lunes, 26 de octubre de 2015

LA CABECITA NEGRA Cap 23

"Ese César Galarza es un demonio", repitió con miedo el padre Juan, mientras le ponía doble llave a la puerta. El miedo lo paralizó. Nunca pensó encontrarse cara a cara con el asesino de Pedro Machuca, no lo había planeado de ese modo.
"El imbécil de Laureano lo estropeó todo", pensó al tiempo que se cambiaba los pantalones orinados."¡Que papelón. ¿Cómo pudo pasarme esto?. ¡Cómo se rió de mí el muy hijo de puta!". La vergüenza y la rabia le roían las entrañas.
Recordaba, como si fuera ayer, el momento en que vio como César le enterraba el puñal en el estómago al capataz de don Eduardo.
Él había ido al rancho de doña Isolina, la madre de Pedro, para confesarla y de paso cenaba gratis. Pero cuando estaba llegando, algo le llamó la atención, un hombre estaba oculto detrás de uno de los árboles cercanos al lugar. Detuvo el sulky y, curioso, se quedó espectante, oculto él también entre los matorrales del camino. Vio como Pedro se despedía de su madre y se adentraba en la oscuridad. El hombre misterioso lo siguió sigilosamente. Él persiguió a los dos con cautela, se olía que algo extraño iba a suceder y él, seguramente, podría sacar su propia tajada.
Después de presenciar, siempre oculto, la feroz pelea, en la que reconoció a César como el hombre misterioso y el  ladrón de una jugosa suma de dinero que llevaba encima Pedro, esperó a que desapareciera para acercarse al difunto y así cerciorase de lo sucedido. "Así que fuiste vos el malnacido que violó a la Amanda. ¡Flor de bocadito disfrutaste! No sabés como te envidio", se rió. "Gracias Señor por ponerme en el camino de estos dos pecadores. No temas, yo haré justicia, ese dinero bañado en sangre será mío para engrandecer tu Santo Nombre".Rezó desquiciado por la avaricia.
Ahora tenía que pergeñar la forma de poder salir de ese pueblo maloliente. La solución no se hizo esperar, aunque no fue la ideal para el padre Juan. La bomba estalló, cuando se supo por alguna lengua viperina, que tenía relaciones sexuales con la hija mayor de doña Celina, tía de las Galarza. La muy tonta se entregaba dócilmente porque él la convenció de que esa era la voluntad de Dios.El muy desgraciado la disfrutó sin remordimientos.
El Obispo, enterado del escándalo, lo envió a Buenos Aires. Simulando arrepentimiento, el cura le rogó que le asignara una parroquia en los suburbios de la capital;  ya estaba enterado por Aurora, la pobre ilusa que él gozaba, que César y su hermana Alma estaban instalados en un conventillo de La Boca. Comenzó a saborear su victoria, estaba muy cerca de conseguir el botín. Él, instrumento de Dios, haría justicia. Ese dinero mal habido pasaría a engrosar las arcas de la parroquia que el pastoreaba. Pero el maldito de César echó por tierra sus pretensiones.
"Es mejor que me aleje de esa familia. La plata ya no la voy a conseguir, y además, prefiero seguir vivo porque ese loco seguro cumple su palabra y me destripa", reflexionó desalentado."Ya veré con que mentira enredo al Obispo para sacarle los pesos que necesito para el asuntito que tengo entre manos. Si se me da, cuelgo la sotana y estos parroquianos pelagatos no me ven más el pelo", rumió satisfecho de su ingenio.
El padre Juan siempre tenía un as bajo la manga. Si un plan fracasaba, enseguida surgía otro. Lo importante era conseguir dinero para darse la gran vida lejos de la opresión clerical. Hasta el momento no lo había logrado, pero no perdía la esperanza. Se lo merecía, él pensaba.
Personalidad oscura la del padre Juan. Quinto hijo de una familia humilde, creyó que una manera de salir de la pobreza era haciéndose sacerdote.
El seminario, cuna ávida de presbíteros, lo aceptó sin dudar. Permaneció allí hasta los 23 años. Tuvo una vida dura en el seminario, levantarse al alba para rezar el Libro de las Horas, fregar pisos y baños, cocinar...escuchar misa tres veces al día, seguir rezando...nona, vísperas...
"Estoy harto de tanto rezo, pero lamentablemente, no me queda otra", se repetía con pesimismo.
Una noche, mientras dormía, un seminarista varios años mayor que él, lo atacó y violó. Lejos de asustarse o conflictuarse, le gustó. Esta situación se repitió con asiduidad hasta que se ordenó como sacerdote y lo enviaron a una parroquia del interior, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, el pueblo de Alma.
Eusebia, una cuarentona, encargada de la limpieza y de la cocina de la casa parroquial, se alegró de recibir al joven sacerdote, tan entusiasta y vital; la cara opuesta del padre Antonio, párroco del lugar, viejo y enfermo.
Por fin las actividades espirituales se reactivarían. Lo que nunca se imaginó Eusebia fue que terminó convirtiéndose en la amante del joven sacerdote. Juan la convenció que era instrumento del Señor para darle placer, situación que ella disfrutó inmensamente.
Luego de la muerte del padre Antonio fue nombrado Párroco.
Pasaron los años y aquellas niñas a las que dio la Primera Comunión, avivaron su libido. Siempre elegía a las más inocentes y vulnerables. Sus padres, gente ignorante y de una profunda religiosidad natural, nunca sospecharon acerca de la tropelía del cura.
La gula del padre Juan no se limitaba a lo sexual, la codicia lo embriagaba. Deseaba dinero y lo deseaba en abundancia. La limosna que se recogía los domingos en las misas no lo satisfacía. Empezó a apostar en las riñas de gallos..."Para ayudar a los más pobres del rebaño que me ha encomendado el Señor", decía santamente...y todos le creían, como no hacerlo si era el cura.
A pesar de todos los esfuerzos por engordar su hucha, ésta no rendía el fruto esperado. Por eso cuando vio, asombrado, el suculento fajo de dinero en las manos de César aquella noche, se relamió pensando "Esta es la mía". Pero el destino...¿o Dios?...le jugó una mala pasada. Tendría que esperar una nueva oportunidad para escapar de su realidad.

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