lunes, 25 de enero de 2016

CAMINO DE SANGRE Y ROSAS, Cap 7

"Quiero poseer un rizo de tu pelo
 de ese pelo magnífico y luciento
 que con tus grandes ojos forma un cielo
 soberano, bellísimo, esplendente".             Amado Nervo



Rafael entró silbando en la espaciosa cocina. Clota, la cocinera, y su hija Jovita, se codearon risueñas.
_ ¿Qué le pasa a éste que está tan contento?
_  Vaya uno a saber.
Hacía tiempo que el joven parecía embargado por una profunda tristeza, y ahora, verlo tan animado, las sorprendió gratamente.
Rafael se acercó al fogón y mojó un trozo de pan en el caldo del guiso.
_ Esto está riquísimo, Clota._ Espero que hayas preparado mi postre preferido, negra linda.
_ La mazamorra está casi lista _ contestó halagada _. Me tarde en hacerla porque el lechero llegó más tarde que de costumbre.
Y así como entró, salió tarareando un "Cielito". Las negras se miraron divertidas.
Esa mañana, luego de muchos rodeos, logró que su padrino le facilitara los datos de la familia de la calle de la Santísima Trinidad , la familia del hada de sus desvelos.
"Así que eres Lourdes, mi sol se llama Lourdes", saboreó con placer el nombre. Se enteró, también, que Alonso Aguirrezabala, abuelo de la muchacha, había mantenido una relación de negocios con Rosas. En ese entonces, se dedicaron al acopio de frutos y a la salazón de pescado y carne, con redituables ganancias.
Más tarde, don Alonso le vendió unos campos sobre el río Salado, donde Rosas estableció la estancia "Los Cerrillos".
Cuitiño estaba al tanto de estos tratos comerciales por su estrecha relación con el Gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas.
Con sorna, le confió la vergüenza de don Alonso. Consuelo, su única hija, quedó en estado de buena esperanza sin estar casada. El y su mujer, doña Mercedes Escalante, fueron la comidilla de la sociedad porteña durante mucho tiempo, a pesar de sus vanos intentos por ocultar la verdad. La joven murió en el parto y el padre la siguió un par de días después.
_ Doña Mercedes se hizo cargo de la niña que nació en el Convento de las Catalinas. Ahora viven solas en la casona de la Santísima Trinidad con unos cuantos sirvientes. Su Excelencia siente afecto por ellas y las respeta. No olvida que don Alonso lo ayudó financieramente en su juventud, cuando se independizó de sus padres.
Rafael averiguó más de lo que esperaba. Dura historia para una niña tan frágil, al menos eso suponía él.
El próximo paso era provocar un encuentro...y el encuentro no se hizo esperar.
La encontró en la Recova. Iba escoltada por una negrita simpática y diligente.
Lourdes caminaba distraída, tratando de recordar los colores de hilos que su abuela le había encargado y sin prestar atención a la cháchara de Lola.
Rafael hacía su recorrida habitual de media mañana por las Plazas del Fuerte y de la Victoria.
Al verla, apuró el paso.
Cuando Lourdes lo reconoció, era tarde para cambiar de rumbo. No tuvo más remedio que seguir adelante.
Rafael la saludó deteniendo el paso de la joven. Ella apenas lo miró. Lola quedó rezagada, observándolos con desconfianza.
_ El destino está empecina en unir nuestros caminos _ la voz grave del mazorquero la cautivó.
_ Eso parece _ respondió sonrojada.
_ Permítame que me presente. Soy el Sargento Rafael Cuitiño.
_ ¿Cuitiño? ¿El Comandante de la Mazorca?_ se impresionó.
_ Es mi padrino _ le respondió con una sonrisa que la desarmó.
_ Tengo que irme. No puedo hablar con extraños en la vía pública _ los nervios la traicionaban.
_ Si quisiera obsequiarme con su nombre...
_ Lourdes Aguirrezabala.
_ Mucho gusto señorita Aguirrezabala _ intentó tomarle la mano, pero ella la escondió entre la falda. Hizo una extraña reverencia y como un rayo, entró en la primer tienda que vio.
"Ya tendré otra oportunidad y no permitiré que te me escapes tan fácilmente", pensó decidido.
Lourdes adoraba pasear por la Alameda y como esa tarde el sol cohibía al frío otoñal, convenció a Tina para que la acompañara.
Iban abrazadas, conversando y riéndo, probablemente de alguna ocurrencia de Lourdes.
