miércoles, 27 de enero de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS, Cap 8

"Te amo en cada frágil aliento
 con cada sonrisa y con cada lágrima de mi ser,
 y si Dios así lo desea,
 tras la muerte te amaré aún más".     Elizabeth Browning



Lourdes era simpática, extrovertida y generosa, sin embargo siempre fue excluida del círculo social porteño.
En vano intentó entablar amistad con las muchachas de su edad, ellas siempre la menospreciaban. Al principio sufrió por la desidia con que la trataban hasta que decidió que no valía la pena mendigar afecto. Le bastaba con el cariño de su abuela, Tina y su extravagante tío Lorenzo.
Sin embargo ese mañana sorprendió a Mercedes con un pedido insólito.
_ Abuela, ¿puedo ir esta tarde a la casa de Benita? Me invitó a tomar el té.
_ ¿Benita?, ¿desde cuando son amigas? ¿Acaso no la soportabas por necia y soberbia?
_ Es verdad, pero bueno...me prometió pasar una tarde agradable y no pude resistirme a su invitación. Voy con Lola.
_ Siempre me convences, chiquilla insistente _ rió la abuela.
Mercedes padecía el rechazo social del que era víctima su nieta. Su esfuerzo por ocultar el pecado de Consuelo con mentiras no logró frenar las lenguas viperinas de algunas damas patricias. El milagro fue que el veneno de las murmuraciones nunca alcanzó a Lourdes. "Sin duda Consuelo la protege", se repetía con alivio.
Esa tarde, Lourdes coqueteó frente al espejo más de lo que acostumbraba. Descartó tres vestidos antes de elegir uno verde, adornó sus trenzas con cintas amarillas y verdes, y a regañadientes, se prendió un moño punzó en el escote del vestido. Se pellizcó las mejillas para darle color y se perfumó con esencia de jazmín.
_ Estas muy linda, querida. No te entretengas conversando. Quiero que llegues antes del anochecer, ¿entendido? _ le recomendó Mercedes.
_ Comprendido, abuelita. Te quiero _ con un rápido beso se despidió.
Lourdes llevaba un cesto de mimbre con pastelitos de membrillo y unos riquísimos gaznates, exquisitas confituras rellenas con dulce de leche.
_ ¡Ay niña!, mentirle a su abuela está muy mal _ lloriqueó Lola.
Ambas se dirigían a la casona que había pertenecido a Mariquita Sánchez de Thompson.
_ ¡Calla Lola!, sé lo que hago. Te prometo que pronto le diré la verdad _ la regañó harta de sus gimoteos.
Al llegar, Jovita las recibió. "¿Quienes serán estas dos?", se intrigó. Las miró con descaro y las condujo hasta la sala.
Allí estaba Rafael. La abrazó y besó sin disimulo ante el estupor de las dos negras.
_ Jovita , lleva a Lola a la cocina y sírvele unos mates.
_ ¿Yo, patroncito? _ exclamó indignada.
_ Sí, y lleva también esta canasta. ¡Apresúrate!_ la apremió, deseaba estar a solas con Lourdes.
De mala gana Jovita guió a Lola a través del patio.
Rafael, luego de besar a su antojo a Lourdes, la condujo hasta el comedor. Allí, en su mecedora, dormitaba doña Francisca.
Rafael la despertó con un beso en la frente.
_ Lourdes está aquí, mamita.
Doña Francisca bostezó y fijó la vista en la joven.
_¡Bonita la moza!. Acérquese, dele un beso a esta vieja _ la animó con ternura.
_ Me alegra conocerla, doña Francisca. Rafael me habló mucho de usted.
_ Y a mí de usté. Desde que la conoció, el Rafa tiene un brillo especial en los ojos.
_ Mamita Pancha, Lourdes te trajo gaznates.
_ Rafa me contó que eran su golosina preferida.
_ Gracias hijita, desde que estoy enferma son pocos los gustos que puedo darme. Me vigilan a sol y a sombra...
_ No se queje, viejita, la queremos por eso la cuidamos.
_ Si me permiten, voy hasta la cocina a apurar a la Jovita. Esa chinita lerda en'tuavía no apareció con el mate. Encima, ¡me muero por probar esos gaznates!_ sentenció alegre la anciana.
Con dificultad, se levantó de la mecedora y lentamente se encaminó hacia la cocina.
Rafael , aprovechando que quedaron solos, nuevamente besó a Lourdes.
