lunes, 2 de enero de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.8

"No sabes como necesito tu voz, necesito tus miradas,
 aquellas palabras que siempre me llenaban,
 necesito tu paz interior; necesito la luz de tus labios.
 ¡Ya no puedo seguir así! Ya...no puedo".                         Mario Benedetti


 Joaquín entró como un vendabal en la salita privada de su tía Laura.
_¡Hijo!, que manera de presentarte. ¿Acaso ha sucedido alguna desgracia? _ se alarmó la mujer que con el susto derramó su té de tilo sobre el mantel de hilo blanco que cubría una coqueta mesita de palo de rosa que su difunto marido adquirió en Londres.
_ ¡Tía!, ¡¿cómo es posible que no hayas reconocido en Bautista a Rafael Cané?!_ exclamó el muchacho ofuscado.
_ ¿A quién? No comprendo a que te refieres, y por favor, no grites que se me parte la cabeza. Estas malditas jaquecas me están matando.
_ ¡Tía, tía!, ¿Podés un minuto dejar de pensar en vos y poner atención a lo que te estoy diciendo? _ se exasperó.
_ Ya, ya...¿quién es ese Rafael Cané, y qué tiene que ver conmigo? _ respondió intentando tranquilizar a su sobrino.
_ Rafael Cané es Bautista Roldán, mi amigo...que sufre de amnesia, que no recuerda absolutamente nada de su pasado...el que me ha acompañado a visitarte en varias ocasiones...¿recuerdas ahora? _ explotó iracundo, esa mujer tenía la habilidad de sacarlo de sus casillas.
_ ¡Ay,ay! No grites muchacho, mis nervios se alteran con tanta gritería. ¡Justino! _ chilló con voz aflautada llamando a su mayordomo _ Más té de tilo, esté está tibio y lo detesto.
Joaquín trató de calmarse, su tía podría aclarar varios puntos sobre el pasado de su amigo.
Justino, apareció portando una tetera de plata. Alto, delgado, el fiel sirviente de Laura Insúa, era el único que la soportaba impasible, siempre con una sonrisa.
"¿Cómo hará este hombre para aguantar a esta ególatra? Sin duda es un santo", pensó sorprendido Joaquín.
_ Gracias Justino _ agradeció Joaquín, mientras el negro servía el té, incómodo ante el silencio de su tía.
_ El señor desea un café. La cocinera lo acaba de preparar _ ofreció Justino.
_ Gracias, sí, pero amargo, por favor.
_ ¡Joaquín, cómo podés tomar café amargo! Bastante amarga es la vida, sino mirá todo lo que me ha pasado...sola, viuda, sin hijos que me adoren, encerrada en esta casa...._ se quejó melancólica.
_ Volviendo a lo que me interesa _ la interrumpió harto de sus lamentos.
_ ¿Es que no te interesa mi dolor? ¡Qué desaprensivo!_ se escandalizó. Con un delicado pañuelo de encaje rosa comenzó a secar las supuestas lágrimas que amenazaba derramar.
Justino fue su salvación. Entró en la salita con un fragante café y una novedad. No prestó atención al llanto simulado de su patrona, estaba acostumbrado a ese ardid.
_ La señora Lourdes Cané desea verla _ informó.
_ Hacela pasar, por fin alguien que posee buenos modales no como otros _ dijo echando una mirada reprobatoria a su sobrino que bufó fastidiado.
Lourdes se veía ojerosa y pálida. Todo su cuerpo hablaba de una profunda tristeza.
_ Querida, ¡qué alegría!. Justino, traé más té, ¿de menta, verdad? _ ordenó recordando la preferencia de Lourdes. Todos se sorprendieron.
_ Me caería bien un té de menta, gracias. Joaquín, es una suerte encontrarte, con vos también deseaba conversar _ recalcó animada.
_ ¿A qué se debe tu grata visita, querida? _ la interrogó melosa.
_ Bautista Roldán es en realidad mi marido, Rafael Cané, al que dieron por muerto en la batalla de Caseros..._ reveló sin rodeos.
_ ¡Ay no me recuerdes aquella trágica batalla en la que murió el amor de mi vida!, ¡Ramiro, cuánto te extraño! _ nuevamente recurrió a su pañuelo de encaje.
Joaquín, sin considerar los lamentos de Laura, intervino manifestando su preocupación.
_ Lourdes, _ la contempló con fijeza tomándola de las manos _ conocí a Baut...Rafael al finalizar la batalla de Caseros. Parece que se cayó de su caballo perdiendo la conciencia. Al recuperarse todo había terminado y él no recordaba quién era, todo su pasado se diluyó en la incertidumbre. Enseguida congeniamos, sentí que no podía ni debía dejarlo a su suerte, lo invité a vivir en mi casa. No tenía familia...
_ Sí, la tenía...¡la tiene! _ Lourdes se agitó conmovida.
