martes, 29 de noviembre de 2016

UN NUEVO AMANECER, Cap. 1

 Caseros, febrero de 1852

La noche anterior a la batalla no pudo conciliar el sueño. Mucho estaba en juego: la liberación de la Patria sojuzgada por un hombre ambicioso y cruel; instaurar el diálogo y el derecho de opinión denegados en favor del partido federal; instaurar un Gobierno justo que bregara por una Patria soberana.
Sin embargo lo que más inquietaba a Rafael era el destino de Lourdes y sus hijos. ¿Qué sería de ellos si la rebelión fracasara? Si Rosas, el Dictador, los vencía... "¡No, no hay que ser pesimista, lo derrotaremos!", se prometía Rafael una y otra vez ahuyentando la oscuridad de sus pensamientos.
La imagen de Lourdes, bella y serena, lo confortaba. ¡Cómo amaba a esa mujer! Casi una niña cuando la conoció aquella mañana en el atrio de la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar. Se le enardeció la sangre al recordar la manera en que esos dos sucios mazorqueros le tiraron con saña del cabello, ese cabello dorado como los rayos del sol, para pegarle con alquitrán el lazo punzó, símbolo federal impuesto por el Tirano Juan Manuel de Rosas.
Sonrió al recordar la forma en que lo miró luego de haberla rescatado de los zafios.
"Señorita, la próxima vez no olvide adornar su peinado con la cinta punzó. Por su bien, claro". Rafael intentó sujetar uno de los rebeldes rulos, pero ella levantó el mentón con petulancia y lo fulminó con la mirada.
"Gracias señor, voy a tener en cuenta su consejo", le respondió con hosquedad.
Ese fue el momento en que le robó el corazón.
Rafael se palpó el pecho. Allí estaba el relicario que contenía su mayor tesoro. Al abrirlo, el retrato de Lourdes consoló su desazón. Una joya exquisita, regalo de su mujer, en cuya tapa ella mandó grabar en francés: Plus que ma prope vie. "Más que a mi propia vida, de esa manera te amo Rafael", le susurró en una noche de placer entre besos y caricias.
"¡Señor, te ruego que mañana me ampares en la batalla! Debo vivir, por mi mujer, por mis hijos. Permite que regrese a su lado!", rezó abatido.
De lejos un soldado lo observaba codiciando la joya que su comandante acunaba en las manos.
A las nueve de la mañana el coronel Chilabert, que comandaba el ejército rosista y tenía treinta cañones, inició el fuego.
Las alas del ejército de Rosas fueron fácilmente derrotadas, pero el centro peleaba con denuedo y la lucha se concentró por más de una hora, estrellándose contra la artillería de Chilavert.
Rafael luchó cuerpo a cuerpo como un salvaje. Nadie como él en el manejo del fusil y el facón. "Vencer o morir", el lema de Urquiza repicaba en su memoria dándole energía y entusiasmo al notar la cercanía de la victoria.
De repente, su caballo, su fiel Moro, tropezó y él cayó sobre un montículo de piedras recibiendo un fuerte golpe en la cabeza que lo desvaneció.
Un soldado de su regimiento, al verlo tirado en el campo de batalla, indefenso y a merced del enemigo, corrió en su rescate. Sin embargo, la ambición primó sobre la nobleza y como un mísero chacal urgó en los bolsillos de Rafael y de un tirón le arrancó el relicario que la noche anterior, observando a hurtadillas, deseó.
Su vil pretensión fue su sentencia de muerte. Distraído en el botín robado, un soldado federal le clavó su bayoneta por la espalda atravesándole el corazón cayendo muerto a poca distancia de Rafael.
Al término de la cruenta batalla, Rafael se despertó tras varias horas de estar inconsciente cubierto de sangre y rodeado de cadáveres. Se sintió desorientado. ¿Qué había sucedido?
Carroñeros humanos, provistos de alicates se afanaban en arrancar los dientes de los caídos, piezas de oro cuyo precio sólo podían permitirse los oficiales del alto mando.
"¿Por qué me encuentro en este sitio?", se alarmó, mas aún cuando palpó la sangre seca pegada en su rostro y en el uniforme.
Comenzó a desplazarse entre tanta muerte y desolación, sorteando cuerpos deshechos por la metralla.
Unos soldados unitarios al ver su caminar tambaleante, se acercaron para auxiliarlo.
_ ¿Dónde estoy?, les preguntó, la voz rasposa, la garganta seca.
_ Ha finalizado la batalla, ¡hemos vencido a los malditos federales!¡Muera Rosas,carajo! _ vociferaron exaltados.
Al comprobar por el uniforme que era un oficial, los hombres lo llevaron hasta la tienda que funcionaba como hospital. Él se dejó conducir totalmente desconcertado.
Un médico atendió su herida en silencio, luego lo hizo recostar en uno de las decenas de catres dispuestas para los soldados con diagnóstico optimista; a los desahuciados se los dejaba a la sombra de un árbol esperando la muerte.
A su lado, un joven lo miró con curiosidad.
_ Hemos peleado como diablos, ¿verdad amigo? _ le dijo intentando trabar conversación.
_ Eso parece _ respondió seco.
_ Me llamo Joaquín Insúa. Soy periodista y acérrimo enemigo de Rosas. El periódico para el que trabajo me envió a presenciar la batalla para redactar las crónicas de Caseros, pero en el fragor de la batalla recibí una bala en mi pierna derecha.
Como Rafael permanecía callado, Joaquín continuó.
_ Gracias a la Virgen del Pilar la saqué barata...Mi madre es devota de ella, sabe usted, y siempre me pone bajo su amparo.
Al escuchar esa advocación de la Virgen María, Rafael se estremeció sin entender el motivo.
_ ¿Cuál es su nombre amigo? _ insistió Joaquín tratando de entablar amistad.
_ ¿Mi nombre?...No sé...no lo recuerdo...¡Dios mío, no sé quién soy!


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