viernes, 1 de abril de 2016

CAMINO DE SANGRE Y...ROSAS, Cap 37

"Dame la mano y danzaremos
 dame la mano y me amarás.
 Como una sola flor seremos
 como una flor y nada más". Alfonsina Storni.


"¡Salta, que maravilla Señor!", pensó embelesada Lourdes olvidándose por un instante del temor a ser sorprendidos nuevamente por los espías de Cuitiño.
Espectaculares valles de verdes intensos, turbulentos ríos, quebradas talladas por la erosión del viento desde tiempos inmemoriales...En Salta la Naturaleza era un canto a la belleza en su máxima expresión.
Las mulas, tercas pero tenaces, los condujeron por laderas, atravesando densos bosques de algarrobos y pasando por  numerosos pueblitos seductores de costumbres milenarias. Los habitantes, afables y hospitalarios, les brindaron refugio y compañía.
Refugiados en una simple choza de ladrillos de barro rojizo, sentían como si estuvieran en el más espléndido castillo medieval.
El melodioso canto de los grillos estimulado por la sensual luz de la luna, los sumergió en una anhelada danza de placer desprovista de inhibiciones. Se amaron con desesperación.
_ Lourdes, tu cuerpo me enciende, trastorna mis sentidos. Deslizarme sobre tu piel de plata es mi mayor deleite _ se lo murmuró al oído mientras sus manos inquietas la recorrían buscando el néctar que amaba beber.
El Paraíso duró poco, el tiempo tirano les impelía a continuar la marcha. No debían retrasarse, sus vidas estaban en juego. En Bolivia hallarían la paz y la seguridad.
Continuaron su marcha atravesando cerros y cañadas. Los cardones, como fantasmas se alzaban altos y erguidos en las laderas, impresionado a Lourdes.
_ No temas mi amor, son sólo cactus gigantes _ la animó con ternura Rafael.
Cuando por fin avistaron la ciudad de Cochabamba, un grito de dolor le heló la sangre a Rafael. Desmontó apabullado de Moro, que corcoveó asustado debido a la frenada intempestiva. Se acercó a Lourdes tomando las riendas de la mula que la cargaba.
_ ¿Qué sucede querida?
Ella, con la frente perlada de sudor apenas pudo responder.
_ Una...una puntada...me atravesó el vientre. ¡Ay, otra vez! _ lo que había comenzado como una molestia terminó convirtiéndose en suplicio.
_ Tranquila, ya casi llegamos.
Tomaron por la calle Santa Teresa que desembocaba directamente en la casa de Margarita Arce, amiga de la abuela de Lourdes. La edificación, de típica influencia hispana, se situaba frente a la Plaza Mayor.
Con sumo cuidado bajó a Lourdes de la mula y la cargó hasta la entrada de la casa. No fue necesario llamar, una morenita quinceañera estaba en la puerta y con con cara de susto los hizo pasar sin preguntas.
Rafael vociferó pidiendo un médico. Margarita, alertada por el revuelo, abandonó el bordado y se asomó al zaguán.
_ ¿Por qué tanto barullo? _ protestó.
_ Soy Rafael, doña Margarita. Perdone mi falta de modales, pero mi esposa no se encuentra bien. _ expresó con la voz estrangulada por la angustia.
_ ¡Mi buen Dios! ¡Lourdes, pequeña! Adelante, adelante. Llévala al dormitorio que está al fondo del pasillo. ¡Vamos!¡Sígueme!_ corrió delante de ellos tan asustada como Rafael. "¡Mi buen Dios, si está en estado de buena esperanza!", pensó con preocupación.
Una vez acomodada Lourdes, Rafael controlando sus nervios, se presentó como correspondía..
_ Perdón por la forma en que irrumpimos en su casa doña Margarita, es que estoy desesperado _ dijo mesándose el cabello.
_ Calma hijo, hace días que los esperamos. Mecha no me comentó sobre el embarazo _ afirmó desconcertada.
_ Ella todavía no lo sabe.
