lunes, 11 de abril de 2016

ALAS PARA UNA ILUSION, Cap 1

"...como un naufragio hacia adentro morimos,
 como ahogarnos en el corazón,
 como irnos cayendo desde la piel del alma".  Pablo Neruda

Buenos Aires, octubre de 1935

En una habitación sombría, dos niñas lloraban por su madre agonizante.
_ Mamá, por favor, no nos dejes _ le suplicó la mayor _ ¿qué va ser de nosotras? Estamos solas...
_ Perdón hijitas _ su respiración era agitada - Sé que fui muy egoísta. Cuando su padre nos abandonó en vez de refugiarme en el cariño de mis bellas pequeñas, lo hice en el alcohol. Perdón, perdón por todo el daño que les causé.
_ Mamá eso no es verdad, siempre te preocupaste por nosotras. Además, ya vas a ver, pronto te mejorarás.
Haciendo un gran esfuerzo, la mujer levantó un brazo y con lentitud acarició la mejilla sonrosada de su hija menor, Lina, que se esforzaba por sonreír.
_ No, Lina, no voy a mejorar. Lupe, ya eres una señorita, dentro de poco cumplirás trece años, cuida de Lina. Nunca se separen, velen siempre la una por la otra, como yo nunca lo hice...
No pudo terminar la frase. Un gran cansancio se apoderó de su frágil cuerpo, cerró los ojos y la respiración se volvió desacompasada.
La vida, como un sigular caleidoscopio, comenzó a girar delante de Clara Gómez.
Se casó con apenas diecisiete años, a pesar de la oposición de sus padres, que desde entonces cortaron toda relación con ella.
Rogelio Funes, era un hombre trabajador, diez años mayor que Clara. La amaba con pasión, pero lamentablemente era muy voluble. Hoy amaba, mañana buscaba un nuevo amor.
Al comienzo todo fueron mieles, pero con el correr de los años y la llegada de las dos niñas, la relación se tornó tirante. Clara le reclamaba sus infidelidades y Rogelio huía de la casa para refugiarse en los brazos de su amante de turno. No soportaba ni las exigencias de su mujer ni el llanto de sus hijas.
Sus períodos de ausencia eran cada vez más prolongados, hasta que un buen día no regresó más.
Clara se desesperó. Lo buscó en hospitales, en comisarías, hasta en la morgue. Nada.
Le costó aceptar la cruda realidad, Rogelio la había abandonado.
Empezó a tomar. Primero a escondidas de las niñas, luego cualquier momento era bueno para "empinar" un vaso de vino, de ginebra, de vodka. El alcohol, medicina de un espíritu magullado por las trampas letales del destino.
Comenzó a lavar y planchar para otras personas. Con esos pocos pesos y lo que recibía de la asistencia social, se mantenían. Por orgullo, nunca recurrió a sus padres. Sus hijas nunca conocieron a los abuelos.
La bebida la destruyó. Una cirrosis galopante terminaba con su miserable vida.
Las pequeñas, arrodilladas junto a la cama de su madre, elevaron una plegaria a la Virgen del Perpetuo Socorro, suplicando un milagro. La Virgen, sorda a sus ruegos, no les concedió el deseo.
Una vecina generosa, amiga de su madre, se encargó del sepelio. Todo terminó pronto, como si de un suspiro se tratara.
Clara, en la fosa común. Lupe y Lina, en el orfanato.

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