martes, 3 de enero de 2017

FELIPA EN CARNE VIVA Cap.6

"Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños.
 ¿Quién pide...la luna?
 ¿Quién no repara en peligros para conseguir sus deseos?".
Jose María de Balaguer 

Antes del canto del gallo, Alejo estaba despierto y preparado para la gran aventura que había planeado durante la noche. Le había costado conciliar el sueño, pelearse con su padre siempre le causaba insomnio.
Buscó en el ropero las prendas que usaba para sus escapadas, un pantalón remendado en las rodillas y una camisa de tela basta. Revolvió en el cajón de sus tesoros que escondía debajo de la cama, extrajo la gomera y unas cuantas canicas de barro cocido. Se calzó con unas sandalias de cuero de caballo. Un sombrero de paja de ala ancha serviría para protegerse del sol de fines de noviembre.
Bajó con sigilo y espió a través de la puerta de la cocina. Abelarda tomaba mate cerca del fogón, donde en una sartén tiznada con hollín freía unos buñuelos de manzana. Sobre la mesa, una fuente colmada de tortas fritas, despertaron el apetito de Alejo.
"No debe verme sino empezará a sermonearme", pensó con fastidio.
"¿Qué hago para deshacerme de Abe?...¡Ya sé!".
Como la negra estaba de espaldas a él, Alejo aprovechó para escabullirse por la puerta que comunicaba la cocina con la despensa. Alí buscó las trampas para ratones, él era el encargado de instalarlas, pequeñas jaulas con trozos de queso que encarcelaban vivos a los roedores golosos.
"¡Eureka!", se alegró al hallar dos trampas con inquilinos. Con cuidado sacó los ratones y los puso dentro de una bolsa de arpillera que encontró en una de las estanterías. Volvió a espiar a Abelarda por la rendija de la puerta de la despensa semiabierta. Cuando la mujer se agachó para agregar mas leña al fuego, Alejo aprovechó para dejar en libertad a sus amiguitos que corrieron directamente hacia ella.
Uno de ellos se prendió de la pollera colorida de Abelarda y el otro se encaramó a la mesa zambulléndose dentro de la mezcla de los buñuelos.
_¡Madre santa, ratones!_ aulló asustada _ ¡Juera, juera maldito, juera! ¡Ay por Dios, que ajco!_ con la cuchara de madera y a los saltos trataba en vano de quitarse de encima al roedor.
Cuando por fin lo logró, lo persiguió por toda la cocina con una escoba. El fugitivo logró escapar hacia el jardín y fue entonces cuando descubrió al segundo entrometido nadando en la mezcla de los buñuelos.
_ ¡Ahijuna!, ¿por qué me pasa esto a mí? ¡Qué ajco! _  tomó el fuentón de cobre y con aversión arrojó su contenido en el patio entre los helechos.
Alejo, que la observaba desde su escondite, se desternillaba de risa. Ni bien la negra abandonó la cocina, llenó su alforja de tortas fritas, algunas naranjas, unas cuantas manzanas rojas y un puñado de alfeñiques, caramelos de azúcar hervido en aceite de almendras con forma de barra delgada y torcida. Antes de que Abelarda regresara, Alejo ya estaba en la caballeriza despertando a Lautaro.
_ ¿Alejo?, ¿qué mierda querés tan temprano? _ rezongó al tiempo que bostezaba.
_ Vamos por Felipa y del Candombe nos vamos al "Hueco de las cabecitas".
_¡Con Felipa! Estas loco Alejo, ¿cómo se te ocurre ir a ese lugar con una niña? _ se asombró entre enfadado e intrigado.
_ ¿Qué tiene de malo? ¡Vamos, será una aventura inolvidable! _ lo alentó con entusiasmo.
_ Si,si, inolvidable _ ironizó mientras se desperazaba.
_ Salgamos rápido antes que se levante mi padre y que Abelarda note mi ausencia.
_ Antes tengo que comer, si no como no pienso, si no pienso no camino, si no camino....
_¡Basta ya! Le robé un montón de comida a Abe _ agitó satisfecho su alforja en las narices del indio _ Comeremos en el camino.
_ Por tu culpa, un día de estos don Idelfonso me va a cortar el cogote. No puedo desaparecer siempre Alejo, tengo trabajo que hacer.
_ Dejá de quejarte como una niñita tonta _ le recriminó.
_ Al nieto del Chacal naides lo llama niñita tonta  _ se empacó.
_ Entonces, si sos tan macho, no le vas a tener miedo a unos cuantos latigazos _ dijo con suspicacia tentando a Lautaro con una enorme torta frita.
_ ¡Claro que no! Pero uno tiene sus responsabilidades..._ y de un manotazo se adueñó de la torta frita.
_ ¿Responsabilidades?, ¿vos?. No me hagas reír. Sos más haragán que el viejo Vizcacha _ Alejo se refería al mensajero de su padre, hombre escuálido adicto a la ginebra, pero leal hasta la muerte. Virtud apreciada por Idelfonso y por la que le perdonaba sus contínuas borracheras.
Eran alrededor de las ocho de la mañana cuando avistaron la casa de Felipa en el barrio "El Candombe".
Golpearon la puerta soportando las miradas curiosas de los negros que pasaban por la zona.
Filomena se sorprendió al verlos.
_ ¿No les parece muy temprano para andar molestando? _ se despachó con voz agria.
_ No se enoje doña Filo _ la llamó confianzudamente Alejo _ Con Lautaro venimos a invitar a dar un paseo a Felipa...con su permiso, claro _ dijo en tono lisonjero.
_ ¿Un paseo? Y, ¿por dónde? _ se inquietó.
_ Por acá cerca no má. La Felipa nos contó que se aburre sin amigods pa´jugar _ intervino Lautaro
_ Sea buenita doña, dele permiso, nosotros la cuidaremos _ le suplicó zalamero.
_ Muy bien, pero ojito con meterse en problemas _ los chicos afirmaron con la cabeza tratando de parecer lo más convincente posible.
Felipa saltó de alegría al verlos.
"¡Qué bonita es!", pensó Alejo cuando la niña se asomó por la puerta. Llevaba un vestido azul con lunares blancos bastante gastado, pero muy limpio. El cabello le caía suelto hasta la cintura; una cinta a modo de vincha, enmarcaba su bello rostro. Llevaba abrazada contra el pecho su adorada muñeca.
Nuevamente en camino y luego de saludar agitando el brazo por tercera vez a su abuela que permanecía como una estaca en la entrada de la casita, Felipa preguntó emocionada:
_ ¿A dónde vamos?
_ A un lugar mágico.
Lautaro frunció el ceño al escuchar la respuesta de Alejo. "¿Mágico, ese lugar lleno de pulperías y burdeles? Este Alejo es un abombao".
Había poco de bucólico en el paraje al que se dirigían animados. Allí estaban los corrales y el matadero donde se faenaban ovejas y carneros. El entorno no era lujoso: reñideros de gallo. pulperías y casa de juego. Zona de cuchilleros que tenían filo no sólo para faenar ganado, teniendo caña o vino mediante.
Aquel lugar se denominaba "Hueco de las cabecitas" porque las carretas lo elegían para descargar las cabezas de los animales, una hondonada poco agradable de transitar.
_ Me contó el viejo Vizcacha que acá se trenzaron en un duelo el negro Segismundo con el mulato Gamboa. Se enfrentaron con estacas con punta de fierro _ se dio aires con la información Lautaro. Alejo y Felipa lo escuchaban asombrados.
_ ¿Y por que se pelearon? _ preguntó con interés Felipa.
_ Por los amores de una morena. Segismundo mató al mulato pero no pudo disjrutar de la mujer porque tuvo que esconderse para no terminar jusilado.

