jueves, 21 de enero de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS, cap 5

"Aqueste marlo que miras
 de rubia chala vestido
 en los infiernos ha hundido
 a la unitaria facción"          Rivera Indarte



Seis jinetes, amparados por la bruma nocturna, cabalgaban presurosos por las solitarias calles de Buenos Aires. Eran sabuesos hambrientos buscando una presa.
Hombres excitados por el ímpetu de asesinar, sádicos que se alimentaban del terror que infundían. La sangre derramada de sus víctimas los enloquecía.
Todos disfrutaban con la misión, todos, menos Rafael.
Al llegar a su primer destino, se apearon de sus caballos. Troncoso quedó a su cuidado.
La puerta de entrada tronó con golpes ensordecedores. Los habitantes saltaron de espanto al escuchar : "¡Abran en nombre de la Santa Federación!".
Cuitiño se abrió paso empujando con desprecio al dueño de casa. Detrás de él, entraron los demás. En una mano, el trabuco; en la otra, el facón.
_ Nos enteramos que recibe correspondencia del traidor de Alberdi desde Chile.
_ Le juro que no, Coronel Cuitiño _ tartamudeó el pobre infeliz.
_ Me parece que me está mintiendo y eso no me gusta...¡Llévenselo! _ ordenó socarrón.
_ Esto es un atropello y no voy a tolerar... _ no pudo terminar, Porto y Reyes se abalanzaron sobre el supuesto culpable. Mientras uno lo sujetaba por los brazos, el otro lo degolló sin asco frente a su familia.
La esposa, desesperada, se soltó de Santa Coloma y se arrojó junto al cadáver de su marido. Los niños, de doce y catorce años, se abrazaron llorando.
_ Aura busquen los cobres y las joyas. ¡Gracias doña por colaborar con los proyectos del Restaurador que quiere hacer grande la Patria! _ se jactó Cuitiño.
_ ¡Viva Rosas! ¡Mueran los asquerosos, salvajes, inmundos unitarios!
_ ¡Viva la Santa Federación! ¡Mueran los conspiradores! _ aullaron los mazorqueros.
Rafael estaba helado. "¡Cobarde, soy un mísero cobarde!, se reprochaba incapaz de detener tanta barbarie.
Si se oponía, seguramente Cuitiño lo hubiese matado sin dudar. Acaso Rosas no había asegurado que  "asesinaría a su propia hija, Manuelita, si la encontrara responsable de trato con opositores". Idéntico sería su sino. Rosas era el modelo de su padrino y por lo tanto su reacción sería similar.
El momento oportuno para rebelarse llegaría. Debía ser paciente, paciencia que lo beneficiaba, pero no lo libraba de sentirse cómplice del horror.
_ ¡Muchacho!,¿qué hace ahí parado papando mojcas? Vaya con Santa Coloma a requisar los bienes de estos cobardes _ le ladró con furia, no aprobaba el proceder lánguido, sin coraje de su ahijado. Algo estaba cambiando en el proceder del joven y definitivamente, no era de su agrado.
_ Voy padrino, voy _ trató de seguir complaciéndolo.
Santa Coloma observó de reojo a Rafael, siempre pulcro, correcto en el hablar, diestro con el facón, dueño de buenos modales. Demasiado perfecto para su gusto. Encajaba mejor en una tertulia de gente elegante que entre ellos, mazorqueros de ley. El Goyo le había referido como el ahijado de Cuitiño había defendido a la chinita que había faltado al uso de la insignia punzó. "¡Así que le gustan las mujeres!, por lo menos no le salió chancleta al Coronel", semejante idea le provocó una siniestra carcajada. Luego se acercó a una de las vitrinas del comedor y se apropió de una botella de vino clarete. La descorchó y se sirvió en una copa de fino cristal tallado. Brindó en voz alta : "¡Violín, violón!, que el santo sistema de la Federación les dé a los salvajes unitarios, violín-violón!". Y de un trago vació el contenido de la copa. Los demás reían, insultaban y destruían las pertenencias de la familia, buscando lo que les interesaba, dinero.
Cuando cumplieron con su cometido, se marcharon dejando una estela de lamentos.
