martes, 9 de febrero de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS, Cap 15

"Gocen las almas dulcemente unidas,
 Formen al pie del mirto nuestro lecho.
 Las rosas a los cálices prendidas"       (Juan Arolas)


Cabalgaron sin descanso. Rafael, montaba sobre Moro, su compañero; un caballo robusto y valiente, resistente y tenaz. Lourdes, sobre una yegua gateada. Un burro los seguía obediente, trasportando bolsos, agua y víveres.
Por precaución no se detuvieron en las postas del camino, sólo lo hicieron en la espesura de un bosque de cipreses ocultándolos de curiosos e intrigantes.
Con apetito voraz, disfrutaron de las exquisiteses que encontraron en la canasta que les preparó Tomasa : pan casero, queso de cabra, panceta y unos jugosos duraznos.
Quedaron atrapados en el lenguaje de besos y caricias hasta que rendida por el cansancio y los sobresaltos, Lourdes cayó dormida en los brazos de Rafael. El permaneció despierto, atento a cualquier ruido extraño.
El espíritu de Rafael se asemejaba a un volcán en erupción. Muchos y riesgosos acontecimientos se fueron sucediendo sin control. Le mintió a su padrino jugándose el cuello; se despidió con tristeza de mamita Pancha, y ahora, arrastraba a Lourdes hacia un futuro incierto. "A nada temo con ella a mi lado".
Luego de un viaje arduo, llegaron a Dolores a media mañana. El día estaba templado y húmedo; una llovizna persistente, les dio la bienvenida.
A trote lento pasaron frente a la pulpería del pueblo. Más adelante, se toparon con la capilla, edificio pequeño blanqueado a la cal y rodeado por rosales, la debilidad del padre Fermín. No interrumpieron su marcha, continuaron entusiasmados hasta el rancho de mamá Pancha que se erguía alejado del pueblo. Tres imponentes eucaliptos lo custodiaban, impregnando el aire de su fresco aroma.
Lourdes saltó de la yegua y corrió a la puerta que encontró sin tranca. Abrió las dos rústicas ventanas con la intención de ventilar el ambiente. Un modesto mobiliario cubierto de polvo, quedó al descubierto.
Rafael amarró las riendas de los caballos al tronco de uno de los árboles y la siguió con premura.
_ Es preciosa Rafa _ le dijo colgándose del cuello del hombre que la observaba fascinado.
_ Es muy pobre, pero te prometo una casa como te mereces. Tu eres mi reina y pondré el mundo a tus pies.
Ambos rieron de la ocurrencia.
_ Si te tengo a ti, nada me falta _ le susurró Lourdes al oído.
Rafael, excitado por las caricias sensuales de la joven, la apoyó contra la pared, le desgarró la blusa y
comenzó a besarla con ardor. Sus manos inquietas conocieron cada rincón del cuerpo de Lourdes. Ella no se opuso, lo dejó hacer mientras gozaba quemándose en el fuego de la pasión.
_ Eres una fruta tentadora. Ya no resisto. Déjame hacerte mía _ había tanto lujuria en su mirada, tanta apetencia en su voz, que Lourdes se derritió ante semejante caudal de erotismo.
Suavemente, a un ritmo acompasado, la penetró sin apartar sus ojos del rostro maravillado de ella. La delicadeza duró poco, la cadencia se tornó salvaje. Imposible contener su fogosidad.
Ella cerró los ojos, sensaciones luminosas, de frío y calor, la llevaron en alas de deseo hasta alturas inalcanzables.
Cuando regresaron al mundo real, durmieron abrazados y colmados de placer.
Rafael se despertó al caer la tarde. Sonrió satisfecho al verla tendida a su lado. Con un beso rozó sus labios. Ella, somnolienta, abrió sus enormes ojos verdes, parecidos a un vergel. "¡Ay Lourdes!, aceleras mi pobre corazón", le confesó acercándose. Y nuevamente la tormenta de voluptuosidad se desató entre ellos.
Era noche cerrada cuando Rafael decidió ir en busca del padre Fermín. Mucho le costó separarse del cuerpo cimbreante de su mujer.


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