lunes, 1 de febrero de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS, Cap 11

"Dime mi amor, ¿qué hago?
 Dime que hacer para poder partir, 
 sin sentir como si fuese a morir.
 Dime tú como vivir...sin ti"        Adriana Nava Sosa


Atardecía cuando Lourdes regresó a su casa.
Mercedes la vio llegar desde la puerta vidriada del comedor. La muchacha pasó frente a ella rehuyendo su mirada.
"Señor, que no se repita la historia de Consuelo, no lo resistiría", suspiró acongojada Mercedes.
Lourdes, en su dormitorio,  apoyó la cabeza sobre la almohada de plumas y cerró los ojos. Las sienes le latían y hasta la tenue luz que se filtraba por la ventana le molestaba. Sólo deseaba dormir, evadirse de tantos sinsabores. Cuando estaba a punto de lograrlo, Lola llamó a su puerta. Sobre una bandejita de plata descansaba un sobre con el sello de Cuitiño. Lourdes se alarmó.
_ Lo trajo Jovita, la sirvienta de doña Francisca _ le aclaró Lola.
Con mano temblorosa extrajo la nota. Luego de leerla, voló lentamente hacia el piso de madera. Lourdes se derrumbó sobre la cama llorando quedamente. Lola estaba desconcertada.
_ Niña, ¿qué dice esa carta? No llore, se va a enfermar, mi niña linda.
La negrita permaneció junto a ella acariciando los cabellos desparramados sobre la almohada.
Una vez recuperada, Lourdes recogió el agrio mensaje y lo respondió con valentía.
_ Lola no te preocupes, yo estoy bien. Toma, dáselo a Jovita, ella sabe que hacer.
Le entregó dos sobres, uno para Cuitiño; otro para Rafael.
Lourdes permaneció sentada , con la vista pegada a la imagen que le devolvía el espejo.
_ ¿Por qué la gente lo complica todo? Un sentimiento profundo, limpio...lo ensucian, lo destruyen. La abuela se opone, el tío Lorenzo se violenta y ahora, esto. Es una carga muy pesada.
Releyó la esquela : "Mi estimada señorita, voy a ser directo. La relación que mantiene con mi ahijado no es de mi agrado y por lo tanto, se vuelve peligrosa para usted y su familia. No le conviene ponerse en mi contra. Estoy vigilando a su querido tío, sé de sus andanzas con los inmundos unitarios traidores a su Excelencia. Si no lo quiere ver colgado en la Plaza de la Victoria, termine con Rafael. Esto es entre usted y yo, si Rafael llegara a enterarse, usted no vuelve a ver a su tío con vida. Yo no amenazo, cumplo. Espero sea sensata. Ciriaco Cuitiño."
Furiosa arrojó el papel en el fuego de la chimenea. Las llamas golosas lo devoraron en el acto.
Cuitiño recibió la respuesta de Lourdes con satisfacción. Mejor que él, nadie, para manejar las situaciones límite. Por algo Rosas confiaba en su astucia. Contaba con armas arteras para lograr sus más bajos propósitos. Siempre tenía éxito.
"Esta corderita desabrida no me va a robar a mi Rafa, un lobo sanguinario consagrado a la lucha por una Patria soberana, ¡carajo!", bufó embravecido. "En cuanto a usté, mi estimado don Lorenzo Escalante, le tengo preparada una linda sorpresa", ironizó.

Rafael, leyó confundido el mensaje de Lourdes, deseaba verlo con urgencia. Se había propuesto enfrentar a su padrino esa misma noche, después de la cena. Se marcharía con ella lejos de Buenos Aires, basta de luchas políticas. Sin embargo, las palabras que recibió lo frenaban. Debía esperar.
Comió en silencio. El estofado de cordero le cayó pesado y la ambrosía, amarga.
Se sorprendió del buen humor de su padrino. Al terminar la copita de jerez que acostumbraban compartir luego de las comidas, se retiró a su habitación.
Doña Francisca no salía de su asombro, ver sonreír a su hijo era un verdadero milagro; aunque le preocupaba la expresión taciturna de Rafael.
Al escuchar al sereno dar las nueve de la noche, el muchacho se despidió de la anciana aludiendo tramitar encargos de su padrino. "Este Ciriaco te tiene como bola sin manija, m'hijo", protestó doña Francisca.
Montó a Moro, su caballo, y cabalgó pensativo tratando de comprender la mente femenina.
Un poco antes de llegar, desmontó y tomando a Moro de las riendas, se dirigió hacia la puerta trasera de la casa. Golpeó tres veces, como indicaba la nota y esperó ansioso. Al poco rato, apareció Lourdes con el llanto pintado en su rostro. Se abrazaron presintiendo la despedida.
_ Lourdes, no soporto verte llorar. ¿Qué sucede?
_ Se acabó Rafael, terminamos _ logró decir entre lágrimas.
_ ¿Cómo? ¿Por qué? Yo tengo todo resuelto, hoy mismo nos fugamos y ¡al diablo con todos! _ se exasperó.
_ Imposible Rafael, mi abuela se moriría de pena. ¿No te das cuenta que nuestro amor daña a los que nos rodean? _ trató de convencerlo.
_ ¡Tonterías! Luchemos, Lourdes,¿acaso no me quieres?_ se desesperó.
_ Sabes que sí, pero no puedo anteponer mis sentimientos al dolor de las personas que siempre velaron por mí
_ ¿Y yo?.¿Te importo yo? _ el mal genio de Rafael se encendió.
_ Entiéndeme Rafael, no quiero fugarme, no quiero hacer sufrir a mi abuela....
_ Pero a mí sí, a mí me haces sufrir; me matas, Lourdes. Eres una niña caprichosa y consentida, incapaz de arriesgar su seguridad. ¡Has jugado conmigo!_ le gritó resentido.
_ ¡No es verdad!¡No es verdad!
_ Reconócelo, te burlaste de mí.. Me engañaste Lourdes. ¿Te has divertido jugando al amor con este pobre tonto? ¡Contesta! _ la tomó por los hombros y la sacudió con violencia. Ella no se resistió, estaba destrozada. No podía confesar la verdad. La vida de su tío dependía de ella.
_ Tienes razón. Yo, ¿enredada con un sucio mazorquero? ¡Que ridículo! _ Lourdes se odió por herirlo.
_ ¡Maldita! Estaba dispuesto a decepcionar a mi padrino, a abandonar a mamita Pancha así enferma como está, y todo por ti...una bastarda que desprecia a un mazorquero.
_¿Qué dices Rafael? ¿Una bastarda? Yo no soy bastarda, es una vil mentira _ se indignó.
_ ¿Mentira? Todas las damitas de la aristocracia porteña lo saben y murmuran a tu espalda. Se burlan de ti,como tú te has burlado de mí. ¿Por qué no le preguntas a tu adorada abuela quién fue tu padre? _ le escupió despechado.
_ ¡Cállate, por favor, cállate!
Lourdes contuvo las lágrimas con desesperación. Debía mostrarse fuerte, cuando en realidad se estaba desangrando.
_ Vete Rafael, ya nada existe entre nosotros.
Ciego de ira dio media vuelta y abandonó la casa.
Sola, escuchó el trote acompasado de Moro alejándose por las calles desiertas.
Sola, lloró con amargura.
Sola, se despidió del hombre de su vida...





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