lunes, 2 de noviembre de 2015

LA CABECITA NEGRA Cap 25

Alma, desesperada, insistió con la voz quebrada por el miedo
.
_ Mingo, ¿qué le pasó al Esteban? Responde, por favor.
_ Cuando terminó el partido, nos disponíamos a bajar de las gradas cuando...cuando...
_ ¡Qué, Mingo!,¡qué pasó!_ lo zamarreó con furia, con desesperanza.
_ Una avalancha lo aplastó, Alma. Y yo...yo no pude hacer nada,¡nada!. Cuando pudieron rescatarlo, se lo llevaron al Hospital Fernández. Está muy mal, Alma, muy mal...se muere y yo no pude ayudarlo, me empujaron, me aplastaron a mí también, pero pude zafar. él , en cambio...no pude ayudarlo Alma,¡tenes que creerme!_ la abrazó con fuerza en el preciso momento que Alma se desvanecía.
Cuando volvió en sí, escuchó los gritos de angustia de doña Amparo. Mingo estaba a su lado consolándola.
Al verla recuperada, la madrileña corrió hasta ella.
_ ¡Me cago en el día en que mi hijo ligó contigo! Lo único que has hecho es traer desgracia a mi familia. _ y le propinó una bofetada que le dejó ardiendo la palma de la mano,
_ ¡Doña Amparo! Cálmese, ella no tiene la culpa_ intervino Mingo.
Alma estaba desorientada, perdida. ¿Qué sucedía?. Y su Esteban, ¿dónde estaba?.¿Por qué esa vieja desquiciada le pegaba? Y de repente recordó.
Un gemido nació de lo más profundo de su ser.
_ ¡Esteban,no, no, no! No puede ser. Es una pesadilla...¿por qué me castigas Dios? ¿No fue suficiente con que me quitaras a mi hermana, a mi querida Amanda? Y ahora esto. Esteban, mi amor, ¿por qué?
_ ¿Dónde has dicho que está internado?_ doña Amparo tomó las riendas de la situación.
_ En el Fernández. Las acompaño _ Mingó ayudó a ponerse en pie a la joven, pero la suegra se lo impidió.
_ ¡Deja a esta jamelga, no viene con nosotros! _ le ordenó con firmeza
_ Pero...pero...es su esposa  _ tartamudeó indignado Mingo.
_ Y yo soy su madre, la mujer más importante de su..._ no alcanzó a terminar la frase porque Alma le escupió en la cara en un arrebato furibundo.
_ ¡La mujer más importante en la vida del Esteban soy yo, vieja de mierda! No se interponga entre nosotros en este momento porque le juro que la duermo de una trompada. ¡Vamos Mingo!
Con el dorso de la mano se secó las lágrimas, tomó su cartera y salió tomada del brazo del muchacho para evitar caerse, el cuerpo le temblaba descontrolado.
Doña Amparo los siguió en silencio, ya se cobraría revancha.
El hospital era un hervidero de personas que iban y venían. Alma intentó preguntar a una enfermera sobre el paradero de su marido, pero la ignoró.
El profundo olor a desinfectante le provocó náuseas. Se tapó la nariz con su pañuelo perfumado mientras su frente se perlaba de sudor.
Mingo la condujo hacia un apartado en el que estaban dispuestos unos sillones.
_ Estás más blanca que ese pañuelo. Siéntense acá _ incluyó a Doña Ampara_ Yo voy a tratar de averiguar donde tienen a Esteban.
Alma asintió con un leve movimiento de cabeza, y lo vio alejarse perdiéndose en una marea de batas blancas.
_ ¿Por qué lo dejaste ir a ese partido? Yo nunca lo hubiera permitido.
_ Esteban no es una criatura, usted sabe muy bien que cuando se le mete algo en la cabeza nadie se lo quita_ le respondió con calma evitando un nuevo enfrentamiento.
_ Tienes razón _ ella tampoco deseaba reñir. Su corazón de madre le anunciaba un triste presagio.
Ante la respuesta de doña Amparo, Alma se quedó de una pieza. Era la primera vez desde que la conocía que le daba la razón.
Mingo apareció sobresaltado.
_ Está en la sala general, cama ocho. Está...está mal...lo siento tanto,tanto_ y se derrumbó en los sillones, junto a ellas.
_ ¡No!, no me digas eso, por favor, ¡no! _ Alma se sofocó con la noticia.
Doña Amparo se desmayó. Dos enfermeras corrieron a socorrerla. Al poco tiempo volvió en sí. Alma ni se dio cuenta, lo único que importaba era Esteban...¡y se estaba muriendo!.
_ Vamos Mingo, acompañanos. Doña Amparo, ¿está mejor?. Le pido que no nos peleemos, que el Esteban nos vea juntas y bien, hágalo por amor a él _ le suplicó llorando.
_ Lo haré por él y no porque tú me lo pidas, ¡ala!, andando._ algo débil, aunque sin demostrarlo, caminó erguida apoyada en el pobre Mingo.
Un médico estaba parado en la cabecera de la cama de Esteban. Circunspecto, estudiaba una planilla. Al verlos acercarse, encaró crudamente a Alma.
_ ¿Son sus parientes?
_ Soy su esposa.
_ Y yo soy su madre, doctor. Lo que tenga que decir dígamelo a mí que para eso lo parí.
Sin prestar atención a la mujer, el médico continuó informando a Alma.
_ Señora, su esposo está muy grave. Usted misma puede ver en que condiciones está.