_ Claro que sí Lourdes, pero ni él ni yo lo sabíamos en ese momento, él aún no lo sabe. Permitime seguir con mi relato. Como no sabíamos su nombre, un amigo falsificó un documento de identidad en el que figura como Bautista Roldán. Gracias a unos contactos y a su capacidad, por supuesto, consiguió trabajo en la redacción del periódico "El Nacional"...
_ Cuando nos establecimos en Montevideo, también trabajó como reportero en un periódico que vapuleaba la gestión infame de Juan Manuel de Rosas _ agregó con nostalgia, la mano que sostenía la taza de té de menta, tembló.
_ Lourdes, hasta la noche de mi compromiso con Clara, nunca descubrí algún dato que iluminara el pasado de Bautista, ¡nunca! Por un tiempo investigué sobre él, pero nada. ¡¿Quién iba a imaginar que las respuestas al enigma estaban tan cerca?!_ reflexionó con sorpresa y pesar.
_ Laura, ¿cómo es posible que no lo reconocieras? Rafael fue amigo de tu marido, muchas veces compartimos cenas y almuerzos. ¡No lo reconociste! _ la enfrentó aireada.
_ Lo siento mucho Lourdes, realmente no lo reconocí. Esta distinto...con esa barba..._ se defendió mientras bebía su té _ Otra vez se enfrió, ¡Justino!
_ ¡Tía!, sos insufrible, nada te interesa sólo vos,vos y ¡vos! _ explotó furibundo.
_ ¡Qué carácter, muchacho! Espero que Clarita te apacigüe, o si no... _ se inquietó Laura
_ O si no,¿qué, tía?. Pienso que al tío Ramiro no lo mató el enemigo, sino que se suicidó en batalla para no soportarte más. Lourdes, pasaré a visitarte para continuar con nuestra charla. No te preocupes, todo se solucionará. Confiemos en Imanol, él es un excelente médico, sigamos su consejo de no presionar a Bau...a Rafael. Verás como de a poco recuperará la memoria. Tengamos fe. Tía, otro día pasaré a verte _ y así, crispado por la actitud desdeñosa de Laura Insúa, se despidió de las damas, dejando a una con una esperanza y a la otra escandalizada.
Lourdes antes de regresar a su casa se detuvo en la iglesia de San Ignacio. Oculta en las penumbras rezó en silencio"Sola, me siento tan sola. Ya casi no tengo lágrimas, mi alma está seca, yerma".
Ella, que en otros tiempos era el sol, ahora vivía en la oscuridad. Rafael, su Rafa, se llevó la luz y ahora que la vida le presentaba un nuevo amanecer, nuevamente la oscuridad mezquina se cernía sobre ella.
"¿Qué nefasta maldición impide nuestro amor, impide que me recuerdes? ¿Acaso no has visto en la profundidad de mis ojos la infinita pasión que nos une? Te amaré más allá de la muerte, hasta la eternidad, me dijiste entre besos y caricias.¿Dónde quedó tu promesa?, ¿dónde?", lloró acongojada, el corazón espinado.
_ Dame fuerzas Señor. No entiendo tus designios. Me arrebatas el amor y luego me lo devuelves, pero él no me reconoce, me ignora, ¿por qué me haces sufrir Señor?, ¿qué mal hice para merecer este dolor que hace tambalear mi fe?. Te pido me concedas valentía, por mis hijos te lo ruego, ellos necesitan verme de buen ánimo, no taciturna y llorosa.
Tan compenetraba estaba en su plegaria que dio un brinco cuando Lola, su sombra, le tocó el hombro.
_ No se asuste niña, soy yo. Acá hace frío, vamos pa´las casas, se me va a risfriar _ le pidió al oído. Lola se inclinó para abrigarla con una mantilla de lana.
Lourdes afirmó con la cabeza y lentamente se puso de pie. Sin mediar palabra, salieron de la iglesia. El sol del mediodía la cegó, como ciego estaba su corazón.
Lola la seguía contenta de haberla arrancado de ese lugar sombrío. El recinto sacro le daba mala espina, ella temía a los sacerdotes, siempre vestidos de negro y de rostro severo. No, definitivamente no comprendía como Dios podía vivir en las iglesias, lugares lóbregos con olores sofocantes. Para Lola, Dios habitaba en las mañanas soleadas, en la lluvia que hacía germinar la tierra, en el perfume de las flores del naranjo de la finada amita Consuelo. ¡Ahí si podía ver a Dios!
El clamor de los vendedores ambulantes ofreciendo sus productos,  no distrajeron a Lourdes de sus cavilaciones. "Quiero ser feliz, sonreír desde el alma, no como lo hago ahora, una sonrisa forzada para complacer a los demás. Anhelo que esta esperanza que empieza a nacer, me resucite".
Mercedes la esperaba ansiosa.
_ Querida, ¡cuánto tardaste!, ¿que averiguaste? _ la asaltó con preguntas ni bien Lourdes y Lola asomaron en el zaguán.