A esa casa le siguieron una docena más; en todas, el mismo rito macabro.
Rafael ansiaba que amaneciera y en ese momento se dibujó en su memoria el rostro de una mujercita de atrapante mirada verde como un vergel y de cabellos cual rayos de sol. "Mi sol, así la llamaré".
Al fin, después de tanta violencia desatada, decidieron concluir la masacre bebiendo en el Bajo, una zona poco poblada y de peligroso acceso, especialmente por las noches. Abundaban las pulperías, por lo tanto, también los mamados y los cuchilleros. Las calles eran zanjones en los que amanecían cadáveres resultantes de algún duelo.
Hacia allá rumbearon los mazorqueros, felices con su botín.
Leandro Alen, propietario de la famosa pulpería "El Pobre Diablo" y amigo íntimo de Cuitiño, los recibió entusiasmado. En el lugar, una choza con dos compartimientos, juntaron dos mesas y pidieron grapa, "Pa' calentar el garguero", festejó Reyes.
Alen los indagó curioso.
_ ¿Jugoso lo recoletado?
_ Más que jugoso, mi amigo _ respondió satisfecho Cuitiño,
_ ¿Alguno se retobó?
_ La mayoría, pero mi fiel compañero los amansó _ Ciriaco acarició con fiereza su facón, un cuchillo largo con vaina y empuñadura de plata que usaba sujeto en la parte trasera de la rastra.
Las palabras del hombre provocaron un estallido de risotadas. Rafael se mantuvo callado y sombrío.
_ Y uste´muchacho, se ve aplastao, seguro que de tanto entrevero. ´Échese una ginebrita y va a ver como recobra energía _ Alen le palmeó la espalda dándole ánimo.
_ ¿Visitaron a Viamonte? _ siguió interrogando el pulpero.
Viamonte,  héroe de las Invasiones Inglesas,  tuvo una destacada participación en la gesta de la Independencia.
_ ¡Ajá! Al hijo, el Avelino, lo tenemos embretao por conspirador. Mañana lo jusilamos y a la sepoltura _ tronó Ciriaco dando un puñetazo en la mesa. Con la manga de su chaqueta se secó los bigotes, húmedos de ginebra.
_ Y por acá, ¿alguna novedad _ continuó _ Me cuentan que el Fermín Suarez tiene bien vigilada la zona costera. Estos mugrosos unitarios como mojcas juyen pa' Montevideo y como a mojcas hay que aplastarlos.
_ Sí, mi Coronel. Suarez lo tiene tuito controlado. Es un federal corajudo y leal._ aseveró Alen
_ Ta' güeno. Es hora de irnos muchachos, tienen una tranca que apesta.
Con movimientos vacilantes, a consecuencia de la borrachera, montaron en sus caballos y sin contratiempos regresaron a la ciudad.
Rafael, cargó a su padrino hasta el dormitorio. Lo desvistió con cuidado; le sacó las nazarenas, las botas con tacones de cuero curtido, el poncho, su preciado cinto de cuatro hileras de patacones de plata y la camisa salpicada de sangre, que se apresuró a quemar en el fuego de la chimenea. "Mamá Pancha no debe enterarse", pensó con tristeza.
Lo cubrió con una manta de vicuña y cerró la puerta. Sólo se escuchaban los ronquidos.
Rafael se encerró en su habitación. Lavó sus manos con el agua fría que contenía la jofaína depositada sobre la cómoda. Deseaba borrar toda huella de locura y muerte de su cuerpo. Se restregó con una toalla de lino que alguna de las sirvientas había dejado colgada en la silla de su escritorio. Exhausto, se desplomó en la cama. No quería pensar ni reflexionar en lo ocurrido. "¡Cuanto daría por despertar de esta pesadilla!"
En medio de su oscuridad, un rayo de esperanza lo iluminó. ¿Quién sería esa desconocida que lo tuvo en vilo durante toda la jornada? Ella lo alejaba de la culpa y los remordimientos. Ella le otorgaba bríos para añorar una vida en paz. Sí, sin dudas, ella poseía magia.
"Mañana mismo me pongo en campaña para averiguar su paradero. Necesito encontrarla".
Con ese pensamiento se durmió. Un hada de increíbles ojos verdes veló su sueño.





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