jueves, 1 de diciembre de 2016

FELIPA, EN CARNE VIVA, Cap. 1

"Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
 tan de seda, tan bienhechoras.
¡Sólo ellas son las que aman, las que todo prodigan!
¡Las que por alivianarme de dudas y querellas
me sacan las espinas y se las clavan en ellas!".   Alfredo Espinosa


Buenos Aires de 1809


Ese domingo de principios de noviembre amaneció nublado, las oscuras nubes profetizaban una severa tormenta.
Alejo odiaba las tormentas, su madre había muerto durante una tormenta. El luctuoso día pudo disimular las lágrimas con las gotas de lluvia que caían sobre su rostro, un lluvia copiosa que acompañó fielmente al cortejo fúnebre en todo el recorrido, unas pocas cuadras, desde su casa hasta la iglesia San Ignacio de Loyola.
Soportó con estoicismo la Misa, no comprendió la homilía del padre Agustín y a pesar de que lo consideraba su amigo, en ese momento lo detestó.
"Debemos aceptar la voluntd de Dios, hermanos. Él es nuestro consuelo..."
"Mi único consuelo era el amor de mi madre y ya no la tengo porque Dios me la quitó", pensó con rabia Alejo, con sus diez años no aceptaba las decisiones divinas.
"Carmen descansa en paz y es feliz en las mansiones celestiales...", escuchó decir al cura.
"Mi madre era feliz junto a mí, junto a Darío", rezongó tragándose las lágrimas. No debía llorar. "Los hombres no lloran", le repetía con frecuencia su padre, "sólo los débiles lloran. Un Gomez Castañón nunca llora".
Ya habían pasado dos años de la muerte de su madre y su dolor permanecía intacto. ¡Cuánto la echaba de menos! Extrañaba su sonrisa, dulce y contagiosa; su optimismo ; sus caricias y sus besos.
Su padre, Idelfonso Gomez Castañón, nunca le demostraba cariño, apenas le dirigía la palabra sólo para dar órdenes. Agrio, duro, inalcansable. Así lo veía Alejo.
Idelfonso Gomez Castañón, español de pura cepa, quien venido a menos en su tierra, amazó una fortuna en suelo americano gracias a acertados negocios agropecuarios.
Idelfonso sólo tenía ojos para su hijo mayor, Rubén, su orgullo. Alejo y Darío no existían para él.
Alejo sufría el desamor de su padre y se refugiaba en Darío, que también era menospreciado. Su estigma: la epilepsia.
Si a Alejo Idelfonso lo consideraba débil por estar tan apegado a su madre, Darío constituía su vergüenza.
No aceptaba que su semen hubiera engendrado semejante aberración. Estaba seguro de que la culpa era de su mujer.
El grito de su padre desde la sala, conminándolo a apresurarse, sacó a Alejo de sus cavilaciones.
_ ¡Alejo! ¡Qué diantres haces! ¡Espabílate y baja ya que se hace tarde! A su Excelencia el Obispo no le gustan los retrasos!
_ Voy padre _ terminó de abrocharse el chaleco y bajó deslizándose por la balustrada de cedro que enmarcaba una amplia escalera de mármol.
_ El mismo arrebatado de siempre. ¿Cuándo aprenderás de tu hermano? ¡Míralo!, puntual, correcto, elegante. ¿Y tú? ¡Arréglate ese saco! ¡Mira, tiene una mancha en la solapa!
"¡Maldición!, olvidé limpiar la mancha de chocolate. ¡Este viejo es insoportable!", rumió mientras raspaba con la uña la evidencia de su glotonería.
A paso ligero se dirigieron a la iglesia de San Ignacio. El Obispo Benito Lué y Riega oficiaría una misa en conmemoración del aniversario de la muerte de doña Carmen Castelli de Gomez Centurión.
El interior de la Iglesia, grave y austero, intensificó la melancolía de Alejo. Las palabras frías del Obispo lo enfurecieron. "¡Qué sabrá él de mi madre! Aquí hay mucho boato y poco amor".
De pie, junto a su padre y a Rubén, buscó con la mirada al padre Agustín y lo descubrió saliendo de un confesionario. El sacerdote le guiñó un ojo y siguió su camino hasta perderse en la sacristía.
El padre Agustín más que su confesor, era su confidente. Atrás quedó su enojo con él por la homilia que pronunció en el sepelio de su madre y que el pequeño consideró ajena y distante.
Una vez finalizada la misa, los pocos familiares y los muchos amigos de la familia, se reunieron en el atrio para saludar a Idelfonso y a sus hijos.
Alejo no soportó las voces cargadas de pena mal disimulada con que trataban de brindarle consuelo.
"¡Falsas! Ninguna de estas viejas arpías vino a visitar a mamá cuando estuvo en cama y menos cuando agonizaba por miedo al contagio".
Carmen enfermó gravemente durante la primavera de 1807. "Tabardillo", fue el diagnóstico del doctor irlandés Redhead, una enfermedad peligrosa que se manifestó en una fiebre que arrojó al exterior unas manchas pequeñas como picaduras de pulga.
"Padre nunca se acercó a ella, él también temía contagiarse. ¡Cobarde! Ella en su delirio lo llamaba, pero él permanecía sordo a sus ruegos".
El recuerdo de esos terribles momentos hizo que Alejo huyera del atrio de la iglesia.
Corrió por las calles polvorientas de Buenos Aires sin destino, quería alejarse de tanta hipocresía.
Al llegar a una esquina de la Santìsima Trinidad, se sentó bajo la sombra de un álamo solitario.
De un tirón se quitó el molesto corbatín y se desabrochò los primeros botones de la camisa. Acalorado, se deshizo del chaleco y del saco, dejándolos olvidados a un costado.
Se repatingó contra el tronco grueso y liso del árbol, y cerró los ojos. Necesitaba descansar, sobre todo de su padre.
De repente sintió una presencia. Abrió los ojos y la vio. Una niña de unos diez años lo observaba con curiosidad.
Alejo se sorprendió admirando la belleza de aquella criatura. Piel blanca como la leche, cabellos oscuros como el alquitrán que utilizaba la peonada para rellenar las juntas de las baldosas del patio de la estancia y unos ojos...¡qué ojos!, azules como los zafiros del anillo de su madre.
Sin embargo, se sobrepuso enseguida de su embeleso y cortante le preguntó:
_ ¿Qué mirás?, ¡entrometida!
_ Perdón, quería ofrecerte un poco de mazamorra. Mi mamá la vende. Allí está, ¿la ves? _ su voz era prístina, musical.
Alejo se la quedó mirando como hechizado. ¿Qué tenía esa niña? Seguramente el cansancio era el culpable de su fascinación, él odiaba a las niñas. Sus primas siempre lo fastidiaban con juegos absurdos invitándolo a participar. Por supuesto él siempre se negaba.
_ ¡Fuera!, dejame en paz _ le ladrò.
_ Es que mi mamá hoy casi no vendió y necesitamos la plata, si no nuestro amo la castigará _ le rogó al borde del llanto.
Alejo se extrañó al escucharla y màs aún al ver a su madre detrás de un enorme fuentón de mazamorra.
_ ¿Aquella es tu madre? _ se inquietó.
_ Sí _ dijo saludándola con una manito.
_ Pero...pero si es una negra _ tartamudeó sorprendido.
_ Será negra, pero es mi mamá _ contestó categórica.





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