_ Laura, como de costumbre vive encerrada en sus preocupaciones, no me prestó atención; pero Joaquín, que casualmente estaba allí de visita, me contó como conoció a Rafael. Me confirmó todo lo que nos dijo el doctor Imanol Pacheco del Prado y como él, me rogó que tuviera paciencia, que no lo presionara _ dijo abatida _ Estoy desorientada abuelita, realmente no sé que hacer.
_ Esperar, querida, esperar.
_ Ya esperé demasiado, ¡no quiero esperar! _ estallló en llanto desesperada.
_ Te entiendo Lourdes, pero por el bien de Rafael es necesario tener paciencia y con tacto ayudarlo a recordar _ la alentó causando sorpresa en Lourdes.
_ ¿Ayudarlo a recordar? Pero abuela, ¿me aconsejas no tener en cuenta las recomendaciones de Imanol y de Joaquín? Pero si estabas de acuerdo en ser tolerantes.
_ Sigo pensando igual, pero creo que si le damos pequeños empujoncitos a su memoria no le haremos daño, ¿qué pensás? _ un sutil codazo conjuró la complicidad entre nieta y abuela.
El plan de Mercedes le alegró el día a Lourdes. Eso haría, se acercaría a Rafael respetando su nueva personalidad como le había recomendado Imanol, pero enviándole sucintos mensajes que tratarían de reactivar su memoria extraviada. "Basta de llorar, es hora de luchar por lo que quiero", se prometió enjugando sus lágrimas.
_ Niña, no me llore que se me retuercen las tripas al verla así _ ensimismada en sus reflexiones se sobresaltó cuando Lola le acarició con ternura el cabello dorado como el trigo maduro.
_ ¡Qué cosas decís Lolita! y dame ese té que huele tan rico _ le dijo sonriendo aceptando el té de menta que le ofrecía la negra.
_ Cuando sonríe es entuavía más linda. Y usté doña Mercedes no me la haga llorar _  amonestó con insolencia a la mujer.
_ ¡Negra atrevida!, ¡cómo se te ocurre hablarme de esa manera!. Rápido, salí de mi vista _ Lola, asustada corrió a refugiarse en la cocina.
_ Abuela, no te enojes, sabés como me quiere Lola _ la defendió Lourdes.
_ Si, si, pero hay que ponerle un freno sino esta negrita...
_ ¿Qué hizo Lola ahora? _ Lorenzo entró en la sala dispuesto a poner paz.
_ Lo de siempre, hacer renegar a la abuela _ Lourdes fue a su encuentro con una sonrisa, feliz de abrazarlo.
_ ¡Que lindo recibimiento!_ besó a su sobrina en ambas mejillas, asombrado de su júbilo. _ ¿ Buenas noticias de Rafael?
Lorenzo estaba al tanto de lo sucedido en el compromiso de Clara Mendez con Joaquín Insúa. Mercedes se lo había contado con pelos y señales. La alegría inicial de saber que Rafael estaba vivo, se enturbió con la noticia de la amnesia.
_Consultaré con el doctor Montes de Oca _ propuso a su hermana.
_ ¿Juan José está en el país? _ se alegró Mercedes. El doctor Juan José Montes de Oca, proscripto por razones políticas,  tuvo que exiliarse en Montevideo durante la dictadura de Rosas. De allí, luego de desempeñarse como cirujano, se trasladó a Río de Janeiro, donde luchó contra la epidemia de fiebre amarilla que azotó a la ciudad en 1849.
_ Hace rato, ¿no lo sabías?. Fue él el que le salvó la vida a Bartolo _ Lorenzo se refería a Bartolomé Mitre, futuro presidente de la Argentina _ Cuando ese infame disparó contra nuestro amigo hiriéndolo en la frente, fue Juan José quién lo operó exitosamente. El sabrá decirnos a que atenernos y si ese tal Imanol Pacheco del Prado está en lo cierto.
En ese momento, Lorenzo Escalante presintió una buena nueva al ver a su sobrina exultante. Mercedes, ella y sus dos pequeños hijos constituían su mundo, al que defendería con uñas y dientes.
_ Hoy visité a Laura Insúa y allí me encontré con Joaquín. El sostiene el diagnóstico del doctor Pacheco, pero con la abuela pensamos que una ayudita para recordar no sería tan peligrosa como sostienen ellos _ dijo con picardía.
_ Estoy de acuerdo, eso mismo me dijo el doctor Montes de Oca. Siempre con prudencia y mesura. Más adelante, me gustaría provocar un encuentro entre Juan José y Rafael. No sé por qué, pero ese tal Imanol me da mala espina.
Mercedes y Lourdes cruzaron la mirada, ellas compartían la misma opinión.
Lola interrumpió la conversación. Se fregaba nerviosamente la manos en el delantal, los ojos desorbitados.
_ ¡Lola!, ¿qué pasa?, ¿acaso viste un fantasma? _ ironizó Lorenzo.
_ Usté lo dijo, don Lorenzo. Ajuera, en la puerta, está el señor Rafael.







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