_¡Cuidado!, pueden vernos _ dijo mirando hacia todos lados.
_ Va a tardar en volver. La muy pícara nos dejó solos a propósito.
Rafael comenzó con un juego de caricias que los encendió.
_ Te deseo Lourdes.  Noche y día, te deseo. Estoy cansado de que nos ocultemos. Te ruego, ¡hablemos con tu abuela ya!
_ Dame tiempo Rafa. Ella no va aceptar que ame a un mazorquero _  le suplicó.
_ ¡Pero no lo soy! _ mintió con remordimiento. Si Lourdes descubría quien era en realidad lo abandonaría. No, él no lo permitiría. Ella era suya.
_ Tú no, pero tu padrino carga con muchas culpas.
_ Déjame hablar con ella, la fuerza de nuestro amor la va a convencer. ¿No entiendes que eres mi vida? _ insistió Rafael.
_ Te prometo que hoy mismo le cuento sobre nosotros y ¡que Dios nos ayude!
Con un movimiento veloz Rafael la sentó sobre el clavicordio y devoró su boca tentadora.
La timidez y el recato de Lourdes se diluyeron en el fuego de la pasión. Un cosquilleo delicioso le recorrió el cuerpo haciéndole olvidar la prudencia.
Se apartaron con prontitud al escuchar las voces de doña Francisca y de Jovita que se acercaban por el corredor.
La mujer sonrió al notar la boca de Lourdes roja y húmeda como una fresa madura. "Bendita juventud", suspiró recordando viejas épocas.
La tarde pasó volando. Rieron cuando doña Francisca recordó la traviesa infancia de Rafael. Lo describió como a un niño cariñoso que con el correr de los años se convirtió en un joven inteligente y sensato.
Lourdes escuchaba atenta las anécdotas mientras disfrutaba de la cercanía de Rafael, el hombre que amaba con toda su alma.
_ Ya es hora de retirarme. Muchas gracias doña Pancha por su hospitalidad.
_ Espero que pronto repita la visita. Y llámeme "mamita Pancha", querida.
Rafael insistió en acompañarla, pero ella se negó rotundamente. Se despidieron con un beso que dejó a Lola y a Jovita con los ojos desorbitados.
Al tomar la calle de la Piedad Lourdes y Lola apuraron el paso, ya anochecía. Asustadas, escucharon detrás de ellas insultos y gritos. Una chusma enfervorizada se acercaba a ellas. Corrieron tomadas de la mano. La muchedumbre enfurecida las alcanzó y arrastró como una tromba fuera de control.
Lourdes cayó en la calle embarrada. Dos locos le pasaron por encima. Lola, llorando, trató de levantarla. A duras penas, la joven se incorporó... temblaba de pánico. La negra la sujetó por la cintura y se apretujaron contra la pared de una casa vecina hasta que los desquiciados terminaran de pasar.
Domingo estaba en el frente de la casa esperándolas. Presenció aterrorizado la violenta manifestación federal. El gentío aullaba,"¡muerte a los perros unitarios que quisieron asesinar a don Juan Manuel!".
Cuando las descubrió entre la chusma corrió hacia ellas. Alzó en brazos a Lourdes y en tres zancadas llegaron a la casa.
Mercedes espiaba por la ventana, al verlos gritó espantada.
_¡Madre Santísima!, ¿qué ocurrió? Lourdes, querida, ¿ cómo te sientes? Domingo, recuéstala en el sillón y llama a Tina.
_ ¡Hijita, hijita!, ¡que desgracia! _ Mercedes estaba fuera de sí.
_ Tranquila doña Mercedes, son sólo rasguños y un gran susto _ trató de calmarla Tina, aunque ni ella se lo creía. "¡Malditos federales!", pensó con rabia.
_ ¡Domingo!, ve en busca del doctor Muñiz y luego ve por Lorenzo.
_ Sí, sí, patroncita, voy volando _ dijo hecho un manojo de nervios.
Mercedes volvió junto a Lourdes. Tina le sostenía la mano mientras le limpiaba el barro y la sangre del rostro.
_ ¿Por qué los Riglos no te enviaron en su carruaje? ¡Que desconsiderados! Me van a escuchar, ¡sinvergüenzas! _ exclamó irritada.
_ Abuela...no estuve en casa de Benita_ titubeó.
_ ¿Y dónde, entonces? _ se exasperó.
_ De eso justamente te quería hablar...



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