_ Bueno, ahora urge enviar por el doctor. ¡Dorotea! _ llamó a la negrita _ Corre hasta la casa del doctor Orondo y dile que venga lo antes posible.
Dorotea, ni lerda ni perezosa, salió disparada.
Lourdes dormía, las contracciones se habían detenido, pero continuaba pálida como la cera.
Rafael, sentado a su lado, humedecía la frente con paños perfumados.
Margarita caminaba de un lado a otro de la galería esperando al médico. "¡Cuanto demora, mi buen Dios!"
Sintió tremenda ganas de zamarrearlo cuando lo vio llegar con paso cansino. Lo hizo entrar a los empujones. Rafael los observaba boquiabierto.
_ Siempre apurada doña Margarita..._ se quejó el médico.
_ Y usted siempre lerdo mi estimado doctor Orondo. Esta señora reclama su atención con urgencia.¡Apúrese, mi buen Dios!.
_ Si ambos pudiera retirarse, me harían un grandísimo favor _ los miró con recelo.
Rafael se retiró refunfuñando, Margarita lo siguió pisándole los talones.
_ Rafael, no te asustes por el trato que mantenemos con el doctor, es que nos conocemos de niños, nos agrada buscar gresca. Te aseguro que es un profesional eficiente.
El diagnóstico del doctor no se hizo esperar y fue alentador. El corazón de Rafael comenzó a latir nuevamente.
_ El cansancio y el esfuerzo realizado en su estado en este viaje agobiante, permitame decirle, ha sido una imprudencia garrafal. El malestar sufrido por la señora, fue la consecuencia de ese desatino _ dijo molesto.
_ Lo sé doctor. No tuvimos opción, nuestras vidas estaban en juego. Debíamos huir de Argentina. La Mazorca nos tenía en la mira, aún hoy corremos peligro.
_ Lo entiendo hijo, lo entiendo. La señora necesita descansar y alimentarse adecuadamente, recobrar energía. No hay hemorragia y el niño se mueve. Ahora ocúpese de usted, coma y descanse, ella lo requiere fuerte y optimista. La señora dormirá un buen rato. Le di de beber una infusión de manzanilla y flores de azahar, eso la relajará. Mañana volveré. Buenas noches.
Rafael, obediente, siguió al pie de la letra los consejos del doctor Orondo.
Luego de una semana de reposo, Lourdes comenzó a pasear durante las mañanas por el vecindario, siempre acompañada por Rafael.
Acostumbraban tomar por la calle principal y caminaban hasta el templo San Juan de Dios. Se aventuraban por la zona de pulperías y establecimiento comerciales, donde curioseaban los variopintos productos que ofrecían a la clientela: velas, carbón, remedios, bebidas...
Las calles empedradas y alumbradas por faroles a querosén, los invitaban a descubrir un nuevo mundo, tan distinto  a su querido Buenos Aires al que añoraban hasta las lágrimas.
Una tarde, queriendo sorprender a Lourdes con un obsequio, Rafael recorrió la avenida del Quitasol por indicación de Margarita. Allí podía encontrar sombrillas, que por su belleza y elegancia,  dejaban sin aliento a cualquier mujer. Le compró una de encaje blanco que Lourdes lució encantada bajo el sol bolivariano.
Cierta noche, Rafael la sorprendió entonando una melodía dulce y amorosa mientras acariciaba su vientre abultado. "Esta nana me la cantaba de pequeña mi abuela para que me durmiera", le dijo sonriendo al verse descubierta.
_ Sabes, Rafa, así como mi madre tenía la certeza que tendría una niña, yo estoy segura que será un niño fuerte y hermoso, parecido a su padre, ¿verdad que no estoy equivocada, tesorito? _ como respuesta obtuvo unas cuantas "pataditas" que les provocó risa.
Parecía que la felicidad se había instalado definitivamente entre ellos.



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