Alma dirigió, temerosa, sus ojos a la cama. No deseaba mirar, se había negado hasta ese momento. Ahogó un grito. Sintió que sus huesos se quebraban, que no la sostenían; cayó de rodillas, nadie la sostuvo...nadie. Allí estaba Esteban, el rostro desfigurado, lleno de tubos y cables.
_ Ha sufrido politraumatismos. Su situación es irreversible, hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance. Si cree en Dios, rece _ dicho el fatal diagnóstico se retiró.
Alma se sentó en una silla cercana a la cama y le tomó una mano con extrema delicadeza.
Doña Amparo se paró al lado de Alma y comenzó a empujarla.
_ ¿Qué está haciendo?¿Ni en este momento tan desgraciado puede ser gentil conmigo?_ le dijo en voz baja pero firme.
_ ¿Gentil contigo? ¡No digas sandeces! ¡Sal de ahí!, ese lugar me corresponde. Vete a llorar al pasillo, ¿no ves que lo estás alterando?
_ Ni loca lo dejo
_ A...Al...Alma _ la llamó Esteban despertando de la inconsciencia.
Las dos mujeres le clavaron la mirada expectantes.
_ Sí, mi amor, estoy acá, todo va a salir bien, ya vas a ver. Prontito nos vamos a casa _ forzó una sonrisa.
_ Yo también estoy contigo hijito querido. El doctor ha dicho que te repondrás.
_ Alma _ repitió Esteban esforzándose.
_ No, mi amor, soy mamá
Alma, a pesar de su infinito dolor, deseó noquearla.
Mingo, atento a semejante enfrentamiento, intentó calmar las aguas.
_ Doña Amparo, el doctor quiere hablar con usted_ mintió.
_ Ah, claro, por supuesto. Ya vuelvo querido _ con altanería giró sobre sí misma, miró con superioridad a su nuera y salió al pasillo junto a Mingo.
Alma respiró aliviada.
_ ¡Dios mío, no me lo quites!_ imploró desgarrada.
_ Al..Alma, no me ...olvides
_ Shh, no digas tonterías, siempre vamos a estar juntos.
_ Te...te quiero...fui muy fe...feliz _ fueron sus últimas palabras.
_ ¡Nooo!
Doña Amparo, cansada de esperar al facultativo, entró corriendo y se arrojó sobre el cuerpo sin vida de su hijo.
_ ¡Hijo Mío! ¡Mi pobrecito!Virgen santa,¿por qué has permitido la muerte de mi único hijo?, ¿por qué? _ lloró desesperada.
La vorágine que sucedió a la muerte de Esteban , sumió a Alma en un letargo del que fue incapaz de salir. César estuvo con ella brindándole contención y cariño. No la dejó sola ni un momento, se encargó de todos los detalles del funeral. Hasta consoló a doña Amparo.
Varios días después de la muerte de Esteban, mientras Alma descansaba en su dormitorio, un golpe en la puerta, seco y prepotente, la sobresaltó.
A pesar de las penumbras, descubrió a doña Amparo en el dintel observándola con seriedad.
_ ¿Que pasa doña Amparo?, ¿se siente mal?_ le preguntó más asustada que preocupada.
_ ¡Vete, vete ya mismo de esta casa! _ le ordenó.
_ ¿Cómo? ¡Está loca!, esta es mi casa.
_ Esta casa está a mi nombre y ¡tú! no tienes ningún derecho sobre ella, así que toma tus cuatro trapos sucios y vete.
_ ¡No! El Esteban estará revolcándose en su tumba por lo que acaba de decir.
_ ¡Cállate! Límpiate la boca cuando hables de mi hijo, ¡arrastrada!, ¡cabecita negra!_ se abalanzó sobre Alma y tomándola por sorpresa le dio vuelta la cara de una bofetada que le hizo sangrar los labios.
_ ¡Vieja bruja!, ¡gallega de mierda!_ Alma se tiró encima de la mujer y le arañó el rostro.
_ ¡Bruta, no eres más que una bruta! Vete ya mismo o llamo a la policía.
Era verdad, esa casa no le pertenecía a Esteban. El estaba ahorrando para comprar una que fuese de los dos y poder abandonar la pensión de su madre.
Revolvió los cajones buscando esos ahorros, no los halló. "Ahora que me acuerdo, él me dijo que tenía una cuenta en el banco, pero ¿cuál?, ¿cómo se llamaba?...¡mierda!,no me acuerdo", se lamentó angustiada.
Metió rápidamente su ropa en una valija y bajó las escaleras.
En el comedor la esperaba doña Amparo recuperada de la paliza. Con una sonrisa de triunfo le abrió la puerta de entrada.
_ Una última cosa, mi reloj _ la enfrentó Alma.
_ ¿Qué reloj? _ se desentendió.
_ El reloj de oro que me regaló su hijo. Acabo de poner mi dormitorio "patas para arriba" y no lo encontré. ¡Devuélvame el reloj!
_ Yo no sé nada de ningún reloj. Vete ya, no me hagas perder tiempo.
_ ¡Ladrona!¡Ojalá reviente como un sapo!_ la maldijo.
Al cerrar la puerta,  Amparo comenzó a reír con desenfreno.
_ ¡Por fin nos libramos de ella hijito! Nuevamente los dos solos, como siempre debió ser. Mira que querer quitarme este hermoso reloj y todos nuestros ahorros _ desquiciada besó el reloj y acarició con avaricia una libreta del Banco Nación...
De repente comenzó a girar por toda la sala mientras entonaba un fandango. Un par de castañuelas marcaban el ritmo.


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