Rafael las contempló de lejos.
Lourdes lucía un vestido de terciopelo azul; una mantilla de seda roja, le cubría la cabeza.
Un presentimiento apremiante, le hizo postergar la lectura de un nuevo libro sobre las ideas políticas de Hobbes, obligándolo a caminar por la costanera. Había hecho bien en obedecerlo.
Rafael nuevamente se le acercó y trabó conversación.
_ Señorita Aguirrezabala, ¡qué casualidad! Es una alegría encontrarnos nuevamente. La tarde está magnífica, ¿no le parece?
Lourdes le contestó con un si tímido y luego le presentó a Tina, que parecía divertirse con la situación embarazosa de la joven.
_ Me gustaría conversar un momento a solas con usted, por supuesto, bajo la vigilancia de la doña Tina.
_ No sé, yo..._ miró a Tina pidiendo auxilio, aunque no fue de gran ayuda
_ Ve querida, te espero en la glorieta. Me encanta contemplar el río a esta hora.
Se sobresaltó, cuando Rafael la tomó del talle. Se apartó con sutileza. El volvió a tomarla, esta vez del brazo. Ella, vencida, se lo permitió.
_ Lourdes, ¿puedo llamarla así? Desde que la vi en la iglesia del Pilar, no dejo de pensar en usted...hasta en sueños me persigue su rostro. La busqué por toda la ciudad, y cuando empezaba a desesperar, la descubro sentada en la ventana de su casa durante la procesión dominical.
_ Yo también me sorprendí.
_ Estos pocos minutos no alcanzan para expresarle todos los sentimientos que usted despierta en mí. Me ha robado el corazón, señorita.
Rafael le tomó las manos y se las besó con pasión. Ella, esta vez, no las apartó.
_ Pero si no me conoce...
_ Lo sé, pero cuando la vi esa mañana,  tan frágil, defendiéndose de esos cerdos que la atacaban, mi corazón se contrajo diciéndome que ante mis ojos estaba la perla que siempre soñé. Me miró y me robó el alma. Me sonrió y un sortilegio de amor cayó sobre mí.
Lourdes lo escuchaba embelesada. Nunca antes un hombre le había susurrado sentimientos parecidos.
_ Sería una alegría volver a encontrarnos _ era casi una suplica.
_ Pero usted es un mazorquero y yo... _ Lourdes dudaba
_ Eso que importancia tiene. ¿Acaso es usted unitaria?
_ No, no, mi familia es leal a Rosas _ mintió _ Es que nunca imaginé que alguien de la Mazorca se interesaría en mí. Corren muchas habladurías sobre ustedes y no son buenas _ se animó a decir.
_ Son sólo eso, rumores mal intencionados. No les preste atención, pero, por favor, volvamos a vernos _ insistió.
_ El próximo domingo aquí mismo y a esta hora.
Rafael respiró aliviado, había conseguido una cita.
La vio alejarse, sintiendo como crecía en él, el deseo de saborear ese cuerpo cimbreante que lo enloquecía.
"Todo a su tiempo", se prometió.
A Lourdes le molestó el interrogatorio de Tina, ella sólo deseaba retener en su memoria las dulces palabras de Rafael.
Tina se conformó con algunas frases sueltas y luego permaneció en silencio. "El muchacho es agradable, pero es un mazorquero y todos los mazorqueros son asesinos", se preocupó.
No era la intención de Lourdes desobedecer a su abuela, así que mantuvo en secreto su encuentro con Rafael.
Las semanas pasaron y las citas, también. El Paseo de la Alameda, la Recova y la Plaza Victoria, fueron testigos de un sentimiento que crecía y se afianzaba. Tina observaba y callaba, aunque muy a su pesar, comenzó a simpatizar con Rafael. Le recordaba a ese hijo que había perdido hacía tantos años.
Una mañana, Lourdes inquieta, buscó a su abuela por toda la casa. La halló cerca del aljibe cortando unas hortencias para engalanar el salón.
_ ¡Abuela!, se nos acabaron las zanahorias y las cebollas. Se me ocurrió ir hasta las quintas para comprar lo que nos hace falta. ¿Se le antoja alguna fruta?¿Qué le parece unos ricos zapallos para que Tomasa prepare en almíbar?_ habló atropellada.
_ No me gusta que vayas por el Bajo, Lourdes.
_ Pero abuela si es temprano. Además me lleva Domingo en el carruaje y Lola me acompaña.
