martes, 29 de marzo de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS, Cap 35

"Algún día te escribiré un poema
 que se limite a pasar los dedos
 por tu piel y que convierta
 en palabras tu mirada".  Darío Jaramillo



Un centenar de agujas le perforaban la cabeza. "¿A qué nueva tortura me están sometiendo?¿Es que mi padrino ha logrado capturarnos al fin?". Rafael abrió lentamente los ojos. Le pareció ver entre brumas una vela solitaria que arrojaba una tenue luz sobre una habitación desconocida.
"¿Dónde estoy?...¡Lourdes!", se desesperó.
_ ¡Lourdes! _ la llamó angustiado. Cada vez que emitía una palabra, su cabeza estallaba. Al intentar incorporarse, un fuego abrasador lo quemó por dentro. Con suma cautela se recostó nuevamente. El dolor era insoportable. "¿Qué me sucede?", entonces recordó, "¡Santa Coloma, hijo de puta!"
_ ¡Lourdes!_ repitió casi con delirio.
La puerta del dormitorio se abrió de repente y Lourdes corrió a abrazarlo.
_ ¡Rafa!, ¡despertaste! _ sus manos volaron hacia la frente del convaleciente. Sin fiebre, respiró aliviada.
_ ¿Dónde estamos?¿Cómo llegamos a este lugar?_ se inquietó.
_ Si me prometes tranquilizarte, te lo cuento todo _ lo besó en los labios, un beso que a pesar de ellos mismos se profundizó encendiendo sus sentidos. Lourdes se forzó a separase, él se lo impidió.
_ La debilidad que siento no me impide desearte _ Lourdes sonrió complacida ante la declaración de su hombre._ Vamos, cuéntame que sucedió.
Lourdes ubicó la mecedora de algarrobo cerca de la cabecera de la cama. Una cálida pesadez se apoderó de su cuerpo, vapuleado por el trajín del viaje y de los malestares propios del embarazo. A pesar de las angustias sufridas, era inmensamente feliz. Rafael se estaba recuperando y en su vientre, acunaba al hijo de ambos.
Con cierto reparo rememoró las últimas vivencias..."Aún se me hiela la sangre al recordar aquella trágica noche. Rafael, estabas tirado en el barro y desangrándote. Creí morir, no sabía como ayudarte. Sola en medio de la nada. Y cuando toda esperanza se desvanecía, aparecieron esos cuatro hombres...cuatro peones de una finca cercana que estaban persiguiendo a un puma que hacía desmanes en el ganado. Al principio puse reparos a su solidaridad, todavía temblaba pensando en el encuentro con Santa Coloma, pero luego al darme cuenta de la sinceridad de su preocupación, permití que te subieran a una carreta. Lo hicieron con tanta delicadeza que me sorprendió. Te acomodaron sobre un colchón de pieles de oveja. Luego de un corto trayecto llegamos a "El Vizcacheral", nombre de esta finca. Sus propietarios se apellidan Roca. Tomamos por un sendero custodiado por frondosos nogales y cedros cubiertos de orquídeas. Al llegar al portón principal, los peones te apearon, y a través de una larga galería te ubicaron en esta habitación. Ni bien lo hicieron apareció una mujer de mediana edad, delgada, de ojos oscuros al igual que su cabello. Su tono de voz reveló inquietud al verme desolada. Se me acercó y me abrazó.
_ Soy Agustina Paz y mi marido es el coronel Segundo Roca. Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que tu marido se recupere.
_ Se lo agradezco inmensamente señora. Mi nombre es Lourdes Aguirrezabala y mi marido es Rafael Cuitiño._ conseguí explicar.
_ Cuéntame que les ocurrió_ se la notaba preocupada y curiosa.
_ Rafael desertó de La Mazorca. Somos prófugos, señora. Uno de los principales oficiales Rosas nos halló en un paraje cercano. Se trabaron en una pelea y el mazorquero lo hirió salvajemente.
Doña Agustina me serenó con ternura de madre y mandó a llamar al doctor Balbuena.
Sabes Rafa, su apariencia física me alarmó. Calvo, obeso, bizco, desaliñado. Cuando entró en el dormitorio no saludó. Se dedicó exclusivamente a ti, retiró las vendas y evaluó la gravedad de la herida.
Lo asiste una india, vieja y bajita, que llenó de agua una jofaina, donde el doctor se lavó concienzudamente las manos antes de revisarte.
_ ¡Usted! _ me llamó de forma antipática _ Dele de beber este jugo de moras que preparó Chaya. Es anestésico. Lo ayudará a soportar el dolor cuando lo suture.
_ ¿Quién es Chaya? _ la interrumpió Rafael.
_ La india. Te juro que lo odié cuando me ordenó de mala manera que te diere ese líquido oscuro. Por ti no le conteste y obedecí. Con gran esfuerzo logré que te tomaras el jugo.
Rafael rió divertido.
_ A mi no me causó ninguna gracia y menos cuando presencié como te suturaba con una aguja delgada. Tú estabas adormilado y en ningún momento te quejaste, en cambio yo...
_ ¿Qué te ocurrió Lourdes?_ se perturbó.
_ Casi me desmayo_ susurró.
_ ¡Dios mío, Lourdes! Y yo aquí postrado _ se lamentó.
_ ¡Por favor Rafa! Es normal en las embarazadas desmayarse y más, cuando presencian como cosen a su marido_ intentó dar un toque de humor a la situación aunque no convenció a Rafael.
Tomados de la mano, Lourdes continuó:
_Cuando terminó de suturar te dejó la herida abierta para que drenara el pus, eso me explicó después. Chaya te aplicó una cataplasma que preparó con yema de huevo, aceite de rosas y teberinto. Finalmente el doctor te vendó y ordenó a la india que te vigilara. "Chaya, le dijo, mantén la herida limpia. Realiza la cura cada tres días y cuando despierte que beba el depurativo de la sangre. Si levanta fiebre, una cucharadita de esencia de sauce llorón. Bueno, no sé para que te explico si tú sabes que hacer mejor que yo." Parece que Chaya es una curandera muy afamada entre los suyos.
Para mi sorpresa, el ogro se transformó en ángel guardián. El doctor Balbuena, con una gentileza extrema me dijo: "No llore mujer, su marido se pondrá bien. No ha sido una herida profunda". Me tomó el pulso y le pidió a Chaya que me preparara una tisana de tilo.
Eso fue todo lo que ocurrió mi amor. Ahora estamos a salvo y lo único que importa es que descanses y te recuperes. Duerme querido, duerme. No me apartaré de tu lado. Duerme.
Bajo el hechizo de la melodiosa voz de su mujer, Rafael concilió un sueño profundo y sereno.


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