_ Bueno, bueno, se acabaron los duelos es hora de divertirnos. Vamos para la hondonada, les apuesto que ninguno de ustedes tiene mejor puntería que yo _ dicho esto los dejó boquiabiertos mientras se alejaba de ellos.
Felipa y Lautaro lo siguieron hasta el borde de la hondonada. Alejo cargaba la gomera con una canica de barro cocido y apuntaba contra una de las tantas cabezas de vaca pútridas que se arracimaban en el pozo dando siempre en el objetivo. Cada vez que lo hacía gritaba jubiloso.
_ Algún día seré soldado y ganaré batallas _ le confesó a sus amigos.
_ Y yo viviré con mi tribu, los ranculches, y seré un gran rastreador, orgullo de mis ancestros _ manifestó con exaltado Lautaro.
_ Y yo...yo sólo quiero ser libre algún día _ expresó con pesar Felipa.
_ Pero si ya sos libre, ¿no vivís con tu abuela lejos de la familia Torres? _ preguntó extrañado Alejo.
_ Vivo con mi abuela hasta que doña Aurelia Torres cambie de parecer. Yo, como mi mamá, le pertenecemos. Amenaza a mi mamá con llevarme de nuevo a la casa si no vende mucha cantidad de mazamorra y si no cumple con todas las tareas que le ordena. ¡Pobre mi mamita!, está tan cansada..._ las lágrimas comenzaron a correr como pequeños arroyuelos por sus mejillas rosadas.
Alejo tiró la gomera y la abrazó. Lautaro hervía de furia, él sabía muy bien lo que significaba vivir sometido a otro.
_ Te prometo que yo compraré tu libertad cuando sea grande, pequeña Killa.
_ ¿Por qué me llamás así? _ Alejo sonrió al ver desconcierto en esos enormes ojos azules.
_ En quechua, killa significa "Luna". Vos te pareces a la luna, tan blanca...tan luminosa.
Lautaro carraspeó. ¿Que le sucedía a su amigo? Mejor volver a la diversión.
_ Vayamos a la riña de gallos. Conozco un lugar por donde podemos colarnos _ propuso.
_ Buena idea, pero antes comamos, me muero de hambre, ¿y ustedes?.
Lautaro aplaudió la moción devorando con fruición toda la fruta y las tortas fritas. Felipa y Alejo se conformaron con los alfeñiques.
Festejaron la victoria de un gallo que dejó inhabilitado a su oponente y abuchearon a otro "con poca casta" que huyó herido de la pelea.
Al atardecer regresaron a "El Candombe". Dejaron sana y salva a Felipa devolviendo el alivio a  la abuela Filomena, y ellos reemprendieron la marcha hacia la ciudad.
_ Alejo, estoy cagado en las patas, don Idelfonso hoy me mata _ tembló el indio.
_ No jodas Lautaro, seguro que el viejo ni se dio cuenta que faltabas...espero que a mí tampoco me haya extrañado _ deseó de todo corazón.
Felizmente el deseo de Alejo se cumplió.
Lautaro se quedó en la caballeriza cepillando a Trueno, el caballo de Rubén. Alejo entró por la cocina que estaba desierta.
En la sala escuchó voces, aguzó el oído reconociendo la voz portentosa de su padre.
_ ¿Está segura que quiere venderme a la niña blanca, doña Aurelia?




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