_ Esta bien, ve y regresa pronto. Me dejas angustiada, Lourdes.
_ Gracias abuelita. Verá que verduras deliciosas compro.
A poco de iniciar la marcha, un mazorquero detuvo los caballos del carruaje. Domingo se paralizó. "¡La Mazorca, cruz diablo!", tembló el cochero.
_ Domingo, no temas _ lo tranquilizó Lourdes _ Rafael, sube, y tú, Lola siéntate en el pescante con tu padre._ ordenó.
_ Pero niña..._ rezongó Lola.
_ Nada, nada, ¡haz lo que te digo!
Rafael se acomodó cerca de ella y el coche se puso en movimiento.
_ Me encanta ir de compras Lourdes, aunque me parece que ya es tiempo que le cuentes a tu abuela sobre nosotros _ mientras le hablaba iba dejando un reguero de besos en el cuello de la joven.
_ Paciencia Rafa, ¡lo haré, lo haré!
Harto de contenerse, se adueñó de sus tentadores labios carnosos y la besó intensamente.
_ ¡Rafa!, no me dejas respirar _ se rió disfrutando de la pasión del joven.
Rafael continuó besándola, pegado a la calidez de su cuerpo. ¡Cuánto la amaba!
_ Dime Lourdes _ consiguió decir a pesar de la excitación que no le daba tregua _ ¿Cuál es tu temor? ¿Es porque soy el ahijado de Ciriaco Cuitiño?
_ Sí. Mi familia aborrece a la Mazorca. Es sabido las monstruosidades que cometen y ¡tu padrino es el jefe!
_ Mil veces te aseguré que no tengo nada que ver con la Mazorca, yo simplemente administro los bienes personales de mi padrino, casi ni me aparezco por el cuartel. El no quiere involucrarme en sus asuntos y a mí no me interesa hacerlo. A ese hombre le debo lo que soy, le debo la vida, Lourdes...a él y a "mamita Pancha". Una tarde te llevo a mi casa y te la presento. A pesar de su ignorancia, es la persona más sabia y sensata que conozco. Estoy seguro que congeniarán.
Lourdes se colgó del cuello de Rafael y lo besó con desenfado. El la aceptó enardecido.
Detuvieron su juego sensual al llegar a la zona de las quintas.
Llenaron dos canastas de hortalizas y frutas.
Regresaron felices de haber compartido una jornada mágica, abundante en sueños y proyectos.
Antes de llegar se besaron largamente, imposible separarse.
_ De esto nada a la abuela, ¿entendido?
_ Entendido niña _ dijeron al unísono Domingo y Lola, temerosos de una reprimenda.
Mercedes la escuchó llegar. Lourdes cruzó el salón entonando una nana francesa que su abuela le cantaba de pequeña para que se durmiera. Se saludaron cariñosamente. Luego de inspeccionar la compra, Lola llevó las canastas a la cocina.
Más tarde, en su habitación, estudió la manera de comunicar a su abuela y a su tío Lorenzo su profundo amor por Rafael, un mazorquero. "La tormenta estallará", pensó apenada.































































































































































































































































































































































































































































































































































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