el filo del cuchillo.
Amanda comenzó a temblar, "Dios mío, que alguien me ayude". Nadie la auxilió.
Al trasponer la puerta, Pedro ocultó su cara en el cuello de Amanda simulando besarla, para que don Pancho no lo reconociera.
_¡Adiós señorita Amanda!_le gritó el desdentado.
_ No contestés, seguí caminando hasta aquel árbol que ves enfrente, ahí tengo mi caballo. ¡Apuráte!, si haces  todo lo que te digo no va a pasarte nada...
Amanda obedeció. Pedro montó con agilidad y de un tirón la alzó apoyándola contra su pecho.
A todo galope se perdieron en la oscuridad.
_ ¿Adónde me lleva?_ las lágrimas le nublaban la vista.
No obtuvo respuesta.
_ Por favor, no me haga daño_ le suplicó.
_ No hablés, te dije_ al pronunciar estas palabras tan cerca de su oído, la alcanzó una baranda a alcohol que le produjo una arcada.
A partir de ese momento el silencio los envolvió, tornándose pesado y sofocante. Amanda intentó deshacerse del abrazo ponzoñoso del depredador, pero éste se lo impidió apretándola con más saña.
Pedro, seguro y confiado, tomó por un acceso que los condujo al Campo del Cielo, una región extensa en la que, una infinidad de años atrás, impactó una lluvia de meteoritos. Los indios wichis denominaban a esta región Otumpa, territorio sagrado, razón por la cual se hallaba casi despoblado.
Se internaron por un sendero arbolado hasta dar con el esqueleto de una carreta desvencijada; más atrás, las ruinas de un rancho mohoso cubierto por pastizales.
Desmontó con parsimonia, saboreando de antemano el daño que le ocasionaría a esa mujer frágil e indefensa que tantas veces lo despreció. Sin miramientos la bajó propinándole una bofetada que le hizo sangrar los labios. Amanda, con dificultad, se enderezó apoyándose en el caballo. El degenerado, con alevosía, la tomó del cabello y la arrastró hasta el rancho. Allí, de un empujón, la desparramó sobre el tosco suelo. Amanda comenzó a gritar deseperada.
_ Pedí auxilio si querés,naides te vua' escuchar.
Pedro la sometió buscando su propio goce, inflingiéndole todas las formas posibles de humillación y sufrimiento.
Frío e insensible al dolor de Amanda, dio rienda suelta a sus perversos instintos...La indefención de la joven le provocó una erección que lo hizo aullar de placer.
Amanda creyó morir cuando la obligó a chuparle el pene. Se resistió, pero una trompada en pleno rostro la desarmó haciéndola acceder con repugnancia. Una vez satisfecho, la puso de espaldas y con violencia le arrancó el vestido y las bragas. Se montó sobre ella y con un golpe seco la penetró por el ano. Amanda convulsionó. Pedro, entusiasmado, la dio vuelta y brutalmente la volvió a penetrar, esta vez por la vagina. Otro desgarro, más sangre.
Ebrio por la libido, continuó adentrándose en las entrañas de Amanda, sin reparar que la muchacha agonizaba bajo su peso.
_ ¿Te gustó, maldita? ¡Claro que sí! Te haces la virgencita y sos una puta como lo fue la gran puta de mi vieja. ¿Te gustó mi leche? Chupá tonce un poco ma', ¡chupa!_ Pedro pasó uno de sus dedos por el pene sucio de semen y sangre y se lo metió en la boca mientras reía como un desquiciado.
Amanda estaba inconsciente.
Pedro fue hasta el caballo y volvió con una soga. Se arrodilló junto a Amanda y sin experimentar culpa, la estranguló.
La dejó tirada, desnuda en un charco de sangre. La miró con desprecio, montó en su zaino y se alejó con su estima vigorizada.
_ A Pedro Machuca, ¡naides lo disprecia, no señor!.


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